Mostrando las entradas con la etiqueta Sueños. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Sueños. Mostrar todas las entradas
29 junio 2012
Luces peligrosas.
Me ilusiono cuando alguien me tiene que dejar por algo mejor. No es que me sienta poca cosa o que mi estándares sean pequeños; todo lo contrario. Entonces, siempre supongo que es algo tan bueno, superior, superlativo, que hasta siento admiración por quien tiene la oportunidad de trascenderme. Coartarle el acceso a sus sueños sería el más mezquino acto del mal llamado amor, que no es más que egoísmo y desprecio por el otro.
Sin embargo, aprendí que a veces es una mera excusa para ocultar un descenso a los infiernos. Se abandonan a sus flaquezas en una derrota que venden por victoria augusta. Es difícil verlos, me pasó con ex parejas, amigos, familiares, compañeros de trabajo, conocidos. Me pasó a mí, tantas veces.
A veces es mala suerte (si la suerte existiera), también.
El premio, como toda consecuencia de nuestros actos, es también castigo; y no faltan velas para las mariposas de la noche.
Siempre, el peor y más habitual de los enemigos es uno mismo.
06 abril 2010
Las fotos no se cansan.
Anoche soñé que escribía una historia bastante complicada pero lo importante no era la historia en sí, hablando de la trama, sino más bien del tono con que estaba contada y cómo en realidad soñaba las imágenes y las sensaciones que me provocaban su lectura, que fueron con las que desperté luego, como suele ocurrir cuando te despertás de un sueño vívido, contento o triste; en este caso contento porque si bien la historia era muy triste, estaba bien contada y a mí me importa más escribir una historia que logre vivir a quedarme en si es triste o alegre; así que me desperté contento, a pesar de que soñaba que un tipo gris se suicidaba; un tipo mayor, casi sesentón, pelo bastante largo peinado a la gomina, bastos anteojos oscuros, vestido como se visten ciertas personas cuando llegan a cierta edad: pantalón pinzado arriba de la cadera, camisa de mangas cortas con dos bolsillos, prendida hasta el cuello, todo él tonos apagados, un estereotipo bastante poco imaginativo del tío solterón o viudo que convive en la habitación del fondo con una familia algo lejana que suspira discreta por sus manías y avatares, como escuchar radio todo el día o empezar el diario siempre por los obituarios, pero tratándolo con un afecto respetuoso que es devuelto diligentemente como un tributo ineludible, como un alquiler, hijo del pudor por esa soledad que lo amenaza fuera de la casa, plenamente consciente de su estado de rezago de una vida que ya no existe pero porfiado en ésta que sí, igual que las fotografías que lo acompañan y que, sabiendo que representan también una vida que ya no existe, están ahí, un poco decoloradas pero diciendo este es el mismo hombre, muy joven, sonriendo en Villa del Dique con una sombra larga a sus pies que deja adivinar al fotógrafo, en este caso a la fotógrafa, sacándole ese mismo retrato "para la posteridad" como dijo la sombra cuando lo convenció de posar con las achiras y el Embalse de fondo, tan lejos y hace tanto tiempo que ya no retiene de esos años más que la frase de Mabel, la fotógrafa, y la foto misma, imposible separar una cosa de la otra: Mabel tapándose la cara con la Kodak y diciendo lo de la posteridad con una sonrisa y esa foto que tiene en la mano que mira, porfiada según lo dicho, lo que una pequeña mujer rubia miraba hace tantísimos años en una localidad de Córdoba sobre la ruta 51 en el momento en que intentaba evitar que él, un hombre que ya se adivinaba gris, pensara en una futura supervivencia en el cuartito del fondo mirando fotografías optimistas, escuchando la radio y leyendo obituarios; con tal que un día él no creyera que llegaba a una posteridad pero desasosegada, ausente en el espíritu de la foto, porque Mabel había mencionado la posteridad como quien habla de una eternidad en bronce y no una sólo relevante a los gusanos y porque la posible ausencia de ella, de Mabel, que ya se gestaba en aquel viaje al Valle de Calamuchita, no significara otra cosa que un mal momento en una vida llena de éxitos y digna de una posteridad de bronce pero sin ella, sin Mabel, esa pequeña fotógrafa que aparecería un día futuro en la página de obituarios que leía obsesivamente el hombre, como era su costumbre, con un lacónico Mabel S., Q.E.P.D., sus sobrinos participan su deceso, el mismo día que decidió dejarle a los gusanos sus anhelos de posteridad.
