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04 agosto 2010

El Enemigo Público Número Uno.

Como cumplo años el 19 de julio me regalaron Todo o Nada, el libro sobre Mario Roberto "Robi" Santucho que escribiera María Seoane (Santucho murió ese día). Quedé muy impresionado, y no porque no conociera al personaje, sino por la confirmación del escenario trágico, que lo envolvía como un plató portátil. Porque Santucho fue muchas cosas pero, sobre todo, trágico. Muchas otras cosas fue "el Robi", en su posición de líder ideológico y militar, y que pueden considerarse verdaderos defectos: voluntarista, idealista romántico, políticamente estrecho y, también quizá, militarista exagerado; pero eso depende bastante del diario del lunes y de la constancia que tenemos de su fracaso.
Según lo percibo, su tragedia no lo fue tanto por las desgracias ocurridas en su entorno, incluso el personal (varios familiares, incluyendo hermanos, su esposa y otros seres queridos fueron asesinados o, en muchos casos, previamente torturados y desaparecidos) sino porque Santucho, a diferencia de Videla, a quien los imbéciles de los dos demonios intentan contraponer, sí se hizo cargo -a su manera, dentro de los parámetros de un hombre convencido de la lucha revolucionaria- de sus errores aunque imagino que jamás se arrepintió de ellos. Santucho era parco e inescrutable, se había conferido una especie de distancia emocional de todo, pero quienes lo conocieron sabían muy bien qué nubes negras pasaban por su cabeza cuando, por ejemplo, le comunicaron la muerte de la "Sayo", su mujer; o cuando se enteró por los medios el resultado final del ataque al Arsenal Domingo Viejo Bueno.
Conforme se iba haciendo más grande -hay que recordar que apenas tenía veintipico de años cuando empezó su verdadera militancia revolucionaria en Tucumán y que murió sin cumplir cuarenta- tuvo que negociar con sus errores y los de sus lugartenientes, algo que se entiende mejor si uno repara en que esas negociaciones fueron esfuerzos colosales de neurosis que intentaban conjurar una realidad que había analizado y que le era insoportable: la sumisión de la clase trabajadora, la complicidad sindical y del peronismo ortodoxo, los defectos de la democracia formal, el capitalismo cipayo, la traición a la Patria arraigada de los que eran responsables de sus armas, la inmovilidad de las masas y un largo etcétera.
Hay que tener en cuenta que la única salida para Santucho era la "fuga hacia adelante", la profundización en el camino elegido, el pisar las pocas baldosas que todavía parecían firmes. Dicen que sus últimos años, sobre todo desde el fracaso en el monte tucumano, se volvió cada vez más taciturno, sobre todo cuando sus compañeros le prohibieron que arriesgara su vida, lo que le era casi intolerable. Santucho hubiese querido morir por cada compañero o civil muerto por una decisión suya (fue notable la fiereza con que se enfrentó a Irurzún y Gostanián Merlo por la desmedida violencia de ambos, llegando a separar al segundo definitivamente del cuadro de mando del ERP). A diferencia del infame Videla y la gran mayoría de sus subordinados*, Santucho quería poner entre sus ideas y las balas su propio pecho, no era ni cobarde ni pusilánime. No olvidar que tanto él como sus lugartenientes han sido muertos casi todos, mientras que los otros actores, por ejemplo, se salvaron para otra guerra que nunca llegó ni va a llegar.
Leyendo sus escritos uno tiene claro que Santucho era un meditador, uno de esos mujiks, al decir de Dostoievsky, que luego de una profunda ensoñación despiertan e incendian su aldea o parten en peregrinación (se puede decir que hizo las dos cosas). Es notable, cuando se lo lee, su concienzuda y categórica definición de cada detalle (muchas de esas definiciones son muletillas hoy en día de todas las organizaciones de izquierda, incluso parte de esa mecánica definitoria fue robada por la impresentable Elisa Carrió, aunque más oralmente y con casi nula reflexión).
Quizá haya que afinar mucho el tamiz para encontrar las maneras en que Santucho era Santucho. Dice Luis Mattini que era el que era "porque era el único que podía actuar pese a todo". Y ese "pese a todo", eran también sus errores.
Con todo esto, y que quede claro, mi imagen de Santucho sigue siendo incompleta y bastante crítica, sobre todo porque no soy ni marxista ni trotkista ni mucho menos, pero como obsesivo de las cosas que nos pasaron, advierto que Santucho todavía sigue siendo mala palabra para casi todos. Una amiga dice que el culto al Che Guevara es una maniobra colonialista para distraernos de otros héroes, como Fidel que, vivito y coleando, es mucho más peligroso como líder icónico de la juventud. De Guevara la mayoría tiene una imagen romántica e incompleta, a fuer de que "murió por sus ideas" lo cual es una amenaza por sostener ideas peligrosas y una acusación de defección para Castro al mismo tiempo.
El Che es argentino, sí, pero el Che que quiso hacer lo mismo en Argentina fue Mario Roberto Santucho. No me imagino un tatuaje suyo en el hombro de un futbolista famoso, pero les aseguro que sentiría mucho más respeto por él. Siento menos respeto todavía por otros tatuajes y homenajes fatuos**.

