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04 mayo 2010

La Furia.

Cuando abre los ojos sabe que no está en su lugar. Que no es su sitio, que nada de lo que la rodea le es propio. Sabe además, que el lugar en donde está es un lugar que siempre le pareció nauseabundo. Tiene la mirada fría. No tiembla. Sólo mira a su objetivo, que está ahí, frente a ella. Le clava la vista. Piensa. Avanza. Un paso delante de otro. Sin hablar, sin decir una sola palabra. Avanza y mide los pasos. Siente. Es pura sensación. Ninguna de bienestar pero siente. Siente todo. Sangra porque está lastimada. Como si antes, en algún momento, antes de abrir los ojos, la hubiesen cortado o tajeado o golpeado. Pero no se siente débil. Tiene la fuerza de un titán o de dos o de tres.
Siente y avanza y mira. Fría, calculando, sabiendo exactamente lo que va a hacer. Hasta que se topa con el primer empujón del objetivo cobarde. Cierra el puño y lanza la primera trompada. Sabe. Aunque no es de ella el pelo que está siendo tironeado, siente que se convierte en alfileres insertándose en esa cabeza. Y siente la mano mojada, esta vez de sangre ajena. Y patea músculos, órganos, no le importa. No tiene piedad. No siente piedad. Y aunque no es de ella el cuerpo que recibe los golpes, tiene plena consciencia de la falta de aire, del impacto seco de su calzado sobre el cuerpo blando del objetivo. Sabe. Siente. Muchas veces lo ha sentido en su propio cuerpo. Sabe que duele. Sabe que deja marca.
Alguien le recuerda su nobleza pero no le importa. No le importa ser noble. Le importa repartir parejo, por primera vez. Que todo el mundo tenga lo que se merece porque ella, la de la fuerza, ya tuvo demasiado y esta vez, esta vez no va a solucionar las cosas con indiferencia. Esta vez, quizás por única vez, va a dejar que su instinto animal salga, se va a volver feroz, depredadora. Esta vez y con esto, aprende que la ley de la selva es así. Que el que puede más es el que tiene más fuerza y ella puede. Puede todo lo que no pudo hasta ahora.
Una masacre, eso quiere. Sangre. Se lo pide el cuerpo, la cabeza, el alma. Sangre para terminar. Sangre para volver a empezar. Sabe que nadie es más que eso: unos litros de sangre mal distribuidos.
Y la cabeza del objetivo, una y otra vez, rebota sobre el cordón de una vereda. Se mancha el cemento. Y el objetivo llora y suplica y pide perdón. Pero esta vez no hay perdón. Esta vez, dice ella, van a saber que no se juega con todo. Esta vez se va a entender para siempre. Y sigue repartiendo golpes, incansable, con la intensidad que le es propia. Pega y vuelve a pegar. No se le cansan los brazos, ni las piernas. Es poderosa porque es fuerte y porque no tiene compasión por nada ni por nadie.
Tres trompadas y siente como se deshace una cara bajo su puño. Siente como el objetivo se ahoga en su propia sangre. Lo ve vencido, tirado, miserable, patético.
Entonces, se queda mirando. Se aleja dos pasos y le da una patada justo debajo del final de las costillas y otra en los genitales. Para que el objetivo sienta, para que el objetivo recuerde. Y después se aleja, La Furia, consciente de lo que es, consciente de lo que es capaz.

La difunta Vontrier

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"Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar", dice Serrat que dice Machado y el dicho en Internet es una verdad en letras de molde. Uno escribe acá y puede quedar o puede pasar. Peor aún, a veces las obras perduran separándose de sus creadores, cumpliéndose divergentemente el destino previsto por el bardo, por esas cosas del cut&paste, la cita sin cita, el olvido con tufo a afano, la falta de personalidad disfrazada de pereza. La vida virtual es una vida desde una perspectiva electro-budista: te podés morir mañana y reencarnás en un ratito. Recientemente se murió Vontrier; y su muerte es ominosa para nosotros, no para ella, que bien vivita y coleando está. Forma parte del panteón de bloggers: Misao, K., Capitán Burton, Wakefield, Clara, Donnie, D' y Eleanor; gente de la que tengo el orgullo de decir que pasaron por acá alguna vez. Bueno, yo admiraba a Vontrier porque iba adelante, porque alcanzarla era una meta que siempre la turra me corría más adelante, hasta que la perdí de vista, al final. Me mandó un mail preguntando humildemente si podía "conseguirle un lugar donde publicar" esto que está ahí arriba, antes de decir adiós, o como un adiós mismo.

04 febrero 2010

Informe de vistos y leídos/XIX*

Repasemos un poco lo visto y leído en los últimos meses, de acuerdo a mi memoria (seguro hay bastante más, pero mucho no tendré que decir porque no me acuerdo):
Vistos:
  • Avatar: estas películas megamillonarias no pueden ser otra cosa que refritos de historias que ya hemos visto o leído, probadas otrora y regurgitadas al calor de nuevas tecnologías (y el cine de comité). Me molesta con Avatar lo mismo que con las del Imperio de Lucas: me tratan de estúpido. Creen que no conozco la historia de Pocahontas, que no vi ninguna película de Miyazaki, o que la verosimilitud tradicional debe rendirse a la del "existe porque puede verse", cuando muchas veces he verificado cosas que ni siquiera imaginé poder ver (y no entremos en metafísica, sólo hablemos de ciencia ficción). Entretenida en 3D; en 2D imagino que es una película grandilocuente que se queda corta. ¿Alguien me puede explicar la obsesión de los directores de Hollywood por los helicópteros?
  • La Trilogía LOTR. Revista, aprovechando el nuevo monitor de 20' y que podía entredormirme cada tanto porque las había visto.
  • "500 days of summer", la tan mentada nocomediaromántica del invierno boreal que se estrenó hace unas semanas por acá es otro refrito de historias y personajes ya vistos. Zooey Deschanel hace otra vez a Trillian ("The Hitchhiker's Guide to the Galaxy") pero como Andy MacDowell en "Four Weddings and a Funeral", dentro de una estética Pushing Daisies que incluye voz en off y amago de musical. Igual, la película es bastante honesta en todo lo demás, aunque le faltó poco para Great Expectations.
  • True Romance, la de Tarantino que hizo Tony Scott. Tan buena como cualquiera de las mejores de Tarantino, incluso mejor que algunas tan festejadas (sobre todo las últimas). Una chica rubia, un chico pobre y una valija llena de droga. Tiros, Kung Fú, mafia, diálogos actorales para alquilar balcones (el reparto es de lujo), noche, estrellas, Teté. Casi ni yo me acordaba de que era tan buena.
  • Luna Nueva: no sé si merece que pierda más tiempo que el que perdí viéndola. La primera fue insoportable y no la terminé, por lo que algo mejor ésta es. Igual es una bobada.
  • Meteoro, de los hermanos Wachowski. Me esperaba algo peor, después de las malas críticas, pero zafó. Una versión de Meteoro Micro Machines.
  • Astroboy, de David Bowers. Otra que me asustó pero no fue para tanto. Me hubiese gustado por Tim Burton.
  • Sólo estoy viendo House, The Big Bang Theory y Scrubs. Tengo para seguir con Pushing Daysies 
Leídos:
  • La bicicleta de Leonardo, Paco Ignacio Taibo II. Quizá una de las perlas de la temporada. Tengo otro libro del mismo escritor en la pila y no veo la hora de llegar.
  • La costa más lejana del mundo, Patrick O'Brian. Otra historia de Aubrey y Maturin en el mar. Qué decir, puro gozo para el nerd de los barcos.
  • Alicia en el País de las Maravillas, Lewis Carroll. Tenía que releerlo, después de tantos años. Me encantó de nuevo. Y temo por la película.
  • Viaje al fin de la noche, Louis-Ferdinand Celine. Otra relectura que me permito cada tanto. La necesito y aprovecho el paso del tiempo para volver a pecar.
  • Últimas noticias de Perón, de Rogelio García Lupo. Una especie de colección de historias poco conocidas de los primeros gobiernos de Perón a la luz de nuevos documentos que han visto la luz pública.
  • Isabel Perón, de María Sáenz Quesada. Una biografía bastante completa, centrada sobre todo en los años más públicos de la última esposa de Juan Domingo Perón y sus "socios" de la época. Queda mucho en la sombra, quizá faltó un poco más de investigación. Por ejemplo, no se dice mucho de su relación post golpe con Massera.
  • Monte Chingolo, Gustavo Plis-Steremberg. Una excelente reconstrucción de los antecedentes, los hechos y consecuencias de la batalla más grande que librara la guerrilla en Argentina. Una historia bastante poco conocida. Muy buen trabajo del autor.
  • El burgués maldito, de María Seoane. Biografía muy completa sobre José Ber Gelbard. Me impresionó bastante, sobre todo porque conozco personalmente a alguna gente mencionada en el libro.
  • El Dictador, de Vicente Muleiro y María Seoane. Imprescindible biografía del criminal que hace de Andrei Chikatilo un bebé de pecho. Paródico, patético, retentivo anal. Y sanguinario.
  • Timmerman, de Graciela Mochkofsky, esfuerzo notable para reconstruir la vida de uno de los hombres más polémicos del país. Complementaria a la de Gelbard, Videla e Isabel.
  • Estamos en el aire, Silvia Itkin, Pablo Sirvén y Carlos Ulanovsky. Historias y anécdotas sobre la televisión ordenadas cronológicamente y divididas en tres partes, una para cada autor.
  • JFK, William Reymond y Billie Sol Estes. Otro libro sobre otra de mis obsesiones, Kennedy y su muerte. Después de leer el Oswald de Norman Mailer pensé que nada más me iba a asombrar. Bueno, no. Después de leer este libro todas las teorías que se han manejado empiezan a clarificarse. Navaja de Occam mediante, la cuenta sale bien.
  • La casa de los conejos, Laura Alcoba. Una historia tan real que no lo parece. Una parte de la historia de la famosa imprenta revolucionaria de Montoneros, contada por una nena.
  • Quién mató a Aramburu, Juan Alonso. Otra vez mezcla las cartas y da de nuevo con nuestro Kennedy nacional.
  • Malvinas, Federico Lorenz. Una lectura que no agrega mucho a lo ya escrito sobre el tema, por lo menos usa otro enfoque.
Bueno, se ve que ando más por el ensayo y la no ficción que por la ficción. Incluso vi pocas películas. Ya volveremos.