14 julio 2009
Una media buena noticia.
El blog anda algo alicaído desde hace meses, debí hacer algo para levantarlo, pensé. Las visitas siguen en una especie de meseta desde hace un par de años (es verdad que son cada vez más, pero la tendencia no le da vértigo ni a una abuelita con tembleque) y el asunto no da para más, me reconocí a mí mismo, en voz bien alta. Tengo que entrar en la web 2.0, me dije también, pero como un player importante, basta de remarla en redes sociales con las mismas armas que miles de otros bloggers. Hay que hacer una inversión, volví a decirme. Para un poco, loquito, que vos sos más seco que un bife, me retruqué acalorado.
En el bar donde me encontraba todos empezaron a codearse y las carcajadas amenazaron con tapar los gritos de un conductor carilindo que desde la TV le ponía onda a un magazine de cable. Me senté de espaldas, enfurruñado y saqué la billetera: no había para refutarme ni un billete violeta. Habrá que romper el chanchito, me dije bajito, mirando a los costados.
Enflaquecí todavía más la billetera pagándole al mozo, que se secó las lágrimas con los puños cuando se acercaba, haciendo fuerza para quedarse serio. Le ví la intención de preguntarme si iba a pagar la ronda de mi compañero, por lo que me paré y salí antes de darle chance.
En la seguridad de mi casa, con una planilla de cálculo de por medio y mucha fe hice una proyección de posibles gastos, puntos de oportunidad y hasta consegui cotizar unas cuantas posibilidades de manera más o menos seria.
Con mis habilidades de informático diseñé un widget -que quedó casi listo- para adosar al blog y proponerles a mis lectores un sorteo jugoso a cambio de una membresía a los contenidos del blog -que me prometí mejorar, así tenga que robar. La lista de posibles premios para el sorteo fue:
- Un fin de semana para dos en algún hotel semifamoso por su utilidad para "escapadas de trampa" y cuyas iniciales son HJ.
- Para ell@s, un voucher para el uso discrecional de una señorita de moral laxa y costumbres venéreas accesibles, de dudosa fama en la televisión, durante unas horas en algún establecimiento ad hoc en la zona de Panamericana
- Para ell@s, una chequera con entradas para llevar a varias amig@s (uno nunca va solo a esos lugares, es un hecho) a un conocido antro donde unos señores de musculatura hiperdesarrollada y ropas convenientemente desechables exacerban las hormonas (y otras cosas) de l@s visitantes.
- Una orden de compra de por vida en una conocida cadena de librerías por valor de 4000 pesos.
- Una Wii.
- Una PS3.
- Una PS2.
- Una guitarra eléctrica usada, en excelentes condiciones, más un amplificador casi de estreno, ambos de primeras marcas.
- La colección completa original de "Star Trek", en HD; incluídos los capitulos originales, Next Generation, Andrómeda y Deep Space 9.
- La colección completa original de "El Señor de los Anilos", en HD, con los libros de Minotauro y pósters de las pelis originales.
- La colección completa original de "Harry Potter", en HD, con los libros de Salamandra y pósters de las pelis originales.
- Una comida opípara para cuatro en un pituco tenedor libre de la Avenida Las Heras.
- Un set de planchita para el pelo.
- La colección completa original de "Star Wars", en HD, con una máscara de Cheewacca usada (y que tiene olor a pelo de perro mojado de verdad) autografiada por Lucas.
Luego de meditarlo largamente -unos tres segundos- decidi que un sorteo era muy injusto, a fuer de que nunca se sabe si los premios serán disfrutados convenientemente, así que me dije -con algo de aprensión, verificando que nadie me escuchaba- ¡Una fiesta!.
Eso, una fiesta. Una reunión como la que hacen los podentaristas, los taringueros, los roleros, los floggers del Abast... no, pará, pará -me reproché -la pavada tampoco.
Pensé en invitar a la trol... a la señorita a achicar sus pretensiones a cambio de un strip-tease, que los musculosos le pusieran un poco de onda al bailongo y que quien suscribe en algún momento de la noche les tocara canciones mientras hacíamos karaoke todos borrachos. Música, drinks, luces de colores y la noche, Teté.
Lástima lo de la Gripe A, gente. Suspendido indefinidamente.