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(*) Los milicos argentinos son hijos de una larga tradición de quitarle el cuerpo a las situaciones en las que no hay una clara ventaja a su favor, con Lavalle como primer general y cuyo epítome fue Caseros, Para algunos, es digno del Sun Tzu. Para mí es que siempre fueron cagones y eso explica la saña con la que trataron el cadáver de Santucho cuando lo mataron. El coronel que comandaba la partida que lo encontró no sabía que estaba ahí, de lo contrario hubiesen ido 100 efectivos por cada guerrillero detectado (para algunos eso excusa a Montoneros de la acusación de entregar a Santucho, aunque no despeja las dudas de por qué no levantaron las citas previas al acuerdo del OLA, cuando sabían que en la otra punta de ese cabo suelto estaba nada más ni nada menos que Santucho).

(**) Si se ponen a pensar, los medios se parecen mucho: tienen en pantalla, todo el tiempo, entidades controvertidas, con mucho poder económico, que tienen su público cautivo, caen permanentemente en la frivolidad o en la chicana y sus actos mediáticos son más para los detractores que para los fieles. Fort, el Gobierno y Ernestina de Noble tienen en común muchas cosas. Por ejemplo, sus exégetas deberían sentir la misma vergüenza por el daño que se hacen y le hacen al país. Digo esto porque levantar la vista del libro y reparar en la televisión y su contenido fue bastante complicado.


15 enero 2010

El fiel opositor.

La curiosidad y la disponibilidad de textos son las principales fuentes del desorden en mis lecturas. Muchas veces quiero leer algo y no lo tengo (no consigo una edición de "Guerra y Paz" que no sea inleíble, por ejemplo), muchas otras debo postergar lecturas programadas porque lecturas previas me desvían.
Algo así me pasó en el último semestre del 2009, tiempo en el que caí prisionero de ensayos y novelas más o manos históricas sobre nuestro últimos doscientos años. Me fumé algún libro de Pigna, incluso "Sobremonte, una historia de codicia argentina" de Miguel Wiñazki que es lo peorcito que leí. Mi única lectura de estos temas de niño fue la "Historia Argentina" de Ernesto Palacio, cinco tomos desde Solís a Videla; pero fue hace mucho tiempo.
En realidad, tanta lectura sólo para reconstruir las dos últimas décadas: tenía opiniones formadas sobre el tema, o más memorias que opiniones. Por historia familiar no fui pasto de la desinformación de la Dictadura, que no nos dejó lugar al "yo no sabía" ni de la cerrazón revolucionaria de las organizaciones guerrilleras. Sí descubrí que la historia extraoficial del peronismo perseguido se había colado en mis datos y había interpuesto un velo mítico (para nada místico) del que, agradecido, me deshice pronto.
Son todas lecturas muy tristes, angustiantes. El sino trágico de este país es casi nunca haber podido resolver sus antinomias por la vía del convencimiento o la negociación. La entropía política argentina dice que "todo gobierno, dado el tiempo necesario, mete la pata tantas veces como sea necesario hasta volverse absolutamente insostenible".
El Sun Tzu gaucho dice que no hay que arriesgar el apero en la montonera. Podemos gritarnos de lejos y hasta amagar un par de lanceadas, pero nada de ir a suerte y verdad. Eso es para los corajudos, los inconscientes o los que sobornaron al árbitro. Supongo que por eso nos gusta tanto el fútbol y somos tan fanáticos, pues es una batalla incruenta de la que sanamos rápido, a mitad de semana. La actitud lavallista de no pelear contra Rosas se explica así: mostrar una fuerza opositora en las afueras de Buenos Aires y esperar la rebelión sin arriesgar. Total, doce años después algunos traidores veleidosos se juntarán con los brasileños y arriesgarán la cabeza en Caseros, matarán cobardemente a un patriota y harán huir a un viejo sesentón. Y todos héroes. La historia la escriben los que ganan, claro.
No hace falta que diga qué pasa ahora. Yo sigo estando donde estuve siempre, admirando a Chilavert.

