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18 septiembre 2009

La Agenda de Macri

Acabo de contestar una encuesta del gobierno de la ciudad de Buenos Aires (aka Capital Federal) sobre ciertos temas que, según Macri y sus colaboradores, son importantísimos para enfocar la gestión de gobierno. Psé, esto parece Suecia, Canadá o Bélgica.
No, no me preguntaron si me parecía que hacía falta más educación, si había que fomentar el cooperativismo con créditos blandos, si me parecía bien que subsidiaran a estudiantes de primera, segunda y tercera enseñanza de familias con problemas económicos, si veía con beneplácito que la política de vivienda (1) de Macri tuviera como prioridad las familias con chicos y en situación de calle, y tantas otras medidas que a mí se me pueden ocurrir en dos minutos mientras me siento y escribo esto pero que a las lumbreras bien pagas que asesoran a estos tipos les llevaría -por lo complicado, vamos- quizá un par de meses de los dos años que ya llevan medrando en el supuestamente escaso presupuesto del gobierno de la ciudad (2).
No, repito, no me preguntaron sobre esas cosas o equivalentes. Me preguntaron qué me parecía la "zona roja" en Palermo y si había que mudarla, los cartoneros y la suciedad, los homeless (3), los baches, "la extensión de las líneas de subtes que realizó este gobierno" (4) y muchas cosas como ésas, en una armado de preguntas totalmente capcioso del tipo "¿desea usted que el gobierno de la ciudad siga con su excelente (5) política de Educación (presione 1), que priorice la seguridad con la creación de la nueva policía (presione 2), resuelva la usurpación de los espacios públicos (presione 3)...", y así con todo. También las respuestas estaban puestas de manera que si había ocho opciones, la séptima fuera la más progre y la última "No sabe" (6).
Después, claro: el contexto. Si le digo que "resuelva la usurpación de los espacios públicos" o "el problema de la mendicidad de niños y ancianos" a un gobierno más o menos progresista y/o humanista, puedo confiar más o menos (7) en que la solución no va a venir con palos, gases, balas de goma, razzias y cárceles por doquier. Macri jamás supondría que lo que pasa con la pobreza indigente que nos rodea es consecuencia de todas las políticas aplicadas a la fecha, de las que él es el extremo de una línea nefasta y criminal que comienza por Lavalle, pasa por Sarmiento, Roca, Uriburu (y también por Yrigoyen, peludo hijo de puta asesino de campesinos) , la Revolución Fusiladora, el Onganiato, el Proceso criminal, y todos los que les hicieron de comparsa desde entonces: Prebisches, Alsogaraíses, Cavallos, Mendeces, y Neustadtes infaltables para la masa crítica necesaria.

A los pocos que lean esto y los llamen: no la contesten. Me la tuve que comer para saber qué era. Ahora lo sé.

Uff. Andá a preguntarle a Magoya, la próxima vez, Macri.

Todos putos.


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(1) Creo que eso no existe en Capital Federal. Alguien que me confirme.

(2) Con minúscula, la capitulación no es necesaria. Tampoco la capitalización de Buenos Aires, pero bueh (cuak).

(3) Últimamente son los mismos porque desde que no hay tren blanco no se pueden venir para acá, pagar fletes, volver y encima darse el lujo de vivir. Macri dice en la encuesta que ahora están mucho mejor porque tienen uniforme y tienen cooperativas. Sin embargo yo veo a los que andan temprano sin nada. Como siempre, bah. Cuando llegan los uniformados, no quedó nada. Me preguntaron si estaba contento con eso. Les dije que no.

(4) Obvio que sólo los inauguró, sucio tramposillo.

(5) Realmente hicieron algo así como una enumeración de logros que no me constan, pero más o menos era ése el espíritu y queda mejor para el sarcasmo.

(6) La única respuesta que me atreví a dar fue la de los puestos de diarios y revistas, obvia fuente de caja de algunos funcionarios de éste y todos los gobiernos hasta ahora.

(7) Perdón por tantos más o menos, pero desde que Solanas terminó votando la ley de Medios de N. K., confirmando lo que dijera el gobierno nacional cuando recontó los votos después de las elecciones (¡y el protestó públicamente por eso!), cada día estoy menos seguro de nadie. Fuiste Pino, lo siento.

02 enero 2009

Naturaleza muerta

En algunas películas apocalípticas recientes (Soy Leyenda, Niños del Hombre) se desmiente un poco lo definitivo de todo este mal que le venimos haciendo al mundo. No, no voy a lanzar una diatriba contra el ser humano por contaminar. Para mí primero estamos nosotros, aún sobre los delfines, animalitos de Dios. 
Pero todo tiene un límite, y no hablo de un glaciar menos (¿eh, Cristina, qué importa, mientras no sea en el Calafate, ehé?), destruir el ecosistema de un río de llanura como el Uruguay, hacer un agujero de kilómetros cuadrados en el seno de la precordillera o envenenar a miles con un lago artificial con aguas sin tratar. Hablo de parar la máquina del clima, hablo de ahogar a millones de personas que viven en las costas. Hablo de hambre y sed. No me importaría un pingüino menos, les juro, o hasta sacrificaría a todas las ballenas, si fuera ese el punto límite en la depredación del entorno por el hombre. Pero no, no lo es. Y antes de que no definamos cuál es el límite, prefiero que detengamos acá mismo la destrucción.

Decía que en algunas películas se deja ver que el planeta (haciéndose eco de lo que dicen muchos científicos que minimizan el efecto del hombre sobre el ecosistema, o sobrevaloran la capacidad de éste para recuperarse) terminaría reciclando nuestra mierda en algunas décadas. La evolución haría su trabajo nuevamente y, salvo catástrofes ambientales como un meteorito gigante u otra especie destructiva (en un punto, cualquiera demasiado exitosa pero sin cerebro como los dinosaurios o nosotros) la vida encontraría el camino.

¿Todo esto a qué viene, Fender?, dirán ustedes. ¿Te agarró el complejo ambientalista, te hiciste de nuevo de Greenpeace, te pusiste de novio con una ecologista?.
Nada de eso, todo viene a que en xxxxx y xxxxxx, justo enfrente de xxxxxxxx, hay un árbol que tiene, desde hace unos días, el nido de un jilguero que canta, a grito pelado, todas las tardes y sin importarle el tráfico de xxxxxxx y las aceleradas de los colectivos por xxxxxx, que es una maravilla.