* No me acuerdo por dónde iba.

09 mayo 2009

Informe de vistos y leídos.

A ver, qué estuve haciendo estos días aparte de laburar para otros:

Leído:
  1. Los Hombres que no amaban a las mujeres, de Stieg Larsson: me costó entrarle porque al principio es algo morosa, casi que no arranca, pero en cuanto la familia Vanger entra a escena, todo se pone bastante entretenido. Aunque después va palo y palo, nunca quise terminar tan rápido un libro para conocer por fin el desenlace -encima es larguito. Muy buen uso del suspenso. Muy recomendable.
  2. Realidad, de Sergio Bizzio: Hmmmmnnnn... hasta ahora no sé. Últimamente hay un problema con los personajes de la literatura argentina. Demasiado estereotipo, supongo que con la intención de hacer más creíbles las historias. Encima, algunos clisés son importados, pero terminan siendo sospechosamente criollos a la hora de reaccionar. Como si un agente secreto fuera igual a Bond, pero tomara mate, anduviera de alpargatas y fuera hincha de Nueva Chicago. Pepe Sánchez hay uno solo, y precisamente el incongruente era parte de la gracia. Tan mal como Fena Della Maggiora en el esperpento de Pito Fáez.
    La irrealidad convertida en un paquete pretendidamente real por los reality shows se vuelve de repente hiperrealista al chocar contra un grupo islámico y su MacGuffin (que es otro fallo del estereotipo, realmente). Nada más. Igual, está bien escrita, es sumamente corta (es un cuento largo) y se lee fácil.
  3. Santería, de Leo Oyola. Casi que cae en los tópicos de la previa, pero tiene más salero. Cortita, sin embargo por ahí divaga un poco de más Oyola, tratando de hacernos saber que conoce muy bien el submundo villero de los noventa. Si la anterior hacía hincapié en la realidad de cartón pintado que se hace real, acá es al revés: la dura realidad villera se evapora en nubes de metafísica criolla y matones mágicamente inmortales, con After Chabón y La Ventanita de fondo. Buena, sobre todo las primeras dos terceras partes.
  4. La condición poshumana, de Santiago Koval: un paseo por los robots del cine, intentando dibujar alguna tesis sobre la imaginería y lo que representa como atisbo de la condición poshumana. Estaría bien si Hollywood fuera la única fuente de imaginación sobre robots, pero como pasa con la televisión, es la peor fuente posible. Soslaya todos los "poshumanos" que existen desde el Golem para acá en la literatura y otras fuentes tales como religiones, mitos y tradiciones, (sin olvidarnos del cómic). Para quienes creen que el cine es todo puede resultar entretenida. Para el resto, es totalmente incompleta (y aburrida).
  5. Amores, pasiones y vicios de la Gran Catalina, de Denzil Romero, controvertida crónica sobre la gran puta austriaca que termino de zarina rusa, y que creara las bases de la cultura que hizo posibles, por un lado, a los grandes escritores rusos del siglo IXX pero que por el otro redujo a la servidumbre más abyecta a los campesinos (y que fue el fermento de la Revolución Rusa del siglo XX). Cansa un poco tanto eufemismo en francés, pero es entretenida como la vida de Catalina.
  6. Dejé de lado varios libros que no consignaré, porque no me convencieron, me aburrieron, eran demasiado estúpidos o todas las anteriores.
Visto:
  1. The Reader: Excelente Winslet, Oscar merecido. La historia es lo más políticamente correcta que puede ser una historia (más) sobre el holocausto. Merece mención especial Bruno Ganz, que siempre sobresale. Recomendada, sobre todo porque está Winslet (mucho en bolas) y Ganz (gracias a Eru, vestido).
  2. Freaks: nos la regaló Gé, entre otras buenas películas en VHS. Tod Browning, el genial realizador del Drácula de Lugosi. Ya la había visto, hace mucho, pero creo que fue como si la hubiera visto por primera vez. Qué puedo decir que no se haya dicho, una obra maestra.
  3. Porco Rosso: me la debía. Aunque me dijeron que era una de las "menos mejores" de Miyazaki me encantó. Es otra de las películas donde el realizador muestra que su filmografía no refiere a absolutos, sino a la percepción que sus personajes tienen del bien y el mal, grados de gris entre el negro y blanco absolutos, tonos plenos que sólo son representados por fuerzas que trascienden las fuerzas del individuo. En este caso, el fascismo vs. "el cielo de los pilotos". La maldición que aqueja a Porco jamás es revelada, y como pasa con Sofi en Howl, la percepción que se tiene de él cambia sin dar tampoco demasiadas explicaciones. Porco Rosso es tan profunda como quiera uno sumergirse.
  4. Paris: intenta ser una película coral sobre la vida cotidiana de una grupo de personas más o menos conectadas entre sí que viven en la capital francesa. A veces cae en el folletismo turístico, otras veces es demasiado playita. Un intento a la francesa de Love Actually, pero con menos ñoñez. Se deja ver.
  5. Wolverine: buenos efectos, bien conectada como precuela, pero pésima trama. Falla porque es evidente y pretenden que no, pero en cuanto ves cierta escena casi al principio te imaginás todo lo que va a pasar. El problema es que el director supone que no nos dimos cuenta y en vez de hacernos participes de la trama (como hubiera hecho Hitchcock, mostrándonos el engaño) nos cree perdidos en la misma bruma que el protagonista. Si hubieran salvado ese problema, ligaba unos puntos más. La están matando , ojo, y no es para tanto.
  6. Star Trek: impresionante espectáculo cinematográfico. Por fin, Hollywood deja contentos a todos, fans antiguos, modernos, no fanáticos, pochocleros, cinéfilos, comiqueros, y toda la runfla que tengan a bien mencionar. Excelente giro en la trama para una precuela (dudo pueda seguir totalmente conectada a la línea temporal de la primitiva serie Star Trek) y entretenida a más no poder. Terminados los títulos -a las 0:45 del viernes- uno gritó "ponela de vuelta". No me equivoco si digo que estábamos todos de acuerdo.
  7. House, temporada 5: quizá la mejor temporada desde la primera, sobre todo por el final: no quiero contar nada, porque sé que muchos no están viéndola al mismo tiempo que yo. Falta el último capítulo, no emitido en USA aún. Lo único que puedo decirles del E23 es ¡POR FIN LA PUTA QUE LOS PARIÓ!
Prometemos más cuando lo haya.

