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22 enero 2013

La incapacidad.

Me puedo definir más por mis incapacidades que por sus opuestos, porque las cosas para las que soy hábil no las conozco del todo, ni aún sus límites; pero me es imposible andar por la vida diciendo "no soy esto", "no puedo hacer aquello", "soy un croto en eso".
Menos mal que tengo un blog.
  • No soy bueno para recordar secuencias.
  • Me cuesta recordar nombres.
  • Me es difícil recordar fechas.
  • Tengo memoria selectiva, y

16 febrero 2010

La Literatura del zumbido del torno en la sala de espera del dentista.

Cuando escribo algo que no es tan despreciable y me permito soñar un poco con el escritor de tiempo completo que me gustaría ser, mi conciencia ventila la nube de pedos y me deja suspirando con una mezcla de desilusión y fastidio, como una Penélope que se hizo seis liftings, tres lipos y ya está harta de esperar.
Hace veinte años era entusiasta del primo vivere de Hemingway, Miller o Celine. Detrás de sus ejemplos abandoné las ficciones que me eran demasiado ajenas y traté de ponerlas más cerca del yo y mis circunstancias, lo que facilitó enormemente la escritura desde lo vivencial, pero aburrió mi grafopatía hasta casi matarla. Soy la principal fuente de mi desolación (para prueba, este blog), condenado a la cárcel de hueso que tengo sobre los hombros y, a estas alturas, ya no me agrado mucho. Me perdí el interés, ahogado en nada.
A veces me pasa que si cuento anécdotas personales a algún sufrido interlocutor que no me conoce mucho, éste me suele decir, en un arrojo de condescendencia suicida: "che, pero te tenés que escribir un libro". Si supiera: me aburro tanto que salto de anécdota en anécdota, interrumpiéndolas con la excusa de un enriquecimiento posterior que nunca llega, mareando a mis escuchas, fastidiando su atención y aburriéndome todavía más.
Por supuesto, hay algunos que lograron construir una literatura interesante sobre la enorme colección de tiempos muertos y decepciones que era su vida, nombré algunos más arriba, pero en realidad en su escritura se adivina el bostezo que precede a la historia que se contó docenas de veces y que hay que aderezar bastante para que no sepa a vómito de sopa recalentado. Algunos pavotes contemporáneos creyeron ver en esto un nihilismo que era posible copiar y se largaron a divagar desventuras frunciendo la boca, evocando una dejadez y falta de asombro que parecen más cercanos al pavoneo en el círculo de amigotes del bar que a asumirse insignificante.
Por esta razón desde hace apenas unos meses intento no escribir ficción sobre mis posibles yoes, pasados o futuros. Confrontando con que soy aunque no quiera y que tengo que sintetizar a otros para poder escribir como si fuera ellos es que me propuse desconectarme siempre que puedo. Parece difícil; los orientales llaman a esto "compasión" (nosotros también, pero me estoy refiriendo al concepto budista del término, en el que "sentimos como el otro" y no "sentimos con el otro", esto último más occidental y judeocristiano y no muy desenchufado). El dolor ajeno es ajeno y no puedo apropiármelo tan fácil; la alegría sí, su sentido es más universal y bobo, si se quiere; pero dolerse como otro es complicado, porque si en lo personal a mí nunca me dolió dos veces igual, menos puedo sostener que para un mismo estímulo dos personas sientan lo mismo. De hecho, una sucinta investigación nos confirmará que ni los de panza son iguales según a quién le duela, menos aún los del alma de cada sujeto observado.
Y acá quería llegar, por fin. Cuando uno intenta dolerse como recurso artístico (digamos, sublimando un dolor diferente pero equivalente a ojo de buen cubero) el mismo intento te convierte en un ser bastante despreciable: hay que estar dispuesto en el juego mental a torturarse uno y a su gente querida no importa si eso implica angustias infinitas, enfermedades de pesadilla, desmembramientos crueles, asesinatos sangrientos o lo que se crea menester recrear con el fin de escribir un par de líneas medianamente legibles. Hay que pretender ser Sofía, el pequeño Oskar o Iván Karamazov. No es fácil, pero lograrlo, al contrario que a cualquier budista, no nos hace mejores; alquilar nuestra alma a un dolor semejante, recibiendo como pago unas letritas bien dispuestas, no nos prepara para el verdadero dolor, no; se corre el riesgo de volverse cínico, más bien.
Seamos realistas, también: una vez el falso dolor se recrea, es abandonado rápidamente. Como actores del método (otros cínicos con mejor prensa), llegadas las lágrimas las dejamos caer en el texto y nos desentendemos, quién quiere permanecer en un dolor que realmente no existe en mis circunstancias. Queda, con suerte, un detrito de caracteres que nos hace suspirar de suficiencia por tanto empeño puesto: nos lo merecemos; matamos a nuestra madre, virtualmente, para conseguirlo.
Lo poco que aprendimos quedará patente cuando el dolor llegue indiferente a los berretines artísticos, ayuno de pretextos literarios. No sabremos hacer otra cosa que escribir (o perder la conciencia para no hacerlo). Haremos lo que hacíamos tempranamente, cuando nos abandonaba una mujercita o nos maltrataba la adolescencia: ahora apostaremos al punto final que traiga un alivio que nunca llegará; lo artístico ya no importa y las palabras apenas servirán para documentar cómo un tipo se traga los mocos y vive un dolor incomprensible para los demás, no importa cuánto se empeñe en traducirlo.
Al final, palos porque bogas y palos porque no bogas. Una porquería esto.


02 febrero 2010

Ojo con la desrebeldía.

