Hace veinte años era entusiasta del primo vivere de Hemingway, Miller o Celine. Detrás de sus ejemplos abandoné las ficciones que me eran demasiado ajenas y traté de ponerlas más cerca del yo y mis circunstancias, lo que facilitó enormemente la escritura desde lo vivencial, pero aburrió mi grafopatía hasta casi matarla. Soy la principal fuente de mi desolación (para prueba, este blog), condenado a la cárcel de hueso que tengo sobre los hombros y, a estas alturas, ya no me agrado mucho. Me perdí el interés, ahogado en nada.
A veces me pasa que si cuento anécdotas personales a algún sufrido interlocutor que no me conoce mucho, éste me suele decir, en un arrojo de condescendencia suicida: "che, pero te tenés que escribir un libro". Si supiera: me aburro tanto que salto de anécdota en anécdota, interrumpiéndolas con la excusa de un enriquecimiento posterior que nunca llega, mareando a mis escuchas, fastidiando su atención y aburriéndome todavía más.
Por supuesto, hay algunos que lograron construir una literatura interesante sobre la enorme colección de tiempos muertos y decepciones que era su vida, nombré algunos más arriba, pero en realidad en su escritura se adivina el bostezo que precede a la historia que se contó docenas de veces y que hay que aderezar bastante para que no sepa a vómito de sopa recalentado. Algunos pavotes contemporáneos creyeron ver en esto un nihilismo que era posible copiar y se largaron a divagar desventuras frunciendo la boca, evocando una dejadez y falta de asombro que parecen más cercanos al pavoneo en el círculo de amigotes del bar que a asumirse insignificante.
Por esta razón desde hace apenas unos meses intento no escribir ficción sobre mis posibles yoes, pasados o futuros. Confrontando con que soy aunque no quiera y que tengo que sintetizar a otros para poder escribir como si fuera ellos es que me propuse desconectarme siempre que puedo. Parece difícil; los orientales llaman a esto "compasión" (nosotros también, pero me estoy refiriendo al concepto budista del término, en el que "sentimos como el otro" y no "sentimos con el otro", esto último más occidental y judeocristiano y no muy desenchufado). El dolor ajeno es ajeno y no puedo apropiármelo tan fácil; la alegría sí, su sentido es más universal y bobo, si se quiere; pero dolerse como otro es complicado, porque si en lo personal a mí nunca me dolió dos veces igual, menos puedo sostener que para un mismo estímulo dos personas sientan lo mismo. De hecho, una sucinta investigación nos confirmará que ni los de panza son iguales según a quién le duela, menos aún los del alma de cada sujeto observado.
Y acá quería llegar, por fin. Cuando uno intenta dolerse como recurso artístico (digamos, sublimando un dolor diferente pero equivalente a ojo de buen cubero) el mismo intento te convierte en un ser bastante despreciable: hay que estar dispuesto en el juego mental a torturarse uno y a su gente querida no importa si eso implica angustias infinitas, enfermedades de pesadilla, desmembramientos crueles, asesinatos sangrientos o lo que se crea menester recrear con el fin de escribir un par de líneas medianamente legibles. Hay que pretender ser Sofía, el pequeño Oskar o Iván Karamazov. No es fácil, pero lograrlo, al contrario que a cualquier budista, no nos hace mejores; alquilar nuestra alma a un dolor semejante, recibiendo como pago unas letritas bien dispuestas, no nos prepara para el verdadero dolor, no; se corre el riesgo de volverse cínico, más bien.
Seamos realistas, también: una vez el falso dolor se recrea, es abandonado rápidamente. Como actores del método (otros cínicos con mejor prensa), llegadas las lágrimas las dejamos caer en el texto y nos desentendemos, quién quiere permanecer en un dolor que realmente no existe en mis circunstancias. Queda, con suerte, un detrito de caracteres que nos hace suspirar de suficiencia por tanto empeño puesto: nos lo merecemos; matamos a nuestra madre, virtualmente, para conseguirlo.
