No sé porque me pasa, pero para algunas cosas soy un negado.
Normalmente se me da por probar de todo y, además, tratar de sacarme diez en todo, si es posible allí donde los demás se sacaron un ocho raspando (y aunque termine con un penoso seis. "No dije ya-ya, dije que con tiempo me saco un diez...") Bueno, no todo, hay cosas que me las imagino nomás desagradables y desisto categóricamente, como comer bichos, hacer clavados en una pileta de gelatina y ver si es más macho es el que la prueba y no le gusta.
Pero digamos que en general soy un tanque cuesta abajo y sin frenos, o con pocas intenciones de frenar...
Pero, repito, para algunas cosas soy un negado, sea por falta de voluntad, absoluta falta de comprensión (me niego a decir inteligencia), prejuicio rayano en lo maniático, o todo eso junto.
Un ejemplo estúpido: el juego de naipes llamado "Punto y Banca". Me lo explicaron doscientas veces. Es más, mientras alguien me repetía las reglas constantemente, hasta he logrado jugar y ganar, para mayor enojo y frustración de mi maestro eventual.
El backgammon, otro juego que para mí es una fuente inagotable de sopor mental y distracción (distracción rayana en un desorden mental severo). Creo que nunca pude terminar una partida...
Otras cosas que se me niegan:
- Hacer trámites de cualquier tipo. Mi madre, por ejemplo, es diligente hacedora de trámites, hasta diría que tiene un gen ad-hoc (del que obviamente carezco) que la lleva a hacer todos y cada uno de los trámites necesarios y hasta los fútiles... Pero para mi hacer un trámite es algo "que otro hace".
- Esperar. Debe ser el motivo del anterior porque si hay algo que me resulta insufrible, y que mientras esté en mis manos nunca hago, es esperar. Ya bastante espero para morirme, como para encima tener que hacerlo mientras un dependiente se digne atenderme, o una coqueta se de por vencida de una vez, o cualquier impuntual se crea la Reina de Saba.
- Mandar mensajitos por celular. No se me ocurre ninguna razón para querer escribir en esos tecladitos (mal) diseñados para japoneses mutantes geeks. Encima, con la economía de letras que hay que hacer y mi respeto por el idioma, por lo general necesitaría ocho mensajes al hilo para decir que me fue bien con el pedicuro.
- Encarar a una mujer que me gusta mucho. Tengo una capacidad proverbial para hacer el ridículo en presencia de una mujer que me guste mucho. Me perturba, y si no soy capaz de tirarle encima una fuente llena de fideos, el miedo a hacerlo me congela. Pero si por ejemplo no tengo que ir a comparecer directamente con la morocha (o rubia o pelirroja) conozco catorce formas distintas de hacer mutis por el foro hasta que la ocasión sea propicia. Otra que Sun Tzu ("sólo libra las batallas que sabes que ganarás" o "combate sólo en el terreno que elijas" o "sácate los mocos en privado, por favor"). Se ha dado que la carencia evidente de futuras situaciones propicias haga inevitable el aborde, pero el resultado por lo general pasa a engrosar el gracioso anecdotario de mis conquistas fallidas.
- Lavar el auto. Los sábados por lo general asisto asombrado a las litúrgicas ablaciones automotrices de mis congéneres vecinos. Balde, cepillo y trapo en mano acometen con prodigalidad y denuedo al para mí impecable vehículo. Los veo mirarme de soslayo y a mi cochambroso medio de movilidad, con un mudo reproche a mi desdén. No digo que nunca lo lave, el límite es el miedo a una posible demanda por contaminacion grave, o la sanidad pública, o a que Greenpeace me reclame el auto para usarlo como hábitat de algún animal en peligro de extinción (y que es medio chanchito, digamos).
- Cocinar cualquier cosa dulce mas allá del buñuelo. Hace muchos años que mis afanes culinarios se vieron afectados por el amargo descubrimiento de que las masas con azúcar y yo no nos entendemos. Las porquerías que han salido del horno pueden hacer reír a un maestro pastelero por unos veinte minutos a mandíbula batiente. Se lleva la palma la vez que quise hacer galletas horneadas: años después todavía estoy tratando de despegar "eso" de las fuentes de horno.
- La música "alegre". Hasta el más recio de los émulos de Chuck Norris se divierte un poco escuchando temas como "Magdalena", "Aserejé" o algún tema pegadizo y dicharachero de la Mosca. Bueno, a mí, nada de nada. Ni una sonrisa de compromiso. Aburrido, me dicen que soy. Yo opino con algo de desdén que soy tan alegre que no me falta ningún chinguichingui para estar a tono. Esto provoca el despectivo comentario de para qué entonces me entono con alcohol, pero bueno, para que explayarse.
Nota: si este post le suena a aquellas notas publicadas en Humo(r) y Sex-Humo(r), tomarlo como un homenaje a aquellos tipos graciosos. Si no se lo toma así, bueno, no es para tanto...
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