18 diciembre 2008

Russians love their children too

La música, a lo largo de mi vida, se conectó conmigo -y viceversa- de muy variadas formas. He dejado constancia aquí de que tengo gusto para casi toda la música tocada con cierto esmero, algo de respeto y corazón. Después, algunas cosas me gustan más que otras, a veces por temporadas o por mera identificación. 

Con respecto a la música clásica y sus aledaños tuve muchas etapas. Épocas en las que casi sólo conviví con Mozart, Bach y Vivaldi. Otras con Beethoven, Mendelssohn, Liszt y Berlioz. Y otras con Debussy, Ravel y Dvórak. Como con cierta poesía, la lírica me confunde bastante y la evito siempre que puedo, a veces me dejo impresionar por Verdi. Pero la Ópera no es lo mío.

A pesar de mi veleidad, siempre estuvieron ahí, atemporales, los rusos. No sé que tienen. Tchaikovsky, Mussorgsky, Shostakovich, comparten una textura, pero no un tiempo.
Eternos, modernos y antiguos. Orientales y occidentales. Tan ambiguos como sus mismos escritores.

Los escritores rusos. No me considero un especialista, apenas si he leído a Dostoievski, Gorki, Gógol, Tolstói, Pushkin -por mencionar los decimonónicos más importantes- y no puedo ocultar la fascinación que me provocan. Ellos también tienen otro tiempo, otro ritmo. El alma rusa, debe ser.

Después, cuanta cosa cayó en mis manos que desvele el velo ruso (o la Cortina de Hierro, más bien): desde el libraco sobre Lee Harvey Oswald (otra de mis obsesiones antiguas) de Norman Mailer hasta las recientes páginas de internet que muestran el estado de abandono del que supo ser el país más grande del mundo.

05 diciembre 2008

La última del año.

UPDATE: SE SUSPENDIÓ.


Eterna Cadencia y Hablando del Asunto - o sea, La cadencia del asunto- cierran el año con quien debe ser el tipo que más me representa a la hora de agarrar un diario y leer alguna cosa que tenga que ver con la realidad, Martín Caparrós.

La cita es el jueves, 11 de diciembre a las 19 horas en Eterna Cadencia -Honduras 5574, Capital Federal. Recomiendo ir temprano, el lugar es chico. Prometen desgrabar para los que no puedan ir (o se vayan a tomar una cerveza al bar de la esquina).

No sé si existe mejor forma de decir hasta luego.

01 diciembre 2008

Veracidad inverosímil.

Siempre me adjudiqué alguna facilidad para desarrollar con la ficción cualquier tema, incluso con lagunas de información sobre el asunto. Es la principal virtud que le encuentro a escribir, porque mientras uno imagine tiene derecho a decir cualquier cosa, con tal de que sea verosímil (bueno, un poco). Pero a medida que leo lo que se publica hoy en día, me atemorizo. No hay demasiado lugar para la imaginación. Y no, no es que estemos viviendo una etapa realista, para nada.

En los albores del género, John W. Campbell y sus esbirros siempre fueron incansables lectores y críticos de lo que se publicaba en ciencia ficción. Cuenta Isaac Asimov que debatían, por ejemplo, acerca de la dificultad de hacer novelas de detectives dentro del género. Según Campbell era difícil porque siempre se podía dar al detective un recurso que no existía en el mundo actual y con eso resolver un crimen de manera tramposa para con el lector. Es como si, yendo a lo fantástico, Agatha Christie hubiera dado poderes de médium a Hércules Poirot o Conan Doyle hubiese hecho un adivino mágico de Sherlock Holmes. 

Desde la ficción es posible inventar cualquier mundo, incluso uno donde las leyes más ineludibles -como la gravedad, la entropía o la estupidez humana- sean optativas o menos recias, pero siempre hay restricciones ¡hasta hay que imaginárselas o ser considerado un descuidado!, porque rigen las generales de la ley para la credibilidad. No puedo pedir a quien me lee que me asista con su paciencia cada vez que decido (o me veo obligado a) cortar camino. 
Sin embargo, es lo que hacen los "realistas mágicos" y mal no les va, florecen. Cada día que pasa más escritores intentan disfrazar su vagancia con este recurso, apelando a lo irreal para zafar del fárrago y el aburrimiento de su narrativa. Usan lo mágico como condimento porque no tienen cómo hornear una plato más exótico al paladar del lector. Es como comerse un pancho con mostaza de Dijon y decir "bueno, ahora imaginate cómo es vivir en París".

No es tan difícil, supongo, eso de inventarse las cosas que tienen los escritores con dignidad, hay muchos trucos: Haroldo Conti en Mascaró, el cazador americano (sí, como rompo con esta novela) habla de un paisaje que tiene tanto de fantástico como el recuerdo; sin embargo, el uso de la jerga marina es totalmente pertinente e irreprochable. El camino, los adoquines y las piedras que cimientan el relato son engañosamente reales, el paisaje no siempre.
Otros autores hacen al revés: describen situaciones perfectamente reales con lenguajes elusivos. El paisaje es reconocible, mas el camino está velado, es apenas una huella que se adivina más que se siente. Pienso en Boris Vian, William Burroughs, o Cordwainer Smith como algunos de estos escritores atmosféricos.

El nivel de debate ha caído, seguro: los pruritos fueron abandonados hace tiempo, mucho tienen que ver la televisión y el cine y su necesidad de historias fáciles. Lo sobrenatural, lo maravilloso se volvió una cotidianeidad, una obviedad.
Del valaco monstruo barroco apenas vislumbrado en Drácula, pasamos por los doce libros de vampiros new age de Ann Rice y terminamos en los más recientes de Stephenie Meyer. Del horror que provocaban las leyendas centroeuropeas en Stoker -que murió gritando "strigoi" ("vampiro", en rumano)- a una saga de ñoño romance en un high school alla Potter. 

Para vampiros vegetarianos prefiero el Conde Pátula, gracias.

10 septiembre 2008

La cárcel de las palabras.

Una vez hubo un Haroldo Conti:
"Volvió al final de la tarde. El sudor y el agua se le secaron con el viento y le ardía la piel. Los médanos se habían puesto negros y alcanzó a ver el penacho de arena. Algo después Cafuné pasó como un tejo sobre su alada bicicleta con esos parches de colores en las ruedas y una cinta de bayeta en cada punta del manubrio. Levantó una mano, pero Cafuné no responde ni mira. Pura figura. Una vincha de goma le sujeta el pelo, gris, cerdoso, que flota por detrás de su cabeza. Cafuné pájaro. Es de poca carne, agudo, huesos. Cuando no toca la flauta corre de un lado a otro con su bicicleta. Lleva y trae mensajes. Más a menudo los inventa. Lo ha visto, hay seguridad, por un costado del ojo. Ojo de mosca. Se aleja con un chasquido de gomas perseguido por una bandada de gaviotas."
El párrafo tiene casi una estética de cómic, pero el juego que juega con las palabras es evidentemente literario. Los violentos cambios de tiempo verbal, que serían censurados en cuanto taller de escritura se osara mencionarlos, fluyen con naturalidad. No sé si veo a Cafuné o eso que veo es la imagen de mi propio recuerdo. O un tipo que me cuenta una historieta.
"El sol roza las puntas de los médanos, la playa es una neblina amarilla que recorren luces y fosforescencias, las gaviotas están paradas sobre sus sombras que se alargan en la arena, y se quiebran en la primera ola."
Aparte, hijo de puta, sacale "fosforescencias" a la frase y esas palabras son de tercer grado, a lo sumo. Faulkner, morite. Ah, ya estás muerto. Alejo Carpentier, vos también. Pensar que tantos de nosotros estamos apretados por el vocabulario, conminados a tejer retruécanos.
"Los ranchos del pueblo se abultan hacia el poniente. Tienen un lado blanco, preciso, y un lado oscuro que se alarga en punta hacia el mar. El faro sobresale por detrás de los ranchos, todavía en el sol, por lo que parece más apartado y más alto. A medida que Oreste se acerca al faro se corre hacia la izquierda, siempre sobre los techos, y después entra en el mar. El faro es anterior al pueblo. Lo levantaron unos italianos que vinieron desde Palmares, sobre el Cabo de Santa Mana, ese peñón solitario ahora completamente oscuro, que se hace a la mar a medida que Oreste se aproxima al pueblo."
[...]
"La torre del faro emerge blanca y lisa, en otro aire. Lo demás, por debajo, son borrosidades. La torre es de piedra recubierta con mortero. Más cerca se aprecia la carcoma del tiempo. La argamasa descascarada, las ventanas con restos de marcos y batientes, la puerta roída en los bordes, recompuesta con tablas que arroja el mar. Sin embargo, el faro funciona como el día que lo echaron a andar."[...]
Eso de la torre del faro "en otro aire" me produjo alegría. Haroldo Conti debe ser el más borgiano de sus asesinos (y el más renuente).

