05 mayo 2008

Dale de comer al monstruo.

El escepticismo agnóstico que suelo detentar depende más de la estricta bulimia que mi raciocinio pone a mi exagerada imaginación que a un reflejo anoréxico automático. El pobre cerebro a veces sucumbe a la presión entre las dos fuerzas -con arcadas, toses, vómitos y náuseas varias- e intenta construir una solución de compromiso entre la frugalidad que exige la razón y el fausto imaginativo. No se trata de la combinación que Susan Sontag pedía para el escritor, sino más bien de una desviación hacia la neurosis de mi razón.
Nunca más válida la analogía precedente para comentar qué pasó ayer en un diente libre: llegamos al establecimiento un rato antes de las 21:00, con intenciones de producirle un quebranto importante en las ganancias de ese día. Elegimos una mesa al fondo, cerca de un señor que cenaba solo. Yo estaba de frente a él.
Si bien no prestaba particular atención al solitario comensal, su actividad mandibulística era notable. Pensé que a ese ritmo se llenaría rápido, sobre todo comiendo de dos platos a la vez (aunque no tenía ninguna bebida). Noté que en uno de los platos tenía melón cortado en pedazos y alguna ensalada, mientras que en el "plato principal" exactamente frente a él había varios tipos distintos de quesos, fiambres, escabeches y cosas por el estilo. Y comía con fruición, regularidad maxilar y totalmente a conciencia. Terminados los platos fue por todas las mesas de comida, seleccionando con delectación hasta completar primero uno, luego otro plato. Mientras, nosotros no le íbamos muy a la zaga. Comíamos lo nuestro de a plato por vez.
Una hora después estábamos haciendo culto a la pura gula, ya a ritmo lento y eligiendo lo que nos gustaba con mucho cuidado. La batalla había sido importante, lo atestiguaban los platos sucios apilados a un costado.
Pero el señor seguía comiendo como al principio, quizá más moderado por mi propio hastío alimenticio que por el suyo. En un momento lo vi pararse, dar vuelta a su mesa hasta la silla que tenía enfrente -donde evidentemente había dejado un bolso- y, rápidamente y lanzando miradas furtivas, repuso de su propio peculio los panes en la panera. Parado era un hombre de altura mediana, casi un metro ochenta, de huesos normales y peso promedio. Su calva y las sienes le hacían parecer de unos cincuenta.
Siguió comiendo, agachado sobre ambos platos, royendo cada tanto un pedazo de pan. Iba por -sí, no exagero- su tercer par de platos desde que habíamos llegado. Cuando se paró nuevamente, pensé que iba a por los postres. No, traía un terrible pedazo de -estimo- unos setecientos gramos de vacío a la parrilla con puré, y un plato subsidiario repleto de una modesta ensalada de lechuga y tomate.
Nosotros habíamos liquidado la última cucharada de helado respirando apenas y hasta con asco, dispuestos a no comer más por el resto de nuestras vidas. El señor iba terminando la carne, la cual alternaba con puré con precisión mecánica.
Pedimos la cuenta, Eran casi las once de la noche. En cuanto conseguí pararme -con dificultad- y enfilé hacia la salida casi me choco con el señor en el pasillo que formaban las mesas: traía otro plato de carne con puré (debo decir que éste era notablemente menos). En total, desde que llegamos hasta que nos fuimos, se sirvió ocho platos llenos, rebosantes de comida.
No quiero pensar -no debo-, no sé quién era ese señor, ni porqué comía como comía. No era humano. Lo ví ingerir (cálculo rápido), unos cuatro o cinco kilos de comida. Encima, los dos primeros platos accesorios tenían principalmente melón, que si bien es casi todo agua, es terriblemente difícil de digerir en presencia de otros alimentos. No sé, Todo muy raro. Nadie puede comer de esa forma y seguir vivo. Encima, el tipo era normal, no un obeso de 250 kilogramos y un estómago con seis litros de capacidad.
Tengo miedo, nene.