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15 marzo 2009

Lazy on a Sunday Afternoon/IV

Una vez hubo un Gene Krupa. Es difícil explicarlo: hay que escucharlo -y si es posible, verlo.






No sólo era bueno, era un showman. Prácticamente inventó la batería moderna y también el ego de los bateristas (para mi desgracia). Cuando consideró que Benny Goodman no le daba el espacio que merecía, se agarraron a las piñas (eso dicen) en un bar de Los Ángeles. El bueno de Gene, a partir de entonces, hizo lo que debía hacer (y lo que deberían hacer todos los bateristas que se creen lo realmente importante de cualquier banda -algo que también hacen cantantes y guitarristas, pero quienes generalmente al ser gentilmente invitados a poner la trucha por su cuenta hacen caso) encabezó su propio proyecto musical, mezcla de música de ascensor con fenómeno de circo. Igual, era interesante.
Después de él hubo pocos que se animaran a tanto. Se me ocurren:

Cozy Powell, Dance with the Devil


Billy Cobham, Spectrum (algún día voy a hablar de este disco):


Andrea Álvarez, nuestra palera egocéntrica local predilecta.



El otro baterista de ego crecidito y que se animó fue Felipe Colina, pero cuando se bajó de la banqueta fue insoportable.



Antes de que me empiecen a pegar palos de todos lados (je), les aviso que tengo un hijo baterista. Sus maldiciones ya fueron escuchadas.

28 febrero 2009

Lazy on the sunday afternoon/III

Varias coincidencias me fueron llevando a este post. Por un lado, la defensa que se hizo en Espíritu Rock del disco The Spaghetti Incident?, de Guns N'Roses. De dicho disco, pocas cosas me gustaron, pero Ain't it fun me encantó, porque juntaba dos grupos que me gustaban mucho, como Dead Boys y Hanoi Rocks. Por el otro, una conversación con un amigo, de esos que siempre te tiran una posta de algo que se te pasó por alto o algo nuevo que vale la pena, en la que me mencionaba a Cheetah Chrome, nombre perdido en mi memoria tan frágil. No era otro que el guitarrista de Dead Boys. Así que ahora deberán aguantarse otro post (des)memorioso del nono rockero.

A las raíces: Dead Boys es otra banda emblemática de fines de los setenta salida del CBGB (semejante porquería, ¿quién lo diría?), un punk más pulido que el de The Ramones y que era capaz de bajar un poco la velocidad, llegando a tocar temas de tres minutos, una vida para Johnny Ramone.

Con sólo dos discos oficiales, su legado punk es más importante por los músicos influenciados posteriormente (al menos, Gunses y Pearl James lo han reconocido públicamente) y las bandas que derivaron de su temprana separación, sobre todo la de Stiv Bators (uno de los primeros darkitos), The Lords of the New Church (Russian Roulette es uno de esos temas que uno escucha en determinados momentos y es como un bálsamo). Cheetah Chrome anda por ahí, colaborando y sacando discos todavía sin demasiada repercusión.

En 1979, cuenta la leyenda, Stiv y Johnny Thunders (de New York Dolls) vivieron juntos, con la ocasional visita de Michael Monroe, futuro cantante de Hanoi Rocks. No quieran saber, no le pregunten a nadie, qué pasaba ahí. Moore es quien canta Ain't it fun en la versión de The Spaghetti Incident?.

Hanoi Rocks es todo lo contrario, en sus orígenes, a Dead Boys. Nacieron en Helsinki, se desarrollaron tempranamente en Estocolmo y salieron a la luz en Londres.

Un punk más refinado -realmente, el punk es "hazlo tu mismo, como salga", por lo que cuando las cosas se refinan mucho en realidad se salen de la definición y del punk, digan lo que digan los que creen que Green Day es punk- por lo que está mucho más cerca del rock que de otra cosa, coquetearon con el glam, con el hard rock, con casi todo lo que andaba dando vueltas entonces.

Michael Monroe, aparte de cantar muy bien, eventualmente toca la armónica y el saxo en algunos temas. Tragedy es el tema que más me gusta de estos post punkers, pero también Taxi Driver. Un tema especial tiene el sonido de las guitarras en Hanoi Rocks, quizá lo que más me impresionó en su momento (lo menos, el saxo de Moore, que a pesar de usarse poco no tiene mucho que ver con algunas atmósferas). La influencia de Johnny Thunders y sus Dolls es sobre todo escénica.