13 junio 2008
El precio del metro cuadrado
¿Cuánta gente, en este mundo lleno de cosas importantes y urgentes, esconde sus sueños, placeres y ambiciones en esa parcelita interior de un metro cuadrado que sobrevive a todo pero que es inexpugnable para los demás? Supongo que mucha y diversa.
Los habrá que compraron objetivos ajenos junto con cariño y compañía, los que sufrieron el recorte de las alas junto con un diploma y otros que, simplemente, se cansaron de buscar el final del arco iris, perdieron el recuerdo del olor a lluvia, olvidaron qué sentían al percibir esa tibieza vecina en la fría madrugada, desistieron del orgullo de ser lo que nadie espera o muchas otras cosas, tantas como sueños y seres humanos haya.
Entre las demandas del vivir, las urgencias de lo indiferible, las exigencias de los compromisos, ese metro cuadrado cumple una misión importante: mantenernos vivos. Nos guía el anhelo de que una vez acalladas las demandas, satisfechas las urgencias, cumplidos los compromisos, seremos capaces de ir hasta allí a buscar a ese niño que quería ser astrónomo, músico, escritor, labrador y/o bombero. Quizá descubramos, con pavor, que el niño está demasiado crecido, trabaje en una cabina de cobro de peaje o que, simplemente, haya muerto de aburrimiento mientras esperaba.
Suelen esgrimirse muchas razones, pero somos nosotros quienes nos hemos sentido incómodos exponiendo esas cuestiones ante los demás y nos empujamos al ropero interior por vergüenza. Cumplimos con el mandato de madurar al costo de simplificarnos para los demás.
Aprendí hace poco a dejar de ser el carcelero de mi mismo. Y quien intente tomar su lugar estará en mi lista, señor.
Los habrá que compraron objetivos ajenos junto con cariño y compañía, los que sufrieron el recorte de las alas junto con un diploma y otros que, simplemente, se cansaron de buscar el final del arco iris, perdieron el recuerdo del olor a lluvia, olvidaron qué sentían al percibir esa tibieza vecina en la fría madrugada, desistieron del orgullo de ser lo que nadie espera o muchas otras cosas, tantas como sueños y seres humanos haya.
Entre las demandas del vivir, las urgencias de lo indiferible, las exigencias de los compromisos, ese metro cuadrado cumple una misión importante: mantenernos vivos. Nos guía el anhelo de que una vez acalladas las demandas, satisfechas las urgencias, cumplidos los compromisos, seremos capaces de ir hasta allí a buscar a ese niño que quería ser astrónomo, músico, escritor, labrador y/o bombero. Quizá descubramos, con pavor, que el niño está demasiado crecido, trabaje en una cabina de cobro de peaje o que, simplemente, haya muerto de aburrimiento mientras esperaba.
Suelen esgrimirse muchas razones, pero somos nosotros quienes nos hemos sentido incómodos exponiendo esas cuestiones ante los demás y nos empujamos al ropero interior por vergüenza. Cumplimos con el mandato de madurar al costo de simplificarnos para los demás.
Aprendí hace poco a dejar de ser el carcelero de mi mismo. Y quien intente tomar su lugar estará en mi lista, señor.
28 mayo 2008
Conformismo inconformista
La historia particular que cualquier persona acepta como propia está construida a medias en un compromiso entre la veracidad de sus éxitos y el olvido de los fracasos.
En lo personal, a medida que pasaron los años mi récord personal se volvió una nube borrosa de cosas que me hubiera gustado ser y no soy: navegante, corredor de autos, piloto, astrónomo, músico y escritor como más significantes. También hay un bombero en la lista, un dibujante, un periodista y un mecánico. Me interesaron durante algún tiempo pero, por alguna causa justificable o no, quedaron en la lista de "por hacer".
Entonces, puedo hablar de todos esos temas con cierta solvencia, sin realmente tener mucha experiencia o autoridad práctica: jamás navegué a vela, nunca corrí una carrera en un circuito profesional, nunca volé un avión, jamás me senté a contemplar el frío firmamento detrás de un telescopio de verdad, como músico soy un buen escritor y como escritor soy buen músico. Fui por muy poco tiempo bombero, mis dibujos merecen las llamas, mis intentos periodísticos jamás vieron la luz y como mecánico soy un recurso desesperado.