Si todo el mundo hubiese sido inteligente y cuidadoso, hoy no sería como soy y sería más fácil tratar conmigo. De joven fui víctima regular del recurso de la psicología inversa más o menos burda, acentuado su uso quizás por ser más rebelde de lo normal (qué sera ser "rebelde normal" no sé, pero usted me entiende) y muy testarudo. Por lo menos eso era lo que decían mis viejos, cuando no encontraban suficientes las razones que yo les daba para que me gustara más leer que patear una pelota, que prefiriera mi imaginación solitaria a las playitas ficciones en grupo (circunscritos al mundo automotor -con los autitos- o militar -con los soldados-); no los convencía por más que estuviera leyendo a los siete años los cinco tomos de "Historia Argentina" de Ernesto Palacio o intentara componer unos versos con nueve. Que un lacónico "me gusta" me sirviera como motivo valedero cuando intentaban hacerme entender las delicias del ejercicio al sol o las ventajas de las relaciones públicas infantiles me hacían "rebelde; rebelde, testarudo y difícil" según el retintín materno. Cuando me cansaba de las peroratas me volvía más taciturno y solitario, si era posible.
Y crecí con la idea de que era rebelde, nomás. Es difícil calcular qué sería ahora sin esos motes, pero es fácil ver qué soy: testarudo y rebelde. Quizá me dejo engañar por una falacia y era así antes, y mis viejos en realidad tenían razón. No sé.
Pero igual, rebelde pre o post, las cosas siguieron por el lado, como decía al principio, de la psicología inversa: al final tanto la usaron, tantas veces me encontré haciendo lo que no quería porque me habían envuelto en palabras que sonaban bien, que me rebelé otra vez. Me rebelé de mi rebeldía. Y ahí me hice jodido, jodido de veras, porque ahora sí era plenamente consciente y no sólo fui testarudo, sino también bastante vehemente. Que me rompieron las bolas, eso.
Esa rebeldía tuvo como primera consecuencia hacerme desconfiado como gallo tuerto, la segunda -corolario de la primera- estar especialmente pendiente de mis actos para no traicionarme. Claro, la regla "no traicionarme" con semejantes antecedentes no es muy explicable para los demás. Lo que hoy me parecía bien, mañana me resultaba muy muy mal, para desconcierto de mis eventuales acompañantes. Y para hacerme una pequeña leyenda.
Un caso concreto: el cigarrillo. En la pre adolescencia era un cruzado anti tabaquismo insoportable, martiricé a los amigos que iban cayendo en el vicio con mi monserga pro aire limpio y saludable. Sin embargo, a los catorce años decidí que tenía que fumar, porque todo el mundo pensaba que yo nunca iba a fumar, después de tanto cacareo. Costó, pero al final de mis veinte logré fumar tres atados de Parisiennes por día. Cuando me decían que iba a morirme si seguía fumando de esa manera yo replicaba que me dejaran en paz, que a los treinta años iba a dejar. Lo dije tantas veces que cuando llegó la fecha un corro de amigos -que se alertaban secretamente- me empezó a verduguear por anticipado creyendo imposible el cumplimiento de la promesa.
Mientras tanto, consumiendo cigarrillos sin parar como el combustible de mi propia locomotora de carne, me iba cansando del vicio; no de fumar en sí, de la esclavitud del vicioso full time. Del tener que calcular cada singladura en términos de rollitos de tabaco, del tener que dejar de hacer cosas porque un domingo a la tarde  me quedaba sin stock, de la incertidumbre de quedarme sin cigarrillos. Me estaba matando, qué alegría, al mismo tiempo que me vivía un infierno mensurado en atados. Cuando medité un poco y descubrí que estaba dominado por un cilindro de papel relleno con una sustancia vegetal cancerígena, me sentí un pelotudo.
No puedo decir si por una cosa o por la otra o por una cosa y la otra, llegado mis treinta, la misma madrugada de mi cumpleaños, delante de mis amigos -esos que me chanceaban- dejé de fumar para siempre.
Otros momentos, otros ejemplos: en un tiempo yo era capaz de sobrevivir cualquier cosa, estaba hecho para aguantar todo. Había demostrado tal ímpetu por vivir, por seguir adelante, por construir más al Oeste, que me había vuelto el candidato ideal para que alguien encontrara oportuno sacrificarme estratégicamente, salvando a otros más débiles o menos convencidos de que la puta que es lindo estar vivo. Me estaban cagando tupido -diría un amigo- con la excusa de mi fortaleza. "Vas a sobrevivir a esta", pensaban. Y un día -otro día- me di cuenta e intenté desmentirlos de la peor manera posible, sólo para rebelarme; estaba harto de los que se daban el lujo de ponerme en el brete porque me la bancaba. Aclaremos, esa gente no me era desconocida o lejana, eran mis familiares, mis amantes, mis amigos, mis compañeros, mis empleadores.
Entonces, está claro que mi desrebeldía no va para el lado del aceptamiento. No. Va para el lado del aislamiento liso y llano.
Al fin, puedo decir que en mi etapa amable, benigna, soy rebelde, porque eso aprendí cuando era chico para socializar. Cuando me enojo rompo los puentes. Ahí es cuando realmente soy yo: construyendo más al Oeste. O al Sur, porque estoy harto del calor.

23 diciembre 2009

Dicotomías complementarias, yuxtapuestas o encontradas/I

Mi viejo era un tipo que no se bancaba la soledad. Tampoco la excesiva exposición de su yo interior, sobre todo en grupos de personas más grandes a dos. Si un domingo la familia se reunía alrededor de la pasta asciutta y luego el almuerzo amenazaba con atardecerse, la siesta dominguera cortaba el efecto del vinazi que le soltaba la lengua más de lo prudente.
Por las tardes en las que no había strascinati y la siesta era más breve (un sábado), buscaba desesperadamente qué hacer solo en su cuartucho del fondo. Había entonces que cebarle mate amargo con jugo de limón exprimido in situ, cinco o seis, con el agua sin hervir por tanda y no muy seguidos. O ir a ver, cada tanto, qué hacía y preguntarle un par de boludeces. Si todo el mundo rajaba de casa (yo rajaba casi siempre) se quedaba solo y bastante triste. Al anochecer, cuando volvía mi vieja, lo encontraba con la casa a oscuras, bastante alunado, parco y seco, resentido. Vaya a saber qué demonios se le presentaban en esa soledad. Sin embargo, en muchas oportunidades debió vivir lejos de nosotros, casi siempre por trabajo o por protegernos de las persecuciones de la Dictadura. Supongo que en esos casos la soledad era un precio a pagar, en el otro una huida voluntaria y cobarde de su familia, cuestión que se ve que lo deprimía.
En el trato era parco y seco con los desconocidos, pero cálido y simpático con la gente que conocía después de un rato y, dicen las malas lenguas, era capaz de hacer hablar a las piedras. Estuvo en contacto con gente poderosa a la que nunca acudió por un favor y que lo tenían -supongo que por eso- dentro de su círculo de absoluta confianza. En política, su pasión, era un low profile total, jamás se subió a un escenario por propia voluntad: cierto gobernador -bastante pueril el hombre, pero divertido- aprovechaba su terror escénico para invitarlo a hablar en los actos que se hacían en los poblados perdidos del interior de la provincia, haciéndole pagar caro los discursos que mi viejo le escribía con otros dos lenguaraces.
Era un tipo de uno-a-uno, un gregario de tiempo reducido, un solitario acompañado. De los que prefieren abrazar antes de decir una palabra de afecto, si tienen que decirla. Detestaba a los médicos o estar enfermo. Cocinaba como los dioses, con paciencia de enano, y nada lo llenaba más de satisfacción que preparar sus recetas escogidas (pollo a la cazadora, fideos caseros con pulpetas, entre muchas otras) para muchas personas, cientos si hubiese sido posible. Asador consumado, era capaz de asar una cima rellena durante seis horas mientras hacía un lechón de ochenta kilos durante diez. Aderezaba tan bien sus historias como sus comidas: aún hoy nos resulta difícil saber qué era verdad y qué creatividad propia. Tuvo su berretín musical, la trompeta, pero dejó de joven.
Le reproché durante muchos años no haber podido salirse del patrón de su familia paterna, siendo sobre todo él mismo la principal víctima de esa crianza cerrada, tan italiana, tan descarnada, brutal y posesiva. Por eso discutimos mucho, buscaba en mí la revancha a las veces que tuvo que callarse delante de su padre, del que una vez muerto ya casi nunca más pudo hablar sin emocionarse y -vaya a saber si por eso- del que hablaba muy poco.
Era un melancólico consumado: hasta un momento de felicidad le provocaba una tristeza que se le intuía en los silencios posteriores, vaya a saber si echando de menos otra alegría o recordando algún episodio triste condenadamente atado al actual por su memoria de elefante.
No te asustes, baby, si me ves triste. Son los genes.


