04 enero 2013

La Tragata Fitanic.


Uno se termina volviendo preclaro a fuerza de que todas las pavadas que predice son perfectamente posibles y que hay gente realmente dispuesta a todas ellas.

Escribí esto hace cuatro años:
El Estado acuático.
Hace unas semanas, el tema era la movilidad jubilatoria. Se gastaron hectolitros de saliva en el tema. Oficialistas, opositores, periodistas, jubilados, pensionados. Todos salivando como perros esperando el almuerzo. Creo que si la juntábamos toda en una pileta se llenaba una olímpica.
La producida previamente (les recuerdo algunos temas: la 125, el pago de la deuda al FMI, el bicentenario, déficit energético, tren bala y todas las cosas que han ocurrido en menos de un año) alcanza para llenar una sima igual a la del Océano Atlántico, y quizá eso explique la sensación de que estamos en alta mar. Apenas flotamos a la deriva en nuestra propia baba.
No, a la deriva no. Tenemos dos capitanes, a falta de uno; dos enamorados del timón.
Quince días después de discutir el rumbo nos han dicho que si bien este Titanic es inundible, un par de destinos se van a retrasar (París, por ejemplo) porque habrá que corregir la derrota. Las tormentas severas que se atisban en el horizonte así lo piden. Calma. El líquido a la altura de las pantorrillas es porque se taparon los desagües y este barco será pobre pero limpito. Y no son treinta centímetros, son sólo ocho: el vaivén del barco hace que parezcan más. El contramaestre Moreno acaba de medir su altura real, entre otras cosas preguntándole a las ratas de la bodega.
Al final, no se ponen de acuerdo: bueno -sostienen- el barco es fuerte, pero por las dudas (y por las deudas) en realidad vamos a tener que virar en redondo. A la mierda toda la discusión previa. ¡Acá los capitanes son ellos y cualquier discusión es amotinamiento!
Empiezan a verse agitados estos fríos mares australes (aunque sean de saliva) y una vieja carta marina les está dando la ruta al nuevo mundo. Calma, dijimos. ¡Calma!.
Entonces (basta de parodia), afuera las AFJP. No me parece mal: yo voto, desde hace años, por los que prometen estatizar todo: para empezar, ferrocarriles, correos, caminos y, obvio, las jubilaciones. Los servicios públicos, eso seguro. No me voy a quejar ahora.
Igual, si mañana viene un tipo y quiere hacer una autopista desde Jujuy a Tierra del Fuego, pone la tarasca y cobra peaje, me parece bien. Cobramos una concesión suculenta y rehacemos la cuarenta. ¿Querés hacer un tren bala? Dale, poné la mosca, pagame la concesión y arreglo con la guita el sistema ferroviario estatal. Diez trenes balas, si querés, te autorizo. No, no te doy un catzo de eximiciones impositivas. Es tu negocio, tu capital de riesgo. Si no es rentable, andá a poner el tren en Estados Unidos.
Entonces, no tengo problemas con el qué. El problema no es qué estatizar -podemos ser muy creativos- sino quiénes lo hacen.
Como están las cosas, entre que me roben unos banqueros que ya me cagaron cincuenta veces y que me caguen los políticos de siempre, no es ni mejor ni peor. Ambos prenden habanos con billetes de cien dólares, ambos tienen justificaciones sobradas para cuando tienen que pagar y la guita no está, ambos viven en un mundo sin consecuencias.
¿Qué cambiará? Harán uso de sus prerrogativas (el Mercado, el Estado, la prensa, la justicia, las leyes, los fueros, el off shore, el cohecho, la coima y un larguísimo etcétera) y yo no tengo nada que hacer. ¿Votar? ¿En qué parte de la plataforma de CFK decía que iban a estatizar las AFJP?. ¿En que parte dice que van financiar a D'Elía? Ah, no. Por eso no la voté.
O sea, el problema no es el Titanic. El problema podría ser el cambiar de rumbo cada dos por tres; después del desayuno, porque a algún capitán le cayeron mal las medialunas. Porque jamás sabemos qué esperar, a qué puerto vamos. Porque les hacen finitos a los icebergs, porque cuando nos dijeron que estabamos prontos a llegar descubrieron que las costas seguían igual de lejos que siempre.
Pero, sobre todo, lo que más me molesta, es que sigan perforando el casco para apagar los incendios en la carbonera.