05 octubre 2012

Política mágica (1 minuto).

Todavía creemos en la magia. Tenemos una concepción política, como país, basada en el pensamiento mágico, en las consecuencias sin antecedentes lógicos, explicables y capaces de seguirse con una cadena lógica. Por ejemplo, creemos que cada golpe que se le da a una cacerola generará una onda de choque esotérica que hará reflexionar a quienes, también mágicamente, confían ciegamente en una sola persona como única capaz de gobernar un país tan complejo, cambiante y excesivo desde lo individual como es la Argentina. Y eso si no se quiere, todavía más mágicamente, que esa persona-deidad al escuchar el tan tan repetitivo, desista de hacer el mal o huya a las profundidades del Averno.
Dicha deidad -en pleno uso del poder terrenal, algo que creyeron conseguir, entre otros, los egipcios- queda a salvo del debate lógico e ideológico y construye una metafísica del poder que, si bien enfurece a los no creyentes y excomulga a los críticos, tranquiliza a los que sí creen. Creyentes, no ciudadanos, no votantes, no militantes, no sujetos políticos. Creyentes. La lógica "non sequitur" de los caceroludos y la "mística" pavota de esos creyentes está muy lejos de mover el mecanismo democrático, sólo embruja o desembruja a los permeables, los crédulos, a la sociedad chamánica.
Con este paradigma los medios de comunicación, más que de noticias, lo son de conjuros, mantras, sortilegios. Repetir, repetir, repetir. Y repetir. Hay hasta una especie de juego esotérico en la imprimación a fuerza de repetición: entre Magnetto (que repite en cadena las mismas noticias) y el "eje" Gvirtz-Szpolski (que repiten párrafos totalmente completos como si lo necesitáramos escuchar tres o cuatro veces) han hecho de la iteración el corazón de estética y ética mediática: pobreza contextual, sesgado ideológico, desenfoque, sustitución. Y repetir-repetir-repetir.
El culto a los muertos no ayuda a mejorar esta pulsión mística; más bien la empeora, claro. Como cuando nos quieren hacer creer que lo que importa del muerto no fue lo que hizo, sino lo que haría ahorita mismo. O que se sabe qué haría. Que se lo llene de heroísmos, que se le abroche el saco, que se lo imagine más alto y buen mozo, que se lo bruña como metal, no es tan grave (que lo es). Lo peor es que se le hable, se le rinda culto, o peor todavía, cuentas. Y que nos pidan que le rindamos cuentas a los muertos debe ser la cosa más injusta del mundo. Al cabo que no llegaron hasta aquí, hasta este momento, por más supermanes que los quieran hacer parecer.
La combinación "política mágica-conjuros mediáticos-muertos milagrosos" nos está haciendo mal. Muy mal. 
Sabemos que algo está mal en cuanto prendemos el televisor o leemos un diario, pero, embadurnados de sobrenaturalidad como estamos, revestimos toda esta estructura metafísica de una pátina lógica. Nos da vergüenza comulgar en presencia del contrario y escondemos la sotana y la hostia: nos la pasamos debatiendo si esto es a consecuencia de aquello, si aquello es motivo de esto, buscamos contextos como conjuros, parecemos jesuitas resolviendo el sexo de los ángeles. Intentamos usar esa vieja inútil, la lógica, pero como no estamos convencidos de ninguna serie "A entonces B" (porque siempre creemos que nos hace trampa, o que la hacemos nosotros) ni siquiera creemos en lo fenoménico. Si puede describirse, puede conjurarse. 
La realidad nos hace trampa, nuestra percepción está torcida y tenemos cientos, miles de personas que nos agitan desde el púlpito, incluyendo nuestra deidad en uso del poder, que nos dicen qué tenemos que pensar, cuándo y cómo. Todo suma más retortijo al revuelto gramajo diario: falta leer alguna red social después de un hecho importante para ver qué difícil es que dos argentinos siquiera interpreten similarmente un acto que esa realidad torva les diluye en cuanto más fijo la miran. 
Si hay un dios verdadero, se nos debe estar cagando de risa.
Y esto tiene otras consecuencias, las más graves: tratamos a los que nos tienen que gobernar como benévolos chamanes o malévolos mefistos de acuerdo a ese falso debate que, de antemano y mágicamente, ya ha sido resuelto en su base con una revelación o una retahíla de credos repetidos como rosarios con una base más o menos sencilla: si hace crecer las cosechas, es bueno; si hay plaga, es malo. Si crece en mi campo, bueno; si crece en el campo de al lado, malo. 
Vamos a un ejemplo: durante el debate previo a las elecciones presidenciales de 2011 no escuché ningún serio interés, desde quienes decidieron por antemano reelegir a Cristina Fernández de Kirchner, por conocer qué iba a hacer. Más o menos, lo que me dijeron -promedio- es "confiamos en que va a hacer lo mismo que hasta ahora, que nos parece perfectible pero es mejor que cualquier otro oponente que se presente". Y ahí la clave no es "mejor que cualquier otro oponente" sino "confiamos". A nadie de los que pregunté le interesó saber de antemano (y de paso, repetírmelo porque CFK se cuidó muy bien de decirlo) qué será de la educación, salud, distribución de la riqueza (es decir, qué se hará con el dinero de todos los argentinos, oficialistas y opositores e indiferentes), de la política energética, de los servicios públicos, y un larguísimo etcétera: el creyente confiaba. Tenía fe en que ella haría lo necesario y que lo que hiciera sería "lo mejor". "No nos des detalles", parecían decirle a CFK, "vos goberná que nosotros confiamos en vos y mientras no nos hinches las pelotas, dale para adelante". Faltaría decirle: "mientras llueva y haya prósperas cosechas, oh diosa de la tierra".
Toda esta magia, claro está, es neurosis. No nos gusta laburar, no nos gusta saber que tenemos que hacer un montón de cosas por nosotros: ir a reuniones, discutir acciones y llevarlas a cabo, manifestarlas, peticionar, respetar las decisiones del colectivo, en fin, ser sujetos activos de la política. Ni siquiera hablo de militancia, eso es distinto. La militancia es hacer de una idea la vida: mi idea, mi vida y mis compañeros. De diez asambleas con cien participantes, apenas diez personas serán, alguna vez, militantes. Pero eso es otra cosa.
Con la magia, la responsabilidad es de otros: nosotros cumplimos yendo a misa. Arraigada en el fondo del inconsciente político nacional, está la creencia de que los políticos crecen en macetas o son iluminados como los profetas o son "seres especiales". Como sea, no tienen nada que ver con nosotros. De una vez: "Argentinos, a las cosas". 
Y déjense de boludeces, agregaría yo.