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22 enero 2013

La incapacidad.

Me puedo definir más por mis incapacidades que por sus opuestos, porque las cosas para las que soy hábil no las conozco del todo, ni aún sus límites; pero me es imposible andar por la vida diciendo "no soy esto", "no puedo hacer aquello", "soy un croto en eso".
Menos mal que tengo un blog.
  • No soy bueno para recordar secuencias.
  • Me cuesta recordar nombres.
  • Me es difícil recordar fechas.
  • Tengo memoria selectiva, y

29 junio 2012

Luces peligrosas.


Me ilusiono cuando alguien me tiene que dejar por algo mejor. No es que me sienta poca cosa o que mi estándares sean pequeños; todo lo contrario. Entonces, siempre supongo que es algo tan bueno, superior, superlativo, que hasta siento admiración por quien tiene la oportunidad de trascenderme. Coartarle el acceso a sus sueños sería el más mezquino acto del mal llamado amor, que no es más que egoísmo y desprecio por el otro.
Sin embargo, aprendí que a veces es una mera excusa para ocultar un descenso a los infiernos. Se abandonan a sus flaquezas en una derrota que venden por victoria augusta. Es difícil verlos, me pasó con ex parejas, amigos, familiares, compañeros de trabajo, conocidos. Me pasó a mí, tantas veces.
A veces es mala suerte (si la suerte existiera), también.
El premio, como toda consecuencia de nuestros actos, es también castigo; y no faltan velas para las mariposas de la noche.
Siempre, el peor y más habitual de los enemigos es uno mismo.

21 marzo 2011

Resistencia: cinco años.

Este post es para agradecer a los que me siguen desde hace cinco años. No los he podido ahuyentar. También a los que, habiéndose tomado el trabajo de leerlo después, aún confían en que acá se dirá algo que valga la pena.
Suele creerse que un blog exitoso es aquél que tiene una trascendencia más allá de los fotones que salen de la pantalla de una computadora, como los que se volvieron libros u otros formatos más "decentes"; sin embargo, no tengo nada que envidiarles: este blog, que empezó como "la desazón de un alma a media asta", un hueco al que yo iba a gritarle mi decepción por todo y por todos, terminó salvándome la vida. Literalmente. Para mí no es poco.
He fallado en muchas cosas a lo largo de este quinquenio como responsable de estas páginas: nunca le supe dar una dirección concreta, no fui constante en la escritura y mucho menos en la calidad de la misma. En alguna época, escribir acá era sólo un precio a pagar, otras veces, el único lugar en el que yo podía decir lo que necesitaba. También fue -es- un patio de juegos, o más bien de ensayos: muchas decisiones de mi vida empezaron acá, como ideas en el editor, y terminaron grabadas a fuego en mis axones, una vez verbalizadas. Un número importante de ellas no fueron publicadas y es una tendencia creciente: cada día, más ideas empiezan aquí y terminan sólo en mi cabeza. Lo podría hacer en un editor de texto fuera de línea, pero no es lo mismo. El hecho de confrontarlo públicamente me obliga a cierto discernimiento que, de otra manera, quedaría tergiversado por la intimidad, esa confianzuda.
Entonces, escribo, siempre lo dije, para mí. Qué queda después en el solitario lector, es su problema. No es que no me importe, todo lo que puedo hacer por eso está expresado aquí mismo, lo único que puedo agregar es 'perdón' cada cuatro párrafos, pero haría, si es posible, más aburrido el contenido. Imagine, entonces lector, un 'perdón' cada cuatro párrafos.
A lo largo del lustro, el fenómeno de los blogs explotó y sucumbió. La mayoría dejó atrás esta moda y se dedicó a otras cosas. Yo no tengo previsto hacerlo, no tanto por iconoclasta, sino por necesidad.
Ustedes sabrán disculpar.

12 marzo 2011

Corretore traditore

Como funciono de maneras extrañas, tengo reacciones contradictorias con los afectos. Algunas personas de mi entorno cercano lo supieron temprano, otras aún no se enteran: si corrijo un error lo hago desde el punto de vista del compañero, del colaborador y siento que el error es también mío, sobre todo si omito la corrección. Es algo que odiaría de alguien que se dice un compañero: ver mi error y dejarme vivir con él. La famosa sinergia: dos personas por sí solas son menos del cincuenta por ciento de una buena colaboración.

Claro, cuando corrijo estoy 100% seguro y en el caso de no ser así, no sé que estoy en un error y, otra vez, la demostración de que es así me hace aprender y crecer. Corregir implica confrontar saberes, exponerse.
Por supuesto, estamos hablando de errores formales, no de opiniones. Cierto es que hay áreas grises, pero ahí vale la pena discutir. O no, depende del interlocutor. Insisto, no me refiero ahora a esas opiniones sobre temas discutibles, hablo de errores formales o lógicos, de esos que te enseñan en la escuela o el sentido común, errores que yo tengo todo el tiempo y que mi "red de seguridad" me permite corregir sin que muchas veces los demás se enteren. Mis correctoras más importantes son tres mujeres a quienes admiro y que me quieren tanto como para hacerme cualquier corrección a cara lavada y sin un sólo ápice de drama: Cassandra Cross, Vontrier y Gerund, quienes me sorprenden desde el primer día que las leí (y a quienes quiero desde que las conozco). Otras personas me corrigen, entre ellas: Google (porque cuando tengo una duda, lo uso y no me asusta decirlo), y un ecosistema de gente dedicada que me informa que tal cosa no es así, que tal traducción se consigue mejor allá, o que mejor me dedique a la botánica que a escribir libros sobre jardineros. A veces puedo retribuir, pero me dan menos ocasiones para hacerlo. Uno sabe en la escala en la que está en el gallinero según lo cagan: a mí todavía me cagan mucho.

Sin embargo, con el resto, las más de las veces se malinterpreta mi observación y termino dando explicaciones de por qué me creo árbitro, curador y/o protector de los decires y haceres de mis afectos o de mis predilectos.
En mi contra: mi sentido del humor es algo simplón, lleno de omisiones (el humor es mucha veces eso, falta de contexto, lo que conspira con la efectividad de una corrección), no soy muy demostrativo y a veces la única prueba de mi afecto es ejercer esa atención sobre lo que hacen, escriben, dicen o piensan ciertas personas. En general, también, las personas se sienten atacadas cuando se les señala un error. ¿Qué tiene que ver el humor? Con los años aprendí que decir las cosas muy en serio pone todavía más a la defensiva al corregido.
Poner atención es enfocar. Es demostrar interés. También es la única herramienta con la que cuento para no sucumbir a todo el resto de la porquería con la que me bombardean y con la que no quiero perder el tiempo. Para mí sería imposible hacer un programa de TV sobre los errores de la TV, porque el 90% de lo que ahí se emite me parece digno de señalarlo como erróneo, equivocado, mal entendido, peor mostrado, etc., etc.. Es decir, ejerzo la crítica dentro de un esquema de interés activo, de "me importa lo que decís".
Sépanlo, cuando dejo de corregir a alguien es porque ha entrado dentro de ese limbo del que rara vez se sale, y lo dejo que muera en su propia palurdez, que es -en definitiva- lo que desea.
No hagan eso conmigo, por favor.

25 febrero 2011

¡Mirá mamá, tengo un troll!

Algo que intenté desde el principio de este blog es evitar al anónimo firmador compulsivo en disidencia, típico merodeador de cuanto tema controversial haya en Internet, que no sólo está en franca oposición con lo que se dice (lo cual me parece perfecto) sino que se indigna porque alguien osa emitir su juicio. Dejé de participar en foros o canales de chat o similares por esto mismo.
No me molesta el debate, saben quiénes me conocen que con cuatro botellas de vino te doy la lata hasta que salga el sol (acá mismo tengo unos cuantos que no pueden desmentirme); me encanta conocer otros puntos de vista que no tengo, aunque no los comparta. No se trata de respeto real por la opinión del otro, se trata de curiosidad. Es muy difícil no debatir más que puntos de vista, y por mi natural curioso no puedo evitar tratar de conocer desde dónde ven las cosas los demás. Suelo entrar en debates abstrusos sólo por el placer de ponerme un ratito del lado del otro y ver cómo se ven las cosas. A medida que me hago mayor es una de las pocas herramientas que quedan para ir despegando de los prejuicios de mi juventud o descartando malas experiencias; para aprender o probar mi propio punto de vista.
Del troll lo que no soporto es la impaciencia, los malos modales y el desdén. Podríamos hacer una estadística y demostrar que casi el noventa por ciento del troll de un blog como éste es un snob que rechaza, por definición, toda posibilidad de experimentar por su propios medios los beneficios de forjarse una opinión a fuerza de dilucidarla por sí mismo. El snob es ante todo un wannabe, que asume una postura ajena pero que forma parte de la imagen que tiene de sí y que pretende que vean los demás. Un troll que no es snob es un hoygan, apenas se diferencia del snob en la insistencia y en que no lee mucho pero igual sabe de todo, pero no suele ser el troll que uno espera por acá; esos Hoygans tan pintorescos. Muchos snobs cargan con una dosis importante de desdén, su fina ironía (esa que creen que aprendieron de leer a Dorothy Parker) les hace creer que están por encima de todo y ni se molestan en contestar). Un troll snob sólo reconoce como par a dioses indiscutibles (por lo menos, dentro de su panteón, está claro), que por lo general huirían desaforados de cualquier debate con estos especímenes. El troll snob típico le explicará a Flaubert quién es Madame Bovary.

Hace unos días me apareció un troll justo acá (muy snob, para colmo): se queja de casi todo, se indigna, se da la razón en una firma y se contradice dos posts después. Es notable, hasta intuyo sus suspiros y revoleo de ojos. En el post del Arquero Tehuelche entró en erupción, se brotó y finalmente amenazó con desaparecer, como si existiera realmente para el resto de los escasos lectores de este blog. Es por eso que me permito hablar de él acá, porque sé que ya no me lee y que no volverá. Quiero escribir a sus espaldas (que es algo que venía haciendo incluso cuando no existía Internet) y aprovecharme de su ausencia -y de la paciencia de los que me leen.
Como con todo buen snob, el prejuicio del troll va adelante. Asumirse snob iría en contra de su materia, que es opinar pretendiendo que la suya no es una cosmogonía falible. Por ejemplo, el tipo (asumo mentalmente que es mujer, no sé por qué, pero sigo en masculino porque me es menos ridículo que hacer la salvedad porque no conozco fehacientemente su género) me manda a leer, sin conocerme claro, sobre todo "en mi vida adulta". En fin, no me dice nada que no sepa: tendré que leer más, es algo que siempre me digo.

