23 diciembre 2008

Frío y mate cocido con bollos.

Cuando a los once años salí de Buenos Aires para el pequeño pueblito serrano en donde estaría nuestro nuevo hogar, no pensaba más que en la aventura. Sentía algo de pena por mis amigos, pero de verdad, no estaba particularmente conectado con ninguno. Quizá sí con Ethel, pero es otra historia.

Recuerdo de las primeras semanas el sol y el cielo grande y despejado, las montañas azules por la mañana, verdeesmeraldas por la tarde, violetas al anochecher, negras como una tormenta por la noche.

La ausencia de amigos me dio la excusa perfecta para hacer cosas que en Buenos Aires no podía, como aprender a tocar la guitarra, intentar dibujo artístico o inglés. Ahora hasta podía leer sin que mi vieja pensara que me podía enfermar de algo; solía hacerlo al aire libre y eso la dejaba más tranquila.
Ir a la escuela fue lo único complicado: mi porteñitud estaba mal vista y yo no sabía qué hacer con ella, así que algunos compañeritos intentaron quitármela a golpes. Como venía de un barrio duro y era un cabeza dura, respondí como pude y estaba casi siempre en Dirección, con el Vizcachón -el Director- que, intuyéndome, me agarró un poco de cariño y otro poco de pena.

Con la helada levantándose a la tardía salida del sol (las sierras lo tapaban hasta bien pasadas las nueve de la mañana) nos servían en el segundo recreo mate cocido caliente, bien dulce y apenas peperinizado, con un bollito de pan semidulce. Es el mate cocido más rico que tomé en mi vida y creo que aún tomo esa infusión seducido por la memoria de aquel sabor. 
Y todo con el sol brillante de otoño que calienta pero no quema, las zapatillas mojadas por el pasto húmedo, mi querida campera de corderoy azul con corderito cerrada hasta el cuello y la amistad de los primeros traviesos. De todo eso me acuerdo.

Ahora que lo escribo entiendo mejor por qué nunca encontré un mate cocido igual.

9 comentarios:

  1. Qué lindo recuerdo.
    Ahora me pongo a buscar alguna receta de bollo. Me voy a tomar todo el verano para aprenderla, para que llegado el invierno valga la pena.

    ^_^

    ResponderEliminar
  2. Fen, casi casi como que estuve en ese lugar, de tan bien que lo pintaste.

    ResponderEliminar
  3. Y yo q pienso q no bebere ni un sorbo de amte cuando este alla..bu, me da como repelus..!

    :)

    ResponderEliminar
  4. Uh qué recuerdo dormido despertaste, los inviernos en la cocina de campaña en la granja de mi abuela y los matecocidos con mbeyú que hacía Fernando Borja.
    Se agradece.

    ResponderEliminar
  5. "Fender, un lugar en el mundo" (la biografía)...

    Me recordaste a mi viejo mate con galleta... humm... no, no era así. Mi viejo mate cocido gall... grrrr ¡tampoco!

    Ma'sí ¡FELICIDADEIS PARA TODOIS VOSOTROIS!

    ResponderEliminar
  6. Buh...es verdad...el hombre que está en todos lados al mismo tiempo, no voy a poder dormir en navidad.

    ResponderEliminar
  7. Me pasa lo mismo con el mate cocido de la colimba. Era malo, y con pan duro. Pero caía en un momento de frío y hambre que lo convertía en un elixir.

    Cada vez que tomo mate cocido -en muy pocas ocasiones- recuerdo aquel sabor.

    ¡FELICIDADES FEN!
    ;) Rapote

    ResponderEliminar
  8. Te iba a hablar del cocido de las frías mañanas tandilenses de colimba, pero me madrugó Rapote.

    Saludo...dos.

    ResponderEliminar
  9. Cass: ¡Y daaaaale!

    Zippo: Supongo que no me puede sacar la duda, no? Era mejor aquél o éste que tomo hoy?

    Cris: son dos cosas distintas. El mate como infusión (como un té común y silvestre) es muy rico y no demasiado distinto.
    El "mate" cebado con bombilla es otra cosa, es para iniciados y requiere algún entrenamiento, pero una vez hecho el cursillo, todo marcha sobre ruedas.
    Tengo una anécdota: en una provincia del interior de Argentina, un día llegó una delegación del gobierno del Japón, encabezada por un prominente miembro del gobierno nipón. Como muestra de obsequiosidad exagerada, le regalaron un poncho de vicuña y le sirvieron un mate en una calabaza repujada en plata, que también iba de regalo. Al entender que debía bebérselo, lo agarró con una mano, con la otra revolvió el contenido (pensando que la bombilla era una cuchara), la sacó y se lo bebió como si fuera un Gatorade. Todavía está escupiendo, pobre hombre.

    Abru: el mate cocido hace esas cosas.

    Unser: Galleta con mate, pahhh, si le habré dado a eso. Igualmente.

    Abru: aprovechó a salir?

    Rapote: no se haga el dispendioso, que me contaron que usté mate cocido un día sí, un día no.

    SSS: Si, ahora vas a tener que tomar el mate recalentado, que no es lo mismo (porque "te madrugó", entendés?). Bueno, eso.

    Gracias a todos por pasar.

    ResponderEliminar

La única condición es dar la cara. Identificarse es ser buena gente. Anónimos dependen de su viveza y don de gentes.
Perdón el capcha, pero el spam golpea fuerte estos días.