15 enero 2010

El fiel opositor.

La curiosidad y la disponibilidad de textos son las principales fuentes del desorden en mis lecturas. Muchas veces quiero leer algo y no lo tengo (no consigo una edición de "Guerra y Paz" que no sea inleíble, por ejemplo), muchas otras debo postergar lecturas programadas porque lecturas previas me desvían.
Algo así me pasó en el último semestre del 2009, tiempo en el que caí prisionero de ensayos y novelas más o manos históricas sobre nuestro últimos doscientos años. Me fumé algún libro de Pigna, incluso "Sobremonte, una historia de codicia argentina" de Miguel Wiñazki que es lo peorcito que leí. Mi única lectura de estos temas de niño fue la "Historia Argentina" de Ernesto Palacio, cinco tomos desde Solís a Videla; pero fue hace mucho tiempo.
En realidad, tanta lectura sólo para reconstruir las dos últimas décadas: tenía opiniones formadas sobre el tema, o más memorias que opiniones. Por historia familiar no fui pasto de la desinformación de la Dictadura, que no nos dejó lugar al "yo no sabía" ni de la cerrazón revolucionaria de las organizaciones guerrilleras. Sí descubrí que la historia extraoficial del peronismo perseguido se había colado en mis datos y había interpuesto un velo mítico (para nada místico) del que, agradecido, me deshice pronto.
Son todas lecturas muy tristes, angustiantes. El sino trágico de este país es casi nunca haber podido resolver sus antinomias por la vía del convencimiento o la negociación. La entropía política argentina dice que "todo gobierno, dado el tiempo necesario, mete la pata tantas veces como sea necesario hasta volverse absolutamente insostenible".
El Sun Tzu gaucho dice que no hay que arriesgar el apero en la montonera. Podemos gritarnos de lejos y hasta amagar un par de lanceadas, pero nada de ir a suerte y verdad. Eso es para los corajudos, los inconscientes o los que sobornaron al árbitro. Supongo que por eso nos gusta tanto el fútbol y somos tan fanáticos, pues es una batalla incruenta de la que sanamos rápido, a mitad de semana. La actitud lavallista de no pelear contra Rosas se explica así: mostrar una fuerza opositora en las afueras de Buenos Aires y esperar la rebelión sin arriesgar. Total, doce años después algunos traidores veleidosos se juntarán con los brasileños y arriesgarán la cabeza en Caseros, matarán cobardemente a un patriota y harán huir a un viejo sesentón. Y todos héroes. La historia la escriben los que ganan, claro.
No hace falta que diga qué pasa ahora. Yo sigo estando donde estuve siempre, admirando a Chilavert.