Dejando claro que él lee (aplausos), no parece entender que su anonimidad me impide saber quién es, verificar si es creíble -tantas cosas-, pero él dice que lee y basta.
Lo hará mucho, pero no se lee propiamente: parece no importarle perorar sobre mis gerundios -en un comentario que escribo entre dos tareas que me dejan un respiro- sin poner un acento y sin comprender cómo se anidan correctamente las oraciones subordinadas, por sólo mencionar rápidamente sus problemas más evidentes. En la lógica no le va mejor (supongo que es parte del snobismo; le impide hacer el esfuerzo -porque no lo valgo- de ordenar su escritura para ordenar su pensamiento).
Con esfuerzo y siendo bastante benévolo, entiendo -algunas veces mejor que otras- qué quiere decir. Como dije, me interesa ver desde su punto de vista, no el mío, Lamentablemente, suele ser una opinión calenturienta de una persona "que lo sabe todo" de oídas (o leídas) y que está llena de lugares comunes y con ninguna opinión formada de propio.
La discusión derivó en que no hay que matar a Europa porque Europa es Chesterton (y otros muy elogiables) y América es Vargas Llosa (y otros menos elogiables, entre otros Pito Fáez, Mercedes Sosa, Charly García, etc.).
¿Chesterton versus Vargas Llosa?. Tomemos el punto de vista de este muchacho, me dije. Resulta que me acusa de que lo tildo de snob por "preferir la ironia y el talento de Chesterton sobre la mediocridad dolorosa de Vargas Llosa". Es por mucho más, poco estimado troll, pero también debo decir que si bien la obra de Vargas Llosa me resulta bastante aburrida, tiene sus puntos altos, como todos. Por otro lado, acepto que no me guste y que a otros sí, hasta el punto de llenarlo de premios. Por lo general, opino que soy bastante particular y que no me guste Vargas Llosa cuando todo el mundo lo premia, habla más de esas peculiaridades mías que del escritor peruano devenido español. A Vargas Llosa no seré yo quien lo defienda, no es santo de mi devoción, como casi ninguno de los que nombra como oposición a sus luces europeas. Lejos de mí.
No tengo que confundirme, me dice, lo comparable entre ambos escritores es ¿la calidad de católico de Chesterton versus lo "laureado" de Vargas Llosa?. Por supuesto, haciendo el esfuerzo de entender su pensamiento, que de tan lateral es oblicuo: imagino que se refiere a que Chesterton fue poco reconocido y que Vargos Llosa es una especie de impostor imperdonable. Ni lo uno ni lo otro, en términos reales.
Sigamos viendo el mundo desde la perspectiva de este tipo: sobre Chesterton en general puedo decir que su calidad de católico en particular (para seguirle la corriente) me irrita: terminó convirtiéndose como una vieja miedosa por oposición a lo malo no ya del mundo real, sino de una creencia patológica en un submundo terrible y como salvoconducto. No se convirtió al cristianismo como a una búsqueda de lo positivo per se. Un cagón, bah.
A otro escritor le pasó algo similar: Anne Rice dejó los vampiros y otros yuyos para volverse acérrima cristiana, por lo que queda demostrado que el talento para escribir no tiene nada que ver con la revelación divina ni la salvación del alma. Sólo se necesita, en estos dos casos, ser un timorato, creer en los demonios como condición previa y escandalizarse porque los demás no creen en eso que para ellos es evidente. Con fino humor inglés, claro, en el caso de Chesterton.
Primera coincidencia, tanto Vargas Llosa como Chesterton son dos apóstatas que, como buenos conversos, se hicieron fanáticos hasta la exasperación. Mi exasperación.

En mi acotada lectura de Chesterton: me resultó algo aburrido su afamado Padre Brown, como así también cierto antirracionalismo, patente en sus obras breves (no puedo hablar de su poesía ni sus ensayos, porque no los leí) que también encontré en algunos latinoamericanistas que -oh, paradoja- menciona en oposición. No le quito mérito a su escritura pero me aburre su misticismo cagón; para eso hubiese escrito como Poe (es americano, perdón) o como Lovecraft (otro americano).
Dicho esto, que le guste Chesterton o no, es cosa suya; yo no lo usaría como el epítome de todo lo bueno europeo. Hasta Conan Doyle me cae mejor. Es más, debe haber más de diez escritores de detectives que son peores que Chesterton cuyas historias me resultan más interesantes.
Fuera de concurso y porque me viene a la mente: por el lado de los místicos: G. K. Chesterton, C. S. Lewis y J. R. R. Tolkien, aparte de tener iniciales por nombres como marca de fábrica, me caen insoportablemente mal precisamente por esa necesidad de trascenderse de lo real (otra vez, pontificando las más de las veces) y maravillados de la existencia de la Divina Providencia; boludez que no está muy lejos del realismo mágico de Vargas Llosa o García Márquez.
Otro problema del troll: si reconoce un error (en este caso, mencionar a Páez) ¿no debería reconocer que toda la discusión posterior que nace de ahí está viciada de ese mismo error?.
En algún momento malentendí (todo no puedo) su mención a Borges, que es tan de snob que me excuso de analizarla. Sólo agrego que mencionar a Borges en una discusión es casi lo mismo que mencionar a Hitler, algo que hice antes esperando que terminara la estúpida discusión obedeciendo a Godwin, sin caer en la cuenta que Hitler-Borges anulan su efecto. Es una nuevo corolario de Godwin que tengo que desarrollar (y publicar en Wikipedia, que es a lo máximo que puedo aspirar).

Hacemos un trato: yo asumo mi palurdez y los trolls de este blog  se asumen snobs.
¿Dónde firmo?

17 noviembre 2010

Militantes a pesar de todo.

He vivido algunas "primaveras militantes" y miro de reojo a estos políticos entusiastas, vanos y cargados de opiniones livianas y poco profundas, que se asombraban por la "militancia juvenil" durante las exequias de Kirchner. Vengo de la "primavera de la democracia recuperada" en 1983, bastante más light que la camporista, cuando con 16 años recién cumplidos viví la derrota de Ítalo Luder con tanto dolor como asombro. En aquellos años, a pesar de las diferencias, las juventudes políticas estaban tan ansiosas de militancia que llenaban todos los espacios posibles, inclusos los del debate: recuerdo las largas tertulias, en las que discutíamos con los que sentíamos eran nuestros compañeros del campo popular (la Juventud Intransigente, la Juventud de la Democracia Cristiana -mis futuros compañeros de Humanismo- y la Juventud Comunista, entre otros yerbatales más difusos) sobre nacionalismo, burguesía, oligarquía, reforma agraria, imperialismo y un larguísimo etcétera que incluía la madre de todos los debates, el aborto; que dividía las aguas (o las juntaba, según se vea).
¡Cómo discutíamos! Después de empacharnos de Perón, Scalabrini Ortiz, Jauretche, Marx, Cooke, mate de por medio o gallina hervida (generalmente robada), nos trenzábamos durante horas y horas en elucubraciones que podían ir desde la supuesta conjura sionista internacional hasta la conveniencia o no de irse a Nicaragua a levantar la cosecha; siempre con la guitarra o el grabador sonando con Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Víctor Heredia, Quilapayún, Piero (por eso hoy lo detesto), Cuarteto Zupay, Los Olimareños, Los Jaivas, el Cuchi Leguizamón, Isella, Mercedes Sosa, tantos que ya no recuerdo. Hablábamos con nuestros amigos que eran "apolíticos", como se definían, hasta que conseguíamos polarizarlos, a veces en contra nuestro. Éramos la manzana podrida, a nuestro alrededor todo se volvía política, incluso la poesía y la prosa.
Un militante joven de aquellos años era un paria: los mayores nos tenían respeto, pero uno revestido de todas las formas del franco irrespeto: nos ninguneaban, nos quitaban espacios, nos sermoneaban (a mí me retaban por cuestiones varias, pero la principal era por gritar o pintar "Viva Perón Carajo"), nos boicoteaban, nos trataban de "imberbes"; sobre todo nos acusaban, a la Juventud y su "irracionalidad", de haber provocado la caída de Isabel y hasta la misma Dictadura; en fin, nos tenían un miedo bárbaro: nuestra grito de guerra interno era "con los dirigentes a la cabeza o con la cabeza de los dirigentes" y, la verdad, no ayudaba a darles confianza. La policía, salvo que fueras de Franja Morada o Junta Coordinadora Nacional y estuvieras medianamente protegido, te odiaba como sólo pueden odiar los mazorqueros: con saña, con deleite, con vocación. Ser militante te hacía su material de trabajo, te ponía en su mira, les daba el derecho de poseerte. Zurdo, puto, comunista, bolche, montonero, rojo, no importara de qué partido político fueras, siempre eras un sarnoso, una lacra, y lo que te pasara era tu exclusiva responsabilidad, quién te manda meterte en política, pendejo de mierda.
Mi hijo es bueno, nunca se metió en política, decían las madres en aquellos años.
Hoy, que soy un adulto (eso dice mi DNI) recelo cada vez más de las primaveras militantes: durante la camporista, miles de adolescentes y jóvenes se marcaron la frente con círculos concéntricos; durante la democrática, nos hicieron pagar el pato de la boda y nos reprimieron interna y externamente hasta hacernos desaparecer; durante la Alianza, nos usaron de escudos humanos. Reemplazaron la cohesión que da la discusión interna con el "mide/no mide" como valor político y la política se llenó de caras bonachonas, abogados rentistas, papás de Mafalda, visionarias con crucifijo, supuestos ingenieros bronsonianos, gobernadores sin gravitación nacional, cabezones piolineros y un largo etcétera, que le tienen terror a enfrentarse a un grupo de adolescentes idealistas y preguntones que aman a Jauretche.
Ahora, que no hace falta enfrentar a los gritones internos, se puede borrar con el codo porque nadie está mirando, nadie grita "primero la asignación universal y no el tren bala, la puta que te parió", en un Luna Park lleno. La patota, el gran enemigo de la militancia, puede tratar de disciplinarte; compañero, ¿es zurdo usted?; compañero, le hace el juego a la derecha; compañero, raje de acá o le partimos el balero como un melón.
¿Qué nos espera en esta primavera, la kirchnerista, en la que "los jóvenes militantes" tienen menos militancia que nunca, y donde sus máximos referentes son gente sin criterio propio y cuyo único valor es la identificación con el proyecto?. Se ven como la patota, no como militantes; la militancia siempre tiene criterio, aunque pueda estar equivocado, e intenta razonar. No es fuerza de choque porque la mandan, es fuerza de choque porque no tiene alternativa a ponerle el cuerpo a sus ideas.
Son tiempos difíciles para la militancia, como siempre lo fueron. Uno no está feliz por militar, porque vive dolido. Milita porque se indigna, porque no tiene más remedio. Porque ser joven y no indignarse es tan peligroso en países como el nuestro como ser un viejo cínico que dice que lo que había en el sepelio de Néstor Kirchner era militancia.
Ser militante es malo para el militante. Es un veneno, algo que va a hacer en contra de todo el mundo, incluso su familia o su vida. Argentina realmente depende de esa militancia, no de patoteros con 4x4, departamento en Puerto Madero, con pase libre en alguna popular de club de fútbol o que viajan gratis al mundial.