Uno nunca quiere renegar de ninguna de esas aspiraciones pero llega el día que sabe que debe aspirar a lo que puede y que no siempre hay ocasión de ser Popeye el Marino, Chuck Yeager y Hemingway al mismo tiempo (a veces, ni en la misma década). Peter Pan nos acosa siempre, y no faltará quien me vea fascinado con la vista del cielo de Google Earth, haciéndole un ajuste de bujías al auto o escribiendo en este blog.
¿Por qué pasó esto? En algún lugar del camino opté o tuve que aceptar ser otras cosas que no estaban en carpeta. Algunas fueron buenas, otras no tanto. Sin embargo, mi cabeza sigue pensando en función de aquellas viejas ambiciones, lo confieso. Intento que no provoquen daño a los demás, porque nada hay más dañino que alguien que se queda a mitad de camino.
Me pasa seguido con la música: me invitan a participar en una banda y la mitad de los comprometidos están en algo que los demora: familia, trabajo, amigos, un partido de fútbol o boludeces varias. A veces, yo mismo termino en esa historia, como me pasa con La María Cé, que convocó para T.E.Lit.A hace bastante y no termino el relato para poder cumplir con ella.
Peor aún están los que quieren vivir todas las vidas pero, conscientes del esfuerzo y los sacrificios que implica ir hasta el final de un sueño, saben de antemano que van a renunciar en cuanto se ponga complicada las cosa. Mientras tanto, juegan al camino de los sueños pero siempre vuelven al carapacho seguro si hay tormenta. Intentaron ser pilotos de pruebas muchas veces, pero en cuanto les dijeron para qué sirve el paracaídas prefieren el Microsoft Flying Simulator.
El riesgo de hacer peligrar el compromiso al que llegamos con nuestra historia, el miedo a arriesgar los beneficios obtenidos, la mera panchez de no esforzarse demasiado (porque a veces, no hacemos lo que anhelamos por simple paja), o ese horror vacui que da el cumplir metas, lo que sea. Siempre hay una buena razón cuando se es apóstata regular.
Hay profesionales del abandono: los que dicen gustar de los alfajores pero sólo se comen el dulce de leche y dejan las tapitas, los que van a la cancha sólo cuando el equipo está por salir campeón o los que cuando se les pone incómoda la complejidad del otro se vuelven frívolos de repente. Hay muchos tipos distintos de gente hábil para bajarse del caballo y también hay niveles varios de profundidad en las situaciones de las que la gente que quiere durazno pero no se banca la pelusa resuelve desafiliarse.
Podría enumerar quince mil ejemplos, pero tengo que ir a "volar" con el MFS II.
En lo personal, a medida que pasaron los años mi récord personal se volvió una nube borrosa de cosas que me hubiera gustado ser y no soy: navegante, corredor de autos, piloto, astrónomo, músico y escritor como más significantes. También hay un bombero en la lista, un dibujante, un periodista y un mecánico. Me interesaron durante algún tiempo pero, por alguna causa justificable o no, quedaron en la lista de "por hacer".
Entonces, puedo hablar de todos esos temas con cierta solvencia, sin realmente tener mucha experiencia o autoridad práctica: jamás navegué a vela, nunca corrí una carrera en un circuito profesional, nunca volé un avión, jamás me senté a contemplar el frío firmamento detrás de un telescopio de verdad, como músico soy un buen escritor y como escritor soy buen músico. Fui por muy poco tiempo bombero, mis dibujos merecen las llamas, mis intentos periodísticos jamás vieron la luz y como mecánico soy un recurso desesperado.
Uno nunca quiere renegar de ninguna de esas aspiraciones pero llega el día que sabe que debe aspirar a lo que puede y que no siempre hay ocasión de ser Popeye el Marino, Chuck Yeager y Hemingway al mismo tiempo (a veces, ni en la misma década). Peter Pan nos acosa siempre, y no faltará quien me vea fascinado con la vista del cielo de Google Earth, haciéndole un ajuste de bujías al auto o escribiendo en este blog.
¿Por qué pasó esto? En algún lugar del camino opté o tuve que aceptar ser otras cosas que no estaban en carpeta. Algunas fueron buenas, otras no tanto. Sin embargo, mi cabeza sigue pensando en función de aquellas viejas ambiciones, lo confieso. Intento que no provoquen daño a los demás, porque nada hay más dañino que alguien que se queda a mitad de camino.