26 junio 2008

Años de daños y paños extraños.

Durante los días del Mundial de Fútbol se vivieron en mi casa paterna tiempos difíciles. Mi viejo, cada tanto, desaparecía por temporadas y mi vieja hacía el oficio mudo con nosotros lo mejor que podía (siempre fue -paradojicamente- buena para eso, siendo tan conversadora). Si preguntábamos mucho, estaba "trabajando lejos" y nada de dar detalles.
Cuando escuchábamos llegar el Peugeot 404 -el ruido del portón del garage al abrirse (esos sonidos que nos abandonaron físicamente pero que aún es posible escucharlos cerrando los ojos) y el aullido de las perras- veíamos su cara de alivio pero no sospechábamos nada. Sólo era una mamá muy joven que se alegraba de tener a toda la familia nuevamente reunida.
En una de esas apariciones, previas al comienzo del Mundial, mi viejo soltó una puteada frente al televisor. Era extraño, porque era un hombre bastante pudoroso con esas cosas. Recuerdo que era un reportaje a Lacoste, el presidente del EAM78, y que se hablaba de la famosa ceremonia de inauguración. Como niño de diez años, mi entorno infantil (amigos, compañeros de escuela, familiares, TODO EL MUNDO) estaba pendiente de la fiesta, de Kempes, de Passarella.
Para nuestra desgracia, mi viejo estaba en casa cada vez que jugó Argentina y no nos dejó ver ningún partido, excepto el de Perú, que vimos con él. Después del cuarto gol, adivinó qué pasaba y se desentendió del asunto (mi viejo no era gran fanático del deporte, igual).
El día de la final, hace treinta años, el ogro estaba en casa (ya habíamos descubierto que no "trabajaba"* cuando jugaba Argentina o había partidos importantes) dispuesto a no dejarnos ver o escuchar el partido. Mi vieja se enojó y nos sacó "a lo de Alicia", la mujer de otro compañero de papá que estaba en idénticas condiciones que nosotros. Escuchamos todo el partido en el colectivo. Íbamos solos con el conductor, que puso la radio bien fuerte.
Llegamos a destino con el último gol, la gente saliendo a las calles, alegría desbordante.
Banderas por todos lados, papelitos y Muñoz agradeciéndole a Videla y sus hienas por la "fiesta en paz".

* Mi viejo formaba parte de un grupo de resistencia sindical cuyo jefe desapareció en 1977 (otros compañeros lo hicieron después), responsable del primer paro gremial a la dictadura. Después, sabotearon las redes de energía cercanas a los lugares de detención -chupaderos- en un intento por complicarle un poco las cosas a los asesinos. Era como tapar el sol con la mano, pero no podían hacer otra cosa. Sin embargo, bajó una orden de no hacerlo cuando jugaba Argentina. La dio un gremialista bastante conocido del que no me quiero acordar. Convencieron a mi viejo y sus compañeros -o no- diciéndoles que se habían enterado de que no torturaban durante los partidos.
Recuerdo que en esos años llevaba en el auto una calcomanía con la bandera argentina que decía "Los argentinos somos derechos y humanos". Años después le pregunté por qué la había puesto: "porque era una salvaguarda si te paraban en los retenes policiales".