Da gusto pasar por ahí cada tarde cuando salgo del trabajo y escucharlo cantar. Uno se transporta al patio de la abuela, a los domingos soleados de la infancia, a los atardeceres en las sierras de mi adolescencia. Claro, más pronto que tarde algún impaciente deja afónica su bocina pidiendo paso y rompe el hechizo. Pero ese pájaro loco sigue cantando, trinando por encima de todo, como si quisiera desmentirlos. Tengo miedo que sea demasiado para él, y un día pase y ya no lo escuche cantar.

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Nota: Siguiendo la última frase (y habiendo buscado links para "jilguero" en Google), me percaté de que a estos pájaros los apresan para encerrarlos y venderlos, así que minga de poner los datos geográficos. Solamente por mail y a los que no tienen estos hábitos les serán dados, si les interesa.

24 octubre 2008

Rebelde Buey

Ahora está de moda decirse punk. Toda una generación que anda alrededor de la treintena hace gala de punkez. Hay hasta escritores punks, o que escriben sobre punks (y que cada tanto nos aclaran que hacen esto o aquello porque eso es punk).

Hemos discutido mucho sobre el punk. Si está vivo, si es una estética (nunca entendí cómo puede serlo), una forma de vida, una filosofía de vida (como la de cualquier tachero, pero con más onda), si se puede acceder a una parte del punk o hay que ser Sid Vicious. Ya que lo traemos a cuento, si vale la pena ser punk pasados los veinte.

Un tipo que se pasa haciendo escalas en la guitarra seis horas por día no es punk. Su vida tiene un sentido. Lo mismo un escritor que se pasa varias horas al día garabateando. O sea: esforzarse no es punk. Por eso los skaters no son punks.
Escuchar Los Ramones, The Clash o Sex Pistols no es punk. Tampoco Me First and the Gimme Gimmes, Yeah Yeah Yeah's o NOFX. Yo los escucho, y no soy punk.

Como acá digo lo que se me canta, yo les voy a definir qué es el punk: una maldición de la que uno, en algún momento, se desembaraza o muere. Obviamente, tiene una estética: hazlo tu mismo, como te salga. Generalmente mal, porque para ser punk hay que estar desesperado. Desorientado. Desperdiciado. Que nada te importe. El punk es eso que pasa un rato antes de que te juegues la vida por nada. O te juegues la vida de otro por menos todavía.

Claro que se puede ser punk, hoy. Pero no hay forma de serlo sin irse por ese camino que pocos recorren completo, que se trunca rápido y que al llegar no tiene final feliz.
No sé, si tengo que hacer una comparanda, ser punk hoy tiene más que ver con los pibes chorros, con la vida simiesca de los grupos villeros, la música del arrebato y el paco. Cada día está más heavy ser punk. Dee Dee Ramone hoy viviría en una villa de La Matanza, sería peruano, puto y vendería un poco para pagarse un chongo.

Sin embargo, no sé por qué, algunos oficinistas devenidos en artistas andan reivindicándose como punks. Lo son ahora mismito, mientras toman su submarino en La Giralda o lo fueron hace un par de agachadas. Para ellos el punk es romanticismo moderno, la gesta urbana de los proletarios soterrados por las obligaciones y un país escaso de oportunidades. Todos tienen berretines: actores, escritores, dramaturgos, músicos, titiriteros.
A veces me resulta embarazoso explicárselos: no son punks, nunca lo fueron. Me suelen maltratar porque yo soy menos punk que nadie, qué puedo saber yo, me dicen.

No, es verdad, no sé demasiado qué es ser punk. El desperdicio, la desesperación y la despreocupación me vinieron en edades distintas; la única vez que pensé que no la contaba y me jugaba por nada tenía puesto un traje; cuando me jugué la vida de otro casi me muero del infarto. No paso seis horas por día con la guitarra (se me nota), pero tampoco mi vida carece de sentido. En todo caso, mi vida nunca fue hacer nada por mucho tiempo, pero tampoco no hacer nada.

No es divertido.


06 octubre 2008

Veredas de Buenos Aires.

Tal vez sería más fácil hacer este post si me hubiese dado miedo. El miedo que sentía toda la Argentina hace, más o menos, treinta años. O el miedo que pudiera haber sentido un negro en Louisiana hace un poco más, cincuenta, con el Ku. O el miedo que puede sentir ahora un sudaca en Madrid, sobre todo si es mujer y tiene un acento marcadamente latinoamericano.
Un miedo anacrónico, a que agarren de nuevo la manija. Pero no, no sentí. Así que tengo que remar.

Estaban todos: los que parpadean tranquilos mientras dicen "acá, lo que hace falta es una mano dura", los que mataron hace poquito a Julio López, los que pidieron por el cura torturador Von Wernich, los que dicen que "este es un gobierno de montoneros"; estaba -como elemento cohesionador, pero también como abanderada promedio- la loca gesticulosa que desjarreta pescuezos ante las cámaras. Estaban, casi seguro, los que tienen las manos llenas de sangre pero las esconden, quienes abrazaron hijos robados de sus padres antes de matarlos. No estaban todos, claro, pero había de todo, seguro. Seguro que todos estaban "con el campo", no tengo dudas. Pero así como sospecho que a los piqueteros K. les pagan para estar, a estos prohombres también los mueve el mismo interés económico, trastocado de magnitud y de mezquindad.

Incluso estaban los rubiotes ésos, los pelados vestidos de camuflaje verde, ofendiendo el verde natural del follaje de los árboles de Plaza San Martín, lugar por el que pasé esta tarde, cruzando buena parte de la escoria de los setenta que todavía pretende victimizarse, ahora que está tan de moda. Ellos estaban porque les encanta jugar a los soldaditos. Claro, también estaban los que hacen el saludo como parando un colectivo (uno rojo, blanco y con una svástica negra) y tienen manía por los brazaletes al tono.

No eran muchos. Unos quinientos. Valientes, ostentosos, expansivos. Los brigadieres retirados se palmeaban la espalda, capitanes de fragata jubilados acariciaban la frente de nietos de camadas que no veían hace tiempo. Un par de coroneles comentaban la suerte de un tercero, callando los secretos que vienen callando desde que se callaron por primera vez.

Cualquiera puede pensar que en este país de River vs. Boca, de Ford vs. Chevrolet, de Colorados vs. Azules, de Pardos vs. Payos, Campo vs. Gobierno yo ya elegí cuál vereda es la mía. Pero no, con esta clase de gente en las veredas (porque del otro lado estamos igual de mal), prefiero estar en la vía.