Lo poco que aprendimos quedará patente cuando el dolor llegue indiferente a los berretines artísticos, ayuno de pretextos literarios. No sabremos hacer otra cosa que escribir (o perder la conciencia para no hacerlo). Haremos lo que hacíamos tempranamente, cuando nos abandonaba una mujercita o nos maltrataba la adolescencia: ahora apostaremos al punto final que traiga un alivio que nunca llegará; lo artístico ya no importa y las palabras apenas servirán para documentar cómo un tipo se traga los mocos y vive un dolor incomprensible para los demás, no importa cuánto se empeñe en traducirlo.
Al final, palos porque bogas y palos porque no bogas. Una porquería esto.
Es cierto. Pero hay una alternativa.
ResponderBorrarY es que nadie sepa quien sos. Entonces, no te auto promocionàs, que es lo que hacen muchos, ni buscàs làstima ajena.
La blogòsfera tiene eso de bueno.
Todos somos fantasmas.
Saludos
yo tenia un blog que era puro dolor y me hacia mal eso al final, sirve para descomprimir al momento pero despues es la paja mental mas triste de todas. Y no somos todos fantasmas gaucho, tambien hay dragones, tigres, trolls, yo mismo a veces me desdoblo y convierto en troll.
ResponderBorrarYo he sido troll tambien. Pero cambiè.
ResponderBorrarAhora me hice presidente del sindicato de travestis.
saludos
Estimados, entiendo su punto, pero quizá no me refería a los blogs en sí, demasiado cerca de quienes escriben y generalmente escritos en primera persona (que cuando es tercera habla de idéntico tema: el dueño del blog) y demasiado cerca del día a día.
ResponderBorrarHablo de una escritura un poco más ambiciosa, la que tiene que ver con el hecho artístico (este blog no tiene más que pudores artísticos, por ejemplo) y, aunque me dirán que hay blogs artísticos, tampoco me refería al medio (los blogs, los libros, las tablas de arcilla) sino al mensaje (fuentes, caracteres o tipos cuneiformes) que bien pueden comunicar -como dice Dolina- el chiste de los supositorios, una pregunta sobre el ser y la nada o contar una historia.
Como dije, simular alegría es fácil (igual, últimamente hacerlo cuesta que a uno lo tilden de ñoño) pero simular pesares es bien difícil. Nunca sabré qué siente un tipo que pierde la vista, porque nunca me pasó. Mis dolores, modestos o no, son míos y no me habilitan para saber "cómo se siente". Puedo imaginarlo, puedo recrearlo, puedo presumírselo a alguien, es un recurso, pero para hacerlo tengo que imaginar un dolor que estimo equivalente a mi juicio (y en el "a mi juicio" pongo todo lo de subjetivo que hay en tal estimación), con un considerable margen de error.
He leído historias en las que los personajes (como grupo) parecen dolerse de una sola forma (pasa mucho con los escritores estadounidenses, dolores muy de acuerdo al "american way of life", a favor o en contra) o que no reaccionaran de acuerdo a la pobreza de "compasión" del autor.
Sin embargo, ver el proceso de remordimientos de Iván Karamazov por una simple conjetura, proceso que lo llevará a la locura, permite adivinar los mismos dolores en Dostoievsky en sus problemas con el juego. No necesitó Dostoievsky solventar moralmente un asesinato, ni fue él mismo un cínico ateo como Iván, ni buscó con esos dolores castigarlo.
Como contrapartida, cuando el dolor llega no sirve haber escrito sobre él, no nos prepara. Entonces escribimos, también, pero ya ni siquiera nos preocupa la validez artística, la técnica, nada. Escribiremos porque pretendemos purgar algo impurgable.
Un escritor es un cínico del dolor ajeno, a eso iba, pero bastante maricón con el propio.
No les dije: muy agradecido por los comentarios.
ResponderBorrarComo gracias? COMO GRACIAS????
ResponderBorrar(Pagàte un Gancia con soda!! hace 35 grados, acà!)
pagate una birra titan, te hubierdas hecho una entrada nueva.
ResponderBorrarRespecto a Dostoievsky me hago la misma pregunta que nietszche sobre él, ¿por qué hiba a la iglesia seguido?. Y al gaucho, afloja con el picaporte de carne y segui leyendo libros de historia que se publican en santa fe asi nos reimos o no tanto todos.