Perdón: no es éste un blog literario, ni pretende serlo. Pero hace tanto que no leo algo que me provoque tanto placer, tan integrado, que me resulta insoportablemente necesario decirlo. Aunque parezca cursi, sí (como esos tontos que hablan del último -único, a veces- libro que leyeron). Creo que este esforzado aprendiz inicia un elusivo romance con Mascaró, el Cazador Americano.


[Haroldo Conti fue desaparecido el cinco de mayo de 1976. Se lo llevaron, presumiblemente, a algún chupadero en el cual seguramente se lo torturó y donde luego fue asesinado. Tenía 50 años.]


Gracias, Cass, por insistirme.



25 junio 2008

Fuente(si tan si)A

Subjuntivo anda bastante molesto, ultimamente, generando webadas (en el doble significado de esa palabra). Si no anda con las mini-sagas, anda con esa-cosa-que-le-inspiró su neolingüista de cabecera, Gerund.
En un post de su excelente "Por tres monedas" se le ocurrió esto:
"Elegiré un texto que me guste de una fuente que quiera, preferentemente un blog o similar, lo pegaré en mi blog entrecomillado, y citaré la fuente, con un link.
La persona elegida deberá, si le diere la gana, hacer lo propio, tomando la precaución de no elegir a quien lo hubiere elegido, y de citar o bien estas reglas, o este post, o al menos una clara explicación del asunto, de modo que el elegido sepa qué cuernos hacer."
Pensé que iba a zafar, pero me agarró Cassandra y ahora estoy obligado a citar a alguien. Como soy protestón pero esforzado (no en vano me gané el mote que vino con aquel premio) voy a cumplir, pero no es que me queje porque sea dificil debido a la falta de orígenes, sino por su exceso: demasiada gente a mi alrededor escribe con méritos suficientes. La misma Cass, Donnie, Vontrier, Wakefield, el propio Subjuntivo, por sólo nombrar algunos que me son cercanos, queridos y admirados. Pero quiero que mi corazón federalista se manifieste y elija una escritora que me provoca admiración constante y que, cordobesa ella, lleve quizá esta fuentecitancia al interior del País: Petra von Feuer.
Me gusta tanto como escribe Petra que suele producirme alucinaciones temporarias:

Fin escapatoria

Cuatro de la madrugada. Despierta súbitamente, envuelto en un aullido silencioso que le llena los oídos desde adentro. Ignora si el sonido puede rastrearse hasta su garganta y no hay nadie cerca para acercarle una comprobación, así que vuelve a apoyar su sien derecha en esa almohada perversamente húmeda. El sudor que la tela había bebido en sutil ósmosis le sella el insomnio en la frente. Comienza a preguntarse por qué su costumbre de caminar desnudo por las veredas cotidianas hace que, paradójicamente, todo el mundo piense que porta el más bufonesco de los disfraces. Quizás el problema es ese: la ausencia de ropas genera desconfianza e incluso terror a aquellos seres tranquilos y felices que acompañan su caminar, cubiertos en diversos grados por recursos textiles, más o menos reveladores. ¿Se habría equivocado tanto?. No, no, otra vez no, no, así no. Pero…¿acaso no sonríen todos los demás, por encima de sus telas protectoras en cómodos y variados diseños? Concluye que lo cierto es que ellos posan sus cabezas descontracturadas sobre almohadas secas. El no. Párpados abajo. Fin del primer acto.

Tres veces lo había intentado, con medios escogidos luego de escrupulosas investigaciones de costo, disponibilidad y efectividad. Los resultados fueron sucesivamente saboteados por su cobardía (que sus amigos habían bautizado con el inmundo cliché de “ganas de vivir”): la nueve milímetros simplemente lo paralizó con su simple-aunque-imponente presencia, la tentativa de lanzarse desde la terraza del hotel donde trabajaba fue abortada luego de que el vértigo le impidiera el necesario acto de balancear los pies en el borde y mirar hacia abajo, y la lluvia de Rivotril que se propinó una calurosa noche de noviembre le suspendió todas las funciones biológicas menos el pánico, que hizo mover sus dedos (aún no entendía como carajo lo había hecho) para teclear el número del servicio de emergencias. Ganas de vivir. Qué hijos de puta.

Nueve botoncitos de plástico luminosos ceden bajo su dedo índice. Tono de llamada. Voz sorprendentemente suave que responde del otro lado. Formalidades que estorban más que nunca. Meollo de conversación áspero y duro como el mismísimo carozo de un durazno. Tratativas de dinero, directivas para la realización del laburito en cuestión. Especificaciones demasiado particulares para la forma de pago. No hay quejas del otro lado, lo cual confirma la redonda perfección del momento. Tenía que ser así, evidentemente.

Dos ancianas le sonríen, agradecidas por el trato cordial que él acaba de dispensarles. Si supieran. Termina su turno en la recepción del hotel y cambia su impecable uniforme azul por unos jeans que acusan años de abuso y una remera negra, prendas elegidas y embutidas en la mochila con especial cuidado, sabiendo que gran parte del éxito del laburito depende de que la apariencia se ajuste al acuerdo. Mientras camina sin ruido por la alfombra bordó, saluda con un gesto desganado al simulacro de muñeco Ken que lo reemplaza en el puesto. Una risa amarga muere detrás de sus dientes al saborear la idea de no ver nunca más ese rostro cortado con plástica y repulsiva perfección, esa sonrisa blanquecina que no sabe de falsedades simplemente porque es demasiado falsa, esos ojos que han visto todo y no han observado nada. Maldito maniquí afortunado que no abrirá desmesuradamente los ojos ante la presencia del hombre y su arma, un ejercicio de sorpresa anticipada sin razón de existencia. Maldita frente (absurdamente bronceada en invierno) que jamás recibirá el dolor inconmensurable de un plomo de certeza profesional. Maldita camisa blanca (planchada por madre castradora) jamás manchada de una sangre que se vería mucho mejor ahí que en la remera negra efectivamente salpicada.

Petra Von Feuer - Del su blog From the muddy banks - 24/09/2007

15 junio 2008

Otras cuestiones

Me encantan los proyectos colectivos, esos que hacen que bloguear no me haga sentir tan idiota. Entonces, algunas veces participo en algunos proyectos interesantes:
Por un lado T.E.Lit.A, de la María Cé, que es grossa. Después, con Vontrier, en varias cuestiones, pero algunas que todavía no termino.
Igual, lo mío es paupérrimo. En cuanto me vuelva del viaje la vergüenza me entierro en el nicho. O me emparedo en la tumba. Bueno, eso.