23 septiembre 2008

País tropical

Terminó el invierno y llega el tiempo de la patota de las flores con sus sonrisas de spot de pegamento para dentaduras postizas. Para ellos, será obligatorio estar enamorados, admirar el rebrote del verde vegetal, empezar una dieta, iniciar el dorado en las plazas; haciéndolo sobre todo en comunicación con los demás, en alta voz, a los gritos, para que el disfrute pueda verificarse según los grados de su vehemencia. La alegría debe contagiarse, como la lepra, el paludismo o la enfermedad zombie.

Para ellos, para los alegres estivales, vuelve la actividad, interrumpida por el maldito frío, como si esto fuera Siberia y no una ciudad subtropical al costado de un río que -con mas de veinte grados- la vuelve un sauna al aire libre, pegajosa e intranspirable de tan húmeda. Con ese ímpetu obstinado y negador, esos sonrientes adoradores del sol claman su solaz por el calor, el vaho pestilente en los transportes urbanos, la alergia y las noches cortas. Ojalá Satán tenga un lugar especialmente caliente en el infierno para ellos.

Algunos intentarán justificar los seis meses de insoportables padeceres con esos míseros quince días de vacaciones que les tocarán en estas fechas, olvidándose que este es un país en el cual lo peor ocurre en verano, cuando la gilada está más distraída que mirando a Tinelli, remojándose las patas en Marpla y Carlos Paz. Nada les importa a los adoradores de la canícula: estalló el verano ¡y que todo se vaya al carajo!.

Con la pantallita de Crónica llegan los programas de televisión del verano desde los únicos lugares a los cuales el lumpenaje nacional considera dignos de ir a apretujarse, los informes sobre el clima en "la costa" o "las sierras" cada cinco minutos, las ediciones de revistas de actualidad poniendo culos fotoyopeados como si ponderar trastes fuera la única cosa importante aparte de dónde veranea quién, y toda la demás milonga veraniega. Y como cereza de la torta, llegan las fiestas: ese canto al amor familiar puesto por decreto de necesidad y urgencia por vaya a saber qué sádico hijoderemilputas, que nos obliga a no estar en la mayoría de los lugares donde quisiéramos y a estar donde no.

Recién empieza la primavera y ya estoy harto del verano.

17 septiembre 2008

Violentos Anónimos

De algo tuve plena conciencia el día que dejé mi tercer atado del día incompleto para siempre: o dejaba de fumar de manera absoluta o no dejaría jamás. Ni un solo cigarrillo más. Me descarrilaría para siempre.
No fue fácil, pero tampoco tan difícil. Sólo por hoy.
Hace más de diez años que no fumo despierto, pero en sueños lo he vuelto a hacer muchas veces, como una especie de polución tabacal. Es como si mi psiquis todavía no se hubiera liberado del placer culposo de fumar, aunque en la mayoría de estos sueños suelo terminar advirtiendo que estoy haciéndome mal y lo dejo de vuelta, con reproches.
Algo así me pasa con la violencia. Soy una persona en general pacífica (aunque bastante vehemente) y con algo de malicia se me puede llevar en una escalada desde la discusión enfática hasta los insultos y las piñas. Claro, ya no se trata de ponerse de acuerdo, si no de legítima defensa. Son escasas las palabras que me lleven a un rapto violento, en general estoy a la altura de cualquier discusión, incluso con la negativa a seguir discutiendo cuando el interlocutor "no vale dos trompadas" con una presentación rigurosa de espalda y el gesto característico de sacudir el brazo. Pero soy perfectamente consciente que puedo descontrolarme si el estúpido de turno es capaz de comprar todos los boletos.
Viviendo en una ciudad no es posible evitar discutir con algún desconocido. Bah, sí es posible, pero con el riesgo de volverse el felpudo de todos los valientes cobardes que se abusan de la paciencia de los demás: el colectivero maltratador, el que se te adelanta en una cola, el que te clava un paraguas en el subte repleto, el cajero que deja de cobrar justo cuando te toca a vos y un larguísimo etcétera. Generalmente, en esas situaciones no suelo responder. Me vuelvo un felpudo, con algo de resignación. Salvo cuando manejo, porque tengo la teoría que es mejor una trompada que un velatorio a cajón cerrado.
Admiro a aquellos que se meten en una discusión con estos abusones sabiendo que no importa qué pase, los límites civilizados serán respetados por ambas partes. Así como admiro al tipo que se fuma un cigarrillo por día, siento envidia por los que pueden darse el lujo de una puteada en voz alta sabiendo que no irá más allá de eso.
Yo me conozco y no tengo el valor.

Este post está dedicado a la mujer que esta mañana me empujó ostensiblemente al bajarse del ómbibus, pensado que yo lo había hecho antes adrede, cuando la muy estúpida impedía el paso de todos. Dos veces te pedí permiso, gil, consiguiendo apenas que revolearas los ojos. Sabías que estabas en el paso, pero alguna excusa interna tendrías que te hacía sentir justificada. Ojalá te encuentres, cualquier otro día, con algún tipo menos controlado que te patee en ese mismo momento los tobillos (o antes, cuando te hacías la boluda).

15 agosto 2008

Sobras y chismes

Para hoy, sobras.
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Conversaciones oídas al pasar:

San Martín y Tres Sargentos:
"...no, es Philip Michael Thomas..."
Dos albañiles, mientras descargaban una camioneta.

Humahuaca y Sánchez de Bustamante:
"... la insustancialidad -berp- es imposible de evitar..."
Un grupo de "esquineros", mientras se colaban unas birras.

Corrientes y Uruguay:
"... me comí un mes adentro por una razzia, en un sauna de Libertad..."
Vendedor ambulante bastante veterano a peatón, con cara risueña.

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AVISO:
En otro orden de cosas, no puedo dejar de avisar que Esquizofónico cumple un año de vida.