I'm causing a mild sensation
With this new occupation
I'm in the news
I'm just getting used to my new exposure
So come into my enclosure
And meet my melancholy blues


26 septiembre 2009

Ejercicio de tristeza (con melange metafísica).

Hoy me levanté tan feliz que tuve que sacar afuera la tristeza para no provocar un caos entrópico y que después, yin y yang de por medio, me ocurriera una funesta compensación karmática.
O que un Acusador viera en mí a Job (aunque bastante más desagradecido, indeed) y tentara a Dios con ver qué onda unas desgracias de proporciones bíblicas.
Obviamente, con sólo pensar en las personas que extraño el sol se nubla un poco pero este blog nunca fue una catarsis pública de asuntos privados, así que les mandé, querido público, cinco tipos que extraño un poco como para que entiendan que si lloro es porque estoy feliz.
A los seres reales de carne y hueso que ni siquiera saben de este blog, a quienes no tengo que esforzarme por recordar o extrañar, los creo totalmente capaces de poder vivir mejor sin mí.
Eso, o reviento.

20 abril 2009

Filosofía del botellón

Como soy consciente de que no le puedo caer bien a todo el mundo -porque no me cae bien todo el mundo- aplico una generosa capa de duda razonable a cualquier nueva relación. Normalmente, dirían Sartre y Dostoievsky, el problema no es cuán mala o buena sea la gente, sino la distancia que nos separa de ella.

A la gente nueva suelo hacerle una especie de "patio de juegos" (tomado de los cinco o seis que el estereotipo y mis prejuicios han prediseñado) para que interactúen con esa parte de mí que les interesa. Conocer gente siempre me perturba un poco cuando el azar se impone, pero puesto en el brete trato de que sea lo menos traumático posible. Un par de miradas, algo de conversación trivial y a jugar con la palita y el balde de arena. Gano tiempo mientras observo un poco más, pero también pongo un poco de distancia.

Después, por lo general, la gente se relaciona muy poco más allá de lo que la trajo a tu vida: el compañero de trabajo, tan agradable al lado del bidón de agua, es apenas un conocido al lado del energúmeno ése con el que te juntás desde los ocho años. Es lógico, sólo es relevante para él -en las horas de forzada convivencia- que seas de Tigre o te gusten los cómics de Parés o toques la guitarra o que sea hincha de Chevrolet. Hasta con menos que eso alcanza: con que seas "buena onda" (o sea, que tengas piercings o tatuajes y que hayas vestido un casual friday una remera de Metallica, a veces hasta alcanza con algo tan tilingo como que tengas un celular determinado) y que haya un mínimo de sentido de pertenencia a un grupo.

Sin embargo, yo observo más allá de eso, más allá de lo evidente y del corto plazo. Necesito tiempo y algo de distancia. A veces parece que no, que el panfleto que me pasaste de tu agrupación política no me causó gran impresión o que, cuando se te cayeron los dvd (deuvecedé, según la traducción española) de P-Mosh, estaba papando moscas; pero no, estoy con todas las antenas paradas.

¿Qué busco? Perros apaleados, "gente con problemitas" -diría Milo-, quienes me provoquen un esfuerzo (porque vale la pena) mental y, a veces, emocional. Los que tienen la vida resuelta, los que compran sus sueños en el shopping, los que perdieron todo asombro, los que viven como si no tuvieran un secreto inconfesable en el fondo del corazón, me terminan aburriendo.

Lo peor de todo es que hay gente que cree que me conoce, cuando en realidad lo que está viendo es un espejo.

11 febrero 2009

¡A la pelota que cambiaste!

Para enlazar con el post anterior, quiero demostrar conmigo de ejemplo cómo puede cambiar una persona, independientemente de con quién esté. Aprendizaje, desilusiones y desayunamientos varios nos cambian. 

No puede habérseles escapado, a los miles de lectores que siguen este blog desde sus inicios, que yo era de Boca. No lo podía evitar, nací en ese barrio, de familia italiana. Me gustaba el fútbol, aunque fuera un hincha algo extraño que prefería, por ejemplo, no festejar campeonatos o ver los partidos decisivos en la soledad de mi casa, que jamás haya tenido una camiseta de Boca y que todo el merchandaisin que poseía era regalado. 

Si bien me resultaba impresionante el entorno popular cuando iba a la cancha, nunca sentí admiración por la Doce aunque la prefería a ese insoportable fanático ricachón que es el plateísta típico, más patético todavía que el descerebrado de a pie. Y nunca sentí esa admiración necia por los burros que tiene el bostero típico, más propenso a aplaudir a uno que "se tire a los pies" que a otro que la pierde por querer jugarla bien. Nunca odié a los hinchas de River, más bien siempre me dieron risa (no, no es una chanza, también los bosteros de libro me causaban gracia, y me la causan).
Sin embargo, hay que confesar mi fanatismo. Un fanatismo apenas visible, pero que los hinchas de otros clubes adivinaban y usaban con particular saña sobre todo cuando Boca perdía.
Cada vez que venía a Buenos Aires, durante casi veinte años, iba a la cancha. Incluso, si no había partidos.

De uno de mis primeros amigos virtuales, del Canal #argentina del mítico IRC de Clarín (Gorrión, ¿dónde estás?), fanático de Vélez y que vivía a la sazón en la Boca, aprendí a admirar al pelado, Carlos Bianchi. Cuando pasó a Boca, me volví su apasionado seguidor (lo mismo me pasó con la primera etapa de Basile en la Selección y, ergo, en Boca -de la que hablaré enseguida). Mal no me fue.

Hace muchos años, un tío que había abandonado el fanatismo me dijo que me iba a pasar lo mismo: "Vos sos inteligente", me decía, "un día vas a ver realmente la farsa que es el fútbol y chau, te va a dar bronca haber sido tan estúpido". Yo lo miraba perplejo, incrédulo y algo dolorido. Es socio vitalicio -su padre fue uno de los primeros socios de Boca- vive a tres cuadras de la cancha pero no va hace como veinte años. También se interesó por Bianchi, pero dijo "ya van a encontrar la forma de hacerle imposible trabajar". Así fue, nomás.

Con la Selección me pasó algo similar: en mi recuerdo hay pocos partidos buenos que recordar: Bilardo con Maradona en su época de oro (hacía falta un Maradona inspirado para compensar semejante latrocinio) y casi toda la campaña de la Selección del Coco Basile en la Copa América del '91. Después, casi todo es asco. Me la pasaba puteando: a Bilardo, a Passarella, a Basile un poco menos y con mucha, pero mucha, vehemencia a Bielsa -quien casi me hace enrolarme en un comando terrorista que aplicara alguna "solución" a su problema.