09 mayo 2008

Ladrarle a la luna

Les digo a todos esos snobs que se dejen de joder y que desistan de comprar sus víveres en los supermercados, que pongan molotovs en cada maxiquiosco, gas sarín en los patios de comida de los shoppings, llenen de paquetes cazabobos hechos con C4 esos mismos shoppings, y que dinamiten todos los locales de comida rápida antes de osar quejarse de la Feria del Libro.
Es mentira eso que dicen. De la Feria no les molesta el "exceso de público, olores, murmullos, músicas, colores". Eso nos molesta a todos en cualquier lado. En la Feria del Libro, en el Bafici, en un festival de Cine Porno Amateur o en La Salada. No mientan, si hasta el mas montaraz y antisocial de este país tiene que hacer interminables cola para pagar(!) cuentas, realizar trámites bancarios, y ni hablar de tomar el colectivo, el tren o el subte. Yo, que soy un verdadero odiador del contacto físico con extraños lo sé mejor que nadie. ¿Ahora son todos misántropos que viven de la caza y de la pesca y que jamás se frotaron las manos ante la perspectiva de ganar dinero, aunque más no sea decentemente, tener una casa en Olivos o fumarse la mejor?
¿El mercantilismo, eso les jode? Díganme, si las cosas más elementales de la vida (excepto respirar) forman parte del circuito de consumo ¿qué pretenden? Primero, háganse comunistas, anarquistas o por lo menos sean lo suficientemente coherentes entre lo que graznan y hacen públicamente (no ya sus agachadas en privado).
¿La calidad es el problema? ¿Quieren llamar a Puán para que instale un patíbulo para artistas donde ajusticien de una vez a Poldy Bird, se santifique a Aira en vida, condenen para siempre a las mesas de saldos a Fogwill, Saccomano y Soriano, y se consagre (otra vez) a los dignos del canon (con Sarlo de maestra de ceremonias con sus "niños mimados" vistiendo severas togas y portando báculos)? ¿Quieren fusilar a Bucay y reivindicar a Di Nucci? ¿Quemar "El Código Da Vinci", "El Alquimista", y azotar en doble programa a sus autores por cadena nacional? ¿Se pondrán de acuerdo, alguna vez?
¿Qué carajo quieren, manga de neuróticos?
La Feria es lo que es, hagan con ella lo que quieran, incluso aprovecharla. Dejen de hacer los mohínes ridículos de Feinmann y de poner esas excusas ridículas que cada snob esgrime las tres semanas que dura la Feria cada vez que tiene que ir. Basta de ser tan asquerosa y masivamente "políticamente incorrectos". Se podrían hacer diez ferias con los detractores de la Feria del Libro. Pero, oh extrañeza, no hay ninguna otra.
Menos mal que es una sola vez al año, manga de mostrencos; apóstatas fáciles, renuentes de lo que no les toca.
Me enojé.

28 abril 2008

Maledetto

Como había dejado constancia en esta páginas electrónicas, la semana había venido complicada. Intentando descomprimir, decidí acabar algunos libros que tenía a la mitad y le tocaba el turno a Trífero de Ray Loriga.
La lectura venía bien, aparentemente descomprimida. Loriga es un narrador excelente, capaz de filtrar sus humoradas cargadas de cinismo sin volverse demasiado omnipresente como narrador-personaje. En fin, era fácil de llevar.
Sin embargo, a medida que íbamos arribando al final del relato, las brumas de la melancolía empezaban a ganarle la partida a la tibia ironía que yo buscaba. Esperaba que Loriga le pusiera combustible al sol pero las penumbras previas, envalentonadas por un final de novela melancólico, aprovecharon para tomar por asalto el domingo.
No es culpa de Loriga, lo sé. No tengo por qué matar al mensajero pero no voy a dejar de maldecirlo.

25 abril 2008

Ciencia ficción sin futuro

Ayer fui a la inauguración de la Feria del Libro. Como siempre, el evento es contradictorio para mí (ojo, prefiero esa contradicción a la que no tengo con el Bafici y que sí tiene tanto quejoso despotricador: malgastar dinero público en hacer un festival mediocre es mejor que dejarlo que vaya a parar derecho a los bolsillos de algún funcionario o de algún privado acomodado por ese mismo funcionario) y las ganas iniciales siempre terminan con gusto a poco. No importa, me paso varias horas a la semana en las librerías de Corrientes, así que lo único que cambia es que en la Feria están todas juntas y a veces encuentro algo bueno. No le suelo dar bola a los eventos, salvo alguno demasiado importante.
Esta vez confirmé algo que vengo viendo desde hace bastante: la ciencia ficción como género prácticamente ha desaparecido de las librerías. Lo poco que hay es carísimo: Los propios dioses, da Asimov, es una bicoca de cincuenta y cinco mangos. El arcoiris de gravedad, de Thomas Pinchon, otra ganga de noventa y ocho. Se acabó la ciencia ficción, parece.
Mientras tanto, la fantasía (esa hermana más antigua y algo remanida de la CF) está viviendo su mejor época. Miles de libros abundan en las mesas. Los autores de estos géneros sólo tienen que esperar su cuarto de hora para volverse millonarios. De la mano de Tolkien se han hecho cientos de libros que abrevan en su saga de los Anillos, a veces hasta intentando reinventar la rueda vilmente o colgándose de las tetas del pobre profesor. Malos vientos para quien no soporta mucho los calabozos y dragones, como yo.
Según una nota de la prestigiosa Wired, también el cine serio de CF está en decadencia. Afirma que ya no se pueden hacer films de este género con presupuestos modestos. Hoy en día, películas como Terminator o Blade Runner no tentarían a ningún estudio, y nadie financiaría un 2001: A Space Odyssey. Según el artículo, The Fountain, de Darren Aronofsky, es la última película real de ciencia ficción. Acepto el diagnóstico, pero voy a disentir con buena parte del análisis.
La CF es un género complicado. Para empezar, el género en sí es difícil. Para generar historias originales después de tantos años hay que haber consumido mucha -pero mucha- CF. No sirve con ser un trekker regular, o absorberla por dosis osmóticas -muchas veces sin querer- desde el cine y la televisión. La mayoría de la que ha superado la etapa del libro y llegó al medio audiovisual aún es un western espacial, o la versión pre Campbell de algún científico loco queriendo hacerse dueño del mundo, o que es víctima de un malvado super criminal que tiene como rehén a su hija -que encima es ciega- y que quiere dominar y/o destruir el mundo. O zombies post apocalípticos, o vampiros super tecnológicos, o...
A medida que el mundo dejaba la apatía por los cambios sociales -gracias a la revolución francesa en lo político, pero en lo socioeconómico con la llegada de la máquina- estos dejaron de ser anhelados por las utopías filosóficas y fueron llegando a la conciencia de las masas, sobre todo a la literatura popular. Dependiendo la época, el balance entre mejora o castigo detrás de cada cambio dieron carácter al género y un rol que, una vez abandonada la novedad de las pistolas de rayos o los viajes espaciales, enfrentó antes que nadie las fuerzas que actuarían alrededor de cualquier futuro cambio. Sin embargo, el fantasma de Fausto siempre estuvo allí.
La CF contemporánea es un juego de what-if basado en el cambio de paradigmas humanos. A medida que el género fue evolucionando se pasó desde resaltar los riesgos de la técnica o el uso peligroso de las ciencias (insuflar vida con Mary Shelley; viajar a la luna con Julio Verne o construir robots autoconscientes con Asimov) hasta considerar cuestiones casi intangibles como la superpoblación o la construcción de mundos no terráqueos, pasando por hacerle frente a crisis pre y post nucleares o a visitas indeseables del espacio exterior.
Sostengo la hipótesis de Asimov, que dice que la ciencia ficción escondió su némesis en su propio éxito. Las preguntas que una cantidad reducida de nerds se hacía en los primeros cuartos del siglo veinte hoy son malas noticias en las tapas de los diarios. Quizá ya no haya quién haga esas preguntas y occidente viva el comienzo de una lenta decadencia, como la que Oswald Spengler previó hace tanto. ¿Será porque la complejidad técnica equivale a la intangibilidad de la magia de Harry Potter? Antes íbamos al infinito y más allá. Ahora somos esos primitivos asombrados con la teletransportación del Capitán Kirk. Necesitamos escapar a la Tierra Media, urgente.
La oveja Dolly, las células madre, el calentamiento global, Internet y el iPod están matando a la ciencia ficción.

29 marzo 2008

Salven el punto y coma.

Es un hecho: el punto y coma (";") está desapareciendo. La cómoda presunción del "lector analfabeto" -impedido de prestar atención a frases demasiado largas- prácticamente lo ha eliminado de los medios gráficos; en la literatura contemporánea su existencia está también amenazada por la promiscuidad infecciosa de Internet y los talleres literarios, que suelen pedir modernidad, lecturas ágiles y, sobre todo, fáciles de escribir (esto corre totalmente por mi cuenta, pero me afirmo en algunos escritores que parece que encuentran poco placer, en general, en el uso correcto de las herramientas de puntuación, o mucho en molestar al lector con la mezquindad del ripio formal en vez de hacerlo pensar un poco). No digo que "complicado es mejor" (aunque este blog lo desmienta); digo que una frase contiene ideas, pero también ritmos que son necesarios.
El uso repetitivo del punto seguido y el abuso liso y llano de la coma están achicando el pensamiento. No en el lector, que igual anda por donde quiere, sino en el escritor que se impide vibrar con sus ideas en frecuencias distintas. Nadie recuerda un punto y coma en una frase leída hace mucho; quizá se recuerde mejor el ruido de las poleas y los engranajes, que se escapa por los entresijos de un punto y coma, en la cabeza de su autor.
Faulkner, viejo alargador de frases, jamás se me hizo más difícil de leer que el sucinto Hemingway; se tiende a creer que sus lacónicos personajes requieren esa economía, pero Christmas en Luz de Agosto habla menos todavía que el Jim de "Allá en Michigan", y no por eso Faulkner le escatima punto y coma.
Se que no soy más que un iconoclasta, a estas alturas.

