02 enero 2010

Sacos de tripas tibias, pudriéndose lentamente

Soy un convencido de que la alegría. el éxito o la felicidad ajenas son el ácido frío que corroe a la humanidad. Sí, la alegría, el éxito y la felicidad, dije, y no la envidia. Dado que no todos podemos ser felices, amados, exitosos, alegres en fin, propongo que invirtamos la ecuación y asumamos que el problema es ése. Ya sabemos que todos, en mayor o menor medida, hemos sido o seremos envidiosos, mas no todos hemos sido exitosos alguna vez.
La alegría ajena es la expresión visible de un montón de cosas de las que no podemos tener constancia, pero que sospechamos. Nuestra envidia por esa alegría es también el rasero que marca el nivel de nuestros sueños: no envidiamos la alegría del pobre idiota no, ésa es alegría vana, alegría por un kilo de asado y dos chorizos a cambio de seis días de hambre; alegría por un subsidio del Estado que llega como premio a una pobreza indigna; alegrías vanas -como dije- de personas que no están en nuestro camino. No las envidiamos hasta que se ponen en él, literalmente, para apurar dicho subsidio mientras asan unos pedazos de falda y achuras a la vera de la ruta, humildes rezagos que imaginamos, de lejos y desde el ventilete del aire acondicionado del auto, robados de nuestra misma mesa del domingo. Ahí les caemos con todo, porque nos rebajan, nos rebajan a su miseria, nos obligan a malgastar nuestra envidia en esos malvestidos con celular y zapatillas de La Salada, henchidos de cumbia, paco y vino barato, mientras quisiéramos envidiar sanamente a nuestro cuñado, el muy turro, que acaba de cambiar la 4x4 dos veces en tres años, desde que está en la política. Estar en las manos de la chusma ha sido el miedo tardío de toda la burguesía desde siempre, no tanto por perder lo propio, sino por verlos adquirir lo mismo que nosotros. Si no son una chusma inculta son advenedizos, que es peor porque se le suma el cargo de traidores a su clase, algo que equivale a dejar de envidiar lo correcto.
No podemos envidiar la alegría permanente del cretino. Ni del ingenuo o del sobreviviente, felices de estar vivos. La felicidad eterna es signo de idiotez, de imbecilidad. El anticuerpo no es la infelicidad per se, sino la que provoca la envidia, el verdadero antídoto a "dormirse en los laureles", a relajar, a mirar con suficiencia al mundo. Dejar de envidiar es una afrenta que la humanidad no puede permitirle a nadie. San Francisco de Asís era notable no tanto por hablar con los pájaros, sino por no envidiar y ser feliz. Más terrena, por lo menos Teresa de Calcuta se dolía, lo que la acercaba más al ideal del que festeja el éxito de su fracaso. Como Cristo, que no envidiaba pero que no podía terminar menos que en una cruz, vaya moraleja. Como el drogadicto, el alcohólico o el artista pobre.
Para que podamos envidiar sanamente, la sociedad se organizó inteligentemente alrededor de los exitosos. Por eso dejamos de envidiar un poco si nos convidan la felicidad ajena; mejor en metálico, pero si es en especies también sirve para que aquel cuñado nos envidie un poco a nosotros. Ése es el éxito, ser envidiados.
Por supuesto, uno se la puede pasar hablando de éxito y exitosos, pero la verdad habla de felicidad. "Tenés toda la guita del mundo, pero no te sirvió de nada para salvarte del cáncer fulminante, hijo de puta", "sí, serás un gran empresario, pero estás más solo que un perro", "sí, tenés una mujer hermosa, pero porque sos el cornudo más grande de la historia después de Napoleón" y otras delicias al uso.
Por eso, amigo lector, cuando su cuñado lo saludó en el fin del 2009 con un "¡Feliz año!", lo que en realidad le dijo es "sí, ya sé que tu año fue una mierda, que te la pasaste pensando que soy un suertudo hijo de mil putas, así que reventá, perdedor, sólo dependés de la suerte y ya sabés que la suerte no es tu fuerte". Y sonreía, el hijo de puta.
Usted, claro, cuando le dijo "¡Feliz año!", lo que quiso decir es "Esta vez vas a necesitar toda la suerte del mundo, reverendo hijo de mil putas, para cambiar por tercera vez la 4x4: ojalá los próximos piqueteros que te encuentres te la quemen con vos adentro, mientras yo me indigno por afuera pero pienso, satisfecho, que al final hay justicia divina".
¡Feliz 2010!