17 octubre 2010

Conexiones


Cuando tengo que pelear no suelo estar fuera de mí, por el contrario. Creo que una pelea es una cosa muy seria y que hay que ser como un jugador de póquer, frío y preciso. Es una situación bastante peligrosa, que se da porque el otro no quiere resolverlo hablando y de mi parte se termina cuando el otro lo crea conveniente. 
Peleo porque alguien quiere hacerme daño o porque le hará daño a otros, y fue siempre igual desde mi infancia. Cuando nos peleábamos con Ricardo, por ejemplo, no importa quién ganara, siempre lloraba; si me ganaba -casi siempre- se ensañaba y me daba con ganas en la cara y cuando terminaba salía sacando pechito. Cuando le pegaba yo y lo sentía a mi merced, me daba pena y lo dejaba. Muchas peleas las perdía por eso, no hace falta decirlo. Inevitablemente, me asustaba cuando comprendía que tenía que darle duro para que no me pegara más. Generalmente, Ricardo me respetaba, pero las peleas empezaban porque se la agarraba con alguien y yo lo cuestionaba. Era una especie de número tradicional en mi barrio, ya todos sabían que así empezaban nuestras peleas. Lo peor, el agraviado, al otro día, estaba haciendo méritos para ganarse la simpatía del tiranuelo.
Pero no todas las ocasiones fueron como aquéllas.

Una tarde me atrincheré en un bar con excelente visual a cierto local comercial donde arreglaban desde televisores hasta licuadoras, decidido a interceptar al dueño. De los tres monitores que le había dado hacía meses para arreglar, el que menos me importaba era el mío, ya lo daba por perdido; los otros dos eran de la empresa en la que trabajaba y estaban ahí bajo mi responsabilidad. Quería que me los devolviera, como estuvieran. Mi ello quería seguir con el Quake hogareño, pero mi superyó mandaba. Mi yo quería matar a las otras dos partes de mi psique de un tiro.

En aquellos años, trabajaba en una empresa nacional, en el interior del país. Tenía una relación bastante cercana con mis compañeros, inevitable en una ciudad relativamente pequeña (sobre todo, comparada con Córdoba, Rosario o Buenos Aires). A algunos me los cruzaba en el supermercado; en un parque el domingo, jugando con nuestros hijos; tomando un helado en el centro, esas cosas; por lo que la frontera que divide el rol externo del interno, no laboral, es un tanto difusa y suele ser común que se mezclen un poco.
Averigüé entre los colegas-amigos (otra cuestión de doble rol que se da mucho en los de Sistemas) y me notificaron los dos posibles lugares: uno en el centro, con local a la calle, y otro en un antro en los arrabales, interno, una pesadilla alejada de cualquier concepto comercial del pasado, presente o futuro. Mi yo-no-laboral se impuso y gritó: "¡al Centro!" y ahora estaba acechando al dueño.
Mi viejo, técnico de radio y televisión (y arregla-tuti), tenía el mismo tipo de negocio, hasta ponía un osciloscopio en la vidriera, nada más que para dar idea de "tecnología", aparato que creo que no funcionaba bien. Conozco muy bien al gremio, como lo llaman los de adentro. Desde el día que el "técnico", un grandulón de rulos y anteojos, me sacó un adelanto de $63 con la promesa de traer los repuestos que no tenía, nunca más volví a saber de los monitores. Era probable, pero siempre hay un castigo para los tramposos, pensaba. "Este no se va a meter conmigo". Y se metió.
El tipo nunca estaba: recién había salido, estaba en un domicilio, había ido al banco. Me atendía la mujer, una señora notablemente mayor con evidente desinterés por la odontología y que, cada vez más mecánicamente y molesta, ladraba las excusas con cierto dejo de indignación por la molestia, al principio tratando de no repetirse, pero al final lo que me decía era: "pendejo, aceptá que perdiste y andá a llorarle a Magoya", sin decirlo.
Al final lo vi entrar y salimos del café a las corridas (había ido acompañado, porque me conozco), pero el tipo ya había desaparecido en el fondo del local. Salió la mujer a atajarme, discutimos, le dije que había visto al chanta entrar adelante mío y que saliera, que me enfrentara, que me dijera lo que tenía que decirme, que no mandara a una mujer, y muchas otras cosas, cada vez más insultantes, hasta que no pudo evitar salir. Se mantenía detrás del mostrador, con una sonrisa condescendiente que se hizo franca cuando le mencioné a la policía. Era evidente, como me lo había anticipado un amigo, que el tipo estaba en contacto con ellos porque era en realidad un reducidor de pasacassettes, radios VHF,  relojes de remises y otros productos de escruches, modalidad que abundaba por entonces en aquella ciudad y que no funciona sin policías.
Cuando vio que la instancia superior que le mencionaba no era una molida a palos, se relajó. A la policía, evidentemente, no le tenía miedo. Y cometió un error: dio un paso adelante, casi a mi alcance. Le pegué en la parte superior de la mandibula, cruzado, porque era más alto que yo y calculé un poco más arriba. Los anteojos volaron, y casi cayó sobre una vitrina. Me agarró mi acompañante que, previendo algún problema legal, me dijo al oído, con los dientes apretados "acá adentro no". Empecé a gritarle que fuera hombre y saliera. Él, muy asustado, sobándose el parietal, volvía a ponerse los anteojos, y la mujer gritaba abriendo grande la boca, insultándome. Se empezó a juntar gente, y los utilicé como público para hacerlo salir, profiriendo todo tipo de insultos a su honra, la de su familia, su mujer, sus descendencia, y todo lo que se me ocurría. Si bien no puteaba mucho, lo que decía era para que alguien con medio litro de sangre en las venas (aunque fuera de pato) reaccionara, pero el tipo no salía. Tenía los ojos abiertos, estaba en shock. Su cobardía lo tenía clavado al piso, su orgullo lo empujaba hacia afuera. Yo lo había asustado, sé que tengo ese poder sobre algunas personas y empecé a mostrarme conciliador, pero a los gritos, que se debían escuchar a dos cuadras a la redonda. Le decía que saliera a "arreglar", que me devolviera lo que me había robado, etc..
En eso, pasó mi jefe, por pura casualidad de ciudad chica, y vio el amontonamiento de gente y me reconoció. Se me acercó, me habló bajo, y agarrándome de un brazo me alejó con firmeza. Cuando llegamos a unos cincuenta metros del local me preguntó qué estaba pasando y le conté, con farfulleo, que nos había robado los dos monitores, que hacía meses que me tenía yendo todas las semanas a ver si estaban, etc.. Me tranquilizó, me dijo que los monitores no importaban, que era más importante mi salud, que me iba a dar un ataque, etc.. Le hice caso y me di por vencido. La sensación de tristeza y arrepentimiento por llegar a esos extremos no me abandonó hasta pasados varios días, como me pasaba con Ricardo, aunque ya no puedo llorar. Me resultó muy difícil hablar del tema, sobre todo en el trabajo, donde se filtró toda la historia y en donde, a partir de entonces, me volví un tipo de cuidado. Yo, que prefiero dialogar a pelear.
A pesar de la ciudad chica, nunca más lo vi. Lo tenía muy presente, sentía todavía el contacto duro de mis nudillos contra su mejilla. Soñaba con él, le desfiguraba la cara porque le pegaba demasiado fuerte o, por el contrario, renunciaba a pegarle para no hacerlo. Él, en mi conciencia, era mi víctima, a pesar de lo que dijeran los hechos y de lo que decían mis cercanos.
Unos meses después, el tipo se pegó un tiro con una escopeta. Ya no lo tenía tan presente, pero la noticia me dejó muy mal. La conexión entre nosotros, una conexión horrible, terminaba con uno adentro de un ataúd. Elijo mejor las conexiones que hago desde entonces, y si no me toca elegir, intento que las que son igual de horribles, mejor no subrayarlas con cicatrices sicológicas permanentes.

14 julio 2010

El amor a la razón, o la razón del amor.

