11 mayo 2007

Futuros I

Cuando la ví iba camino -apurado, como siempre- al encuentro de una druida que parecía tener novedades sobre mi futuro inmediato.
Era un payaso triste, patético, ausente entre la gente que se afanaba en el microcentro porteño. El pelo suelto, casi salvaje, canoso y con alguna brizna de hierba. Un abrigo gris claro, entallado y corto, raído y sucio. Los pantalones le daban la gracia definitiva de clown al atuendo, pues eran de corte formal, pero a cuadros bastante grandes. Calzaba unas guillerminas de gamuza totalmente agujereadas en la punta, dejando ver medias de diferente color.
Edad, más de cincuenta (y menos de cien).
La ví, dije. A los lejos, detras del gusano de autos y colectivos que bramaban tragándose las bocacalles, buscando cruzar Avenida Corrientes sin demora, e impidiéndome el paso con porfía.
Quiero aclarar que no había deseo conciente de cambiar de vereda imprudentemente, más allá de mi propia impaciencia por hacer más corto el camino. O eso me dije, haciendo trabajar otra vez mis neurosis, negando la fascinación.
Al final, un viejo camión Bedford abrió un hueco delante suyo y crucé con fingida naturalidad, apurando el paso para no morir estampado en el prolijo cromado de su paragolpes.
Tuve diez metros de caminata para verla de cerca. Confirmé que la clocharde estaba totalmente ida de este mundo, y tal vez de otros. Apoyada en la pared, los ojos bajos, las manos apenas flexionadas sobre el nacimiento de los muslos. Parecía como si tomara el resuello, como si se hubiese detenido allí a recuperar el aliento. Pero no: estaba absolutamente inmovil, quieto el pecho, los labios sellados en un pequeño puchero.
Sola, sola.
Con la cercanía, la fascinación se fue trasmutando en un miedo absurdo, sin sentido, visceral. Debo haber emitido alguna señal. Algo llamó su atención y levantó la vista, ceñuda. Miró de costado hacia mi, directo a mis ojos. No pude resistir y me dejé llevar por los suyos. Estaba allí. Ella estaba detrás de esos ojos. Ví su alma, atormentada, vi su cruz.
Y me habló. Los ojos me hablaron. "Nunca estuviste muy lejos de esto, y hagas lo que hagas, nunca lo vas a estar", me dijeron.
El miedo se hizo carne, me cerró el pecho y bajé la vista con cobardía. Aceleré el paso todavía más.
Más tarde, ese mismo día, la adivina celta me dijo que mi futuro era quizá otra cosa. No había fantasmas de payasos patéticos ni pantalones sucios a cuadros.
Elijo creerle a ella, como elijo algunas de mis neurosis.
La primera y más universal es la de vivir todos los días, aún sabiendo que moriremos. Esa la compartimos más o menos todos.
Otros, también, tenemos que creer que estamos lejos de las clochardes.