27 agosto 2007

Las palabras y la fiaca.

Algunos temas que se vienen hablando en blogs afines a Gebiet -afines al gusto de su perpetrador, entiéndase- (por ejemplo aquí, aquí y aquí) son la ortografía, la gramática, la sintaxis. O el maltrato que sufren, mejor dicho.
Para colaborar con esta campaña e hilar más fino (equivalente a ser retorcido, como suele ocurrirme), voy a hablar de la pereza en el lenguaje, porque algo escrito con errores no mejora con la cantidad de palabras, pero el laconismo perezoso y abundante (valga la paradoja) habla de un desprecio similar por el lenguaje.
Y no me refiero tanto a la fauna que pervive en la mensajería instantánea; los fotoblogueros o ciertos blogs de los que no quiero acordarme, sino de esa minoría (escritores, periodistas, locutores, animadores, entre otros) que tiene la palabra como vehículo imprescindible y que, habiendo superado el escollo de la educación formal, quedan atrapados en su mera falta de voluntad para utilizar el lenguaje de manera eficiente. Sí, no es más que el famoso problema de la eficacia versus la eficiencia.
Hay textos formalmente correctos, irreprochables, que son bastante más ilegibles que un "OlA oSo! Sho Ke sOy una NeNA ShIKiTiTa T kiErO uN Toco!" y necesitan del lector un poder de concentración más digno de un Góngora.

Para ejemplos más cómodos, el periodismo o la narrativa moderna:
  • Es común que los periodistas deportivos hablen de un equipo de fútbol como si se tratase de una persona: "Boca atacó con furia en el primer tiempo". Eso está bien, no hay problema. Pero siempre se extralimitan. El fútbol, como tantos otros, es un deporte colectivo. No puede hablarse de una entidad colectiva en singular mucho tiempo sin caer en cierto animismo (algo que le está vedado al comunicador, porque para eso es necesario un artista): "Boca tomó conciencia de los errores que había cometido, y en el vestuario hizo la necesaria autocrítica que lo llevó por el camino del triunfo en el segundo tiempo". Basta para mí. Me a voy a leer a Lewis Carrol. Lo hace mejor. Estoy con Dolina, cuando dice que no hay nada más aburrido que un locutor con berretines. Desconfiad de aquel cronista que pinta el cielo de las tardes futboleras, lunas que hacen las veces de balones, y sobre todo, cuando dicen "tardenoche".
  • Ya que hablamos de medios, es cansado el uso de la jerga profesional en la construcción del propio contenido de los mismos. Se llenan cada día de más basura autorreferencial que no dice nada: "vamos a un corte", "después de la tanda", "en el próximo bloque", "la producción me dice que...", "hoy tenemos en el piso a...", "volvemos a estudios". Lo peor es que esas cosas se nos pegan, y hoy en día hablar así es perfectamente natural para cualquier persona aunque jamás haya hollado el piso de un estudio de televisión.
    ¿Alguien puede decirme qué es un programa de entretenimientos?
  • La concisión cuando no es otra cosa que vaga vaguedad. Esto es muy común entre quienes estamos haciendo los pinitos con la escritura. Se fatiga uno entre tanto verbo carente de pretensiones. A veces son hijos del intento de economizar, lo que no viene mal en los adjetivos, enemigos de la comunicación, pero no suele ocurrir así. Adverbios, sustantivos, verbos, pronombres, por no decir párrafos enteros debe aportar el lector para hacerse con el sentido del escrito. Para eso, que escriba él, y ya. Es pereza, y ya.
    La acción como mero fin exige una tensión que no se libera nunca. Describir las minucias de una vida monótona para mostrar su miserabilidad es un excelente recurso, pero darle al lector una larga enumeración de los comandos en los movimientos que ejecuta el protagonista es arduo de balde. Y muy común. En los best-sellers abunda la acción. Se llega al punto de describir los sentimientos como parte misma de una secuencia de acciones mecánicas. Me cansa.
  • Derivada de la anterior: Está bien cuando London o Hemingway nos niegan conocer circunstancias de los personajes porque son irrelevantes o porque la omisión juega con un prejuicio del lector, fundamental para el relato. Es un buen recurso para el cuento, peligroso para la novela. No decir algo relevante a cuenta de aclararlo después puede ser una estafa, a veces. De esas cosas están llenas los dramones de la televisión, por ejemplo, con el recurso de los parentescos desconocidos.
  • Las deformaciones derivadas de la excesiva figuración, pletórica de alusiones, pero otra vez fatigosa (o equívoca): "los parámetros plásticos del pintor balear". Ejem. Lindo.
  • La inclusión de palabras "duras", que obligan al lector, aún al medianamente instruido a leer con un diccionario al lado. Por ejemplo, un título del suplemento Cultura del diario Perfil dice: "La historia, ese palimpsesto invertido" ¡Linda palabra, palimpsesto! Linda por sonora y porque sirve de mojón: ¡Hasta aquí llegáis, oh turba inculta! ¡Lo que sigue será más difícil de leer y de entender, aún. No sigáis, he dicho, sin muniros de vuestros imprescindibles Larousses!
  • Volviendo a los medios (pero gráficos): el periodismo de manual. Por ejemplo, el abuso de la narrativa al estilo nuevo periodismo para informar sobre cuánto está el kilo de papas. También, el uso constante de eufemismos, jerga policial, jerga delictiva (¿el lunfardo no lo es?). La mayoría del periodismo en sí debe replantearse su lenguaje, realmente.
  • El modernismo estúpido: no usar puntos, comillas, punto y coma, mayúsculas al principio de una frase, sustitución de */signos/* (cual si fuéramos una vieja PC 286 con WordStar).
Querido amigo escritor, periodista, locutor, y similares: las ideas son caras. El mundo no anda sobrado de ellas y comunicarlas mal es casi lo mismo que no hacerlo. Si algo del proceso de crearlas o comunicarlas te resulta aburrido, pesado o complicado, estás ocupando un lugar que no te corresponde. Cientos de personas están preparadas para dar lo mejor de sí con tal de hacer el mejor trabajo posible.
Igual, no existe el escritor perfecto. Aceptar críticas, aprender y tomarse el trabajo necesario para mejorar. Aunque no se mejore, aunque se inauguren nuevos errores cada vez.

Este post fue auspiciado por...



22 abril 2007

Felicidad a troche y moche.

No sé porqué la gente se complica la vida. Porqué no se toma más en serio la posibilidad de ser feliz. ¡Es tan fácil!.
Sólo se necesita sembrar aquello que queremos cosechar. Habrá algunos atorrantes, pícaros, que se valgan de nuestra supuesta ingenuidad para sacar tajada. No importa, que les aproveche bien lo que consiguieron, no importa qué. Tenemos más. Esa debe ser la actitud. Generosidad, incluso con el pillín.
La gente es buena, ya lo veremos. A la larga, todo el bien entregado se compensará, y la cuenta será saldada.
Ni hablar cuando la que nos golpea es la vida en general. No seamos mezquinos ni cobardes. Salgamos cada mañana con alegría, con decisión, con valor...




¡Se asustaron, eh! ¡No me digan que no! Je. Era una broma. ¿Quieren saber en qué ando, que posteo tan poco aqui? Vayan, hagan el favor y lean primero esto y después esto. Cuando estén por putearme, tengan un poco de paciencia, y lean esto.
Después de eso, pónganse de acuerdo entre los que dicen que ando edulcorado y los que dicen que sólo escribo cosas tristes.

20 febrero 2007

Perfidia

Un día reparamos en el otro. Nos descubrimos. Nos maravillamos.
Aprendimos al otro con facilidad, como quien discurre un libro ameno.
Después, no contentos con lo evidente, desciframos cada entrelínea, cada subtexto, hicimos de ello una tesis. Discutimos nuestros puntos de vista y debatimos las consecuencias de nuestros viejos errores.
Fuimos viciosos irredentos, sedientos del otro.
Nos adaptamos tanto que respondíamos al unísono a los mismos estímulos. El pasado diverso que nos unió dio paso a un presente de expectación, anhelante de futuro.
Pero nada ocurrió. Llegó el frío.
De repente, sus comentarios se tornaron crecientemente lacónicos. Sus visitas, otrora diarias, fueron saltándose días de a pares y de a tríos.
Yo, como todo Otelo desconfiado de una Desdémona esquiva, me envenené por el Yago de la duda.
En una somera búsqueda en Google descubrí a la muy pérfida.
Ahora lee, comenta y suspira en otro blog.