Cuando Grondona presionó a Boca para que soltara a Basile y éstos trajeron al ininputable de La Volpe, dije basta. El mismo mafioso que había mandado a perder a Argentina por el dóping de Maradona y que había echado a Basile, ahora lo ungía de nuevo sólo porque con Boca iba a salir campeón hasta que se aburriera o se muriera. Por supuesto, Basile a la Selección llegó para terminar de morir como técnico.
Desde entonces, nunca más. El fútbol murió para mí. Apenas si adopté a Tigre como equipo, sólo para no tener que explicar demasiado cuando me preguntaran de qué club era.

A mí me parece que no cambié, porque nunca me sentí parte de nada. Pero para cualquier observador aparentemente inmóvil, el cambio es importante. Y no hicieron falta ni parejas, ni amigos ni familiares.

No, la verdad es que uno no cambia. Nada más se vuelve más uno mismo.

10 febrero 2009

La ciencia de los cambios.

A mis 41 años soy mi principal experimento sobre la naturaleza humana. Sí, resulta un poco limitada la prueba por lo que a veces intento agrandar la muestra y probar ciertas hipótesis con amigos, familiares y conocidos, pero no siempre dispongo de alguien capaz de reconocer -de entrada- su situación como objeto de estudio.

Todo sea por la Ciencia.

Supongamos, que estoy desarrollando una teoría sobre la infidelidad. Miro a mi alrededor buscando un cuñado pérfido, una amiga casquivana o un vecino pirata y no siempre tendré suerte de encontrarlos. El principal problema es el momento para enrolarlos: hablar de este tema con el cuñado en la mesa de navidad, con la amiga en el cine o con el vecino en la reunión de consorcio puede resultar complicado, cuando no malo para la salud (la salud mía).
Encima, uno debe contar con la falta de sinceridad de los encuestados, por lo que es sano desconfiar de los motivos de tía Porota para adornar la testa de su marido. Su alegato de que el peluquín del tío ya no la seduce en realidad esconde otras cosas que tienen más que ver con ella, más que ver con su putez. Y así el estudio termina siendo menos serio que con uno como único sujeto de estudio, qué tanto.

O por la Ciencia Ficción.

Hace un tiempo, leyendo la tercera autobiografía de Isaac Asimov (Yo, Asimov) -el hombre siempre tuvo mucho que decir sobre sí mismo- me enteré que el cambio de ideología del gran Robert Heinlein fue atribuído por el Buen Doctor a que aquél -autoproclamado socialista en su juventud- en sí no tenía ideología propia, sino la de sus esposas. Sí, la lengua de Asimov era famosa por su filo, pero la verdad es que hoy en día se reconoce la semilla reaccionaria en Heinlein incluso cuando se autoproclamaba socialista. 
La burla de Asimov es el motivo de este post. Si, ya llegamos, uf.

¿Cuánto tiene que ver nuestro actual otro significante en los cambios que se producen en nuestra vida, y por qué nos negamos a reconocerlos ante nuestra familia, amigos y, sobre todo, ex parejas? Porque no conozco guapo que quiera reconocer en rueda de amigos que su repentino gusto por el ballet y el polo tiene algo que ver con que se anda revolcando con una cogotuda que vive en Barrio Norte. Ni hablar del embarazo que sufre cuando debe enfrentar la socarrona mirada de una ex que se lo cruza por Viamonte y Cerrito de traje y con un clavel rojo en el ojal, en vez de la camiseta de Argentinos Juniors que antes no se sacaba ni para bañarse. Cuando se bañaba.

La Ciencia, motor de los cambios.

Si me pongo a pensar, es lógico que la persona que uno tiene más cerca en determinado momento revele mucho de lo que le ocurre en ese mismo período de tiempo. Esto es más notable entre los que, por lo menos, cambiamos alguna vez de pareja. 
Por un lado, si elegimos a alguien es porque tiene cualidades que nos resultan significativas. Algo de su cultura, de sus vivencias y de sus manías se nos pegarán, por aprendizaje, identificación o mera emulación mimética. Claro, también el grado de cambios depende de cierta medición de fuerza de carácter, y creo que allí llego al meollo de la cuestión.

Como nos causa gracia el chiste del gallego que frente a una pecera se comporta como el pez que tiene delante, nos da vergüenza reconocernos vulnerables a la influencia ajena, sobre todo ante nuestros relativos. Generalmente, porque no lo hemos sido con ellos, o si lo fuimos, ya no lo somos. Lo que importa es el cambio, los antes no eras así, los esa mina te lavó la cabeza o los quién te ha visto y quién te ve, dichos con un revoleo de ojos y asintiendo con la cabeza.

Descubrimientos de la Ciencia: La relatividad.

Partiendo de la base relativa de los cambios, es decir, que las modificaciones se verifican en función de un observador (que se cree) estático, el problema es establecer cuándo. Si retomamos la idea anterior de que nuestra pareja puede ser el reflejo de nuestro eventual devenir, entonces para alguna gente la causa y el efecto se invierten: algo cambia en uno y termina repercutiendo en la pareja. Quizá eso explique por qué mueren muchas relaciones u otras comienzan. Momentos de debilidad en los que dejamos de ser quienes fingimos o en los que fingimos para no ser quienes somos atraen diferentes bichos en la laguna, como lo que suele ocurrir en muchas infidelidades, en las cuales no se busca la repetición de patrones sino la variante: la burguesa ama de casa con el amigo juerguista del maridito gerente de una multinacional; el tímido profesor casado con una bibliotecaria y la frívola desnudista. A veces unas buenas tetas son la excusa, pero uno no traga sapos todos los días con gusto sólo por eso, ¿no? Bueno, mejor dejemos esos ejemplos, pero la idea es que no siempre nos cambian los actuales. A veces ellos no son más que una consecuencia. Así, la pobre Virginia Doris Gerstenfeld no tiene la culpa de haber cambiado a Heinlein, sino que éste se volvió más Heinlein cuando Leslyn MacDonald aflojó la rienda debido a sus problemas con el alcohol. Asimov tenía razón a medias, según esta teoría.

Verdades de la Ciencia.

Poniéndome bajo el microscopio, debo asumir algunas cosas: la gente cambia poco. Hace esfuerzos, más o menos largos, pero en el fondo es como es. Si se cambiara tan fácil, los denodados intentos de aquellas ilusas que se enamoran de un atorrante esperando volverlo un dócil proveedor de bienestar serían más efectivos. Te enamorás de alguien que no es quien dice ser, o no sos los que creés y ahí empieza una serie de negociaciones con el otro y con uno mismo para lograr cierta armonía (esas tetas bien lo valen). A veces, ésta dura años (la armonía, notablemente contemporáneas a las buenas tetas), pero todo esfuerzo al final provoca cansancio (y la gravedad, caída). El hechizo se rompe, como las gónadas o los ovarios, de tanto acarrear el cántaro agua cada vez más podrida a la fuente. Uno nunca cambió, sólo era más ingenuo.