Me pasa seguido con la música: me invitan a participar en una banda y la mitad de los comprometidos están en algo que los demora: familia, trabajo, amigos, un partido de fútbol o boludeces varias. A veces, yo mismo termino en esa historia, como me pasa con La María Cé, que convocó para T.E.Lit.A hace bastante y no termino el relato para poder cumplir con ella.
Peor aún están los que quieren vivir todas las vidas pero, conscientes del esfuerzo y los sacrificios que implica ir hasta el final de un sueño, saben de antemano que van a renunciar en cuanto se ponga complicada las cosa. Mientras tanto, juegan al camino de los sueños pero siempre vuelven al carapacho seguro si hay tormenta. Intentaron ser pilotos de pruebas muchas veces, pero en cuanto les dijeron para qué sirve el paracaídas prefieren el Microsoft Flying Simulator.
El riesgo de hacer peligrar el compromiso al que llegamos con nuestra historia, el miedo a arriesgar los beneficios obtenidos, la mera panchez de no esforzarse demasiado (porque a veces, no hacemos lo que anhelamos por simple paja), o ese horror vacui que da el cumplir metas, lo que sea. Siempre hay una buena razón cuando se es apóstata regular.
Hay profesionales del abandono: los que dicen gustar de los alfajores pero sólo se comen el dulce de leche y dejan las tapitas, los que van a la cancha sólo cuando el equipo está por salir campeón o los que cuando se les pone incómoda la complejidad del otro se vuelven frívolos de repente. Hay muchos tipos distintos de gente hábil para bajarse del caballo y también hay niveles varios de profundidad en las situaciones de las que la gente que quiere durazno pero no se banca la pelusa resuelve desafiliarse.
Podría enumerar quince mil ejemplos, pero tengo que ir a "volar" con el MFS II.
12 mayo 2008
Ojito conmigo que te sueño
Anoche fuimos a comer con amigos a "Los Sabios", restaurante vegetariano diente libre. Otra vez comimos como refugiados laosianos. No, el señor de los platos dobles no estaba.
Bueno, la cosa es que intentar dormir después de comilonas semejantes hace que los sueños se tornen interesantes: soñé que escribía un cuento sobre mi madre, a quien descubría como asesina serial. Lo más subrayable -una obviedad- era mi asombro ante la falta total de antecedentes: mi madre será verdaderamente hija de un vienés, pero no es el monstruo del sótano. Me quedé pensando en las personas que pasaron por estas situaciones a lo largo de la historia, conviviendo en paz y armonía con truculentos criminales para despertar un día en la dimensión del terror.
Si bien hay familias que viven tiempos interesantes por algunos de sus miembros y asimilan los golpes y se abroquelan en defensa del eventual perjuro (habrá familias que reaccionen con reluctancia, también lo sé, pero son las menos), una infracción de tránsito, una estafita con créditos a pensionados o una consuetudinaria evasión de impuestos tiene cualquiera. Una agachada podemos perdonarla con algo de buena voluntad. El tío negrero que encerraba bolivianos en una casa de Flores, al final, hace lindos regalos en navidad.
La familia de Chikatilo no supo la verdad acerca de su diabólico padre hasta que no fue capturado por la policía. Es notable, porque existían varios antecedentes que no podrían haber pasado desapercibidos para la familia, especialmente para la esposa del "Vampiro" o "Carnicero de Rostov". Sin embargo, la neurosis familiar fue tan fuerte que siempre prefirieron ignorar todos las señales. Se cuenta que cuando le informaron de las características sexuales de sus asesinatos, la mujer se mofó de los policías, diciendo que su esposo era impotente.
Por otro lado, cuando la sociedad se encuentra con estos especímenes intenta diagnosticar fehacientemente si estaban cuerdos o totalmente locos a la hora de cometer sus horrendos crímenes. La opinión pública siempre tiene prejuicios a la hora de definir estos personajes: en Argentina todavía están impunes los crímenes del "loco de la ruta". Sin embargo, un diagnóstico de locura suele ser la salvación de penas drásticas como la horca, el fusilamiento o la cámara de gas y es el cliché de los abogados defensores de asesinos seriales en los países en los que hay pena de muerte.
Bueno, la cosa es que intentar dormir después de comilonas semejantes hace que los sueños se tornen interesantes: soñé que escribía un cuento sobre mi madre, a quien descubría como asesina serial. Lo más subrayable -una obviedad- era mi asombro ante la falta total de antecedentes: mi madre será verdaderamente hija de un vienés, pero no es el monstruo del sótano. Me quedé pensando en las personas que pasaron por estas situaciones a lo largo de la historia, conviviendo en paz y armonía con truculentos criminales para despertar un día en la dimensión del terror.