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Para terminar, un homenaje a Isaac Hayes, uno de los padres del funk y figura del soul:




12 junio 2008

Fauna de Colectivo

Siguiendo con estas inútiles analogías entre alguna cosa medio colgada y la vida del ciudadano de a pie, usuario de transportes públicos autopropulsados con motores de combustión interna circulantes más o menos regularmente por las calles de cualquier ciudad de medio pelo para arriba y que suelen nominarse como colectivos, micros (como dice Fodor), ómnibus y/o bondis (tomar aire); aquí les dejo una nueva entrega más innecesaria que la anterior (estoy paja para pensar -o, más bien, no quiero colgarme con lo del campo-):
Animales en medios urbanos de transporte:
  • El Salmón: la típica persona que, cual salmón en épocas de desove, va río arriba en búsqueda de algo que carece en el lugar en que está ahora (lugar, asientos, aire, luz, mujeres bellas, hombres apuestos, y muchas otras cosas que no justifican sus pisotones, codazos, culazos y reempujamientos).
  • El macho alfa: por alguna razón (estatura, modales o simple engreimiento) ha tomado preeminencia sobre el resto del pasaje y los somete a sus deseos: escucha cumbia en el celular, lee el diario La Nación a las seis y media de la tarde, habla por el celular a los gritos, elige a los que deben ceder asiento con un golpe en el hombro y hasta puede darle instrucciones al chofer en cuestiones que no le incumben ("Seguí por Córdoba porque Tucumán está hecha un infierno").
  • Las hienas: fauna complicada, siempre haciendo escándalo por los asientos, el timbre o las ventanillas cual si fueran hienas disputando una suculenta carroña.
  • Los pingüinos: en pleno julio, con seis bajo cero de térmica, abren las ventanillas. Son fanáticos del "aire libre". Algunos pingüinos son machos alfa, por lo que no hay manera de hacerles cerrar la entrada de aire polar.
  • Los camellos: al contrario que los pingüinos, estos son los que con cuarenta grados de temperatura cierran las ventanillas, prefiriendo el baño turco a despeinarse un poco. También hay camellos machos alfa (o hembras, a la mañana no hay manera de conseguir que una oficinista abra la ventanilla: morirá antes que permitir que un sólo cabello cambie de lugar).
  • Los machos en celo: desprenden tantas feromonas que el resto del pasaje los identifica fácilmente, sobre todo las hembras. Suelen ser como los caballos (que duermen de pie), nunca se sientan. Sus extraños rituales de apareamiento suelen ser bastante solitarios, aunque necesiten de una hembra indolente para que les sirva de inspiración táctil. Cuando encima son machos alfa son realmente insoportables.
  • El mandril: hará siempre todo lo posible por ser desagradable, ventajero, vengativo y resentido. Suele conducir el ómnibus.
  • La Pantera Negra: sinuosa y seductora, su sensual flexibilidad combinada con un olfato y una rapidez de reflejos superdesarrollados le consiguen un asiento así esté en el colectivo de una colonia de ALPI.
  • El Gato de Colectivo: el animal más conocido de la fauna, junto con el Chancho. Pariente lejano de la Pantera Negra, es un félido acostumbrado a los tratos con mandriles, de los que recibe alguna compensación que explica un poco el vínculo. Está enemistado a muerte con el Chancho (ver).
  • El Chancho: animal despreciado por todos, incluso por los mandriles conductores y sus gatos. Aunque no lo parezca, es el depredador natural de cualquier otro animal de a bordo. Hay una leyenda que dice que ya el animal real fue designado por Noé en el Arca para picar boletos.
Bueno, me cansé. Ahora me voy a tomar unos buenos vinos y pila-pila, pila-pila...

09 junio 2008

Fútbol de Colectivo

Desde que me hice de Tigre (fin del campeonato Apertura 2007), casi me quedé sin motivos para desparramar mis conocimientos futboleros porque mi inaugurada pasión futbolera aún no ha recibido su bautismo de fuego, toda vez que me resulta complicado costearme hasta la cancha en Victoria. Ante la falta de oportunidad más propicia, mi costado futbolero busca aplicar su sapiencia a veces en los lugares más improbables. Como esta mañana, en el colectivo 23.
A la hora que salgo a trabajar, siempre está rebosante de pasajeros (no quiero ser soez y decir que está hasta el culo), por lo que al subir puteo bajito como buen hijo de vecino aunque la adaptación al medio pronto me resigna a los apretones y caras de sentadera (por no decir -otra vez-, culo) y relajar un poco los maxilares. Como no tengo más actividad que proteger mis partes pudendas de los peligrosos paraguas o mis riñones de los codazos, mi cerebro busca algo estúpido en qué pensar, y no hay mejor momento para que mis manías me dominen, mezclándose: observar al mundo con ánimo de viajero naturalista y hacer perfiles psicológicos del pasaje como criminalista aficionado, analizando el resultado de ambos procesos cual Macaya afiebrado:
Si, querido lector de blog que has caído aquí por error o exceso de confianza. Se viene una lista.
Jugadores del Transporte Público de Pasajeros:
  • El Referí: el más obvio, el chofer, figura de autoridad y mediador de todos los conflictos de a bordo. Si te saca tarjeta roja te quedás a pata. La amarilla, en cambio, suele ser colectiva porque como nunca ve nada de lo que ocurre, amonesta por zonas: "a ver, los del fondo...". Si tiene un Juez de Línea (ver), mejora su puntería (pero no siempre).
  • El Delantero oportunista: suele estar adelante, cerca del conductor, molestando cualquier jugada que ocurra cerca del chofer: sacar boleto, preguntarle cuánto falta para Boyacá, etcétera. Su oportunismo a la hora de tratar de ganar un asiento es tan grande que cuando alguien lo primerea hace los mismos gestos que Palermo si un compañero no le da el pase-gol con el arco vacío.
  • El Stopper: jugador complicado que por alguna razón se pone en el lugar más difícil de todo el colectivo. Como a veces se juega con el Delantero oportunista la posesión de un asiento putativo, suele rondarle cerca. En algunos viejos colectivos que tienen sólo una puerta trasera, su lugar es en el fondo, jugando casi de líbero, atorando a todo el mundo a la hora de bajar.
  • El Marcador personal: sigue a su objetivo por todo el colectivo. No le interesa llegar a destino, lo que le importa es conseguir su fin durante el viaje por lo que suele abusar del contacto físico directo. Abusa de la "pelota parada". Se hace el festín con las Pecho frío (ver).
  • Los Tres en el fondo: suelen ser colegiales o algún grupo de noctámbulos retornando de los locales bailables de Constitución. Hablan a los gritos y sacan de quicio a las señoras mayores con sus groserías. Cuando hacen marca personal a una Pecho Frío (ver) son implacables.
  • el Juez de Línea: preocupado por cada cuestión que pueda ocurrir, sin importar su gravedad o intrascendencia, salen de garantes ante disputas varias. Manifiestan también algunas quejas en alta voz, dirigidas algo impersonalmente al chofer, como levantando una bandera ante un offside. Cuando se trenzan con los tres del fondo o los marcadores personales suelen protagonizar escándalos importantes.
  • La Pecho Frío: es la pasajera que luce sus abundantes atributos con total desaprensión por la época invernal y provoca la aparición de numerosos marcadores personales que, obligados a jugar de stopper para no perder el lugar, molestan al resto. Por lo general, son jugadoras habilidosas (ver).
  • El Volante con Retroceso: indeciso, anda por todo el bondi sin quedarse quieto. Después de hacer un tránsito complicado hasta el fondo se le ocurre preguntarle algo al chófer y vuelve al área de adelante. Es ahí donde choca con los oportunistas que lo ven como una nueva amenaza y con los stoppers, que le hacen complicada la jugada.
  • El Doble Cinco: suele ser un dúo complicado porque no hay poder que los separe y juegan en tándem. Cuando esquivaste a uno, el otro se te para adelante y te hace retroceder, dándole tiempo al otro para recuperarse. Suelen ser parejitas, amigas conversando de sus vidas, o compañeros de trabajo contándose lo que hizo López, ese hijunagransiete.
  • Los Utileros: traen de todo con ellos. Changuitos de bebé, Bolsos, mochilas, carteras, paraguas, bolsas del supermercado y hasta biblioratos y cajas. El chofer no los aprecia mucho en el campo de juego, por lo que suele dejarlos afuera cuando hacen mucho problema.
  • La barra brava: familión que sube todo junto y molesta por número y prepotencia a todos. Atemorizan a los delanteros oportunistas y a los stoppers, a los que les suelen gritar "¡movete, buuuuurrrrrro!".
  • El habilidoso: hace fácil la difícil. Sube cuando el colectivo está a punto de reventar y antes de un minuto consigue asiento. Es la envidia (y la pesadilla) de los delanteros oportunistas (quienes creyeron tener futuro de habilidosos alguna vez). Pasan a los stoppers como alambre caído, con driblings que quitan el aliento. Como todo el mundo sabe, las Pecho Frío son habilidosas.
  • El Pateador de córner: el que, como dice el chiste, queda solo en un rincón debido a alguna cuestión reglamentaria (de las buenas costumbres).
Bueno, esto debería tener un remate gracioso, pero no lo tiene.