En estos días me cuesta todo un poco más; no porque algo esté mal, sino porque todo está mal excepto yo y mis circunstancias -algo que, en ciertos aspectos que tienen que ver con la intimidad, se festeja y mucho- pero tal diferencia produce en el intercambio de atmósferas un desbalance muy negativo, a menos que use constantemente mi burbuja neurótica que ya de tanto uso pierde por las costuras y los codos gastados.
No, no es que viva en un paraíso personal, no. Tengo los mismos problemas que tiene cualquier persona, pero enmarcados en una ciudadela donde reina el amor y la razón, y con ambas puedo solucionar -y también sobrellevar- cualquier problema. Y como me parece que mido mi vida con parámetros diferentes a como lo hace -tal vez- usted, me parece que es mejor explicarlo un poco. 
Si tengo que remarcar con un fibrón negro los peores momentos de mi existencia, indiscutiblemente tengo que hacerlo en aquellos en los que faltaron la razón y el amor. Cuando ambos me faltaron realmente he sido infeliz, sin importar qué otras cosas abundaran: dinero, trabajo, posición social, y la larga lista de cosas por la cuales cualquier occidental corre como gallina sin cabeza. He sobrevivido bastante con sólo uno de los dos, pero más tarde o más temprano se sufre la falta del otro.
El amor y la razón son arterias por las cuales necesariamente hay que circular por doble sentido, no se puede ir siempre hacia un solo lado, porque se acaban pronto si no se realimentan. Un ejemplo de la razón funcionando en doble sentido es la ciencia, que por definición necesita razón para existir. Y, según una lectura somera de la Biblia, ni siquiera Dios ama sin esperanza (y este es quizá el rasgo que lo muestra más sospechosamente humano).
En un mundo de individuos que viven colectivamente, el amor y la razón individuales son algo que pueden existir sin ninguna duda, aunque para dicho "mundo" como sistema de individuos, no. Amar en secreto, amarse uno mismo, amar por el amor mismo, son estados espirituales y como tales, no compartibles. Ya Dostoievsky y Sartre, por ejemplo, trataron el caso del "humanismo" que es capaz, según Dostoievsky, de sentir un amor ciertamente desproporcionado por los hombres en su conjunto pero que es incapaz de sentirlo por los individuos o, como doble paradoja en Sartre, que sublima en el todo el no poder concretar su consumación individual. Tomando estos dos ejemplos, podemos trazar todo un arco de situaciones similares que hacen de la autocontención del amor su paradoja y su muerte para el "mundo": ecologistas y/o amantes de los animales que detestan a los seres humanos, cristianos que deliberadamente deciden no amar al prójimo como a ellos mismos, maridos que golpean a sus mujeres, y un largo etcétera. Hay en los cultos religiosos una enorme cantidad de estas paradojas -en un sentido estricto y tomando a Dios como un ser teológicamente fuera de este "mundo" y que no es un igual- como el fenómeno de la clausura en algunas órdenes religiosas o llegar a la sublimación del amor conyugal en "el amor a Dios" o "el matrimonio con la Iglesia".
Hay un sofisma posmopolitan que dice que para amar a otros es necesario amarse primero, pero es una falacia que intenta decir que amarse uno mismo es condición suficiente para ser amado cuando apenas es condición necesaria para quienes precisan del narcisismo del otro como confirmación de una elección. Y hay un tema aquí del que no me quiero distraer: el narcisismo posmodernista metrosexual no es más que una velada salida del clóset del componente homosexual individual, a veces de manera tan exagerada que, en parejas heterosexuales, surge otra paradoja sobre el verdadero objeto del deseo.
Razón y amor pueden vivir aislados del mundo, sí, pero son estados "santos". Y, siguiendo a Henry Miller -que habla de la "madera" con la que están constituidos-, ya sabemos que los santos, los asesinos seriales, los locos y los poetas están "fuera del mundo" (y juro entre estos paréntesis que eso no significa ningún juicio de valor, sobre todo viviendo en una cultura que le reza a imágenes de mártires torturados, idealiza asesinos seriales en vampiros y otros similares, que considera a Hitler y a Videla "normales" y que siente una predilección especial por poetas sufridos y suicidas). Pero yo, con el fibrón negro en la mano, sé que necesito razón y amor de ida y vuelta para no darlos por inexistentes. Nunca seré un santo, pero la tentación de autocontenerse, decir chau al "mundo" e interactuar lo menos posible es fuerte. Y de ahí a ser el nuevo Jack The Ripper, morir apedreado por hereje, crear un partido PRO para la gente que vive en el mismo country (versión inmobiliaria de la autocontención) o un Pavese sin talento, falta muy poco. Este mismo post podría servir como excusa.
No me alcanza a veces que en mi "ciudadela" viva una vida compartida con razón y amor y que afuera estas cosas existan sólo de nombre o no se pongan de manifiesto o que cada día sienta que la razón de los fuertes o de las mayorías es la única razón que cuenta o es el egoísmo la razón última de esos fuertes o de esas mayorías que necesitan odiar para manifestar su amor, o abolir el amor de las minorías o enajenarlo o exiliarlo de la vida pública.
El miedo, la cobardía y la indiferencia son los riesgos del confinamiento: miedo a perder la matriz cómoda y conocida en la que vivimos, cobardía para defender al prójimo aunque su dolor no nos duela, indiferencia ante la injusticia que consentimos.
O sea, salir al mundo y ver que todo es mentira, que nada es amor. Salir a la calle y ver a toda esa gente miedosa, cobarde e indiferente.

29 junio 2010

Perdón

Hoy estoy enfermo. Enfermo. No voy a enumerar minuciosamente las cosas que me enfermaron, sólo voy a decir que me enfermaron ustedes. El mundo, el mundo entero me enfermó: sus chiquilinaditas, sus agachaditas, sus chicanitas, que juntas todas y cada una de ellas se convirtieron en una mierda grande, sólida y generosamente tumefacta, del tamaño del planeta. El mundo es una mierda, sí, y en días como hoy no puedo disimularlo y lamento no ser más neurótico.
Quisiera que todo fuera más fácil, que mi burbuja alcanzara, que no sintiera desasosiego por cada persona individual y un profundo desprecio por todos los colectivos humanos, los mayoritarios por ejercer un poder más allá de toda lógica humanista y los pequeños por aspirar a la revancha, por esperar su momento para dar el golpe. Días como hoy desearía que los seres humanos sólo fueran individuos. 
Únicos, irrepetibles. 
¿Irrepetibles?.
No, lamentablemente no. Si prescindiéramos de todos los grupos humanos, partidos políticos, clubes de fútbol, sociedades de fomento, organizaciones no gubernamentales, facciones, y hasta colectivos despectivos adjudicados con malignidad. Así y todo, con la mejor de las predisposiciones ante todos y cada uno de los individuos, haciendo un sacerdocio ¡un martirismo! del antigrupismo (si existe tal concepto) es indiscutible que hay un colectivo imposible de soslayar ¡peor aún que las diferencias de género o de raza! y es el colectivo enorme, inconmesurable, de los estúpidos. Si pensó, estúpido lector, que iba a separar entre malos y buenos, se equivocó: ¡hasta hay estúpidos en esos dos grupos y podemos deshacerlos juntando a los buenos y malos estúpidos y los buenos y malos que no lo son!. Sí, hay "malos" que no son estúpidos, créame. ¿No hay inteligentes estúpidos?.
Estúpidos, estúpidos. Lleno de estúpidos: el que no se corre en la vereda cuando sabe que debe, el que te atropella cuando intentás salir del subte, el que ni hace lo que debe ni hace lo que no debe, el que se mete en temas en los que no sabe ni intenta saber nada, el que opina por las dudas, el que hace cincuenta cagadas a sabiendas y después se pregunta ¿por qué?, y seis mil millones de razones para ser estúpidos. Ni siquiera hace falta ser importante para ser un estúpido.
Y el mundo, hoy, me demostró que en realidad es un conglomerado de estúpidos entre los que sobrenadan ciertas personas, como boyas, como islotes en la inmensidad de la estupidez. Gente que está muy sola, que a veces, de tan acostumbrados de estar rodeados de estúpidos, creen que hasta los que no son estúpidos son estúpidos.
Yo, al contrario, suelo buscar las flores en el barro. A aquellos que quizá tienen la madera pero no la oportunidad, los estúpidos razonables, los que -quizá por timidez- no se animan a sacarse la estupidez de encima, los gregarios que ven la soledad de los que no son estúpidos y se asustan y se hunden en la molicie.
Por ellos, normalmente, es por quienes tengo un poco de esperanza. Esperanza que hace que actúe como un abuelo provecto que, paciente, escucha los despotriques del adolescente, y que a veces se enrosca en discusiones con ellos nada más que para que tengan un poquito de resistencia, para que se esfuercen, como una madre primorosa que pone una presa fácil adelante pero que obliga a la cría a pegar el mordisco (demasiado Lost World, tal vez).
Pero hoy no. No tengo resto. Hoy me pudieron. El hatajo de estúpidos hoy me ganó. 

18 mayo 2010

¡Todo lo que quería saber del dueño de este blog y no se atrevió a preguntar porque es un pusilánime que no hace reportajes!

