12 diciembre 2012

Marita.

Desde hace unos veinte años, más que la política y los políticos, me frustra la falta de Justicia. Ahí está -pienso- el nudo gordiano de nuestros problemas. El otro, la falta de entendimiento del juego electoral, la perversión del sistema democrático, lo dejo para cuando llegan los tiempos pre y post electorales, en los que tenemos que hacer valer nuestro voto. Están relacionados, pero elijo el huevo y no la gallina.
Los argentinos, triunfalistas y futboleros como somos, creemos que los partidos se ganan o se pierden en una o dos jugadas. Creemos que un fallo como el que absolvió a los Alé y a sus secuaces puede basarse en un acto individual o coyuntural, un capricho o un acuerdo traidor de último o primer minuto, pero no es así. La negación de justicia, una de las conculcaciones más evidentes y crueles de los derechos humanos, opera a toda hora y es constante, una bajada de línea sobre todos los actores y que tiene, encima, muchos colaboradores entusiastas y espontáneos. Hay jueces a los que no les paga nadie, su machismo hace todo el trabajo ad honorem.
La denegación de justicia es en general una construcción larga, penosa, llena de agachadas, impericias y avivadas. Es una enorme mentira colectiva que va pudriendo todo, que vulnera todo, que elimina cualquier posibilidad de verificación o revisión, por el mero hecho de que, al ser puesta en convicción, muchas pruebas o testimonios son destruidos para siempre o sus efectos anulados por el mero acto de ser puestos a la luz pública en las peores condiciones. La verdad termina agonizando en un galimatías legal y lo que quede de ella se sacrifica para hacer tablas en un juego abstracto en el que todos pierden salvo los culpables, que sobreviven -encima- con ventaja porque han sido juzgados y ya saben que han sido medidos y considerados inocentes, saben qué pruebas hay en su contra, qué testigos los complican, cuáles no. Se les acaba la incertidumbre. Un mal proceso es lo mejor que le puede pasar al culpable, es mejor incluso que no tener proceso alguno. La incertidumbre te mata pero quedás libre de ella con esta (in)Justicia.
Por otro lado, el tiempo transcurrido es el enemigo más difícil porque está del lado de los inútiles, los muleros, los vagos, los crotos y los corruptos del sistema judicial argentino. Esos tiempos permutan en mártires a los sospechosos y en bestias vengativas a las víctimas y sus familiares, y convierte a los justos en tibios y a los ladinos en tranquilos hombres con la frente alta.
Un proceso pervertido necesita de jueces, fiscales y abogados imbéciles, mendaces y/o corruptos; mucha gente operando por destruir toda posibilidad de verdad, repito. Todo está corrompido cuando falla la Justicia operando a pleno y en todos sus estamentos: la cadena de pruebas por la policía y los peritos, los testigos por fiscales y/o abogados necios o llenos de desidia, la fiabilidad de una cadena de acontecimientos  queda carente de toda sustentación lógica y probatoria por jueces de instrucción tilingos y corruptos, el rito ridículo que exige procedimientos cuyos resultados todos conocen de antemano y que solamente sirven para posponer, una y otra vez, cualquier posibilidad de justicia, en manos de cualquier cosedor de expedientes. 
La verdad es la que muere con este fallo y proceso en Tucumán: quizá nunca sabremos qué pasó. Nos ocurrió hace no tanto con María Soledad; en ese caso, incluso con condenados firmes como Tula y Luque. Lejísimos estamos aún de saber qué pasó con ella y si todos los culpables recibieron castigo. La Justicia catamarqueña, en ese entonces y ahora, no es muy distinta que la tucumana. Que haya habido un fallo con culpables en semejante proceso viciado no nos tiene que tranquilizar. Es lo mismo que con Marita.
Los ecosistemas humanos que perviven, como las selvas, de su propia corrupción merecen ser arrasados. No tiene sentido seguir con un sistema que no tiene depuración, que es una especie de jungla multiforme que se adapta a todo intento de desmalezarla, una ameba que se regenera con sus propios detritos. Creer que la Justicia argentina tiene el sostén ético para renovarse es como apostar en la quiniela clandestina: nadie conoce a ningún ganador, no hay pruebas de que funcione. Es de ilusos que merecen lo que les pase. Como con los políticos, tenemos la Justicia que nos merecemos.
Pero hubo un 2001 para los políticos: algún día, deberá haberlo para los funcionarios judiciales, tal vez.
La Justicia Argentina, mejor dicho, el cadáver insepulto de la Justicia Argentina, está corrompiendo todo. No hay mejor aliciente para el crimen que la impunidad. No importa mucho a quien votemos, con esta Injusticia, tarde o temprano se corromperá: la tentación es insoportable con esta impunidad. No son solamente los políticos, que ya bastante podridos están, es el sistema que los cobija y los riega con esmero. Todos corruptos, todos negociando sus corruptelas, todos prendidos. Nosotros, como materia inerme en sus manos crueles y avaras.
No hay que creerle a nadie: el Gobierno necesita jueces corruptos, las megaempresas necesitan jueces corruptos, las potencias extranjeras necesitan jueces locales corruptos, los poderosos necesitan jueces corruptos. Todo el que tiene dinero suficiente quiere ser dueño de un juez, y todo aquel que está en el sistema judicial quiere sumar su costo individual a lo que sale un juez. Tiene que haber un límite y tenemos que buscarlo nosotros. El sistema está en equilibrio hace décadas.
Políticos, policías, poderosos. Triple P. Todos protegidos por ese grupo de cretinos malnacidos, cobardes y sin atisbos de dignidad. Nos van a terminar liquidando como país. Ellos, y nosotros también si no nos deshacemos de esa lacra por la vía institucional o por la otra.
Porque nosotros somos culpables, nosotros fallamos la libertad de los Alé y sus secuaces y las condenas de miles de chivos expiatorios que no tuvieron el dinero suficiente para comprarse un juez.
Basta de indignación. A desalambrar.