Agua y ajo.

02 junio 2008

Ciudad del Diablo

Anoche, domingo, salí a caminar por Corrientes con el plan mixto de revolver las mesas de saldos de sus librerías, hacer un poco de calistenia y disfrutar del frío.
El porteño promedio es un tipo bastante ignorador del entorno (aunque no es despreocupación, es simple neurosis activa): se cierra en su concha mientras espera el colectivo a dos pasos de una familia desalojada que vive en la calle, camina con el iPod (o hablando por celular) sin prestar atención a su alrededor y, por regla general, suele evitar el contacto visual con sus eventuales vecinos. Yo, que soy una extraña simbiosis de porteño aproviancianado no puedo dejar de ver cualquier cosa extraña como amenaza. El legítimo temor que puede sentir cualquiera por ser víctima de un hecho delictivo se ve menguado, en mi caso, por los escasos bienes que le reportarían al desastrado ladrón que se me anime (no suelo exhibir atributos de prosperidad), pero el fastidio que me provoca tener perfecta conciencia de que uno es sopesado, medido y tabulado cada tres o cuatro pasos es insoportable: en un día normal la abundancia de peces más sabrosos y suculentos me da seguridad. Pero un día domingo, en Avenida Corrientes, cualquier mojarrita sirve para una comida.
No más de cinco cuadras me llevó percibir la mala onda que vibraba en el aire: este día es complicado sobre la famosa calle de las librerías y las candilejas pues quienes salen los domingos a los teatros vespertinos atraen a los buscas como miel a las moscas, y es el día en que el yerbatal malevo que crece guacho al costado de Lavalle, Florida, Caminito o San Telmo viene a probar mejor suerte para tratar de redondear un día que, frío mediante, tal vez no vio colmadas sus expectativas.
El pedido de "moneda" hecho con agresividad; los sospechosos que cruzan la calle en diagonal (y que se aparecen a tu espalda); los que te preguntan la hora en un lugar estrecho (la salida del subte de Uruguay o de Callao, las paradas de ómnibus sobre las vereditas de Talcahuano, las esquinas donde se junta la gente esperando el semáforo para cruzar, etc.) de manera que el pungazo pase (más) desapercibido; las miradas ratoniles desde cierta distancia que calculan el tamaño de la presa y los riesgos; y la ausencia total de policía (volviendo, a estas horas, de las canchas o cuidando a los niños bien de Palermo y Belgrano) que supongo no es un detalle menor para esta runfla.
Termino comprendiendo la molestia femenina ante las lascivas miradas masculinas que imaginan desnudeces, acarician texturas y sopesan turgencias. No es la amenaza de la violación en sí, sino la repetición constante que de ella se hace en la cabeza de cada violador putativo, repartidos en su camino a razón de uno cada cuatro metros. Puede resultar agotador, les diré.
Yo soy un pobre rata, pero me imagino la histeria que tendría si fuera uno de esos pocos salvadosen un país empobrecido y lleno de resentidos como... ¿Argentina?.

21 mayo 2008

La Patria en una caja de zapatos

No sé si fue el post de T.E.LIT.A, que escribió Vontrier. No sé si fue que se olía la lluvia y a mí me tocaba estar encerrado cuatro horas con quince nerds escuchando a otro hablar de bases de datos y reportes. No sé.
Crucé Maipú apurado, preocupado porque incluso el día en que me toque ir al matadero voy a estar incómodo si llego tarde, cuando vi la caja de zapatos casi cruzándome el paso, ahí en plena vereda del Sheraton sobre Córdoba.
Con dos sucios pies descalzos, sentado de costado con las rodillas juntas y la espalda apoyada sobre la pared del hotel, junto a la caja había un niño de no más de seis años, con el mentón hundido en el pecho, maniobrando un alfiler para prenderse una escarapela en el raído pulover (del que sobresalía una desteñida camiseta de Boca). Sí, era una escarapela argentina. Y no, no es una alegoría fácil que se me ocurrió ante las estupideces que a diario ocurren en este país. No tiene nada que ver con la soja, con los índices de pobreza del Indec o el precio de los fideos. La alegoría estaba ahí, para cualquiera que se la chocara en Maipú y Córdoba.
Me dejó enfermo, mal. Quisiera decir que me volví y dejé unas monedas en la caja, que me llevé el niño a mi casa. Que intercambiamos lugares y que no estoy escribiendo esto ahora sino que estoy luciendo una escarapela sentado en una vereda cualquiera, con una caja de zapatos vacía delante mío.
Pasar después por la opulencia de Galerías Pacífico fue duro: la gente no tiene la culpa.
O sí, qué se yo.