Si bien hay familias que viven tiempos interesantes por algunos de sus miembros y asimilan los golpes y se abroquelan en defensa del eventual perjuro (habrá familias que reaccionen con reluctancia, también lo sé, pero son las menos), una infracción de tránsito, una estafita con créditos a pensionados o una consuetudinaria evasión de impuestos tiene cualquiera. Una agachada podemos perdonarla con algo de buena voluntad. El tío negrero que encerraba bolivianos en una casa de Flores, al final, hace lindos regalos en navidad.
La familia de Chikatilo no supo la verdad acerca de su diabólico padre hasta que no fue capturado por la policía. Es notable, porque existían varios antecedentes que no podrían haber pasado desapercibidos para la familia, especialmente para la esposa del "Vampiro" o "Carnicero de Rostov". Sin embargo, la neurosis familiar fue tan fuerte que siempre prefirieron ignorar todos las señales. Se cuenta que cuando le informaron de las características sexuales de sus asesinatos, la mujer se mofó de los policías, diciendo que su esposo era impotente.
Por otro lado, cuando la sociedad se encuentra con estos especímenes intenta diagnosticar fehacientemente si estaban cuerdos o totalmente locos a la hora de cometer sus horrendos crímenes. La opinión pública siempre tiene prejuicios a la hora de definir estos personajes: en Argentina todavía están impunes los crímenes del "loco de la ruta". Sin embargo, un diagnóstico de locura suele ser la salvación de penas drásticas como la horca, el fusilamiento o la cámara de gas y es el cliché de los abogados defensores de asesinos seriales en los países en los que hay pena de muerte.
Para terminar, una entrada de los "Cuadernos norteamericanos" de Nathaniel Hawthorne me dejó la cabeza hirviendo y el corazón palpitante el sábado:
"Sentarse a las puertas del Paraíso a observar
a quienes allí se presentan y son admitidos o no".
03 abril 2008
Umbral
Generalmente leo en la cama. Me cuesta leer sentado; no por incomodidad física, sino por una falta de costumbre que termina intimando a mis huesos a yacer horizontales. Es una especie de reflejo pavloviano. Podría pasar seis horas así, con el libro en alto, si no fuera porque existe un mundo que reclama mi atención y mi propia conciencia que me remuerde por no hacer algo (más) útil y/o constructivo. Lamentablemente, todavía no me pude sacar de encima la sensación de que pierdo el tiempo cuando leo, inculcada por una familia poco proclive a leer salvo los domingos o días de vagancia legal. Hago un grato esfuerzo por ignorar el sentimiento pero no alcanza para leer horas y horas a mis anchas. Ojalá me pagaran por leer, así conjuro de una vez por todas el conflicto.
Entonces, uno de mis horarios más comunes para leer, toda mi vida y desde la infancia, es a la hora de dormir. Mi lado de la cama está lleno de libros. Cada tanto llevo a la biblioteca los que ya terminé y selecciono los nuevos (¡qué bien me siento cuando llego a ese punto, seleccionando qué leeré a continuación!).
En esos horarios, sobre todo si tuve un día movido y ya es tarde, suelo llegar a un punto en el que el libro se disuelve dentro del sueño y dispara una catarata de puro flash onírico. Las palabras se vuelven líquidas y la mente absorbe como papel secante. Los significados se evaporan, o más bien pierden su carácter transitivo -unívoco con lo que nombran- y calzan en los huecos de la conciencia, en un orden que poco tiene de caótico y mucho del iceberg de Hemingway, cerrando la brecha entre el relato y mi propia vida. El opaco mar de la conciencia se vuelve diáfano aire, y el enorme témpano se me revela gigante, volando entre las espesas nubes del inconsciente, liviano como un castillo en el cielo.
Entonces, uno de mis horarios más comunes para leer, toda mi vida y desde la infancia, es a la hora de dormir. Mi lado de la cama está lleno de libros. Cada tanto llevo a la biblioteca los que ya terminé y selecciono los nuevos (¡qué bien me siento cuando llego a ese punto, seleccionando qué leeré a continuación!).