Entrevistador: Buenas, soy el Entrevistador ¿puedo hacerle unas preguntas?
Fender Gebiet: Buenas, soy Fender Gebiet y tengo problemas con las preguntas cuando son muchas, me siento invadido.
E: No son muchas...
FG: ¿No?
E: Bueno, sí. Pero tampoco son tantas.
FG: Uh, dale, apurate que tengo que escribir algo para el Paris Review.
E: ¿Hace crítica en el Paris Review?
FG: ¡No! Pero como me dan mucha bronca algunas cosas que leo, les agrego hojas al Paris Review y después la leo y me doy la razón.
E: ...
FG: Psé, dale.
E: Primera pregunta, seguro se la hicieron muchas veces: ¿Por qué tiene un blog?
FG: No sé, supongo que porque no tengo otro lugar donde escribir que no muera en una carpeta de mi PC. Muere en Internet, en todo caso.
E: Usted se considera un ensayista, un cuentista, un novelista...
FG: Todo eso, hijo, todo eso. En el blog hay de todo, no una novela porque no da la extensión, pero mucho de lo que escribí ahí terminará en alguna novela, eventualmente. Al paso que voy, seguro terminará en la novela de otro.
E: Pero el blog no parece muy literario...
FG: ¿Y qué es la literatura? Ya lo dijo Miller, hay que dejar de pensar en qué es literatura, y escribir.
E: Usted siempre cita a Miller, pero, notablemente, no escribe como él.
FG: ¿Vos decís porquerías?
E: Entre otras cosas.
FG: Es que no sé cómo escribo. Soy un desvariador, y ahí tenemos un punto en común. Creo que es el único, pues yo me siento bastante lejos de su optimismo con algunas cosas. ¡Qué buen reportaje, estoy hablando de Miller!
E: Psé. Pero quería preguntarle otras cosas, como por ejemplo: ¿usted no era de Boca?
FG: Fútbol. Carajo. Bueno, sí, era. Desde los veinte años me vengo desilusionando más y más del fútbol. Un tío mío que la sabe lunga y que vive casi enfrente de la cancha de Boca me lo anticipó cuando le pregunté por qué no iba a la cancha: "porque estoy harto, es una cueva de ladrones y la gente es estúpida, ¿no los ves, todos cantando como si algo de eso fuera verdad? Y te va a tocar", y así fue. Yo lo tomé como una enseñanza para la vida, pero igual no pude con mi genio y para no parecer esos seres tristes que no toman partido por nada, me hice de Tigre, con suerte dispar y mucha más displicencia de mi parte. Igual, siempre fui un hincha extraño: prefería ver los partidos solo, nunca me compré una remera o una bandera, y durante años mi único talismán fue una piedra que mi tía me consiguió de la Bombonera, cuando tiraron la platea vieja. Creo que hasta olía a meo, la piedra. Nunca festejé los triunfos y era bastante módico para gastar a los rivales, más como un permiso para ser despreciable. Del fútbol, lo único que me gustan ahora son los técnicos. Es lo único que me parece auténtico, se la están jugando todo el tiempo y muchos mueren con la de ellos, de pie. En cambio, los jugadores y los dirigentes están en otras cosas, sus errores son dispensables.
E: ¿Verá el Mundial?
FG: No sé. Qué se yo. Veré algún partido si no tengo algo más importante que hacer. Pero es casi seguro que leer el Patoruzú sea enormemente más importante. Y tengo una pila así de libros para leer, entre ellos varios así de gordos.
E: ¿Es cierto que tiene predilección por los libros gordos?
FG: Tal cual. Es una época extraña, los mejores escriben poco y soy algo rata con mi dinero a la hora de comprar libros; me molesta que un tipo que dice ser -o que dicen que es- un buen escritor escriba una nouvelle de cien paginitas y me las quiera cobrar como si fueran seiscientas, sólo porque ahora tiene nombre.
E: Pero lo bueno si...
FG: Si es mucho dos veces bueno. Yo entiendo que un tipo como Noé Jitrik, con su estilo tan particular, tenga que redondear en doscientas páginas una novela. O Elfriede Jelinek. Que Saccomano cierre El Oficinista en una cantidad similar me parece lo más acertado, pero que, sospechosamente, un tipo como Roth saque libros como chorizos que no son más que cuentos largos, es una estafa. Que editen los tres últimos libros en una antología de cuentos largos y les voy a creer.
E: ¿Lo dice en serio?
FG: Es una pelea continua que tengo. Si Tolkien hubiese hecho lo mismo, hubiese escrito más libros que Asimov y, seguro, por algún libro hubiera ligado un Nobel. Pero como escribía bodoques y no eran el Ulysses, entonces no pasó naranja.
E: Pero Tolkien no es Joyce...
FG: Tampoco Roth.
E: Ya que estamos ¿Le gusta Tolkien?
FG: No.
E: ¡!
FG: ¿Por qué me tiene que gustar? Es un "describidor", o sea, hace trampa. Se la pasa describiendo. Cuando no lo hace, está muy bien. De hecho, lo mejor que le leí eran unos bocetos desprovistos de esos detalles farragosos que su inteligente -para los negocios- hijo publicó con el nombre de "Silmarillion".
E: ¿Qué escritores que haya leído recientemente le han parecido dignos de mencionar?
FG: Pocos, Saccomano y Jitrik, de acá. Les encuentro algo que al resto le falta: a Saccomano una persistencia que termina en coherencia. Sus mentiras son coherentes a fuerza de no contradecirse nunca. Ojalá lo entendieran los modernos. Jitrik, porque cuando lo leo, leo el proceso en el que funciona mi cabeza. Quizá para los demás es una porquería, pero Jitrik me voló la peluca precisamente por eso. No escribe, piensa. También estoy teniendo una etapa bastante policial, últimamente, y Paco Taibo me llenó verdaderamente en ese aspecto. Me dio mucha pena la muerte de Stieg Larsson, su trilogía de casi dos mil quinientas páginas fue un soplo de aire fresco, aire del norte. Esperemos que haya una escuela detrás de esa narrativa, tan pop, tan naif, tan plana. El policial sin misterio, lleno de personajes. En cierta forma, hay mucho Ballard detrás de Larsson, pero ni él se habrá dado cuenta.
E: Volviendo al blog, ¿no cree que le quita el tiempo para escribir otra cosa?
FG: No, porque escribo cada vez menos en este blog. Antes escribía mucho más, con la obligación de un par de posts semanales. Ahora si no tengo nada para decir, nada digo.
E: ¿Considera que el blog es un éxito o un fracaso de público?
FG: En términos generales, para lo que se considera un blog exitoso, éste debe ser el peor blog de todos. Tengo tan pocos lectores que ni trolls tengo. Pero los pocos que me prestan su atención, de vez en cuando, siempre me han llenado de orgullo. No nací para ser popular, no sabría qué hacer con una fama. Pero para mis estándares, lo mejor que me pasó en la vida es este blog, por eso no creo que lo cierre nunca. Mientras Blogger, Internet y Eru me lo permitan, seguiré acá.
E: ¿Eru?
FG: Soy agnóstico militante, es decir, no tengo idea de qué hay dónde no veo o dónde mis sentidos no alcanzan. Tengo ciertas certezas, muchas de ellas totalmente fuera de mi alcance, pero que están basadas en la ciencia, con espíritu crítico. Soy un optimista de la ciencia, aún siendo capaz de mandarnos al garete. Si no fuera por ella, hace cientos de años nos hubiésemos muerto en una guerra final entre animistas, panteístas, monoteístas y la mar en coche. Lo mejor de Tolkien fue su concepción de la religión y la ciencia; poner a todos en un solo panteón. Eru vendría a ser cualquier cosa mágica a la que le puedo deber algo. Pero no creo en Eru, de hecho ¡me cago en Eru! ¡Eru PUTO! ¡JAJAJAJAJA!
E: No se altere, por favor.
FG: Estoy bien, sólo que me gusta putear.
E: Sigamos con el blog, de ser posible: ¿por qué no hace lo que el resto de los bloggers, como escribir artículos específicamente para que Google los encuentre y les traiga lectores?
FG: Entre mis tareas ordinarias, en la vida real, está hacer eso y lo sé hacer bastante bien. Pero no quiero hacerlo acá. Al contrario, suelo evitar específicamente hacer alusiones directas para que no me encuentren, sobre todo porque la mayoría de la gente es estúpida y cree que todo es a favor o en contra de algo, y yo suelo estar tan en el medio que todos me consideran un enemigo, por poner un ejemplo, oficialistas y opositores.
E: Ya que estamos, hablemos de política... ¿Es ud. peronista o lo fue?
FG: Psé, mi familia siempre fue peronista. Mi viejo era un cuadro de la resistencia sindical en los setentas, y mi vieja la típica "rama femenina" en los años posteriores al ostracismo en la Dictadura, cuando volvió la democracia. Sin embargo, ellos y yo, después del menemato, nos alejamos entre todos. Yo me hice Demócrata Cristiano, por la admiración que sentí siempre porque fueron los únicos que se animaron, desde un partido político, a enfrentar el silencio por las desapariciones. Hoy se habla de Madres o Abuelas, lo que está muy bien, pero yo nunca me olvidaré de ellos.
E: ¿Dijo "Democracia Cristiana"?
FG: Sí, ¿qué tiene?
E: Es que dijo que era agnóstico.
FG: Y lo soy, pero siempre creí que la política iba a terminar donde está ahora, en una melange. Me pregunté cuál era el partido que nunca iba a bajar las banderas aún después de la muerte de las ideologías y todo eso. Acepté que vivo en una sociedad impregnada en judeocristianismo, pero que es perfectible. Que cada uno crea en lo que quiera, sin joder al otro, dentro de un humanismo superador, incluso, del agnosticismo y del ateísmo. Tenemos que ser capaces de vivir todos juntos. Yo no entiendo a la mayoría de las personas, no puedo suscribir los motivos para nada de lo que hacen, pero bien seguro estoy de que ellos tampoco suscriben los míos. Pongámonos de acuerdo en unas cuantas reglas básicas y que cada uno haga con su vida lo que quiera, y si hay caídos, juntémonos para ayudarlos. Basta de decidir por los demás, con el dedito levantado. Pero no pude, fue como remar corriente arriba en una cascada de hierro fundido con un botecito de madera. Me quemé hasta los flecos y desistí. No hay caridad cristiana, ni de ningún tipo. Es un milagro que todavía estemos vivos y no nos hayamos comido los unos a los otros: lo que pasa en la izquierda es un ejemplo cabal, nunca dos zurdos van a estar a la misma distancia de Stalin. Y, mientras pelean contra el colonialismo yanqui, piensan qué cargos levantarán contra el otro cuando llegue la Revolución. ¿Falta mucho para terminar?
E: No, podemos terminar acá, o podemos seguir otro día.
FG: Sí, dale, seguimos otro día porque me tengo que ir a escribir unas líneas para el Bicentenario.
E: ¿Le pidieron un cuento, como a Asimov?
FG: Ehhh.... Sí, sí, claro, un cuento, jaja, como a Asimov.


09 marzo 2010

Maten al nostálgico.

Hace treinta y pico de años, cuando llegaba marzo por fin, era feliz; llegaba el día que venía añorando desde el final de clases y que ahora me ahogaba de expectativas; el día de vuelta a clases.
Ansioso, me levantaba temprano tratando de hacer al mismo tiempo todo lo que había dejado para último momento por la desconfianza materna a mi grafopatía consumidora de stocks, que negaba un acceso más temprano aduciendo ruinas económicas terribles.
Terminada la larga faena de preparación quedaba lo mejor del día. No, no era que me gustara tanto la escuela; en realidad me gustaba bastante poco. Mi alegría se llenaba de imágenes: anteojos de marco grueso, mejillas arreboladas, dientes perfectos, risa fácil, y un pelo castaño que brillaría al sol al hacer fila en el patio. Caminaría doblada por el peso de una valija de cuero negro que estaría como siempre llena hasta reventar. Contestaría a las consignas docentes con sabiduría, gracia y salero y haría que odiara mi palurdismo sofocado de lecturas inconvenientes y desesperadas, tan vergonzante como una prenda llena de remiendos en una baile de gala.
Aprendí con aquella muchachita, una mujer en ciernes, a admirar; y desde entonces supe que no iba a amar de otra manera. Hubo decepciones e incluso traicioné lo aprendido, creyéndome capaz de saltearme el requisito, para ponerlo a prueba.
Porque incluso me rebelé a eso, a admirar.
Qué iluso.

09 febrero 2010

Conjurando futuros.