08 mayo 2008

La ideología del pan

Según este blog, en Cuba el sistema comunista está lleno de vivos que achicaron el pan de racionamiento, "cobrándose" peaje. Viendo las fotos, calculo que un buen treinta por ciento fue al bolsillo de algunos vivos, a ojo de buen cubero (sin contar que no percibo la diferencia de calidad, que parece haberla).
Aquí, por suerte no pasan esas cosas. Estamos en una democracia capitalista, y si hay algo que nunca, pero nunca pasaría es una cosa así. El pan es como el símbolo de la abundancia de dones del sistema. Puede faltar de todo, pero pan (y circo), nunca.
Lo que pasa en los supermercados argentinos es fruto de algún problema con la levadura, seguro. Que Coto y Disco hayan achicado la "baguette" a la mitad debe ser casualidad. No creo que tenga que ver con que le saquen el pan de la boca a la gente. Y que nunca haya pan francés al precio acordado con el gobierno debe ser porque la gente se lo lleva antes que uno. Me pregunto cómo hacen, si el otro día fui a las ocho y cuarto de la mañana, el local estaba vacío y tampoco había.
No comparemos. Vivir en Cuba es una tragedia. Una isla pequeña, bloqueada por la potencia más grande del mundo (encima, next door). Los recursos naturales son escasos. ¡Si hasta le deben plata a la Argentina!
Nosotros estamos en el paraíso de la soja, el trigo, el maiz... Tirás una semilla y después tenés que tirar matayuyo a lo loco para sacarte la planta de encima. Tenemos todos los climas. Y a falta de un presidente... ¡tenemos dos!.
Seguro que la semana que viene advierten el error y las cadenas de supermercados duplican el tamaño de la baguette, y la ponen a mitad de precio... seguro. Sí.


05 mayo 2008

Dale de comer al monstruo.

El escepticismo agnóstico que suelo detentar depende más de la estricta bulimia que mi raciocinio pone a mi exagerada imaginación que a un reflejo anoréxico automático. El pobre cerebro a veces sucumbe a la presión entre las dos fuerzas -con arcadas, toses, vómitos y náuseas varias- e intenta construir una solución de compromiso entre la frugalidad que exige la razón y el fausto imaginativo. No se trata de la combinación que Susan Sontag pedía para el escritor, sino más bien de una desviación hacia la neurosis de mi razón.
Nunca más válida la analogía precedente para comentar qué pasó ayer en un diente libre: llegamos al establecimiento un rato antes de las 21:00, con intenciones de producirle un quebranto importante en las ganancias de ese día. Elegimos una mesa al fondo, cerca de un señor que cenaba solo. Yo estaba de frente a él.
Si bien no prestaba particular atención al solitario comensal, su actividad mandibulística era notable. Pensé que a ese ritmo se llenaría rápido, sobre todo comiendo de dos platos a la vez (aunque no tenía ninguna bebida). Noté que en uno de los platos tenía melón cortado en pedazos y alguna ensalada, mientras que en el "plato principal" exactamente frente a él había varios tipos distintos de quesos, fiambres, escabeches y cosas por el estilo. Y comía con fruición, regularidad maxilar y totalmente a conciencia. Terminados los platos fue por todas las mesas de comida, seleccionando con delectación hasta completar primero uno, luego otro plato. Mientras, nosotros no le íbamos muy a la zaga. Comíamos lo nuestro de a plato por vez.
Una hora después estábamos haciendo culto a la pura gula, ya a ritmo lento y eligiendo lo que nos gustaba con mucho cuidado. La batalla había sido importante, lo atestiguaban los platos sucios apilados a un costado.
Pero el señor seguía comiendo como al principio, quizá más moderado por mi propio hastío alimenticio que por el suyo. En un momento lo vi pararse, dar vuelta a su mesa hasta la silla que tenía enfrente -donde evidentemente había dejado un bolso- y, rápidamente y lanzando miradas furtivas, repuso de su propio peculio los panes en la panera. Parado era un hombre de altura mediana, casi un metro ochenta, de huesos normales y peso promedio. Su calva y las sienes le hacían parecer de unos cincuenta.
Siguió comiendo, agachado sobre ambos platos, royendo cada tanto un pedazo de pan. Iba por -sí, no exagero- su tercer par de platos desde que habíamos llegado. Cuando se paró nuevamente, pensé que iba a por los postres. No, traía un terrible pedazo de -estimo- unos setecientos gramos de vacío a la parrilla con puré, y un plato subsidiario repleto de una modesta ensalada de lechuga y tomate.
Nosotros habíamos liquidado la última cucharada de helado respirando apenas y hasta con asco, dispuestos a no comer más por el resto de nuestras vidas. El señor iba terminando la carne, la cual alternaba con puré con precisión mecánica.
Pedimos la cuenta, Eran casi las once de la noche. En cuanto conseguí pararme -con dificultad- y enfilé hacia la salida casi me choco con el señor en el pasillo que formaban las mesas: traía otro plato de carne con puré (debo decir que éste era notablemente menos). En total, desde que llegamos hasta que nos fuimos, se sirvió ocho platos llenos, rebosantes de comida.
No quiero pensar -no debo-, no sé quién era ese señor, ni porqué comía como comía. No era humano. Lo ví ingerir (cálculo rápido), unos cuatro o cinco kilos de comida. Encima, los dos primeros platos accesorios tenían principalmente melón, que si bien es casi todo agua, es terriblemente difícil de digerir en presencia de otros alimentos. No sé, Todo muy raro. Nadie puede comer de esa forma y seguir vivo. Encima, el tipo era normal, no un obeso de 250 kilogramos y un estómago con seis litros de capacidad.
Tengo miedo, nene.




30 abril 2008

Exiguo acto de fe para el pequeño orangután.