20 junio 2008

Pigna es un poroto

Dicen que el comienzo del resquemor entre Rivadavia y Facundo Quiroga viene por una no muy conocida -hoy en día- disputa entre ambos que nada tiene que ver con la cuestión política (en primera instancia, pero vamos a ver cómo todo se arregla de acuerdo a la historia): Facundo era parte de la sociedad llamada Famatina Mining Company, conformada por la tristemente célebre Baring Brothers, el rico comerciante Braulio Costa, John Parrish Robertson y otros socios, como Tomás de Anchorena. Rivadavia, a su vez, había aprovechado el notable interés inglés (Inglaterra vivía por entonces una etapa de fiebre financiera que pronto se apagaría) por el oro riojano participando en una sociedad a la Hullet Brothers, fundando la Río de la Plata Mining Association.
El negocio era pingüe: se suscribían fondos para la explotación del mineral, la emisión de papel moneda y la extensión de préstamos. La verdad es que Rivadavia no tenía ningún derecho sobre el oro del Famatina, pero unitario como era y sabedor de sus contactos en la Ciudad de Buenos Aires, lo daba por descontado. Había ido a Inglaterra como diplomático, lo que desató las protestas del Ministro Canning, que consideraba a Rivadavia un buscavidas indigno de la investidura de diplomático.
La contracara de Rivadavia pudiera ser Dorrego, pero voy a elegir a Belgrano: fue enviado a Europa junto con Rivadavia una década antes a buscar apoyo europeo para la causa americana. Rivadavia llevaba instrucciones secretas de Gervasio de Posadas que intentaban mantener la "soberanía política" a cambio de seguir con los negocios (una solución "a la inglesa", pero que los absolutistas Borbones no comprendían para nada y que fue de evidentemente inspiración rivadaviana). Belgrano intentó, en vano, conseguir algún representante real capaz de apoyarse en una soberanía popular americana (derivado del carlotismo de 1808). Mientras Rivadavia entregaba la soberanía económica a cambio de la política (¿les suena?), Belgrano intentaba darle a los criollos un gobierno propio evitando un baño de sangre con España. No se puede sospechar de él, no hay revisionismo que no lo haya dado vuelta como un guante, infructuosamente. Como mucho, descubrieron que era más que "el creador de la bandera" y que todos los "prohombres de la Patria" se habían portado muy mal con él. Primero que ninguno, Rivadavia, Ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores de Buenos Aires.
Belgrano fue un tipo que comprendió pronto a la gauchada (como el Manco Paz y Rosas; todos de diferente palo). Razonable, sembraba con su propia hidalguía el respeto de rivales; aún de sus vencedores. Capaz de sujetar a carniceros como Lamadrid (el verdadero padre del Facundo que quiso ver Sarmiento, otro que pronto vamos a atender) o aventureros indisciplinados (¿más románticos?) como Dorrego (aunque Belgrano reconoció que Vilcapugio y Ayohuma no hubieran sido derrotas de haber tenido consigo al Coronel) o darle alto contenido ético a un soberbio José María Paz (Lavalle hizo lo suyo para tratar de echarlo a perder). Belgrano, el hombre al que se le echaban en cara derrotas en condiciones imposibles, que cedía su montura al soldado herido y que compartía el rancho del raso (para fastidio de sus oficiales). Genial e intuitivo cuando desobedecía (como San Martín, hacía oído sordos a los gritos destemplados de la Capital), y capaz de las hazañas más inverosímiles como militar a fuerza de valor es, quizá, el verdadero Padre de la Patria.
Pero es TAN incómodo para muchos.