Yo llegué a conocerlos tardíamente, en 1991, cuando Axl Rose bregó personalmente para que se republicase toda la discografía de Hanoi.


Ya que hablamos de bandas favoritas cruzadas, acá tenemos a The Lords of the New Church haciendo You really got me de los amados Kinks:

22 febrero 2009

Lazy on a sunday afternoon II

Existe una especie de falla histórica, más que nada alimentada desde los medios musicales, que ensalza a David Bowie como el máximo exponente del glam rock inglés (o T. Rex o Gary Glitter, según el cronista, su humor o lo último que descubrió después de despertarse de un joint).
Como la autopercepción del mundo (o la documentación de esa percepción) se hace en Estados Unidos, lo que no deja huella dentro de sus fronteras no existe. Bowie, T. Rex o Gary Glitter han sido, de mayor a menor, registrados por el mercado estadounidense (casi todos por razones extramusicales) y tienen su lugar en el panteón. Nadie les niega su importancia dentro del género, pero hubo otros más grandes: Slade.

Como muchas de las mejores bandas inglesas, Slade nació en los arrabales pobres de Birmingham, Inglaterra, en 1966. Su éxito en Inglaterra fue tan arrasador, que hay pocas bandas comparables con ellos. Por supuesto, ninguna dentro del Glam. Y acá quizá haya que darle crédito al esnobismo de los periodistas musicales: Slade era una banda que saltó de los sótanos a la exposición pública sin tanta controversia homosexua ni creativa. Eran más bien un carnaval, pero indudablemente hard rockers.

Tiempo después, bandas como Kiss rompieron el hielo (con bastante dificultad) y sacaron a la luz la influencia de Slade. Y Quiet Riot tomó buena tajada recreando sus gancheros hits, ahora en Estados Unidos y en todo el mundo.



Los snobs le perdieron el miedo hace poco, como lo demuestra que existen decenas de bandas tributo que hacen covers de Slade; como ésta, la banda tributo más famosa de todas:


28 septiembre 2008

Querido baterista.

En mis años de músico tenía una relación complicada con los bateristas. Desde Teacher hasta el Zurdo, siempre la cuestión se hizo a los tirones. Uno tiene que aprender algo rápido de los bateristas: no les gustan las críticas ni las recomendaciones. El Señor de los Parches sabe de rítmica seis veces más que vos.
Así nos lo hacía saber Teacher (fanático de Billy Cobham y Gene Krupa) con cada recomendación. Nuestra primera banda tocaba de todo, como Peter Gunn, de ELP; The Friends of Mr. Cairo, de Jon&Vangelis; o From the Beginning, también de ELP, donde se podía explayar a gusto, pero no había forma de conseguir que Canción para mi muerte no sufriera la misma tormenta de timbales y platillos alla Sing, Sing, Sing.

Teacher era tan exhuberante que ponerle amplificación hubiese sido una exageración aberrante. Pero con otros bateristas era condición indispensable perder tres cuartas partes del tiempo que se usa para dejar a punto los niveles y la ecualización antes de un recital.
Los más exigentes guitarristas hubieran estado hace dos horas tomando cerveza en el bar, pero si el Señor todavía no encontraba el ton correcto o se la pasa ecualizando toda la mezcla una y otra vez, preocupado porque el crash se pierde -según él- entre instrumentos tales como bajo, guitarra, teclados, violín, arpa o flauta, hay que aguantársela.
El Oso podía pasar una hora y media regulando el sonido del redoblante. Fanático de John Bonham y Keith Moon como era, después había que cargar con su frustración porque su batería no sonaba como la de Bonzo, con la nuestra porque él no era Bonzo y la de todos por no ser Led Zeppelin.

Hay que decir que ciertos sonidistas -esos que no pueden parar de tocar los botoncitos- aman a estos muchachos. Mientras el resto de los músicos tenemos una relación tirante con los sonidistas y su criterio, los bateristas pueden -con el sonidista indicado- hundirse en una sinergia infinita.
Cuando consiguen lo que desean, lo único que se escucha en la mezcla es la batería, volviéndonos una banda tributo a Cozy Powell que no toca temas de Cozy Powell ni tiene un baterista lejanamentoe tan bueno como Cozy Powell. Los demás subimos el volumen de los amplis cuando vemos que no escuchamos los monitores. ¿Para qué me compré el Fender Twin Reverb de 100 vatios, eh?. Ahí tienen el principal problema del mal sonido en algunos lugares.