Al final, no sé que quería probar. Todo este lío porque me da vergüenza reconocer que, desde hace un par de años, hago cosas que antes no hacía. 
Como tener un blog (bueno, varios).

30 enero 2009

El blog y la estupidez.

"Cuando tenía veinticinco años, todavía era tan infantil que me divertía insultando a un estúpido sin más razón que el hecho de que fuese estúpido. Puesto que la estupidez no era culpa suya, yo resulté mucho más estúpido por hacerlo."
Ben Denison, en la novela Los propios dioses, por Isaac Asimov

Cada día que pasa estoy más de acuerdo con esta cita de Asimov. Nos la pasamos burlándonos de los que nos parecen estúpidos -sobre todo en la blogósfera- sin darnos cuenta que nos volvemos estúpidos sólo por hacerlo. Bueno, los estúpidos a veces son sólo distintos. Pero igual nos volvemos estúpidos cuando hacemos mofa.

Hace rato vengo preguntándome qué es mejor: hablar de los demás o de uno mismo. Este blog empezó siendo una catarsis sobre mí, un tema que en lo personal me resulta fascinante, sobre todo porque soy la única persona a la que tengo acceso desde adentro. Como dice Dr. House, todos mienten, pero al menos yo sé que me miento.

Muchas veces me he descubierto muy estúpido, lleno de ingenuidad o simple idiocia. Para alguien que tiene como lema "conócete a ti mismo" (mucho antes de The Matrix y su "temet nosce") el juego siempre es revelador y, obviando las casualties, divertido. También es útil, porque no hay nada peor que alguien te sirvan tu propia estupidez de desayuno.
Mejor no ir en ayunas.

Sin embargo, este blog en algunas oportunidades derivó hacia los demás, o en cómo veo a los demás. Casi siempre la nota fue algo denostativa, lo que me vuelve el segundo estúpido que define Asimov, el que lo es por elección estúpida. No voy a pedir perdón: si alguno de ustedes se descubrió estúpido gracias a mí, debiera pagarme por ello. Y si no, si sólo se ofendió (recuerdo el post sobre la revolución femenina) el estúpido terminé siendo yo, así que téngase por recompensado.

¿A qué viene esto? A que me estoy hartando de que los blogs terminen siendo sólo una caja de resonancia de la estupidez ajena, con nula autocrítica. Hay gente que está haciendo carrera con esto, que se para desde algún lugar y señala al Otro. Quizá, si hubiesen descubierto la cura contra el SIDA, se jugaran el culo en alguna causa humanitaria o política jodida o sirvieran para algo más que para hacer la Gran Nelson, entrarían dentro de una honrosa excepción.
Pero no, son generalmente snobs, gente muy común, autocomplaciente y temerosa de mostrar su propia estupidez, de asumirse ser humano. Encontrar uno más estúpido que ellos les sirve como excusa, como acto justiciero a veces. Ellos, como yo, están dentro de sí mismos. Saben quién miente, pero nunca van a aceptarse como mentirosos (y estúpidos).

No, no voy a hacer lo mismo que ellos. No los voy a señalar con el dedo. Voy a señalar qué blogs admiro, qué gente me resulta interesante, quién es capaz de mirar para adentro antes de ver si hay otros más pelotudos que ellos. Son sólo ejemplos, pero sirvan como tales. No es una lista definitiva, la cual sería imposible:

Este señor (su calidad es inversamente proporcional a su cantidad -postea poco el vago-), esta señora, esta señora y esta señora. También este tipo.
Ah, y éste. Obvio, que ésta no puede faltar.
Es gente que hace que leer en Internet valga la pena. Que crea, que aporta, que está viva. Hay más, repito, muchos de los cuales ya han sido recomendados o indicados desde estas arrogantes páginas.

Hecho el mea culpa, volvemos a la programación habitual.

17 noviembre 2008

Kelper de la lectura.

Cada día me siento más abandonado como lector. No porque necesite cuidados especiales, al fin y al cabo soy un yuyo y no hizo falta cuidarme demasiado, pero parece que nunca dejaré de sentir progresivamente que los libros están contra mí.

La cadena completa de producción de literatura y afines me detesta: soy el típico lector saltarín, pobretón e incompleto. Demasiado curioso para enfocarse, poco tentado a las corrientes de la moda académica o editorial, escasamente proclive a hacer concesiones por contemporaneidad o casualidad etaria con los autores, ajeno al debate académico y al de los talleres literarios (en los que se cocina más de una reputación, a fuer de quemarse); tozudamente escéptico al cánon, en fin.

El primer eslabón, el autor, es el que peor te trata: los lectores no tenemos derechos ante él. Somos sus primeras víctimas y estamos condenados, desde el principio, a sus caprichos; nunca seremos más que un colectivo informe, susceptible de ser desautorizado por cualquier razón, no entenderemos qué pretendieron, nos faltan lecturas, nos sobran prejuicios, no valoramos el esfuerzo por el estilo o nos tomamos libertades con los significados. Somos anatema por elegir personajes secundarios para identificarnos, están en la novela precisamente porque él, el autor, los detesta y, como dice Marguerite Durás en El Amante de la China del Norte, lo que se quiere es defenestrarlos, ponerlos en ridículo, ¿qué es eso de volverlos trágicos?. Sufrir la pena de Charles Bovary, acompañarlo en su camino hacia el ridículo no nos es permitido: hay que mirar, fascinados, a Emma, aunque sea una criatura estúpida y dañina. Así lo quiso Flaubert, so tonto.

Si nos gustó demasiado un libro determinado ni se nos ocurra mencionarlo: el último libro es el que cuenta, que se está cocinando y del cual no pueden decir nada. Repasar si Marisol se tiró del cuarto piso por despecho o por llamar la atención se les hace cuesta arriba. Ni se acuerdan de la trama. Nunca disfrutan lo que escribieron, eso está claro. Ahora son mejores que antes, y si no olvidaran, reescribirían todo (o lo prohibirían, como Borges con El tamaño de mi esperanza). Una porquería es ese libro, para qué pregunta, impertinente. 
La mayoría de los escritores actuales parece que escriben para otros, no para mí.

Después están las editoriales. No me voy a extender con ellas. Demasiado incomprensible es su funcionamiento, la mecánica de su negocio. La idea de un buen editor parece ser vender a Ari Paluch pero en un catálogo que sume el prestigio de Michel Houellebecq o Adorno. El catálogo: siempre me pregunté si no es la verdadera poronga con la que se miden entre ellos. Hace unos días Interzona palmó, y lo único que sacaron en claro fue el catálogo, ochenta títulos dignos de otros lectores que no soy yo (bah, tengo ¡Plop!, de Pinedo, por recomendación de Angélica Gorodischer). Ni siquiera los puedo acusar de fundirse por obviarme, porque no soy la clase de consumidor que una editorial tiene en mente. Ni las independientes ni las grandes.

