19 octubre 2016

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Hola, querido blog. Acá estoy. Acá estás. Tanto tiempo.
Listo, no me hagás escenitas. Ya sé que hace rato que no estoy y justo aparezco hoy. Si no querías que vuelva hubieses inventado esas cosas que inventan ustedes los blogs, como hacer que me olvide la contraseña pidiéndome que la cambie cada dos meses o dándote de baja automáticamente por no tener actualizaciones o, lo que es peor, contener textos ilegibles en las que encima me reconozco. Imperdonable.
Y fue por eso que me fui. Perdoname la cacofonía. No, no me olvidé la contraseña.
Me avergüenzo tanto de mí mismo al verte hoy como me alegraba de poder tener un lugar antaño para escribir y ensayar el que por aquel entonces no era. Sí, acá ensayé algunas cosas de lo que soy hoy.
Necesito poner por escrito algunas cosas -no preguntes cuáles- para tener alguna referencia. Mi proceso mental no es bueno, bulle, es desordenado como este post y a mí me suma mucho escribir. O me sumaba.
El problema es que no estoy padeciendo lo suficiente como para sacarme de mi zona de confort. Una linda zona, te diré; no es que sea TAN cómoda pero lo es comparándola con la que me acogía cuando te empecé.
Y no es que en esa comodidad esté tranquilo. Nunca lo estoy. En mí la comodidad significa libertad en cualquiera de sus acepciones. Libertad también es tiempo y eso hace falta para pensar. En mi caso particular, cuando pienso sin tiempo pienso mejor, sin duda, pero no hay creación ahí. Ahí uso herramientas. Voy a lo seguro, después de todo estamos hablando de sobrevivir generalmente.
Lo notable es que creo esas herramientas cuando escribo, cuando las anoto. Escribir también es una herramienta, querido blog. A veces no me sirve porque estoy -sobre- viviendo y la crónica nunca se me dio bien, ya sabés. Mi vida es importante para mí pero yo no soy importante.
'Pinta tu aldea', qué lindo me sonaba. Interesante, pero no es más que conventilleo. Que Fulano dijo, que aquel se ortibó, que no me alcanza la guita, que todo y que nada. En fin, para eso tengo al pajarito. Sí, no protestés. Ni siquiera valorás que deje toda la mierda ahí. 
Sos como todos, querido blog, querés que sólo escriba bien y que lo haga acá. Vas a tener que hacer terapia, me parece. No quiero cargar las tintas en este momento pero lo mismo me dijo el block cuando agarré el cuaderno, que después protestó cuando lo dejé por vos. Soy una mierda, sí.
Como dice mi amiga Celia, para nosotros escribir está demasiado conectado con el dolor y yo escribía para salir de ahí, para sacarme la piedra del zapato, no para quedarme describiéndola o buscando fama de recio soportador de piedras en los zapatos.
También pasaron cosas feas, para qué mentirte. A la mayoría las vivimos anticipadamente mientras te escribía esporádicamente en los últimos meses. Es que la mano se venía jodida y todo terminó según te anticipé: el cinismo, la hipocresía y el egoísmo lo han asolado todo. Quedan algunos pero están tan perdidos como yo y le ladran a luna o al que viene a dar una mano.
Cierto: las redes sociales han explotado. Todos tienen una cuenta o algo así en al menos una. Quiero que sepas algo: no he cambiado con respecto a eso. Te mantuve lejos de los buscadores, del keywording, del 'clickbaiting' y así mantengo a los otros. Después de vos, el que te sigue en antigüedad sufre la misma política al respecto: pocos pero que lean y que nos enseñen puntos de vista en las antípodas o más o menos cerca (que es lo más juntos que vamos a estar nunca). 
Pero hay mucho ruido, qué querés que te diga. Acá nunca hubo tanto, no sé si mérito tuyo o mío.
Hoy es un día raro, querido blog. Quiero volver a pensar un poco más a solas y en bolas. 
Cuento con vos.