14 febrero 2007

Ricardo y el nene.

Puede parecer que de chico fui un encanto de criatura, todo el día leyendo libros y escribiendo mis fantasías en cuanta hoja en blanco había a mano. Para nada.
Por determinadas razones que todavía hoy desconozco, mis padres veían esto preocupante, y sin tomar en serio mis protestas, me mandaban a jugar. Pero no en el patio, solo, donde continuaba con mis desvaríos.
-Afuera, te dije.
-¡Ufa!
Salía el ratón de su cueva, frotándose los ojos, y empezaban los problemas. Al no ser demasiado frecuentador de la pandilla de la cuadra, siempre estaba negociando mi posición en ella.
Nunca pude aceptar la autoridad sin rebuznar.
En esos escalafones infantiles siempre fui un líder abandónico. Comandaba la revolución, pero en cuanto tenía éxito y me sentía libre, la dejaba acéfala. Mis huestes, confundidas, volvían otra vez al yugo caprichoso del líder recién derrotado. Así, hasta la fecha.
En mi cuadra había un malevo, un bravucón. Se llamaba Ricardo. Todo lo arreglaba a las piñas, como buen hijo de policía. Era macizo, largo de brazos y bastante cruel. Me odiaba.
Si jugábamos al fútbol, yo no podía pretender ser delantero. Entendía mi lugar (aparte, no me enloquecían los deportes) y tomaba posición generalmente de defensor. Y él, que nunca me elegía, era siempre el delantero enemigo.
Mi diversión era sacarle la pelota como sea. Era una especie de duelo, y todos estaban atentos a él. Yo perdía casi siempre. Pero cuando ganaba, Ricardo hervía. Se ponía rojo, cerraba los puños y se encogía de hombros. Yo me desentendía (nunca me gustó pelear de manera voluntaria, me tenían que venir a buscar, pero a veces me gustaba dar motivos) dándole la espalda. Pero mi sonrisa, que el no podía ver realmente, lo ofendía como una burla contante y sonante.
-¡Uh, te tiene de hijo! -decía algún buey corneta, cuando el quite se repetía un par de veces.
No hacía falta más. Se me tiraba encima, y la pelea empezaba con todo. Si me agarraba desprevenido me dominaba, se ponía encima mío y me daba para que tenga, guarde y reparta. En los primeros años casi nunca le gané una pelea.
Un día hirió una torcaza con una honda. Tengo el recuerdo tan claro como si hubiera ocurrido ayer. El pájaro cayó desde una línea de tendido eléctrico, pesadamente. Corrí y casi llegué con él. Se lo quité de las manos. Jamás había tenido un ave en mis manos. El, con piadosa crueldad, intentó retorcerle la cabeza porque "no ves que le duele".
La llevé a casa, al garage. La paloma parecía un globo que se inflaba y se desinflaba sesenta veces por minuto, de tan agitada. Recordé que alguien me había dicho que esos bichos respiraban por el culo. Levanté la cola y soplé para ayudarla. Respiraba cada vez con más dificultad, y tal como si fuera un juguete que se queda sin cuerda, se detuvo entre estertores.
Estaba asustado. Sin ser un bichero, comprendí que esa muerte era algo sacrílego. Y dispuesto a compensar parte de esa profanación a la vida, cumplí con un mandato que intuía necesario.

Fui al cuadradito de tierra, el mismo que usábamos para jugar a las bolitas y al "opi". Escarbé la tierra con los dedos, un rato largo. Era una tierra dura y apisonada por las generaciones de Flechas y Fulvences que habían pasado antes bajo aquellos árboles. Hacer ese pozo me llevó un buen rato. Había olor a primavera en el aire lleno de casuarinas y un dejo a agua de lluvia en los últimos charcos de la calle de tierra, cerca del alambrado con enredaderas que separaba la casa del viejo loco -que no nos devolvía las pelotas- del resto del barrio.
Trabajé concentrado, enojado y terminé casi al borde de las lágrimas. Amontoné despacio una parva de agujetas de pino, algunos coquitos, una piedra pulida de color verde con estrías amarillas (tal vez era un resto de botella de vidrio. Quién sabe). Al fondo de todo, unas flores que crecían a la sombra de la enredadera, a modo de ofrenda.
El nido estaba listo, pero no me decidía a depositar al ave muerta, esperando un error o un milagro. Qué pelotudo es este Ricardo, pensaba con lágrimas de furia en los ojos. Al menos la cabeza no estaba rota, como la de la rata que habían aplastado contra la pared de un palazo la semana anterior. En realidad, parecía que estaba dormida, si no fuera por el cuello fláccido, torcido en un ángulo extraño y con un hilo oscuro de algo que colgaba del pico.
Sellé con tierra la tumba, la aplasté con mis propias Flechas, me limpié las manos en la ropa y volví a casa, bajo un sol absurdo y en medio de las risas burlonas del resto de los atorrantes. No me importaba. Ricardo me miraba sonriente.
"Ahí va el que habla solo" decían sus esbirros, que sin embargo nunca se habían animado a enfrentarme en una pelea a puño limpio por el derecho de uso al parche de cemento donde se jugaba mejor a las figus. Dependían de Ricardo para eso.
Yo, que hablaba solo y miraba las estrellas panza arriba bajo el cielo helado de invierno, el de anteojos y dientes torcidos; pensé mientras entraba a casa en el pajarito enterrado bajo las casuarinas, en los miles de zapatillas deshilachadas por venir pisando la tumba anónima. Y me indigné.
Saludé rápido a mi vieja, que me vió entrar y salir con asombro. En vez de irme al dormitorio a leer salí a la vereda enfurecido, dispuesto a hacer justicia.
Iba a increpar a Ricardo, a preguntarle que porqué, qué quién se creía. Caminé hacia él con tanta vehemencia que se asustó. Creo que vio algo en mis ojos, cosas que verían otras personas en situaciones similares a lo largo de mi vida.
En vez de encocorarse, se achicó. Llegué cerca de él y le atiné tal puñetazo en la cara, que se le llenaron los ojos de lágrimas enseguida. Intentó fugarse y lo agarré del cuello, mientras le pegaba. Los dos llorábamos. Al final, corrió a refugiarse a su casa.
La madre vino a quejarse con la mía. Me retó -siempre que volvía a casa después de una pelea lo hacía- y dijo "ya vas a ver cuando venga tu padre".
Mi viejo se reía, se sentía feliz. El nene había sacudido al malandra del barrio.
El nene, leyendo en su habitación, era muy infeliz.

25 enero 2007

Job, al final, es un salame.

Yo no creía en la suerte, creía en el esfuerzo. Pero eso fue hace mucho.
Todo empezó así:
La mayoría de las religiones que prometen castigos y redenciones tienen problemas con el bien y el mal. Es un ripio al que siempre se llega. Tiene un solo origen: intentar explicar la inexplicable demora del castigo que se anuncia inevitable - y que nunca parece llegar- del impío.
Si, es un párrafo flagrantemente farragoso (y se está poniendo cacofónico).
Pero es así: alguien comete una deliberada, alevosa, evidente falta al códice ritual y el dios de turno no le parte la crisma con un rayo, o algo similar.
Uno puede figurarse que el planteo siempre se refiere a los otros, pero todos sabemos que nosotros mismos tenemos nuestras agachaditas en privado -a veces, sólo pensamientos "¡que se muera!" cuando nos colman la paciencia- y nada pasa. Ni hablar de cuando un funcionario le vende leche en mal estado a los niños carecientes y anda por ahí, como si nada. Dios no lee los diarios.
La religión hindú y sus muchas derivadas dejan para resolver esto con las castas, los ciclos del Patala o Suarga, el karma y las reencarnaciones. "Portate bien y reencarnarás bien". Todo bien, mientras te importe reencarnar bien.
En cambio, una vez que la religión judía reinventó de los dioses cananeos una deidad tan perfecta -e indefinible- como Yavéh tuvo que dedicarse a justificar cómo alguien todopoderoso se fue apichonando y poniéndose tímido.
A medida que se escribían (y reescribían) los libros sagrados se iban necesitando escatologías como Seoles, Infiernos, Paraísos, Purgatorios -y los famosos Pecados- que fueran justificando, precisamente, que acá si no usamos a la famosa Ley del Talión, nada pasa, si se roba lo suficiente.
Quizá el primer prurito que se muestra en el Antiguo Testamento esté en el Libro de Job. Una especie de demostración por el absurdo: en vez de decir porqué no se castiga al impío, en este libro se intenta acreditar porqué el justo a veces es castigado sin explicación. Difícil tarea explicar porqué Dios no sólo no castiga a los impíos, sino que castiga a sus "justos", que los teólogos judíos y cristianos se toman muy a pecho y terminan sin resolver, a mi entender.