En esos horarios, sobre todo si tuve un día movido y ya es tarde, suelo llegar a un punto en el que el libro se disuelve dentro del sueño y dispara una catarata de puro flash onírico. Las palabras se vuelven líquidas y la mente absorbe como papel secante. Los significados se evaporan, o más bien pierden su carácter transitivo -unívoco con lo que nombran- y calzan en los huecos de la conciencia, en un orden que poco tiene de caótico y mucho del iceberg de Hemingway, cerrando la brecha entre el relato y mi propia vida. El opaco mar de la conciencia se vuelve diáfano aire, y el enorme témpano se me revela gigante, volando entre las espesas nubes del inconsciente, liviano como un castillo en el cielo.
08 febrero 2008
El inconsciente me condena.
Tengo un problemilla con los sueños: puedo, en el ochenta por ciento de los casos, saber si estoy soñando o no. Me es fácil determinar si lo que estoy soñando es enteramente irreal en el mismo momento del sueño, sobre todo en temas como mi viejo (fallecido hace once años), viajar a lugares improbables, tener orgías desenfrenadas, apariciones de personajes dudosos, manejar un auto y terminar en bicicleta, llegar tarde a un lugar al que tengo que llegar sí o sí a horario, descubrirme en bolas en plena calle, tener que volver a la secundaria después de casi veinte años o el perseguir/ser perseguido, sufren de temprana inverosimilitud y me quitan la ilusión onírica. A veces hasta me lo pruebo a mí mismo haciendo algo que no se puede en la vida real (levantar una silla con un dedo) o decidir cambiar de temática si me aburre o me disgusta hacia donde va.
Pero cuando me lo creo, es mil veces peor que cualquier pesadilla popular: anoche soñé que me acusaban de matar a golpes a una persona. La policía me detuvo y en cuanto me leyeron los cargos me dí cuenta de que era totalmente posible. Sin embargo, lo negaba porque estaba seguro de no haber matado a nadie.
Un policía me acompañó a partir de ese momento durante todo el sueño, haciendo las veces de abogado del diablo ante cada justificación mía. "No te acordás, cuando viene la furia no te acordás de nada, por eso negás todo", me decía el cretino (y yo me moría de duda). "No importa lo que digas, hay testigos y están todos de acuerdo", me atosigaba cuando insistía que no tenía recuerdos sobre haber matado a alguien. "Y te recomiendo que no preguntes qué pasó hasta que llegue el juicio; si es verdad que no hiciste nada, corrés el riesgo de adquirir recuerdos falsos porque de acá al momento en que te sienten en el banquillo de los acusados, vas a tener mucho tiempo para darle vuelta a las cosas. Mejor no preguntes quién, cómo ni cuándo, mantenete limpio y en tu historia, la jueza sabrá si decís la verdad o no".
Fue tan real que pasé por las famosas cinco etapas y tuve varias epifanías con respecto a mí mismo. Estaba en absoluta soledad, no hubo un solo conocido en todo el sueño, ni hablar seres queridos.
Me desperté justo antes de la última audiencia, en la que se iba a leer sentencia. Tenía la certeza de que mi inocencia era incapaz de probarse, sobre todo por el vasto registro de mi facilidad para irme a las manos. La angustia me despertó, pero no sé si por el miedo a la cárcel, o a saberme capaz (mejor dicho: aceptar la plausibilidad) de matar a alguien con las manos, en un arrebato de furia.
Prefiero soñar con monstruos.
Pero cuando me lo creo, es mil veces peor que cualquier pesadilla popular: anoche soñé que me acusaban de matar a golpes a una persona. La policía me detuvo y en cuanto me leyeron los cargos me dí cuenta de que era totalmente posible. Sin embargo, lo negaba porque estaba seguro de no haber matado a nadie.
Un policía me acompañó a partir de ese momento durante todo el sueño, haciendo las veces de abogado del diablo ante cada justificación mía. "No te acordás, cuando viene la furia no te acordás de nada, por eso negás todo", me decía el cretino (y yo me moría de duda). "No importa lo que digas, hay testigos y están todos de acuerdo", me atosigaba cuando insistía que no tenía recuerdos sobre haber matado a alguien. "Y te recomiendo que no preguntes qué pasó hasta que llegue el juicio; si es verdad que no hiciste nada, corrés el riesgo de adquirir recuerdos falsos porque de acá al momento en que te sienten en el banquillo de los acusados, vas a tener mucho tiempo para darle vuelta a las cosas. Mejor no preguntes quién, cómo ni cuándo, mantenete limpio y en tu historia, la jueza sabrá si decís la verdad o no".