Las librerías. Sí, acá puedo extenderme. O no, porque lo único que puedo decir es que las librerías venden lo que los escritores quieren escribir, lo que las editoriales quieren editar y lo que ellas quieren vender. Son el último filtro.
Entrar a Hernández o Cúspide, por ejemplo, es tiempo perdido para mí. Hay un mesa completa con un solo libro, el último de Junot Díaz, pero si pedís El Castillo de Kafka con los apéndices y en una edición medianamente legible, te miran como si pidieras limosna y fueras leproso. "Nnnnno, fijate en La Cueva" (librerías de usados de la zona del off Corrientes, el refugio de los desesperados). Y si lo tienen, cuesta ochenta mangos, aunque sea una rústica apenas disfrazada de edición de lujo y que tiene la misma traducción de la que está agotada desde hace diez años y que figura en la computadora a treinta y cinco -otro afano-.

Si el criterio de publicación es ajeno al lector como yo -repito, por si no lo dije, que lee bastante-, quizá sea porque me fijo demasiado en el precio de tapa (sobre todo, con la incoherencia que suele haber en él). Mi principal gasto es la lectura. Es en lo que más invierto, y si no gasto más es porque no tengo. Eso no quiere decir que si tuviera más para gastar, me sumaría a la locura de las mesas de novedades. Pero quizá alguien pensó en mí. Veamos.

Si hablamos de libros nuevos, recién escritos por autores nacionales vivos, Lanata fluctúa desde sus viejos libros a 25 mangos a los 75 del más vendido, Argentinos; Leandro Zanoni -un recién llegado- publicó a $50 y Alan Pauls remonta desde veinticinco por sus primeras novelas a casi setenta por El Pasado. Bueno, ya vemos que no es el autor, parece que no. ¿Más nuevo, más caro?. 
A mi me gusta Poe, por ejemplo. Entonces debe estar regalado, Poe: El método del Doctor Alquitrán y el Profesor Pluma, ochenta y tres mangos en Yenny, pero lo ví hace un par de meses a casi ciento veinte en Hernández. Los Cuentos escogidos de Hemingway, en una rústica lastimosa, está $59, también en Yenny. Los propios dioses, de Asimov, a setenta y dos.
A ver si encuentro una lógica: El de Pauls tiene 560 páginas. Muñecas, de Ariel Magnus, alrededor de 100 y por él piden 39. Quiero un novio, fenómeno inflado por los medios, tiene 124 y sale $32. Mmmmnnnhhh... tampoco es eso.

Antes, los libros eran de tapa dura, la rústica era una solución para los menesterosos como yo. Libros caros para los que podían pagarlos, libros baratos para los que no. Hoy lo que determina la posibilidad de que un libro sea realmente útil para uno como yo es que no se venda y vaya a la mesa de saldos de una librería para ratones como Libertador. Entonces, si lo encaro desde ahí, entiendo por qué siento que me odia toda la cadena editorial. Soy un subversivo, apuesto por el fracaso, por la derrota del autor, la editorial y, por lo menos, la librería de novedades.

30 octubre 2008

Mi nombre es Bruce.

De chico fui un marciano que tuvo que ocultar su origen. Mis padres, amigos -y no tanto- sentían especial interés en que yo no fuera diferente a ellos; así que me hicieron saber por todos los medios a su alcance que si era raro mejor lo fuera puertas adentro. De mi cerebro, si era posible.
Entonces aprendí, con algunos tropiezos, a ser socialmente adaptable.

Claro, ya lo habrá sospechado quien lea estas líneas, todo eso tiene un costo a nivel psicológico y emocional que tuve que pagar. Habrá quien diga que ambas cosas son una sola y yo estoy de acuerdo, para qué voy a discutir.
No tengo demasiado interés en hacer una medición precisa de la transacción ni deseo saber cuantitativamente cuánto me costó ser/estar adaptado, eso lo tengo claro; pero si de algo estoy completamente seguro es que mi carácter tuvo parte en el intercambio. Veamos:

Según los registros biográficos maternos cuando era raro era, también, tranquilo. Lo mejor para tenerme silencioso y aplacado era dejarme solo, si era posible con un libro. Pero ya sabemos que nadie tiene un hijo así sin preocuparse: porque no hace deportes, porque andá a saber qué cosas le pasan por la cabeza, un millón de razones. Desde que fui diagnosticado de entrecasa con algún autismo, mis viejos no dejaron de reprocharse si consentían mi aislamiento. Tenía tres años.
Entre los cinco y los seis años aprendí a leer. No voy a decir que fue inmediato mi amor por los libros, principalmente porque no sabía qué había en ellos. Uno no aprende leer y sabe instantáneamente que el Quijote le brindará placer. Si fuera así, Tinelli sería hoy un conductor de programas de cable, recordado porque hasta Badía le decía "cabezón". Pero desde entonces, leer para mí fue siempre una especie de vicio privado y oculto, peor que masturbarse. Pero dejemos eso ahí, no compliquemos más las cosas.

No hace falta revelar que, a medida que los esfuerzos del entorno por socializarme fueron realmente imperativos, dejé de ser tan tranquilo. Con la pubertad, la potencia física y las hormonas llegó el mal humor, la tanada, la explosión, el reviente. No era extraño entonces que mi superhéroe favorito fuera Bruce Banner. Sí, Bruce, no Hulk.
Según mi interpretación, Hulk es una consecuencia de la incapacidad del mundo por entender a Banner, un tipo condenado por los actos del irracional que lleva adentro -como una maldición- que no puede controlar.

Con los años, ocultarme en la manada se me hizo cada vez más tentador, porque podía evitar la salida del monstruo verde fingiendo adaptación. Terminé evitando solito el quedarme solo, el parecer un estrafalario pariente recién venido de otro lugar. Me adapté; empecé a reírme del chiste del supositorio, fui a la cancha, miré culos en las peatonales, todo gregariamente. Aprendí el truco de desdoblar en varias mi personalidad, por lo que pude dosificar mi marcianitud; pero al mismo tiempo debí separar mucho los distintos ámbitos en que se movían cada una de esas partes. Alienado tu abuela.

Sin embargo, de dócil no tenía nada. Ya no reventaba; me volví un tipo integrado pero difícil. No cuesta adivinar que todos añoraban la época en que me quedaba solo en los rincones. Ahora era tarde; hasta mandarme a leer un libro me provocaba malhumor. Estaba desbalanceado, lejos de mi centro, por así decirlo.
Tardé muchos años en bajar un par de cambios. Sin embargo, mi lado Donald Duck siempre estuvo ahí, nunca más fui un tipo tranquilo. Incluso dudo el haberlo sido algún día. Pero mi vieja jura que sí. Insiste.

"No soy yo cuando me enojo", me encantaba cuando Bill Bixby decía eso.