Yo, señores teólogos. Yo -este simple muchacho- desmiento la Providencia Divina y me río de sus apologéticas.
Cuando me porté bien, me fue mal. Y cuando me porté mal, me fue mal, también. Y como soy agnóstico, pero no boludo, tuve que aceptar que existe algo así como la suerte. Necesito que exista para comprender la que no tengo.
Parece que favoreciera, a veces, a los más estúpidos. "No hay tonto sin suerte", dice el refranero. Nunca va a faltar el odioso cándido que se tome su suerte a risa: el saldo en el banco estaba mal -que no lo estaba, pero si el banco dice que me debe, me debe-, que por perder el ómnibus se salve de un accidente mortal, o que por el mero hecho de ser simpático y despreocupado le cae bien a alguien que le hereda una fortuna -teniendo la, ejem, suerte de morirse pronto-.
O el otro que vive sin darse cuenta de que todas las estrellas, el azar y la chiripa están de su lado.
Hay gente que va por la vida con todos los boletos comprados.

A mi me venden siempre números de la clandestina...

Salame, y sin suerte...

23 enero 2007

Marche un post ecológico

Siempre me pregunté qué es -realmente- la ecología. Crecí en una localidad que proclamaba ser ecológica, así que me desayuné temprano con la idea. En ese mismo pueblito serrano de San Luis, una maestra analfabeta de primaria me mandó a la dirección por poner en un ejercicio de Lengua -en el que debiamos crear oraciones y analizarlas- "La polución matará a la humanidad", o algo así. Desconoció ese significado y tomó como literal "La masturbación matará a la humanidad". Me retó ante el director, que prefirió callarse compasivamente, y darle la razón. Después tomó un diccionario y me dijo: "Yo sé que tenés razón, pero hay gente que le tiene terror al mataburros". Nos reímos y entendí a que se refería. Después me enseñó a hacer injertos...
Pero volvamos: Nadie me dejó aún conforme con las respuestas. Es como la cultura y su definición.
La confusión o la incerteza no es etimológica. Cuesta hacerse con una imagen promedio de qué significa "la ecología". Tomando cada imagen como una parte del todo, cada uno tiene una pieza del rompecabezas, pero todos de puzzles distintos.
Se habla de ecología como sinónimo de defensa del medio ambiente. En una simplificación, diría que es la preocupación por la evidente destrucción o degradacíon del planeta.
Es necio pretender que el hombre no modifique el medio ambiente. Él mismo es parte del medio ambiente. A veces no queda otra, o explotamos esas pasturas o nos morimos de hambre ¿Quién dijo "yo primero"?. Así de complejo es esto.
Ahum... No me convence. ¿Y los ecologistas, qué son, qué quieren? Conozco algunos.
Están los extremistas, que hablan de cercar el Amazonas, con brasileños dentro y todo, y despues ponerles una escopeta en la cabeza a cada uno para detener la desertización. O los que pretenden rodear la Antártida de misiles, y al primero que se acerque ¡BUM!. Hay ecologistas que aman a las ballenas, a los delfines, pero odian a los perros. Otros que defienden la vida de todos los animales, pero odian a la gente. Otros que hablan de preservar a cualquier costo, y no pueden renunciar a una heladera con freezer. Los que dicen no a los transgénicos, pese a que ellos mismos nunca sufrieron falta de proteínas. Toda una variedad.
Hoy en día, salvo cínicos confesos, la mayoría defiende lo que cree que es su comprensión particular de la ecología. Aún Greenpeace.
Y para las empresas más dañinas con el medio ambiente, es hasta un valor que se promueve con alegría en cada comunicación corporativa.

Hoy Gualeguaychú se enfrenta al poder del dinero, que disfrazado de San Cayetano finlandés, quiere envenenar para siempre un río, sus esteros y sus márgenes. ¡Y sus habitantes, qué tanto! Le podemos echar la culpa a los uruguayos (Es sólo un accidente que esas pasteras no estén aquí. Quizá éramos más caros de coimear, porque acá todos quieren su parte, no sé).
La cordura, hoy, está en manos de un grupo de "locos" que le están diciendo NO no sólo a Botnia, no sólo a Tabaré, no sólo a Kirchner, sino un gran NO al mundo entero: América Latina debe dejar de comerse la mierda de los poderosos, cediendo el oro o lo que éste puede comprar. Oro por baratijas. Aún no aprendimos nada. Baratijas asesinas.
Es un caso testigo. De repente, los que le decían a los indígenas que tenian la "magia" (la tecnología, que sospechosamente tiene mucho de relaciones públicas) ahora tienen a la gente más despierta, mas avispada, menos dispuesta al chamuyo.
Al primero que se quiera sentar a dialogar, que le dé los primeros residuos del agua que BOTNIA vierta al río a su hijo, durante un par de años. Después hablamos.

En Catamarca, tan lejos de Gualeguaychú, los acuíferos se están vaciando a razón de miles de litros por hora sólo para drenar los mineraloductos por donde caen por cientos de kilometros oro, cobre y otros minerales pesados al dock del tren de carga, que los llevará al puerto.
Al agua se la retira antes de subir a los vagones, pero una vez mezclada con los barros de molienda, se convierte en veneno mortal. La procesarán mucho, la limpiarán a conciencia, le sacarán casi hasta la última gota de veneno. Estará "estadísticamente" limpia.
El problema no es que les falte intención de limpiarla. El problema es que no pueden. El "casi" es tan asesino como un asesino común. Que sea un solo niño, el tuyo, y no te importan tres carajos las estadísticas.

Entonces me doy cuenta que la ecología es (y aquí el centro de mis peleas con algunos activistas) el procurar el máximo bienestar al ser humano, hoy y mañana. Como soy totalmente antropocéntrico, lo único que me importa es el ser humano. Si vamos a tener un mundo de plástico, pero sin ningún niño (recordá, ese niño es el tuyo, no un chinito o un somalí) muerto de hambre hoy y en el futuro, firmo YA.
Hay discusiones idiotas: el invernadero nos está llevando a la peor catástrofe no natural y seguimos defendiendo a las ballenas. Los protocolos de Kioto son el papel más barato con el que Bush se limpia el tujes cada mañana.
Y seguimos comprándole zapatillas Nike a nuestros hijos... Y nos da paja apagar la luz del balcón...

14 enero 2007

Remembranzas VIII

Un día me desperté en una cama de hospital. Débil, pero indudablemente vivo. Venía a los tumbos, cayendo como un árbol gigante que lo hace lenta pero inevitablemente después de ser talado.
Ser un árbol grande y fuerte provoca cierta malicia. La tentación de tumbarlo es grande. Se lo puede acusar de que sus raíces profundas y su copa frondosa limitan el crecimiento de los demás pobres arbolitos. Y hay mucha gente que prefiere los bosques uniformes, porque ellos mismos son arbolitos enclenques.
Y están los que se ensañan con lo que creen indestructible. Y no lo es.
Mis leñadores era gente buena y llena de sentimientos. Me regalaron una epifanía.
Hay muchas formas de tener revelaciones. Se las puede tener por discusiones, descubrimientos repentinos, introspecciones, desengaños.
Todo eso en una cama de hospital, después de haberte desangrado en una habitación de un hotel de mala muerte por clavarte un filo en la muñeca, ése fue el regalo.
¿Porqué morirse? En mi caso, porque no sabía como hacer para apagar mi cabeza.
Agotarse de pensar, para un palurdo como yo que tiene que descubrir la pólvora cada vez que la necesita, es la condena de Prometeo.
Aún no sé apagar el cerebro por mí mismo. Pero en algún lugar de este mundo, hay quien tiene esa facultad. Lo sé.