Para los que están incapacitados de ser de derecha (por falta de efectivo), de izquierda (por vergüenza ajena), o los que como yo no creen que pueda haber sólo dos formas de conducir al colectivo humano hacia el bienestar, la discusión sobre si el mundo debe ser capitalista o comunista fue siempre aburrida y, cuanto menos, estéril.
Por más que los capitalistas digan que la cosa se zanjó en 1989 con la caída del muro de Berlín, los de izquierda dicen que el capitalismo está cayéndose desde 1929. Y la verdad es que cualquier caída que se elija siempre sigue cayendo sobre los mismos: los pobres.
Detrás de todo el andamiaje teórico de cada posición y sus estaciones previas, Marx o Keynes son mencionados hasta el hartazgo -ora a favor, ora en contra- aunque nadie crea en ellos hasta el punto de llevarlos a la práctica sin vacunarles bastante las teorías. Hijo cretino de ambos es el fascismo, que junta más vicios que virtudes de ambos y que tan tentador les resulta a los simplones, incluso a los mazorqueros zurdos.
Si bien el comunismo es algo que no tuve la posibilidad de sufrir, vivo en un país que aún se debate entre un escondido fascismo corporativista (perdón la perogrullada pero es pertinente) y un salvaje capitalismo, depende.
El peronismo no ayuda: cargando sobre las espaldas sus propias contradicciones históricas y actuales dificulta su análisis politológico y económico. Es un juego de dobles y figuras (ser de derecha con un discurso de izquierdas, mezclar lo popular con Prada y Versace, la tribuna con el salmón rosado, la pizza con champagne), con inclinación mediática y efectista (el pragmatismo menemista se explicaba mucho por eso) para el costado del arco que mejor rinda en votos (siendo ingenuo; hay otros intereses). De a ratos asusta a la clase media, pero se reconcilia rápido y le rompe el culo a los de siempre. Por andar desdoblando cuestiones en dicotomías forzadas (cargadas de mal entendida doctrina peronista) nuestra altisonante Presidente separa política y economía según convenga, como cuando otorga el papel de Robin Hood al Estado pour la gallerie, mostrando la hilacha legislativa de los últimos gobiernos peronistas: termina haciendo de héroe bandido para paliar el seguro hambre del pobre populacho, olvidando que juega el papel también de Sheriff de Nottingham. Al resolver el problema de la Banelco de De la Rúa copiaron sin ninguna vergüena a Menem, sumando otra perla negra más al collar.
Cada tanto, algunas palabras resuenan, pero con significados distintos según el lado del mostrador: "oligarquía" es un eufemismo para "los que todavía creen que pueden hacer dinero sin nosotros y aún no forman la feliz burguesía nacional que queremos", y "distribución", que quiere significar "por las dudas quiero todos los fondos para manejar premios y castigos según MI agenda".
Si Menem era la peronización de la derecha, los K. son la de la izquierda. Ahora ciertos progres apoyan al gobierno (algunos aclaran que no los votaron) por los derechos humanos (los de los setenta, ojo; no los de los niños por debajo de la línea de pobreza cuya razón es el propio gobierno), o, como dijo Paenza ayer en el programa de Télerbaum y Zlojtovieja por Todo Negativo, "porque hay un ministro científico" (¿la economía también no exige un científico? No, con Moreno y su chota kilométrica alcanza) y porque "se mete con los grandes intereses". Me imagino que esos intereses excluyen a los amigos con los que es evidente que no se mete. Qué se yo. El duhaldismo, que quiere volver en ese eterno pedido de revancha peronista, no es distinto, aunque lo disfracen con Lavagna de euro-algo.
Puede creerse que ser peronista es difícil. No hace falta afiliarse, ni votar peronistas. No es necesario fundar una unidad básica. Basta con ser argentino. Ni marxistas ni gorilas. Argentinos. Porque no es una cuestión de cuna, abolengo. clase social o doctrina. Está en el alma de todos los argentinos. Los radicales son peronistas. Hasta los militares y los guerrilleros fueron peronistas. Martínez de Hoz, Hebe de Bonafini, Alfonsín y Firmenich. Cavallo es peronista, de la línea corachista.
Sí, doña Rosa, déjese de joder: somos todos peronistas, aunque nadie lo sea.

23 abril 2008

Utilísima

En la Calle Paraná, casi llegando a Bme. Mitre (a mano izquierda, yendo para Rivadavia) hay una casa que se dedica a las pilas. También las recicla: si llevás una botella de medio litro llena de pilas (por ejemplo, triple y doble A) ellos se encargan de reciclarlas. Te cobran 5 pesos por el servicio. No es caro, pensando que es un emprendimiento privado, y es algo que debiera hacer la municipalidad gratis.
Cinco pesos te gastás en un sánguche, en una revista, en otras pilas. No seas tacaño.

10 abril 2008

Es la vida que te alcanza (en la esquina)

Veníamos quejándonos de puro quejones. Que esto será gratis pero mirá lo que hay que esperar. Que es lejos. Que esto, que lo otro. Como esos colados en un casamiento que se quejan por la marca del vino o porque no había jamón de verdad sino paleta de cerdo.
De repente una bofetada de realidad, de esas que cuesta tanto ver, nos pasó por las narices y nos hizo callar la boca. Nos sentimos unos idiotas, seguro.
Pasaron unos minutos y seguimos criticando, con los ojos llenos de lágrimas.
La neurosis nunca se acaba, nunca se acaba.

08 abril 2008

Apagar la vela

¡Qué ganas tengo de ir a apagar personalmente esa maldita antorcha cuando venga a Buenos Aires, no sólo por el Dalai, sino por el Tibet, por la plaza de Tian'anmen y tantas otras cosas!
Pero no quiero cometer los mismos errores que le achaco a Greenpeace: antes de mover un dedo por los chinos, tendría que mover -aunque sea- las manos por las muchas cosas que ocurren acá mismo; así que ante tamaña cantidad de trabajo mejor me quedo donde estoy y protesto indignado como cualquier otro porteño bien pensante e intencionado.