Fue tan real que pasé por las famosas cinco etapas y tuve varias epifanías con respecto a mí mismo. Estaba en absoluta soledad, no hubo un solo conocido en todo el sueño, ni hablar seres queridos.
Me desperté justo antes de la última audiencia, en la que se iba a leer sentencia. Tenía la certeza de que mi inocencia era incapaz de probarse, sobre todo por el vasto registro de mi facilidad para irme a las manos. La angustia me despertó, pero no sé si por el miedo a la cárcel, o a saberme capaz (mejor dicho: aceptar la plausibilidad) de matar a alguien con las manos, en un arrebato de furia.
Prefiero soñar con monstruos.
03 diciembre 2007
Nueve párrafos para olvidar un amor.
La universidad prometía ser pesada. Había caído allí con alguna demora, y ya estaban bastante avanzados en el año lectivo. Mis compañeras, gentiles, se ofrecieron a repasar las dudas, sobre todo en Matemáticas Especiales. Dos de ellas, notables bellezas, intentaban llevarme por los callejones tortuosos de las ecuaciones como quien conduce a un convaleciente, aunque no se esperaba que guiaran a un torpe ciego: con zozobra comprobé que sólo se proponían repasar conmigo los capítulos XXI y XXII ¡Yo no sabía nada desde el primero! La angustia me alcanzó y casi me impide ver mejor cómo una de las "tutoras" se abría la bragueta del ajustado jean, dejando ver la ropa interior, mientras se encorvaba en su asiento. Desde mi lugar en el círculo en el que nos hallábamos sentados, como en un ensayo de teatro, no podía entender a qué venía mostrar el ombligo de esa manera; comprendí el gesto, el placer que le provocaba arquearse, desentumecer los músculos y tensar las vértebras (tal vez, hasta del gozo de saberse observada), pero no me provocaba placer visual alguno. Podía ser ella, más no yo viéndola a ella.
Luego caminábamos varias personas en grupo por una calle nocturna. La nieve abundante se sentía en los pies y blanqueaba un modesto círculo de refulgencia alrededor de las potentes luces a baja altura que nos encandilaban. Diríase que un estúpido ingeniero había puesto las luces de vapor de sodio a la altura de nuestras cabezas (bastante escasas para peor), obligándonos a andar buenos trechos en la oscuridad total, pateando montañas de nieve y las traicioneras piedras las fundaban.
Salpicaba con desprolijidad la cadena continua de luz-oscuridad las claridades de algunos comercios que, a esa inopinada hora de la madrugada, aún permanecían abiertos al requerimiento de los numerosos paseantes como trenes de pie, humeantes sus alientos, siguiendo raíles oscuros entre blancos prados...
Una de mis acompañantes le recomendó a otra la cura para su depresión post amorosa: en uno de esos negocios María, la de las trenzas, vendía un secreto papel en el que se inscribían nueve párrafos que limpiaban de amables futuros posibles (y pasados modificables) al angustiado lector, permitiendo cerrar para siempre rupturas unilaterales.
No, si mis sueños no tienen nada que envidiarle a las pelìculas de David Lynch.
Luego caminábamos varias personas en grupo por una calle nocturna. La nieve abundante se sentía en los pies y blanqueaba un modesto círculo de refulgencia alrededor de las potentes luces a baja altura que nos encandilaban. Diríase que un estúpido ingeniero había puesto las luces de vapor de sodio a la altura de nuestras cabezas (bastante escasas para peor), obligándonos a andar buenos trechos en la oscuridad total, pateando montañas de nieve y las traicioneras piedras las fundaban.
Salpicaba con desprolijidad la cadena continua de luz-oscuridad las claridades de algunos comercios que, a esa inopinada hora de la madrugada, aún permanecían abiertos al requerimiento de los numerosos paseantes como trenes de pie, humeantes sus alientos, siguiendo raíles oscuros entre blancos prados...
Una de mis acompañantes le recomendó a otra la cura para su depresión post amorosa: en uno de esos negocios María, la de las trenzas, vendía un secreto papel en el que se inscribían nueve párrafos que limpiaban de amables futuros posibles (y pasados modificables) al angustiado lector, permitiendo cerrar para siempre rupturas unilaterales.
No, si mis sueños no tienen nada que envidiarle a las pelìculas de David Lynch.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)