02 febrero 2010

Ojo con la desrebeldía.

Si todo el mundo hubiese sido inteligente y cuidadoso, hoy no sería como soy y sería más fácil tratar conmigo. De joven fui víctima regular del recurso de la psicología inversa más o menos burda, acentuado su uso quizás por ser más rebelde de lo normal (qué sera ser "rebelde normal" no sé, pero usted me entiende) y muy testarudo. Por lo menos eso era lo que decían mis viejos, cuando no encontraban suficientes las razones que yo les daba para que me gustara más leer que patear una pelota, que prefiriera mi imaginación solitaria a las playitas ficciones en grupo (circunscritos al mundo automotor -con los autitos- o militar -con los soldados-); no los convencía por más que estuviera leyendo a los siete años los cinco tomos de "Historia Argentina" de Ernesto Palacio o intentara componer unos versos con nueve. Que un lacónico "me gusta" me sirviera como motivo valedero cuando intentaban hacerme entender las delicias del ejercicio al sol o las ventajas de las relaciones públicas infantiles me hacían "rebelde; rebelde, testarudo y difícil" según el retintín materno. Cuando me cansaba de las peroratas me volvía más taciturno y solitario, si era posible.
Y crecí con la idea de que era rebelde, nomás. Es difícil calcular qué sería ahora sin esos motes, pero es fácil ver qué soy: testarudo y rebelde. Quizá me dejo engañar por una falacia y era así antes, y mis viejos en realidad tenían razón. No sé.
Pero igual, rebelde pre o post, las cosas siguieron por el lado, como decía al principio, de la psicología inversa: al final tanto la usaron, tantas veces me encontré haciendo lo que no quería porque me habían envuelto en palabras que sonaban bien, que me rebelé otra vez. Me rebelé de mi rebeldía. Y ahí me hice jodido, jodido de veras, porque ahora sí era plenamente consciente y no sólo fui testarudo, sino también bastante vehemente. Que me rompieron las bolas, eso.
Esa rebeldía tuvo como primera consecuencia hacerme desconfiado como gallo tuerto, la segunda -corolario de la primera- estar especialmente pendiente de mis actos para no traicionarme. Claro, la regla "no traicionarme" con semejantes antecedentes no es muy explicable para los demás. Lo que hoy me parecía bien, mañana me resultaba muy muy mal, para desconcierto de mis eventuales acompañantes. Y para hacerme una pequeña leyenda.
Un caso concreto: el cigarrillo. En la pre adolescencia era un cruzado anti tabaquismo insoportable, martiricé a los amigos que iban cayendo en el vicio con mi monserga pro aire limpio y saludable. Sin embargo, a los catorce años decidí que tenía que fumar, porque todo el mundo pensaba que yo nunca iba a fumar, después de tanto cacareo. Costó, pero al final de mis veinte logré fumar tres atados de Parisiennes por día. Cuando me decían que iba a morirme si seguía fumando de esa manera yo replicaba que me dejaran en paz, que a los treinta años iba a dejar. Lo dije tantas veces que cuando llegó la fecha un corro de amigos -que se alertaban secretamente- me empezó a verduguear por anticipado creyendo imposible el cumplimiento de la promesa.
Mientras tanto, consumiendo cigarrillos sin parar como el combustible de mi propia locomotora de carne, me iba cansando del vicio; no de fumar en sí, de la esclavitud del vicioso full time. Del tener que calcular cada singladura en términos de rollitos de tabaco, del tener que dejar de hacer cosas porque un domingo a la tarde  me quedaba sin stock, de la incertidumbre de quedarme sin cigarrillos. Me estaba matando, qué alegría, al mismo tiempo que me vivía un infierno mensurado en atados. Cuando medité un poco y descubrí que estaba dominado por un cilindro de papel relleno con una sustancia vegetal cancerígena, me sentí un pelotudo.
No puedo decir si por una cosa o por la otra o por una cosa y la otra, llegado mis treinta, la misma madrugada de mi cumpleaños, delante de mis amigos -esos que me chanceaban- dejé de fumar para siempre.
Otros momentos, otros ejemplos: en un tiempo yo era capaz de sobrevivir cualquier cosa, estaba hecho para aguantar todo. Había demostrado tal ímpetu por vivir, por seguir adelante, por construir más al Oeste, que me había vuelto el candidato ideal para que alguien encontrara oportuno sacrificarme estratégicamente, salvando a otros más débiles o menos convencidos de que la puta que es lindo estar vivo. Me estaban cagando tupido -diría un amigo- con la excusa de mi fortaleza. "Vas a sobrevivir a esta", pensaban. Y un día -otro día- me di cuenta e intenté desmentirlos de la peor manera posible, sólo para rebelarme; estaba harto de los que se daban el lujo de ponerme en el brete porque me la bancaba. Aclaremos, esa gente no me era desconocida o lejana, eran mis familiares, mis amantes, mis amigos, mis compañeros, mis empleadores.
Entonces, está claro que mi desrebeldía no va para el lado del aceptamiento. No. Va para el lado del aislamiento liso y llano.
Al fin, puedo decir que en mi etapa amable, benigna, soy rebelde, porque eso aprendí cuando era chico para socializar. Cuando me enojo rompo los puentes. Ahí es cuando realmente soy yo: construyendo más al Oeste. O al Sur, porque estoy harto del calor.