12 marzo 2008

Viaje al mundo perfecto

Una de las mejores películas que ví en el 2002 fue "La sombra del vampiro". En ella, el vampiro Schreck hace una lectura bastante triste del "Drácula" de Stoker, resaltando la soledad del conde; debiendo oficiar de criado y cocinero para hacerle creer a Jonathan Harker que posee servicio de cocina y cuarto, trabajando a escondidas.
Vivo en una zona de topamiento habitual con gente cuasi conocida, sobras del mainstream famoso que -como el conde- no tienen más remedio que comprar los víveres en el mismo chino que yo o hacer la misma cola del rapipago, poniendo cara de ausencia consciente. Puedo decir que en el barrio estamos acostumbrados a su indecisión famosa. A lo sumo, cuando vamos en grupo, nos codeamos inquiriéndonos ¿ése no es el de...?, recorriendo toda la gama de posibles personajes.
Sin embargo, esta semana tuve una sobrecarga de semi desconocidos: el domingo, un viejo animador de programas musicales (el de "¡cambiame la música!") comía en Montevideo y Corrientes, exhibido en la mesa más cercana a la vereda. El lunes me crucé con una ex vedette (lo que me llamó la atención fue su demodé camisa alla Versace, digna de aquella famosa de Maradona en épocas más menemistas y con su notable (?) marido, autoconvencido imitador de Sandro. El martes me crucé con uno que hacía tiempo, parado, en la esquina de casa. Mi escaso conocimiento de actores televisivos me impidió determinar su filiación.
Después, participé en un evento periodístico (apenas de comparsa) contra periodista semi famosa que estrenaba bar frente a C5N. Pajuerano en Palermo Hollywood (tierra prometida si las hay para el avistamiento de gente -más- famosa) y confundido, pregunté a un kioskero dónde paraba el 39, el cual repreguntó a un flaco que salía de una casa vecina envuelto en un innegable sahumado de cannabis sativa y que me hizo un plano virtual -en el aire, con su mano haciendo de autito- con las instrucciones para subirme al bondi.
Me mandó a Chacarita (a pesar de que le dije que iba al centro). Era un actor de una tira famosa en los noventa*, ahora condenado a los patéticos clubs de fans.
Maldito inútil.

(* Jamás la vi, en esos años otros problemas más graves aquejaban mi vida)

26 febrero 2008

El mercado del hambre

Cuando leemos que Estados Unidos mantiene la soga al cuello de Cuba con la excusa de la democracia, el libre comercio y la mar en coche, pensamos en qué cosas podrían estar pasando en la isla si no hubiese habido una revolución o si ésta hubiese sido una asonada típica de países bananeros:
Acabo de leer en El Mundo que en Haití están comiendo "pan de tierra" para mitigar el hambre que están sufriendo los más pobres. Empezó haciéndose con una arcilla comestible, pero la demanda elevó los precios de ésta y ahora los fabricantes han debido recurrir al barro macuco, simple y pletórico de mierdas varias (las leyes del mercado -compra y demanda- son tan universales que asustan).
Los niños no sólo no se están alimentando, están incorporando gérmenes patógenos que afectan superlativamente su desarrollo. Fábrica de pobres, fábrica de gobernantes corruptos.
Todo esto, en un país que fue el segundo estado independiente de América: después de más de cuarenta años de Papa y Baby Doc, subvencionados y sostenidos en el poder por Estados Unidos para que permitieran la búsqueda de petróleo en la isla y sus alrededores, hoy comen barro. Lo mismo pasará con Irak, Afganistán y todos los países atrapados por la garra mortal de los intereses económicos, disfrazados de "políticas de estado".
Pero es bueno que eso ocurra lejos. Acá nos encargamos de limpiar la vista con topadoras y listo. Que el subpueblo (al decir de Cordwainer Smith) vuelva al submundo y se deje de joder. Pobres y desplazados habrá siempre, pero no en Belgrano C, qué carajo.

02 febrero 2008

¡Cuánto cuadro, Don Quinquela!

"Ayer fui a comprar dos pinceles de pelo de marta -tanto pintar me está dejando todos los pinceles mochos- al almacén de don Alfonso. Me dio mucha envidia (de la sana, eh) ver que había gente entrando y saliendo de la casa de la Esther, que hace una muestra de sus cuadritos en el zaguán. Intenté entrar pero había muchas personas desconocidas. De otros barrios; eso es porque la Esther visita muchas exposiciones en Malaver, Chilavert y Ballester. Se va lejos a ver los cuadros de otros y deja una tarjeta de visita. La gente, agradecida o curiosa, se la devuelve.
En la pared de atrás del mostrador, Don Alfonso tenía también cuatro o cinco cuadritos de su autoría. Se los admiré; es prolijo y bastante realista, pero son todos representaciones del nieto. Un poco aburrido. Se excusó por no tener más, dice que tiene varios a medio terminar pero que el almacén le lleva demasiado tiempo. Me recomendó que visite a la Esther, que está pintando muy bien.
Volví dando una vuelta larga y me encontré con dos exposiciones: la del Juan Pablo, el hijo del dentista, que expone unos collages que hace de revistas, fotos y catálogos. Este chico no pasó del jardín de infantes parece. Lo peor es que otras adolescentes estaban ahí, mirando las obras y riéndose de todo. El Juan Pablo sonreía, pero se lo notaba nervioso. Hace unos días vinieron por el barrio de la revista cultural del Diario Corneta. Trajeron a varios críticos de arte famosos. Visitaron a algunos, entre ellos a la Esther. Parece que no les gustó lo que vieron. El que pintaba mal, porque pintaba mal. El que pintaba bien, porque les parecía patético exponer en su propia casa. Lo extraño es que les gustó lo del Juan Pablo, dijeron que era justo lo que pensaban encontrar. Le dieron un diploma y le sacaron fotos.
La otra exposición que había de camino a casa es la de la tipa que siempre está vestida de negro, como una viuda. No había nadie, el silencio en ese living era hasta corpóreo. La mujer no estaba (un cartel decía que si quería me podía llevar el cuadro que quisiera, y que dejara algo a cambio), así que pude recorrer a gusto con mis pinceles en la mano. Tiene talento, es evidente. La Esther me contó que sabe que la tipa pasó por muchos talleres de pintores famosos, y que alguna vez la estuvieron por exponer en una galería del centro, en Capital. Algún cuadro me sacó una lágrima, tan bello era. Tomé uno chiquitito, una acuarela minimalista, como le dicen ahora a lo que es poquito.
Corté un pedazo del envoltorio de los pinceles de Don Alfonso y escribí lo más prolijo que pude:

"Pedro Gonzalez.
Vi tu exposición, me pareció excelente.
Visitá la mía en San Martín 442, al lado del zapatero."

Dejé los pinceles en pago por el cuadrito. Me fui contento."