05 agosto 2008

Presente y futuro perfecto

En el post anterior hablaba de conservar la capacidad de los niños de asimilar el presente. Cuando lo pienso mejor, es asombroso:
La vida es poco estable -por lo menos, lo es para mí-, con altibajos importantes. Lo descubrí en la niñez, cuando todo ocurría casi siempre por primera vez.
Crecer fue un confuso infinito de cosas que iban quedando a diferentes alturas o cambiando de tamaño relativo: por ejemplo, viví en una urbanización en Banfield hasta los cinco. Al volver después de casi treinta años todo me parecía diminuto, como si fuera una recreación a escala, una maqueta. En el medio, nunca me di cuenta de que la mesa de casa quedaba cada vez más baja, ni tengo noción de haberle pasado por debajo -como mi mamá se encarga de repetir cuando se acuerda- y ni hablar de otras cosas más evidentes como sanitarios o escaleras. Me imagino ahora tratando de usar un orinal que me llegue al pecho, tomar un litro de leche en la taza de un gigante de seis metros o queriendo subir al estribo de un ómnibus que me llegue a la cintura. Me la pasaría insultando al mundo, seguro.

Otros cambios también fueron violentos y sin aviso: llegó el primer día de Jardín de Infantes y me tuve que enfrentar a la ausencia de mis viejos, a la señorita, a los compañeros. La escolaridad me trajo mucha confusión: no iba siempre sino que cada pocos días me quedaba en casa (¡Mamá! ¡¿Qué es un fin de semana?!) y cuando aprendí al fin la progresión de cinco por dos... ¡Paf! Verano y vacaciones. Todavía recuerdo la impresión de extrañeza cuando después de dos días sin clases me insistían en que debía quedarme en casa. Me decían "por este año terminaste las clases" (¿Año? ¡¿Qué es un año, mamá?!).
Aprendí a percibir el tiempo con el calendario -maldita cosa-: lo que a una edad era lógico que haga dejó –mágicamente- de serlo cuando crucé una barrera etaria, imperceptible para mí porque no me crecieron alas ni perdí el plumón, como hacen otros bichos. Lo único que me decían es "ya sos grande ¿no te da vergüenza?" si me daba miedo la oscuridad, me rehusaba a slips (los detestaba) o tomaba la sopa haciendo ruido con la cuchara.

Todas esas revelaciones se me dieron con el primer desengaño amoroso: después de "acostumbrarme" a Diana, la "seño", me enamoré perdidamente de ella. Beso, medalla, aplauso en diciembre y desapareció sin dejar rastros. Tres meses llorándola cuando la muy pérfida volvió con otros energúmenos haciendo trencito. Nuevos. Y me decían (¡cuántas cosas me decían, che!) que esta otra (narigona, gorda, flaca, petisa o larguirucha, en fin, llena de defectos en comparación), ese placebo, era mi "brand new". Por unos días gritaba –por dentro, nunca fui muy expresivo-: ¡Yo quiero a la otra! ¡Yo quiero a mi Diana, mi primer amor, la seño que me acariciaba el pelo y me decía "mi sol"!. A la semana, ya casi olvidada, andaba buscándole virtudes al placebo.

Con el devenir de señoritas y compañeros descubrí lo difícil que es manejarse con gente de carne y hueso: me aparecieron hermanos, desaparecieron abuelos, parientes, conocí amigos que después se mudaron a Estambul -o a tres cuadras, casi lo mismo para un enano que sólo disponía de un triciclo como medio de movilidad- y ya nunca más los vi. Me cambiaban de colegio a mí o a mis compañeritos sin demasiadas explicaciones. O, lo que es peor, con demasiadas: "Papá dejó de querer a mamá, pero a vos los dos te quieren lo mismo, ¿sabés?. Nos mudamos a lo de la abuela" (bueno, no fue mi caso, pero sí el de muchos).
Con esos subibajas emocionales aprendí el dolor y el placer, la pena y la alegría, la risa y el llanto; y a través de ellos vislumbré las primeras complejidades de una vida que se me hacía cada vez más compleja.
Pero seguí adelante. Tal vez sin el abuelito, con los viejos amigos olvidados en la mudanza, un nuevo cretino haciendo todo lo que no me dejaban y con papá en los brazos de la secretaria. Avancé. Aprendí. Me tragué el futuro tan rápido -como me tragaba los mocos post llanto- que el presente se me volvió pasado sin darme cuenta.
Sin embargo, en algún momento dejé de hacerlo. ¿A los quince, a los veintidós, a los treinta? ¿Al desvirgarme, con el primer orgasmo propio, con dos orgasmos ajenos o catorce en una orgía? ¿El día en que me casé, tuve un hijo o cuando decidí dejar de tenerlos? ¿Cuándo, la puta madre?.
Dejé de estar atento. Atento al futuro. La experiencia se acumuló, es imposible negarlo, la memoria funcionó -más o menos- con los chispazos de mis propias neurosis, y en un momento dejé de darle una oportunidad al mañana. Todo lo que construía pensando en el futuro era para desactivarlo, para volverlo inofensivo. El futuro se volvió un enemigo, un problema que había que dilatar.
Me volví un adulto.
Hace unos años, después de otro naufragio y tratando de salir a flote, se me ocurrió pensar un poco. El madero al que me aferraba no era más que una parte de un barco que ya no existía como tal. Pude no darme cuenta cuando el agua inundaba las bodegas y me la pasaba achicando para no irme a pique, pero después de la zozobra no tenía mucho sentido pretender que el barco podía ser rescatado del fondo del mar. Tenía que soltar. Abandonarme a la marea, nadar y dejar atrás mis sueños de capitán.
Lo comprendí mejor un poco después, cuando empecé a ver la reacción de los niños ante los problemas que les planteamos los grandes: divorcios, discusiones, enojos, fracasos y estafas emocionales varias. Quedé sorprendido al comprender que para un infante, el bien y el mal están indisolublemente ligados al presente -un futuro inminente, en realidad-. El futuro es un mundo en el que todo es posible, todavía: Papá y Mamá no seguirán juntos, el amiguito no volverá de Estambul y la maestra de Jardín seguirá educando (y enamorando) a otros zanguangos.
Pero lo más importante está por venir. Porvenir.