Ayer, desvariando como acostumbro cuando hablo de cosas que casi no vienen a colación en medio de una digresión que interrumpe una nota al margen, descubrí un hecho que no es tan notable por su repetición sino porque las personas que lo protagonizan son dos: hombre y mujer y, para colmo, sentimentalmente juntos.
Resulta que en varias oportunidades una pareja me sentó en una especie de juicio sumario sobre cuestiones tan disimiles como mi vida marital, mi ideología, mi actitud ante la vida y mis relaciones familiares y sociales, sin apelación de mi parte a su sapiencia o buen tino. Lo llamaré "la charlita".
Normalmente, he atribuido estas intervenciones al hecho de que las personas, a medida que crecen y van cumpliendo los mismos roles que sus mayores, asumen que tienen que hacer lo mismo que ellos. Es decir, es bueno ser revolucionario a los veinte, pero después de los treintitantos es mejor ser progre y a los cincuenta, conservador. Que está bien que en la adolescencia escuches Kiss, en los alocados veinte Bon Jovi, en la treintena Maná y en la madurez Kenny G.
También, siendo los familiares, amigos, compañeros de trabajo o demás deudos tan propensos a hacer comidilla de las cosas que le pasan a los otros -y sobre todo con quien comparten lecho-; estoy seguro que mi atribulada vida ha ocupado más de un cigarrillo post coito o una sobremesa y que ha sido diseccionada, destripada y expuesta para luego ser reordenada y extirpada de esa cosa tan perniciosa que me ocurre: ser yo.
Por otro lado, es sabido que los hombres no hablamos de ciertas cosas. Sobre todo si tenemos el culo sucio, como casi siempre. Entonces, cobardemente, acudimos a la parte emocionalmente inteligente de la pareja para que le diga al palurdo de marras (o sea: yo) que vea, que no es tan así, que lo que está haciendo (mi vida) está mal, que el enfoque debe ser otro, que se fije. Claro, cuando "la charlita" ocurre, el organismo bicéfalo se pone, necesariamente, de ejemplo explícito o tácito, depende el grado de soberbia y/o tacto.
Me han recomendado de todo, estos sufridos jueces vocacionales. De más está decir que más que mi perplejidad y mi fastidio momentáneo no obtuvieron mucho más. A lo sumo, hice constar en actas que mi vida era de su absoluta no incumbencia y que si bien agradecía la preocupación, más bien estaban viendo la paja en el ojo ajeno y que, mejor, pusieran atención en sus asuntos, no sea cosa. Obviamente, detrás de los consejos desinteresados hubo intereses que iban desde egos sublimados de a dos que necesitaban víctimas propiciatorias hasta estafas materiales o espirituales más o menos veladas, mezclado con un poco de lástima y bastante neurosis.
A mí no me sucedió mucho después de cada una de esas intervenciones, sólo lo que le pasa a uno que vive y no se muere mientras tanto. Incluso algunos más o menos la pegaron con las predicciones. A ellos también les pasó la vida, claro. Se ve que no tenían parejas que les dieran consejos. O sí: notablemente, un alto porcentaje se separó poco después o no le fue tan bien como parecía cuando se señalaban el pecho con el pulgar. Incluso uno terminó muy mal, como aventuraban que iba a terminar yo.
¿Será que proyectaban? ¿Será que les pasa como a mí, que siento una fascinación culposa por clochardes, cirujas y otros pobladores callejeros? A mí me encantaría que salieran de su condición fácilmente, que la calle no fuera una condena de por vida, que con una simple "charlita" conjurara para siempre mis miedos.
Qué lindo que el mundo funcionara así.

02 febrero 2010

Ojo con la desrebeldía.

Si todo el mundo hubiese sido inteligente y cuidadoso, hoy no sería como soy y sería más fácil tratar conmigo. De joven fui víctima regular del recurso de la psicología inversa más o menos burda, acentuado su uso quizás por ser más rebelde de lo normal (qué sera ser "rebelde normal" no sé, pero usted me entiende) y muy testarudo. Por lo menos eso era lo que decían mis viejos, cuando no encontraban suficientes las razones que yo les daba para que me gustara más leer que patear una pelota, que prefiriera mi imaginación solitaria a las playitas ficciones en grupo (circunscritos al mundo automotor -con los autitos- o militar -con los soldados-); no los convencía por más que estuviera leyendo a los siete años los cinco tomos de "Historia Argentina" de Ernesto Palacio o intentara componer unos versos con nueve. Que un lacónico "me gusta" me sirviera como motivo valedero cuando intentaban hacerme entender las delicias del ejercicio al sol o las ventajas de las relaciones públicas infantiles me hacían "rebelde; rebelde, testarudo y difícil" según el retintín materno. Cuando me cansaba de las peroratas me volvía más taciturno y solitario, si era posible.
Y crecí con la idea de que era rebelde, nomás. Es difícil calcular qué sería ahora sin esos motes, pero es fácil ver qué soy: testarudo y rebelde. Quizá me dejo engañar por una falacia y era así antes, y mis viejos en realidad tenían razón. No sé.
Pero igual, rebelde pre o post, las cosas siguieron por el lado, como decía al principio, de la psicología inversa: al final tanto la usaron, tantas veces me encontré haciendo lo que no quería porque me habían envuelto en palabras que sonaban bien, que me rebelé otra vez. Me rebelé de mi rebeldía. Y ahí me hice jodido, jodido de veras, porque ahora sí era plenamente consciente y no sólo fui testarudo, sino también bastante vehemente. Que me rompieron las bolas, eso.
Esa rebeldía tuvo como primera consecuencia hacerme desconfiado como gallo tuerto, la segunda -corolario de la primera- estar especialmente pendiente de mis actos para no traicionarme. Claro, la regla "no traicionarme" con semejantes antecedentes no es muy explicable para los demás. Lo que hoy me parecía bien, mañana me resultaba muy muy mal, para desconcierto de mis eventuales acompañantes. Y para hacerme una pequeña leyenda.
Un caso concreto: el cigarrillo. En la pre adolescencia era un cruzado anti tabaquismo insoportable, martiricé a los amigos que iban cayendo en el vicio con mi monserga pro aire limpio y saludable. Sin embargo, a los catorce años decidí que tenía que fumar, porque todo el mundo pensaba que yo nunca iba a fumar, después de tanto cacareo. Costó, pero al final de mis veinte logré fumar tres atados de Parisiennes por día. Cuando me decían que iba a morirme si seguía fumando de esa manera yo replicaba que me dejaran en paz, que a los treinta años iba a dejar. Lo dije tantas veces que cuando llegó la fecha un corro de amigos -que se alertaban secretamente- me empezó a verduguear por anticipado creyendo imposible el cumplimiento de la promesa.
Mientras tanto, consumiendo cigarrillos sin parar como el combustible de mi propia locomotora de carne, me iba cansando del vicio; no de fumar en sí, de la esclavitud del vicioso full time. Del tener que calcular cada singladura en términos de rollitos de tabaco, del tener que dejar de hacer cosas porque un domingo a la tarde  me quedaba sin stock, de la incertidumbre de quedarme sin cigarrillos. Me estaba matando, qué alegría, al mismo tiempo que me vivía un infierno mensurado en atados. Cuando medité un poco y descubrí que estaba dominado por un cilindro de papel relleno con una sustancia vegetal cancerígena, me sentí un pelotudo.
No puedo decir si por una cosa o por la otra o por una cosa y la otra, llegado mis treinta, la misma madrugada de mi cumpleaños, delante de mis amigos -esos que me chanceaban- dejé de fumar para siempre.
Otros momentos, otros ejemplos: en un tiempo yo era capaz de sobrevivir cualquier cosa, estaba hecho para aguantar todo. Había demostrado tal ímpetu por vivir, por seguir adelante, por construir más al Oeste, que me había vuelto el candidato ideal para que alguien encontrara oportuno sacrificarme estratégicamente, salvando a otros más débiles o menos convencidos de que la puta que es lindo estar vivo. Me estaban cagando tupido -diría un amigo- con la excusa de mi fortaleza. "Vas a sobrevivir a esta", pensaban. Y un día -otro día- me di cuenta e intenté desmentirlos de la peor manera posible, sólo para rebelarme; estaba harto de los que se daban el lujo de ponerme en el brete porque me la bancaba. Aclaremos, esa gente no me era desconocida o lejana, eran mis familiares, mis amantes, mis amigos, mis compañeros, mis empleadores.
Entonces, está claro que mi desrebeldía no va para el lado del aceptamiento. No. Va para el lado del aislamiento liso y llano.
Al fin, puedo decir que en mi etapa amable, benigna, soy rebelde, porque eso aprendí cuando era chico para socializar. Cuando me enojo rompo los puentes. Ahí es cuando realmente soy yo: construyendo más al Oeste. O al Sur, porque estoy harto del calor.

22 enero 2010

Chapa chapa chapa chapa

Después del lugar común "la felicidad no es un estado continuo, sino que está hecha de momentos" es difícil decir algo más sin empaparse en el Mar del Perogrullo. Así que, con traje de buzo y tanque de oxígeno, me lanzo cual Jacques Cousteau del Concepto Remanido a dichas aguas:

Ayer me dieron una mala noticia, de esas que te pegan donde más te duele, en el alma. Ésas que no te pegan precisamente a vos, que le pegan a alguien a quien querés mucho. Esas noticias que, como en un campo minado, como en una epidemia o cuando cae una centella, le tocan a cualquiera con perfección estadística pero sin avisar y sin que jamás haya ido a caminar a un campo minado en una noche de tormenta sin haberse dado nunca una vacuna. Puede no saberse que el campito que se pisa está lleno de minas o que falta justo una vacuna o que San Pedro anda con ganas de agarrársela con cualquiera (distinto fuera si uno supiera).
Me enseña que no existe la felicidad perfecta: construir la felicidad perfecta, aspirar a algo así o al menos creer que algo así existe. Las personas con algún sentido del decoro, cuando más felices son, más sensibles deberían estar con las cosas que le pasan a los demás, como contrapartida por lo poco que pueden aportarles cuando son compañeros en desgracia, salvo (esto sí es la Plataforma Continental del Mar del Perogrullo) el llamado "Mal de Muchos". "No te aflijas por lo que te pasa, mirame a mí, acá estoy, hecho mierda", que equivale a decir "No seas lloricón, yo estoy peor" pero de manera que parezca una cosa positiva. Esa sensibilidad hace que uno nunca sea feliz del todo, salvo cuando se olvida de los demás.
Y por eso Dios (Freud) inventó la neurosis.

