Siente y avanza y mira. Fría, calculando, sabiendo exactamente lo que va a hacer. Hasta que se topa con el primer empujón del objetivo cobarde. Cierra el puño y lanza la primera trompada. Sabe. Aunque no es de ella el pelo que está siendo tironeado, siente que se convierte en alfileres insertándose en esa cabeza. Y siente la mano mojada, esta vez de sangre ajena. Y patea músculos, órganos, no le importa. No tiene piedad. No siente piedad. Y aunque no es de ella el cuerpo que recibe los golpes, tiene plena consciencia de la falta de aire, del impacto seco de su calzado sobre el cuerpo blando del objetivo. Sabe. Siente. Muchas veces lo ha sentido en su propio cuerpo. Sabe que duele. Sabe que deja marca.
Alguien le recuerda su nobleza pero no le importa. No le importa ser noble. Le importa repartir parejo, por primera vez. Que todo el mundo tenga lo que se merece porque ella, la de la fuerza, ya tuvo demasiado y esta vez, esta vez no va a solucionar las cosas con indiferencia. Esta vez, quizás por única vez, va a dejar que su instinto animal salga, se va a volver feroz, depredadora. Esta vez y con esto, aprende que la ley de la selva es así. Que el que puede más es el que tiene más fuerza y ella puede. Puede todo lo que no pudo hasta ahora.
Una masacre, eso quiere. Sangre. Se lo pide el cuerpo, la cabeza, el alma. Sangre para terminar. Sangre para volver a empezar. Sabe que nadie es más que eso: unos litros de sangre mal distribuidos.
Y la cabeza del objetivo, una y otra vez, rebota sobre el cordón de una vereda. Se mancha el cemento. Y el objetivo llora y suplica y pide perdón. Pero esta vez no hay perdón. Esta vez, dice ella, van a saber que no se juega con todo. Esta vez se va a entender para siempre. Y sigue repartiendo golpes, incansable, con la intensidad que le es propia. Pega y vuelve a pegar. No se le cansan los brazos, ni las piernas. Es poderosa porque es fuerte y porque no tiene compasión por nada ni por nadie.
Tres trompadas y siente como se deshace una cara bajo su puño. Siente como el objetivo se ahoga en su propia sangre. Lo ve vencido, tirado, miserable, patético.
Entonces, se queda mirando. Se aleja dos pasos y le da una patada justo debajo del final de las costillas y otra en los genitales. Para que el objetivo sienta, para que el objetivo recuerde. Y después se aleja, La Furia, consciente de lo que es, consciente de lo que es capaz.