Con el paso de los años, fui volviéndome viejo: el Teacher me llevaba casi una década, allá en los ochentas. El Zurdo tenía una década menos que yo, a fines de los noventa. En esa década apareció el baterista a reglamento, que ni transpira, y cuyo representante más in-digno es Charly Alberti. El Zurdo venía a los ensayos con aceite esmeralda, átomo desinflamante, muñequeras de neoprene, bermudas holgadas y una toallita en los hombros. No sé para qué, si jamás calentó los bíceps.
Los ensayos, según él, debían ser sumarios (nada de improvisaciones), su ideal era el ramoneano: todos los temas debieran durar menos de dos minutos. Discutíamos por mis solos: si osaba pasarme de los ocho compases hacía una sentada de protesta, paro y no-movilización.
Después, había que discutir la lista de temas: nada demasiado rápido al principio, porque se quedaba sin aire. Y nada de meter tres temas al palo seguidos (como final, por ejemplo) porque iba a transpirar la ropa y tendría que cambiarse para el after.

Hay más: Tino, empecinado en usar ropa más digna del baterista de Luis Miguel que de una banda trasher (lo digo yo, que después de él era el más descolgado visualmente, pero tampoco exageremos). O El Loco, incapaz de decidir qué usar de toda la parafernalia que tenía, cambiando de sets como de calzones, cada dos ensayos (juro que un día apareció con una batería electrónica tipo Bill Bruford en la última época en Yes) o de arreglos, pasando de Ian Paice a Stewart Copeland sin avisar.

Como una justicia que tiene poco de poética pero que el uso quiere así, Dios me castigó con un hijo baterista, fanático de Joey Jordison.
Dios no me quiere, lo sé.


20 julio 2008

Lazy on the sunday afternoon I

Mi entrada a la comprensión musical se inició por lo rítmico. Si bien tuve una etapa, en mi infancia, en la que las buenas melodías me ganaban el corazón (etapa del envenenamiento Beatle), ya en la pubertad entraron en mi vida los ritmos (siempre de la mano de una somera aproximación previa de la discoteca de mi viejo, que incluía un par de discos distintos del sempiterno tango que la superpoblaba).
Elvis, Billy Halley y Chubby Checker eran los discos (sí, estoy hablando de LPs de vinilo) favoritos. Pero alguien en especial, y sobre todo improbable, se me caló en los huesos y fue quien me llevó a un mundo nuevo: Johnny Rivers.
Mi viejo tenía una especie de pasión por este músico, que se me pasó como una herencia genética. Rivers acostumbraba grabar casi todo su material en vivo. Aunque es un oscuro intérprete, mirándolo desde el bronce actual, él fue quizá el único músico blanco estadounidense que en los primeros años de la década del sesenta aún tenía rock and roll en las venas, y que no necesitó la transfusión beatle para recordar a Chuck Berry, Carl Perkins y Little Richard.
Con un estilo particular (influencias rítmicas llenas de blues, algo que para mí todavía era algo que tocaba a veces Louis Armstrong pero nada más), Rivers fue el iconoclasta del rock al oeste del Atlántico, en una época que ya se había olvidado de Elvis y venía por la "nueva cosa nueva". Su sonido era personalísimo: grabó casi todos sus discos en el Whisky a Go-Go, (fue número desde la inauguración) en vivo, con la gente en la sala.
Rindió homenaje a Chuck Berry versionando Memphis y Maybeline (el primer rock and roll de la historia), y de la colaboración con su mentor Willie Nelson salieron otras canciones más recordadas todavía, que le valieron un reconocimiento casi imposible para la moda del segundo lustro de los sesenta, culpa de los Beatles y los Stones, que obligaba a esconder a los solistas en un grupo. Por supuesto, Dylan fue otra historia.
Mantuvo el espíritu frívolo y alegre del rock and roll, respetando lo aprendido de sus influencias.
Por Rivers y su Ode to Johnny Lee Hooker derivé al blues y a tocar la guitarra, pero ésa es otra historia.




Como plus, una entrega de Shindig!, el musical adolescente de los sesenta (que es el que inspira el de Hairspray!) que no tiene desperdicio (de hecho, el locutor anuncia que "el mes que viene estarán Los Beatles") pero para los impacientes desde los 3:20 está Johnny.
Shindig! estará seguido por acá... Porque fue el mejor programa de rock de la historia, quizá.