21 enero 2010

Nociones a los golpes

La Gran Ciudad es una fuente inagotable de aprendizaje. Existen -por supuesto- escuelas, museos, academias, ateneos y -centros de enseñanza por excelencia- universidades. Incluso, para el que no tiene oportunidad más que la de salir de su casa, hay una más democrática y menos onerosa: la de la calle.
Uno recuerda su paso por los diferentes niveles de enseñanza y con cariño rememora a aquellos adoquines cuya inteligencia estaba más allá de los denodados esfuerzos del docente de turno, fortalezas inexpugnables para cualquier conocimiento ordenado y sistematizado. Lo increíble es que estos paletos no hayan aprendido nada afuera de las sufridas instituciones del saber, siendo -como dije- la Gran Ciudad una fuente pletórica de conocimientos. No, no hablo de procedimientos para espulgar incautos en las esquinas o en los amontonamientos. Hablo de los mismos conocimientos que en la escuela no consiguieron vulnerar la brutez extrema de estos gañanes.
Repasemos algunos conceptos básicos, nociones, que en la calle son cosas de todos los días y que están muy ligadas entre sí:
  • Continuidad de la materia. Es una noción que se aprende en la cuna, llevándose cosas a la boca. No pretendemos aquí que se ande baboseando cosas (y menos personas) por la calle, no sea asqueroso. Las cosas tienen un principio y un fin espacial, lo que define sus límites (ver Identidad). Así como el bebé asume una continuidad con su madre, las personas ya adultas comprenden que, si bien la mochila y/o cartera y/o paraguas no son una parte permanente de sí mismas, momentáneamente deben considerarse parte integrante de la unidad "persona con mochila y/o cartera y/o paraguas". Notablemente, hay gente que ignora estos apéndices y le prodiga al prójimo (incluso al que domina a la perfección estas nociones) gratuitas enseñanzas sobre la Impenetrabilidad de la materia (Véase).
  • Identidad de la materia. Cuando vamos por la calle tenemos que estar atentos, nos lo dijo nuestra madre mil veces. Que cambiemos la dirección de la mirada no implica que los objetos que dejemos de ver desaparecen. Siguen ahí. El camión sigue su marcha rauda por la avenida, tan lleno de impenetrabilidad de la materia (Véase) como nunca, por más que usted se distraiga mirando un culo bonito (o varios). En supermercados, shoppings y aceras del microcentro porteño, lugares en los que un grupo importante de gente se mueve al azar como moléculas de gas en una caja, pasa lo mismo con las personas que deciden suspender de golpe su contribución a la entropía y fijar obstinadamente su posición en el espacio y en el tiempo sin tener en cuenta que todo mundo a su alrededor, antes objeto de su atención, no desapareció por el mero hecho de mirar para otro lado. Su vacuna pasividad estorba al resto de los peatones aunque eviten el contacto visual. La noción en estos casos particulares y complementaria con otras desarrolladas aquí debería ser una clase magistral de física para bebés. Pero no.
  • Consecutividad de la materia. Como venimos viendo, está todo relacionado: hay una noción existente entre la Continuidad y la Identidad (Véase) que es el opuesto a ambas: lo otro. Uno aprende que otra cosa está antes o después cuando decide que cambió su Identidad y Consecutividad (Véase). Las cosas suceden simultáneamente (comparten el tiempo pero no la materia -una hora en un telito de la zona, por ejemplo-) o consecutivamente (pueden o no compartir la materia, pero no el tiempo -cuando uno de la pareja anterior decide cambiar la materia de su partenaire un par de horas más tarde en el mismo telito u otro). Las personas con problemas cognitivos con esta noción suelen pensar que todo debe suceder simultáneamente (Véase el ejemplo del subte en Impenetrabilidad de la materia) o no consiguen vislumbrar soluciones consecutivas a ciertos problemas básicos de la vida diaria: ir uno al lado del otro y de la mano con la noviecita por angostos pasos, compañeros de trabajo que salen del ídem comentando las últimas novedades en la novelita del supervisor con la rubia de Contaduría, incapaces todos de deducir que en lugares estrechos hay que hacer como los indios, es decir, ir uno detrás del otro. Claro, después los indios eran unos atrasados.
  • Impenetrabilidad de la materia. Se aprende en los transportes masivos, en horas pico sobre todo, pero su aprendizaje puede encontrar alguna resistencia porque siempre hay quien pretende entrar a un trasporte atestado hasta la saturación y lo logra, vulnerando la noción. Mejor dejar los eventos masivos aunque no los transportes: en el subte hay gente que tiende a querer entrar en el exacto momento en el que se apean personas que ellos consideran inmateriales. No comprender que dos cuerpos no pueden ocupar tiempo y espacio simultáneamente fuera del telito de marras puede llamar la atención de la autoridad o infligir serias contusiones es notable.  
Existen otras nociones básicas aprendibles: acción y reacción, inercia, momento y una largo etcétera. Más que la puta calle, es un laboratorio de física, mire. Y si no le gusta la física, puede aprender una palabra mágica que es una especie de salvoconducto para las situaciones más complicadas, sobre todo para el estudiante de física neonatal que todavía no puede manejar los conceptos y, mucho menos, los reflejos, aunque sea un bodoque de casi dos metros de altura. La palabra mágica, el santo y seña, la contraseña no es otra que "permiso". Sin embargo, parece ser que la gente con estos problemas de aprendizaje tiene también una deficiencia auditiva con dicha palabra. No la escuchan o al hacerlo no mueve ningún músculo y/o nervio.
Quizá sea congénito, al final. Yo, en mi incomprensión, he llegado a pensar que son simples estúpidos.

15 enero 2010

El fiel opositor.

La curiosidad y la disponibilidad de textos son las principales fuentes del desorden en mis lecturas. Muchas veces quiero leer algo y no lo tengo (no consigo una edición de "Guerra y Paz" que no sea inleíble, por ejemplo), muchas otras debo postergar lecturas programadas porque lecturas previas me desvían.
Algo así me pasó en el último semestre del 2009, tiempo en el que caí prisionero de ensayos y novelas más o manos históricas sobre nuestro últimos doscientos años. Me fumé algún libro de Pigna, incluso "Sobremonte, una historia de codicia argentina" de Miguel Wiñazki que es lo peorcito que leí. Mi única lectura de estos temas de niño fue la "Historia Argentina" de Ernesto Palacio, cinco tomos desde Solís a Videla; pero fue hace mucho tiempo.
En realidad, tanta lectura sólo para reconstruir las dos últimas décadas: tenía opiniones formadas sobre el tema, o más memorias que opiniones. Por historia familiar no fui pasto de la desinformación de la Dictadura, que no nos dejó lugar al "yo no sabía" ni de la cerrazón revolucionaria de las organizaciones guerrilleras. Sí descubrí que la historia extraoficial del peronismo perseguido se había colado en mis datos y había interpuesto un velo mítico (para nada místico) del que, agradecido, me deshice pronto.
Son todas lecturas muy tristes, angustiantes. El sino trágico de este país es casi nunca haber podido resolver sus antinomias por la vía del convencimiento o la negociación. La entropía política argentina dice que "todo gobierno, dado el tiempo necesario, mete la pata tantas veces como sea necesario hasta volverse absolutamente insostenible".
El Sun Tzu gaucho dice que no hay que arriesgar el apero en la montonera. Podemos gritarnos de lejos y hasta amagar un par de lanceadas, pero nada de ir a suerte y verdad. Eso es para los corajudos, los inconscientes o los que sobornaron al árbitro. Supongo que por eso nos gusta tanto el fútbol y somos tan fanáticos, pues es una batalla incruenta de la que sanamos rápido, a mitad de semana. La actitud lavallista de no pelear contra Rosas se explica así: mostrar una fuerza opositora en las afueras de Buenos Aires y esperar la rebelión sin arriesgar. Total, doce años después algunos traidores veleidosos se juntarán con los brasileños y arriesgarán la cabeza en Caseros, matarán cobardemente a un patriota y harán huir a un viejo sesentón. Y todos héroes. La historia la escriben los que ganan, claro.
No hace falta que diga qué pasa ahora. Yo sigo estando donde estuve siempre, admirando a Chilavert.

08 enero 2010

Ya te digo: un mal año.

Tengo numerosas razones para sospechar que el 2010 es un mal año. Dichas razones, totalmente predecibles, oscurecen los augurios más optimistas y eso sin sumarle lo malo que va a pasar y que no puedo prever.
Bien, por fin, acá va una lista:
  • Van diez años desde el 2000 y los autos seguirán sin volar. La industria automotriz está en babia ¿qué esperan?
  • Obama, siendo un progresista tibio atrapado en la telaraña de la derecha, tampoco será un Kennedy negro durante el 2010 (y creo que nunca).
  • Morirán más o menos la misma cantidad de personas que en el 2009 por causas evitables, sobre todo niños, independientemente de quién gobierne y dónde. Si hay más guerras, todavía más.
  • La Bonaerense seguirá campeando a gusto y seguiremos siendo sus rehenes. Scioli alternativamente les dará más poder y luego se quejará de que no le obedecen, descabezará la cúpula para encumbrar otra peor todavía y así hasta que termine su mandato. Si esta es la policía de los progres, esperen a la de Macri.
  • Elementos afines continuarán bregando por la libertad de los torturadores, anche también su inocencia.
  • Elementos afines continuarán afirmando que los K. son progres y ellos harán todo lo posible por desmentirlos.
  • Cumpliré otro año, uno menos en mi velada carrera hacia la tumba.
  • La industria del entretenimiento en general seguirá basando sus éxitos en figuras como Fort, Zulma Lobato y las diferentes peleas entre ellos y otros "artistas" similares.
  • Están amenazando con darle un Nobel a Sábato, suficiente para que varios escritores de valía piensen en suicidarse y consolar a Borges.
  • Se morirá gente buena mientras la mala parecerá vivir para siempre.
  • Los sectores de poder intentarán agrandar su cuota del mismo. Algunos lo conseguirán, otros menos, pero en definitiva estaremos perdidos igual.
  • La economía seguirá más o menos como ahora, más de lo peor y menos de lo mejor.
  • Macri inventará otras diez maneras de que se le vean los pelos debajo de la blanca camisa.
  • Carrió encontrará otro conflicto por el que dirá "ahora vienen por...".
  • Yo no escribiré mi primer novela, ni publicaré mi primer cuento.
  • Los malos seguirán haciendo sus maldades sin demasiada objeción por parte de los buenos, que a esta altura son ciegos o cómplices y cada vez menos buenos. Incluso yo.
  • Lo peor de todo, solitario y sufrido lector, este blog seguirá siendo la misma cosa sosa y complicada de leer, peor todavía porque encontraré nuevas formas de decir lo mismo sin demasiada originalidad. Paciencia.