10 octubre 2008

Farabutes, berretines y amuradas

La congoja amatoria no se explica por cuestiones de género. Hombres y mujeres sufrimos independientemente de nuestra forma de hacer pis o de si preferimos las novelas de canal nueve a los domingos de primera. Sufrimos algo distinto, tal vez, pero sufrimos al fin.
Es cierto que existe una convención que se apoya en la pulsión de "estar enamorado del amor", algo más habitual en el colectivo femenino -vaya a saber por qué cuestión cultural que escapa a esta columna-, y que fue notoriamente aprovechado por la novela rosa: Corín Tellado grabó a fuego en el inconsciente colectivo (sobre todo, a través del machismo que sus lectoras inculcaron a sus hijos) la idea de que Mambrú no sólo se va a la guerra sino que, para que sea completo el melodrama, no sufre de amor. Penélope, sí; berreando como una cerda pariendo una docena de cerditos siameses.
Es mi intención, entonces, reflotar un poco el dolor masculino por amor.

Nosotros sufrimos, claro. Aunque estemos bajo generosas dosis de Glenlivet, o con un corpino talle 120 de vincha, o contando el cuento del gallego y los supositorios -como dice Dolina, pero refiriéndose a la muerte-, o encerrado durante varios días jugando con la Wii.
Respetamos nuestro dolor porque si no fuera importante no estaría ahí. Ningunearlo es ningunear la causa, y lejos estamos de quererlo, por lo menos por ahora. Peor cuando uno se ofende porque fue un otario, el gil del tango. Se odia por haber sido bueno, siente que cada gentileza que tuvo fue una vileza hacia su propia persona. Y revive cada situación cada vez con más amargura.

Sufrimos, entonces, pero nos alejamos del dolor. Tenemos que hacerlo, porque nos criaron como cabrones, tipos de acción, con la eterna consigna grabada a fuego en el inconsciente (¡piedra libre para Mambrú!) de marchar hacia la guerra, tomar la delantera, "hacer algo". Y hacer cosas relacionadas con el "mal de amor" para nosotros cuando estamos con el corazón deshecho es complicado: el debate es matar a la persona causante, matar a sus padres, matarnos a nosotros mismos, matar a todos los bienintencionados que nos dicen "no es para tanto, ya va a pasar", matar a todos los enamorados del mundo -por giles-, matar a Tinelli, matar matar matar.
Más seguro para todos es el Glenlivet (o la ginebra, como me gusta a mí) o irse de putas.

Consejo para amigos de varones dolientes por amor: equilibrio. No es bueno ensalzar a la ausente con epítetos del tipo "yo no sé que hacía semejante mina con un pelandrún como vos", ni tampoco irse al extremo de criticarle todo, hasta la cantidad de sal que le ponía al pollo. Tampoco sirve decirle "yo te dije", ni caer con revelaciones post ruptura "un día la vi salir de parranda con el pack de forwards del CASI". Mesura, tanteemos el terreno. En general, el hombre se sentirá reconfortado con un "esta mina está loca", o un "qué pelotuda", cada vez que nos cuente algo, entre babas alcohólicas.

Después, esperar a que el dolor macere. No es el adolorido el que debe esperar, a él no le queda otra que esperar. Los que debemos hacerlo somos los que nos vemos apabullados por su tristeza, impacientes, los que decimos con aire paternalista "El tiempo lo cura todo, ¿vamos a comer algo?". El hombre necesita, entre hipos inflamables y marcas de lápiz labial, su regodeo en el dolor. Por algo se enamoró, qué tanto.
Así como existen las mujeres enamoradas del amor, existimos los hombres a los que, a pesar de evitarlo como a la gripe, sufrir de amor nos conecta con la vida, con esas cosas que siempre creemos perdidas. Maldita la oportunidad, pero mejor eso que nada.



14 septiembre 2008

Autodispensas.

A pesar de que revisto -ilusamente- como hombre joven, técnicamente soy un hombre de mediana edad. En realidad, después de que te ponen el sustantivo inequívoco "hombre" y el "joven" se adjetiviza, es todo la misma mierda: estás viejo. Pero no voy a llorar por eso, no.
Tampoco voy a decir que estoy de vuelta o que nada puede asombrarme. Al contrario, tengo plena conciencia de todas las cosas que todavía no sé y las que no he experimentado, pero en ciertos temas vengo decidiendo cada vez más seguido: "basta de esto".
De todas las cosas que podría enumerar, cosas que uno se harta de escuchar, ver y experimentar con los demás, voy a pasar (en realidad, dejarlas para otro momento, malditas cucarachas, no se salvarán de mi furia). Siendo un tipo medianamente autoconsciente, mi primera obligación es para con mis propias debilidades (y no, tampoco haré una lista minuciosa de ellas).

Después de numerosas situaciones en las que fallé, no estuve a la altura, renuncié por razones valederas o totalmente pueriles (lo que es peor) y un larguísimo etcétera, aprendí a conocerme un poco más. Siempre fui algo exigente conmigo mismo, como prevención ante el ridículo o la decepción de otros, lo que en realidad terminó animándome a pocos, actos insensatos, pero pude coleccionar una cantidad notable de fracasos sin problemas.
A esta altura del viaje, hacer esa autocrítica es la que me permite reconocerme como olmo. Y desde entonces me cuelgo un cartel que dice: "Olmo". Ya no quiero que los demás me pidan peras, ni ver la decepción en sus ojos cuando no obtienen peras. Hay cosas que no haré, aunque quien me lo pida o lo necesite sea la persona que más ame en el mundo, o que la recompensa sea millonaria o lo que sea. No tiene sentido hacerle perder el tiempo a los demás animándolos a creer que uno puede con todo. Yo no puedo, y desde entonces he podido hacer mucho más de lo que hacía cuando todos creíamos que yo era normal.

Quien me pida peras sabrá que cumplir con sus expectativas me volverá otra cosa (porque haré hasta lo imposible por cumplir), algo que quizá después deteste, esa persona y yo. Mejor, que me pida lo que puedo hacer, y -cada tanto y sin demasiada premeditación-, quizá la sorprenda. Algunos creen que esto es comodidad. Sí, claro.

El camino empezó una noche, en el invierno de mi desesperación, cuando aprendí a pedirme perdón.


19 agosto 2008

La seriedad de la niñez

Hubo una época de mi infancia, entre los siete y los diez años, en la que me había puesto demasiado serio. Fue una época larga para tan poquitos años de vida.
Algunas causas pude identificarlas posteriormente: deseaba fervientemente agradar a mis mayores; emular ese aire grave y solemne con que los adultos impregnaban cualquier pavada; sufría del acoso de pensamientos demasiado sombríos -inducidos por lecturas poco orientadas y convenientes- que me hacían llevar todo a la tremenda (casi un Drama Prince); y, tras cartón, habitaba con temor más en el mundo de las consecuencias que en el de las causas, cayendo en el agobio de la irreflexiva disciplina familiar, religiosa y escolar, capaces de castigarme por crímenes que me creía totalmente capaz de cometer involuntariamente.
Ya hablé aquí de las primeras veces. Como un ciego que entra por primera vez a un cuarto y que se da contra las paredes y los muebles hasta que recuerda dónde están, estaba a merced de la ignorancia.

