14 febrero 2007

Ricardo y el nene.

Puede parecer que de chico fui un encanto de criatura, todo el día leyendo libros y escribiendo mis fantasías en cuanta hoja en blanco había a mano. Para nada.
Por determinadas razones que todavía hoy desconozco, mis padres veían esto preocupante, y sin tomar en serio mis protestas, me mandaban a jugar. Pero no en el patio, solo, donde continuaba con mis desvaríos.
-Afuera, te dije.
-¡Ufa!
Salía el ratón de su cueva, frotándose los ojos, y empezaban los problemas. Al no ser demasiado frecuentador de la pandilla de la cuadra, siempre estaba negociando mi posición en ella.
Nunca pude aceptar la autoridad sin rebuznar.
En esos escalafones infantiles siempre fui un líder abandónico. Comandaba la revolución, pero en cuanto tenía éxito y me sentía libre, la dejaba acéfala. Mis huestes, confundidas, volvían otra vez al yugo caprichoso del líder recién derrotado. Así, hasta la fecha.
En mi cuadra había un malevo, un bravucón. Se llamaba Ricardo. Todo lo arreglaba a las piñas, como buen hijo de policía. Era macizo, largo de brazos y bastante cruel. Me odiaba.
Si jugábamos al fútbol, yo no podía pretender ser delantero. Entendía mi lugar (aparte, no me enloquecían los deportes) y tomaba posición generalmente de defensor. Y él, que nunca me elegía, era siempre el delantero enemigo.
Mi diversión era sacarle la pelota como sea. Era una especie de duelo, y todos estaban atentos a él. Yo perdía casi siempre. Pero cuando ganaba, Ricardo hervía. Se ponía rojo, cerraba los puños y se encogía de hombros. Yo me desentendía (nunca me gustó pelear de manera voluntaria, me tenían que venir a buscar, pero a veces me gustaba dar motivos) dándole la espalda. Pero mi sonrisa, que el no podía ver realmente, lo ofendía como una burla contante y sonante.
-¡Uh, te tiene de hijo! -decía algún buey corneta, cuando el quite se repetía un par de veces.
No hacía falta más. Se me tiraba encima, y la pelea empezaba con todo. Si me agarraba desprevenido me dominaba, se ponía encima mío y me daba para que tenga, guarde y reparta. En los primeros años casi nunca le gané una pelea.
Un día hirió una torcaza con una honda. Tengo el recuerdo tan claro como si hubiera ocurrido ayer. El pájaro cayó desde una línea de tendido eléctrico, pesadamente. Corrí y casi llegué con él. Se lo quité de las manos. Jamás había tenido un ave en mis manos. El, con piadosa crueldad, intentó retorcerle la cabeza porque "no ves que le duele".
La llevé a casa, al garage. La paloma parecía un globo que se inflaba y se desinflaba sesenta veces por minuto, de tan agitada. Recordé que alguien me había dicho que esos bichos respiraban por el culo. Levanté la cola y soplé para ayudarla. Respiraba cada vez con más dificultad, y tal como si fuera un juguete que se queda sin cuerda, se detuvo entre estertores.
Estaba asustado. Sin ser un bichero, comprendí que esa muerte era algo sacrílego. Y dispuesto a compensar parte de esa profanación a la vida, cumplí con un mandato que intuía necesario.

Fui al cuadradito de tierra, el mismo que usábamos para jugar a las bolitas y al "opi". Escarbé la tierra con los dedos, un rato largo. Era una tierra dura y apisonada por las generaciones de Flechas y Fulvences que habían pasado antes bajo aquellos árboles. Hacer ese pozo me llevó un buen rato. Había olor a primavera en el aire lleno de casuarinas y un dejo a agua de lluvia en los últimos charcos de la calle de tierra, cerca del alambrado con enredaderas que separaba la casa del viejo loco -que no nos devolvía las pelotas- del resto del barrio.
Trabajé concentrado, enojado y terminé casi al borde de las lágrimas. Amontoné despacio una parva de agujetas de pino, algunos coquitos, una piedra pulida de color verde con estrías amarillas (tal vez era un resto de botella de vidrio. Quién sabe). Al fondo de todo, unas flores que crecían a la sombra de la enredadera, a modo de ofrenda.
El nido estaba listo, pero no me decidía a depositar al ave muerta, esperando un error o un milagro. Qué pelotudo es este Ricardo, pensaba con lágrimas de furia en los ojos. Al menos la cabeza no estaba rota, como la de la rata que habían aplastado contra la pared de un palazo la semana anterior. En realidad, parecía que estaba dormida, si no fuera por el cuello fláccido, torcido en un ángulo extraño y con un hilo oscuro de algo que colgaba del pico.
Sellé con tierra la tumba, la aplasté con mis propias Flechas, me limpié las manos en la ropa y volví a casa, bajo un sol absurdo y en medio de las risas burlonas del resto de los atorrantes. No me importaba. Ricardo me miraba sonriente.
"Ahí va el que habla solo" decían sus esbirros, que sin embargo nunca se habían animado a enfrentarme en una pelea a puño limpio por el derecho de uso al parche de cemento donde se jugaba mejor a las figus. Dependían de Ricardo para eso.
Yo, que hablaba solo y miraba las estrellas panza arriba bajo el cielo helado de invierno, el de anteojos y dientes torcidos; pensé mientras entraba a casa en el pajarito enterrado bajo las casuarinas, en los miles de zapatillas deshilachadas por venir pisando la tumba anónima. Y me indigné.
Saludé rápido a mi vieja, que me vió entrar y salir con asombro. En vez de irme al dormitorio a leer salí a la vereda enfurecido, dispuesto a hacer justicia.
Iba a increpar a Ricardo, a preguntarle que porqué, qué quién se creía. Caminé hacia él con tanta vehemencia que se asustó. Creo que vio algo en mis ojos, cosas que verían otras personas en situaciones similares a lo largo de mi vida.
En vez de encocorarse, se achicó. Llegué cerca de él y le atiné tal puñetazo en la cara, que se le llenaron los ojos de lágrimas enseguida. Intentó fugarse y lo agarré del cuello, mientras le pegaba. Los dos llorábamos. Al final, corrió a refugiarse a su casa.
La madre vino a quejarse con la mía. Me retó -siempre que volvía a casa después de una pelea lo hacía- y dijo "ya vas a ver cuando venga tu padre".
Mi viejo se reía, se sentía feliz. El nene había sacudido al malandra del barrio.
El nene, leyendo en su habitación, era muy infeliz.