04 agosto 2006

Juzgar el libro por la portada.

Henry Miller en 1975, tomado por el ojo increíble de Peter Gowland

Este es un post largo. Para los vagos, salteenlo que ya les pongo uno cortito para que se sientan representados.

Ayer, mientras hacía esfuerzos sobrehumanos para no dormirme, releía "Plexus" de Henry Miller (uno de mis autores favoritos). ¿Porque el esfuerzo? Porque trabaje durante 14 horas seguidas y cuando eso ocurre intento compensar al bohemio subalimentado que llevo adentro con algo que lo conforme. Es como una pequeña válvula de escape, o un día me convertiré en un Henry Miller de repente, tipo Hulk y después lo voy a lamentar (por más que quiera no soy Henry Miller).
Al principio de la novela describe una serie de situaciones vividas con un tal Karen Lundgren, un teutón maniático, que los hospeda a él y a Mona a cambio de trabajo, mientras escribe el libro sobre estadística que "lo cambiará todo".
Miller describe a Karen como al típico "workholic", capaz de trabajar hasta en sueños. Obsesivo con la eficiencia, planea todo al detalle y "es capaz de desmenuzar una tarea simple hecha por una sola persona en toda una serie de tareas múltiples que necesitan el concurso de varias personas" (cito mas o menos de memoria, no es literal). Karen es capaz de hacer diagramas de todo, de clasificar toda su vida en un archivo con -justamente- precisión teutona, jugar todos los deportes como si fuera un experto (desde la rayuela hasta Jiu-Jitsu, pasando por el billar y ajedrez) y rodearse de todo tipo de aparatos estrambóticos que lo ayuden en su búsqueda incesante de la eficiencia.
Bueno, Miller lo ve con otros ojos: Lundgren no es más que un holgazán -de los peores-, preocupado más por los detalles que lo harán trabajar menos que en el propio trabajo en sí. Pero como se siente en falta, está ocupado todo el tiempo con algo.
Me causó mucha gracia, porque está de acuerdo con una teoría que estoy aplicando últimamente para manejarme con la gente, sobre todo con la que recién conozco (de los viejos tengo demasiados datos y a veces me confunden).
La teoría es ésta: "cuanto más definido está un rasgo de carácter, mas oculto está el rasgo opuesto que lo genera, pero que existe siempre". O sea, "dime que me muestras deliberadamente y te diré que me ocultas".
-Si, ya sé, chocolate por la noticia, -me dirán. -Freud trucho!
Aunque no lo crean, para mí esto es nuevo. La claridad para aplicarlo, digo. Claro que siempre hubo cosas evidentes, como

  • el que se la pasa contando anécdotas de sexo con mujeres, que en el fondo no es más que un misógino.
  • O quien se muestra duro de corazón, no es más que un tierno llorón.
  • O el mito urbano de que si una mujer es muy recatada, en realidad tiene sátiros del tamaño de dinosaurios en la cabeza.
  • El amable caballero, lisonjero y benévolo, que en realidad es un garca ladino y retorcido.

Son algunos estereotipos exagerados, que en realidad no justifican una regla muy general. Se aplican a casos demasiado evidentes.
Yo hablo de cosas mas sutiles:
Como existen convenciones sociales bastante establecidas, damos por supuestas algunas cosas que nos facilitan manejar la información. Si vemos a una persona vestida siempre impecablemente, con ropa cara y a la moda, nos haremos la imagen de alguien un poco tilingo y superficial, por ejemplo. O bien, que es muy puntilloso, limpio y preocupado por la estética.
Casi nunca tomamos en cuenta qué quiere decir realmente el otro en realidad cuando se viste asi. "Me da terror que me rechacen". "Tengo dinero y me lo pongo encima para que me vean". O "Soy feo y si no me visto bien, parezco mas feo aún". En fin, cientos de opciones.
O sea, no es que no juzguemos el libro por la portada, sino que juzguemos mejor porqué esa portada y no otra.
Por ejemplo, tengo una hija gothica-matalera-dark (si todo eso junto, más un poco de punk que ella no confiesa), y no es que forme un clan o una tribu. En la pequeña ciudad en la que vivimos, parece más una singularidad que una uniformada. Uno cuando la ve piensa "esta piba está loca, mira todas las tachas y el color de pelo y esas botas y...". Acto seguido (después de pensar "¿que clase de padres tendrá esta chica?") sacará la conclusión que más se parezca a algunas ya sacadas con anterioridad y quizá implantada por la sociedad: "todos los peluqueros son putos", "todos los gitanos son ladrones", "los negros la tienen grande", etc., y listo el paquete.
Porqué se viste asi, o mejor qué quiere comunicar ella vistiéndose así, es una optica para mí, más interesante.
Aquí detengo este análisis particular, porque no voy a andar diciendo qué pienso de mi hija en público, no señor. Pero quiero demostrar con esto la primera tesis.
La segunda parte y casi un corolario: hay quienes tienen en cuenta nuestras impresiones preconcebidas y se valen de ellas para aprovecharse: así un estafador intenta parecer un honrado pero necesitado prójimo en la desgracia, el hábil tahur un principiante y la atorranta que te va a dejar en medio del desierto y sin papel, una tierna e ingenua virgen esperandote a vos, príncipe azul. Vamos.
Es decir, el traidor se oculta entre nuestras impresiones, se aprovecha de ellas. Sobre todo de aquellas que menos estamos dispuestos a discutir. Asi que, señoras y señores, están ustedes advertidos: no desconfíen de la gente, sino de sus impresiones. Suspendan el juicio hasta que conozcan más. Seamos más como Henry Miller, que adivinó al vago en el laborioso.