De aquella época recuerdo una pesadilla espantosa que me llenaba de terror en las madrugadas y que era recurrente. Jamás pude describirla con facilidad: sentía que había hecho algo monstruoso, algo fuera de toda medida pero que ni yo sabía qué era. La desesperación me llevaba a levantarme, revisar el baño y otras dependencias, buscando qué podía ser. Una vez instalado el miedo ya no podía dormir tranquilo.

Después de los diez años empecé a desconfiar de los adultos. El Edipo me pegó con accesorias en la credibilidad. Empecé a descreer, sobre todo, de la justicia de mis mayores; no siempre era universal, no siempre era automática, no siempre era irreflexiva. Se podía negociar, don Inodoro.
Aprendí a darme un poco de crédito. Por un lado, no se puede vivir midiendo constantemente las consecuencias (un proceso que se va de madre en la adolescencia); por el otro, a medida que crecí las reglas dejaban de agarrarme desprevenido.

Puedo hacer hoy introspección y encontrar nuevamente esa sensación de angustia, azoro y decepción de entonces. Hasta el corazón se me acelera. Es como el sabor del agua de mar, que no me abandona aún después de casi treinta años sin pisar una playa.

11 agosto 2008

Ciclos variables y corrientes inmutables.

La vida, dijimos por acá, es un subibaja. Una especie de biorritmo (no es una genialidad encontrar un parecido entre A y B cuando B ya había sido pensado aprovechando la analogía de "ciclo", como series cartesianas de A; pero hoy no me reten que estoy de buen humor) con gráficas más o menos senoidales, desarrollándose al mismo tiempo y que pueden coincidir en algún punto alto, medio o bajo.

Olvidándonos pronto de la pavada del biorritmo -que usé apenas como una imagen mental- vamos al grano: en el día a día de mi vida tengo siempre abiertos unos veinte o veinticinco temas en diferentes etapas y que me van ocupando el día. Los hay de largo trámite (la vida misma es un largo y complejo trasiego que incluye todos los demás -otros más para los creyentes en la vida después de la muerte, pero no es mi caso-) y están los inmediatos que requieren perentoria resolución ("¿Qué vamos a comer esta noche?"). También están los ajenos, esos de los que a veces somos parte ineludible (de los que puedo ser "parte eludible" me esfumo siempre que puedo, porque de los entierros en los que no poseo vela aprendí a rajarme hace rato).

Este fin de semana algunas cuestiones de largo aliento, para mi sorpresa, coincidieron en darme buenas noticias, algunas largamente anheladas. No hay tesoros encontrados ni loterías ganadas repentinamente, ni un tío me dejó una fortuna. No, apenas cosas que les pasan a otros y que me hacen feliz.

Las noticias hicieron que mi almuerzo dominical (croutons untados con paté de higado con cebolla de verdeo*, otros con puré de berenjena a la pasta de sésamo y ajo, más empanadas de verdura al horno -todo hecho en casa-) lo disfrutara con una alegría distinta.
Me sentí incapaz de desear nada más. Pleno, consciente de que lo mucho o poco que uno tenga no depende de las cosas ni los objetos: podría sentirme mal pensando en todas las cosas que no están bien en mi vida (trabajo, distancias, desarraigos) pero no pude. Como un burgués que mira su chalet en el country, así me sentí. Y sin culpa alguna, como corresponde.

Ya habrá tiempo para sentirse mal.

Me lo dijo el biorritmo.

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(*) Aprendí, para este plato, a hacer una mayonesa ¡con leche! y aceite. Ideal para los que tienen problemas con la albúmina del huevo, el colesterol de su yema o sufren de terror a la escherichia colli. Sabe prácticamente igual y si se hace con leche descremada tiene menos calorías (pero no ponerse contento: en cuanto uno sabe esto... ¡come más!).

05 agosto 2008

Gallo tuerto.

Cuando conozco una persona siempre me formo una opinión temprana. No lo puedo evitar. Si al salir de un primer encuentro me preguntan qué me pareció fulano o perengano, siempre tengo una opinión. Si bien con los años aprendí a no abrir la boca ante gente con la que no tengo mucha confianza, en realidad tengo una impresión que está más basada en el prejuicio que en cualquier otra cosa. Y muchas veces me equivoco (eso de "ojo de loca no se equivoca" no va conmigo) porque la gente no siempre se revela de primera cuando recién la conocés (a veces por vergüenza, timidez, desconfianza o mera delincuencia).

Me pongo más errático (como todos) cuando hay más virtualidad en el medio (chats de MSN, mails, foros y esas cosas). Cuando la virtualidad va desapareciendo (o cuando no la hay en absoluto), tiendo a acertar un poco más, pero igual sigo equivocándome seguido. Me salva, como digo, que cierro la boca y agrego "por ahora fulano me pareció..." al principio de cualquier comentario.

Las cosas que, cual Sherlock Holmes endrogado con paco, me hacen desconfiar o confiar en las personas que no conozco demasiado son estas. Vean ustedes:

Desconfío de:

  • Fanáticos varios, desde clubes de fútbol pasando por sagas literarias (léase Tolkien o C. S. Lewis) hasta mundos virtuales (WoW) o juegos de rol.
  • Lectores y linkers de ciertos blogs o sitios de Internet con los que no comulgo en el gusto.
  • Masculinos que se llamen Omar o Claudio.
  • Femeninas que se llamen Patricia o María Cruz.
  • Kirchneristas (en este país ser fervoroso oficialista me hace desconfiar de cualquiera).
  • Quienes me preguntan demasido sobre mi actividad profesional tipo "casting" fiestero.
  • Los que creen que su informalidad incluye mi tiempo, mi dinero o mi "lo que sea" con o sin permiso.
  • Los extremadamente desconfiados.
  • Aquellos que son muy cariñosos con todo el mundo y te tratan demasiado deferentemente.
  • Las personas que no cuenten nada relevante de sí mismos ante una pregunta directa.
  • Los malhumorados, disfrazados de divos pelotudos.
  • Los que se las saben todas y los inmodestos. Se incluye los que se creen demasiado lindos.
  • Los aduladores o los que viven en la falsa modestia.
  • Los que hacen alarde de ignorancia y/u ostentación de viveza criolla.

Confío en:

  • Las personas divertidas, que se ríen de sí mismas o de lo incómodas que están.
  • La gente que mira a los ojos.
  • Los torpes, desprolijos, brutos y palurdos.
  • Aquellos que sacrifican la formalidad en bien de la comodidad.
  • Las personas "con problemitas".
  • Los sociópatas que hacen un esfuerzo por no serlo.
  • Los tímidos.
  • Los que no me dan la razón para quedar bien.
  • Esas personas que tienen un "no se qué" de perro apaleado.
Por supuesto, todo esto es tan lábil y provisorio que no me sirve para nada. Bien sé que muchas veces quiero confiar (o no) en alguien solamente porque me reconozco detrás de la máscara.
"El cuero es buen maestro", dice mi amigo (el mismo de siempre, tengo un solo amigo sentencioso hasta la fecha) y una de las cosas que el cuero me enseñó es a desconfiar.
Primero que todos, de mí.