26 marzo 2008

La soja y un país sin argentinos (pero con cartoneros).

Anoche, mientras caminaba entre la quejosa turba bien de Plaza de Mayo y ponía, prudentemente, pies en polvorosa intuyendo la copada que iban a hacer de la plaza lo' muchacho', pensaba en las razones que hacen que los argentinos seamos como somos (o estemos como estamos, que es casi lo mismo).
Primero, la identidad: nos encanta la identidad. "Ellos", "nosotros", "esta gente", como diferenciador insalvable en cualquier petición de derechos. Los problemas que tenemos como país no son de los argentinos. Los argentinos ganan mundiales, curan el cáncer o bailan tango, pero no hacen piquetes ni revuelven basura ni viven en el Chaco salteño. Por ejemplo, los asambleístas de Gualeguaychú han sido puestos en duda por CFK, toda vez que la propia presidente les ha informado que su lucha puede ser contraria a "los intereses de los argentinos" y que en ese caso ella optará por proteger los intereses del país. Mientras tanto, no hace un carajo, como corresponde. Lo mismo dijo anoche, en su molesta arenga llena de palabras altisonantes, tajantes y enfáticas (ya nos tiene acostumbrados a su veleidad de buena oradora), pero hueca como toda la política del kirchnerismo, vacía de sustancia fáctica y de corto aliento.
Segundo, las razones de la víctima. Siempre tenemos al menos una razón para ofendernos. Nunca, nunca, nunca seremos nosotros los que empezamos el fuego. Así, diferenciados y ofendidos, las razones ajenas al diferenciamiento o la victimización, huelgan.
Como el falso ingeniero Blumberg que, diferenciado y víctima, pretendió capitalizarse -de manera patética- como político. La lista es larga, si afinamos el lápiz. En Catamarca, los radicales -ahora K- se agarraron con deseperación de las anillas del ataúd de María Soledad no para buscar justicia, sino para hacerse con el poder desde hace casi dos décadas. Un sueño que se les cumplió a los radicales de Santiago, el del asesinato oficialista propio.
Mientras, nadie representa a nadie:
  • El campo, como les dijo una vez Lavagna, es incapaz de generar sus propias armas políticas ("Si quieren que saque las retenciones, ganen las elecciones", les dijo varias veces el ex ministro). El grande se come al chico: Cristina Fernández dejó en bandeja para los pools de siembra a los pequeños productores, que deberán arrendar con precios en baja (menos del promedio de 12 quintales por hectárea) porque no quieren ni oír hablar de trabajar con otros cultivos sin la rentabilidad de la soja. Ahora son todos rentistas.
  • La oposición; incapaz -aunque sea- de comerse un asado en la misma mesa si hay cámaras de tevé encendidas, como si tuvieran algún capital político que dilapidar. La Alianza dejó mal recuerdo, porque se sabe que todos somos un poco (o más que) Chacho, Graciela y de la Rúa. El bulldog desdentado, la apocalíptica sin cintura, el hacedor de milagros besamanos, el ingeniero que ahora quiere ser policía ¿dónde están? Ni lugar tienen en los medios. Si hasta extraño al complotólogo.
  • El Congreso -el verdadero lugar al que habría que ir a protestar para que ese hatajo de vagos cumpla con su deber (representar al pueblo y los intereses de las provincias de la nación)- duerme el sueño de los injustos (que en este país significa "panchamente") mientras esperan despertar sólo para ir a mirar si en el menú todavía figura lomo al verdeo o deberán conformarse con unas pastas agli olio por el paro del campo, o a levantar la mano (como si ahora a las putas no les alcanzara con abrirse de piernas).
  • Los piqueteros descerebrados, que tienen un líder espantoso como D'Elia, que todavía tiene el tupé de llamarse a sí mismo desempleado, dueño de un cerebro de colibrí incapaz de deducir las consecuencias de lo que hace (provoca siempre el efecto contrario al que esperaba). Digno hijo mogólico de nuestras izquierdas, incapaces de saber si deben hacer la revolución, cobrar un conchabo o acusarse con otro zurdo de hacerlo.
  • La derecha, que habla de ley, orden y estabilidad cuando les llueve la guita, pero que se decantan en piqueteros a la primera de cambio, cuando les toca achicar el bolsillo, como a todos. Malditos mentirosos. Pero sin guita son más débiles que los piqueteros de D'Elía: ayer arrugaron feo. Deberían haber mandado a protestar (y pelear por el lugar en la plaza) a las camucas que dejaron en casa, cuidando a los chicos cama adentro por trescientos pesos al mes.
  • Los sindicalistas... Millonarios como Cavalieri, chacareros (entre otras cosas peores) como Moyano, diputados por Catamarca que viven desde hace siglos en Villa Ballester como Barrionuevo. Lacras.
  • Los periodistas, ansiosos (como aquellos generales a punto de pasar a retiro sin haber disparado un solo tiro) por ser parte de la historia como sea, intentando convertir a una muchedumbre de huecos tirifilos en una horda de jacobinos con hoces, horquillas y, de ser posible, una guillotina. Mientras, cogotean si aumenta el minuto a minuto o se juegan a aumentar la tirada de mañana.
  • Al final, los que viven en su burbuja, conformes, que no saben que mierda quieren ni cual poronga les sienta mejor, que votan según las encuestas u obedeciendo al "voto temperatura" (voto cuota, voto que-se-vayan-todos, voto pro, no-voto) y que son los principales causantes de todos los males: los que, encogiéndose de hombros, validan a todos estos impresentables. Culpables de invalidar a la democracia con su incapacidad de ponerse de una vez la ropa del soberano, ansiando un macho cabrío al que delegarle las decisiones o al que culpar de todos los males, a veces al mismo tiempo. Los que dicen "que se vayan todos", "acá hace falta una mano dura", los que iban a las marchas de Blumberg, los que salieron anoche a protestar sin saber bien qué, cuándo ni cómo, los que votaron a Menem porque les encantaba viajar, comprarse microondas o las baratijas a precios chinos, los esclarecidos que hablan para la tribuna -vaya a saber por qué óbolo- sin tener ni idea de qué, cómo ni cuándo. Los que, para mal -siempre para mal- nunca hacen -ni contestan- las preguntas por miedo, miedo, miedo.
Ninguno de ellos es argentino. Ni siquiera debo ser argentino yo, que estoy totalmente harto de todos ellos.

Perdido en estos pensamientos, repito, me hicieron ver a una familia que, ajena al movimiento que se producía por Diagonal Norte, miraba estupefacta -y de reojo- la marea de gente que iba y venía. Seguían sus tareas habituales entre los desperdicios, separando bolsas, basura, papeles, comida; tal vez temiendo que tanta policía, con evidente orden de no tocar a los piqueteros K ni a los conchetos M, se dedicara a matar el tiempo con ellos, los que siempre sobran.



Porque, señores, en este país siempre sobran los argentinos.