23 diciembre 2009

Dicotomías complementarias, yuxtapuestas o encontradas/I

Mi viejo era un tipo que no se bancaba la soledad. Tampoco la excesiva exposición de su yo interior, sobre todo en grupos de personas más grandes a dos. Si un domingo la familia se reunía alrededor de la pasta asciutta y luego el almuerzo amenazaba con atardecerse, la siesta dominguera cortaba el efecto del vinazi que le soltaba la lengua más de lo prudente.
Por las tardes en las que no había strascinati y la siesta era más breve (un sábado), buscaba desesperadamente qué hacer solo en su cuartucho del fondo. Había entonces que cebarle mate amargo con jugo de limón exprimido in situ, cinco o seis, con el agua sin hervir por tanda y no muy seguidos. O ir a ver, cada tanto, qué hacía y preguntarle un par de boludeces. Si todo el mundo rajaba de casa (yo rajaba casi siempre) se quedaba solo y bastante triste. Al anochecer, cuando volvía mi vieja, lo encontraba con la casa a oscuras, bastante alunado, parco y seco, resentido. Vaya a saber qué demonios se le presentaban en esa soledad. Sin embargo, en muchas oportunidades debió vivir lejos de nosotros, casi siempre por trabajo o por protegernos de las persecuciones de la Dictadura. Supongo que en esos casos la soledad era un precio a pagar, en el otro una huida voluntaria y cobarde de su familia, cuestión que se ve que lo deprimía.
En el trato era parco y seco con los desconocidos, pero cálido y simpático con la gente que conocía después de un rato y, dicen las malas lenguas, era capaz de hacer hablar a las piedras. Estuvo en contacto con gente poderosa a la que nunca acudió por un favor y que lo tenían -supongo que por eso- dentro de su círculo de absoluta confianza. En política, su pasión, era un low profile total, jamás se subió a un escenario por propia voluntad: cierto gobernador -bastante pueril el hombre, pero divertido- aprovechaba su terror escénico para invitarlo a hablar en los actos que se hacían en los poblados perdidos del interior de la provincia, haciéndole pagar caro los discursos que mi viejo le escribía con otros dos lenguaraces.
Era un tipo de uno-a-uno, un gregario de tiempo reducido, un solitario acompañado. De los que prefieren abrazar antes de decir una palabra de afecto, si tienen que decirla. Detestaba a los médicos o estar enfermo. Cocinaba como los dioses, con paciencia de enano, y nada lo llenaba más de satisfacción que preparar sus recetas escogidas (pollo a la cazadora, fideos caseros con pulpetas, entre muchas otras) para muchas personas, cientos si hubiese sido posible. Asador consumado, era capaz de asar una cima rellena durante seis horas mientras hacía un lechón de ochenta kilos durante diez. Aderezaba tan bien sus historias como sus comidas: aún hoy nos resulta difícil saber qué era verdad y qué creatividad propia. Tuvo su berretín musical, la trompeta, pero dejó de joven.
Le reproché durante muchos años no haber podido salirse del patrón de su familia paterna, siendo sobre todo él mismo la principal víctima de esa crianza cerrada, tan italiana, tan descarnada, brutal y posesiva. Por eso discutimos mucho, buscaba en mí la revancha a las veces que tuvo que callarse delante de su padre, del que una vez muerto ya casi nunca más pudo hablar sin emocionarse y -vaya a saber si por eso- del que hablaba muy poco.
Era un melancólico consumado: hasta un momento de felicidad le provocaba una tristeza que se le intuía en los silencios posteriores, vaya a saber si echando de menos otra alegría o recordando algún episodio triste condenadamente atado al actual por su memoria de elefante.
No te asustes, baby, si me ves triste. Son los genes.


I'm causing a mild sensation
With this new occupation
I'm in the news
I'm just getting used to my new exposure
So come into my enclosure
And meet my melancholy blues


12 diciembre 2009

No me vengan a cambiar la ficha.

La estupidez está infravalorada en ciertos ámbitos. Estúpido, inepto, gil, imbécil (pronúnciese imcil, diría Gé) y cientos de otros calificativos más o menos sinónimos son los insultos más ofensivos que se pueden decir conservando cierta dignidad al proferirlos; las puteadas, ya fue demostrado, salvo cuando son dichas con gracia y salero, hablan más del insultador que del insultado. Un "¡tarado!" deja al ensambenitado con una sensación ambigua: le colgaron el mote, hay que reconocerlo, pero podría haber sido peor -por ejemplo, si le acabás de volcar el café en la ropa a tu jefe.
De ahí se deriva un corolario (entre muchos) muy utilizado en la función pública: es mejor pasar por estúpido que por corrupto, sobre todo si el horno no está para bollos. Un funcionario que deja pasar, que hace la vista gorda, es el perfecto candidato para zafar con este ardid. En caso de apremios, si se muestra farfullante cuando la prensa ("la opinión pública") le pide explicaciones, se encoge de hombros, da una excusa pueril que podría refutar hasta un infante de cuatro años que apenas conoce 200 palabras, listo; el periodismo, víctima de su sempiterna vagancia -ya volveremos sobre esto- muerde el cebo y zafa. Quizá al dicho funcionario le cueste el puesto, pero ¿quién se quiere jubilar?, mejor ser un estúpido desempleado libre que preso.
Y en el párrafo anterior, a los más avezados no se les escapó seguro eso de "sempiterna vagancia", otra vez lo mismo. No es vagancia, no. Es algo más profundo, dañino e inconfesable. Con los "estúpidos" la prensa suele jugar un juego de complicidad, en el que comparten algunos frutos y toda la gloria, buena o mala (pero menos de la última, porque si no no se explicarían las longevidades de ciertas carreras periodísticas, muchas veces sobrevivientes por décadas a antiguos socios "estúpidos"): cualquier aprendiz sabe que una "operación de prensa" fallida ayer mismo se cubre con los diarios de hoy (que traen en primera plana un nuevo operativo) y que el pase a "tarambana" del infeliz que dio la cara cuando "se decía" tal o cual cosa es bastante benévola. Chequear lo que dice una fuente tanto en calidad como en intención es imprescindible para no ser el equivalente a un funcionario público corrupto.
Todo el tema de la familia que murió trágicamente de unas de las causas más frecuentes de muerte violenta en la Argentina distaba mucho de ser un problema policial, pero se convirtió en tal cuando los responsables de la búsqueda descartaron la posibilidad de encontrar el vehículo cuando a los pocos días nadie reportó un accidente.
La ausencia de dicho reporte dio por seguro el robo del vehículo, con desguace casi inmediato. Algún "loquito" había ido más allá de la "repentización" del asesinato en ocasión de robo y se había "pasado de rosca" para conseguir la increíblemente bien cotizada Fiat Weekend. Quien encontrara los cuerpos no lo iba a hacer en una ruta, eso seguro. Y quien los encontrara, también, corría el riesgo de que la sensibilidad provocada por las hijas del matrimonio destapara todo el circo. Encima, que aparecieran los cuerpos en determinado lugar no quería decir nada. Podrían haber sido asaltados a cientos de kilómetros y convenientemente sepultados en un paraje apartado y lejos de responsabilidades amigas.
¿Qué premio iba a conseguir el afortunado que hallara en su jurisdicción a la familia oportunamente sepultada? Una prueba irrefutable de que el robo de vehículos se estaba desmadrando y que, decisión política mediante, se podía acabar el negocio. El divergir el foco del asunto rindió sus frutos y por veintidós días la cosa iba bien, hasta que la ingenuidad hizo su aparición: los Pomar habían muerto de lo que deberían haber muerto y, sobre todo, aparecían cual "Carta robada" a la vista de cualquier salame que mirara como buscando y no esquivando: un montecito en el medio de la nada.
No se dejen engañar, no hay inepsia. Tal vez la fiscal, a quién por vicio y deformación profesional -es abogada- no se le ocurrió acompañar a los policías mientras buscaban -para eso tiene unos cuantos recursos, generalmente ocupados en redactarle los escritos- y verificar que los "efectivos" realmente buscaban lo que debían dónde debían, sea algo inepta para manejar casos de este tipo. Pero es muy humano lo suyo, nadie nace sabiendo. La próxima vez tendrá más cuidado, supongo, al leer los partes que le mandan con los resultados de las pesquisas.
Por supuesto, también en todo esto hay estúpidos; por lo menos tomados por tales.
Nosotros.

14 noviembre 2009

No es una nota deportiva, eh.

Ésta es la época de oro de Maradona. Ni siquiera durante la década del ochenta, en donde el Diez brillaba en las canchas y en las fiestas napolitanas, se vive un clima maradoniano como el de estos días.
No, no hablo de las declaraciones del DT de Argentina de hace poco, hablo de otra cosa. Hablo del "maradonismo", la seguridad que los responsables de cierta cuestión tienen de que no importa que cagada se manden, ahí está el Diego para salvarlos.
Empezó, claro, con Bilardo, que se daba el lujo de creerse el mejor DT del mundo pretendiendo ignorar que era Maradona y no él quien ganaba los partidos, a pesar de sus desaguisados. Siete defensores contando al arquero, y algunos más que la devolvieran redonda alcanzaba. Gracias a eso, terminamos creyendo que Brown, Cucciuffo y Batista eran buenos y Passarella caca nene. Y obvio, ganando para Bilardo el privilegio de otra de tantas falsas dicotomías: Bilardo vs. Menotti.
Ahora, en el crepúsculo de su reinado, Grondona hace lo mismo. No importa nada de lo que pasó hasta ahora, que hayan cambiado doscientas veces de sistema de técnicos de la selección: bajo perfil (Pekerman), científico loco (Bielsa), alto perfil (Passarella), laissez faire (Basile), etc., el Viejo siempre supo que al final, cuando nadie se hiciera cargo, Maradona iba a estar ahí, listo para ponerse el buzo y sacarlo del desastre de no poder culpar a ningún otro de lo mal que le va al fútbol argentino.
El maradonismo existe, por supuesto, en otros ámbitos, pero ya no es el propio Maradona el salvador, sino alguna circunstancia extraordinaria que funciona como red de salvataje: los commodities, el cambio alto -o bajo- y/o algún ministro de ojos azules y calva cabeza.

Acá iban largos ejemplos de actualidad política, pero eran tan malos que los dejo para usted, esforzado lector.

Maradonee un poco.