28 agosto 2012

Otra vez, pero distinto.

La sensación de sentirme moribundo es vasta en mi experiencia pero, por lo general, fruto del momento y tan efímera como éste. Suelo volver renacido de esos vislumbres, como si fuera una tonta moraleja de Paulo Coehlo.
De chico soñé varias veces con mi propia muerte, generalmente violenta. ¡Era una muerte de gángster!, moría siempre en un auto; reventado por una bomba, en un tiroteo entre pandillas o en un choque provocado. Autos gigantes, Fords o Chevrolets u Oldsmobiles, modelos todos cuarenta y pico; negros, recuerdo que eran grandes y negros. Autos bien de gángsters. ¿Por qué había gángsters y por qué había autos?, me pregunto y tal vez no es que soñé tanto con eso, tal vez me acuerdo más de esos sueños que de otros en los que moría, pongámosle, deglutido por un dragón.
En mi adolescencia hacíamos con mis amigos el jueguito torpe y peligroso de desmayarnos adrede, y experimenté un par de veces una sensación que pensé cercana al no-ser de la muerte. Después un médico me explicó lo cerca que estuve de morir sin ningún tipo de anticipo o conciencia real de lo que me iba a pasar. Morir de estupidez, básicamente.
La primera vez real de encontrarme con la plausibilidad de mi propia muerte -violenta- fue tiempo después, adulto joven, casualmente huyendo en un auto grande, un Ford verde y rojo, y también casualmente rodeado por algo así como gángsters del conurbano bonaerense. Debo aclarar que yo no quería estar ahí, como en una comedia de enredos -pero sin la comedia- pero ahí estaba mientras todos (se y me) gritaban y todos (se y me) disparaban. Debo haber sido un blanco de fortuna, pero tal vez no les di demasiado tiempo para apuntarme; no estaba muy claro en ese momento y rajar era mejor estrategia que pedir explicaciones. Recuerdo pensar que sentiría una quemazón -tal vez- pero que no iba a sentir un dolor muy fuerte y eso me desconcertaba, me revisaba a cada rato buscando una mancha roja fatal en la camisa. Como decía, parecía una comedia, una de las tempranas de Woody Allen: mientras zumbaban las balas, pensaba quién le iba a decir a mi vieja que me habían cosido a tiros. Un plato.
Hubo otra oportunidad, también hace mucho, pero esta vez con la plena certeza de mi muerte. Era  una propuesta seductora, una promesa de descanso para el desfalleciente, la disolución del ser para el atribulado. Y yo estaba desfalleciente y atribulado. Al cansancio y a la confusión habrá que agregarle, para entenderme un poco mejor, que me invadía también la figuración de ser un sorete marrón cagado sobre una alfombra ídem, esperando pasivamente que alguien se tropezara conmigo y que de la indignación diera con el culo desubicado y desprolijo que me había dejado tirado ahí y lo reventara a patadas. Cosas que se le pasan a uno por la cabeza cuando está solo, triste y cansado. Sobre todo, cansado. Apareció el que se tropezó conmigo y salí renovado, como quiere Coelho -supongo.
Para terminar, hace unos días tuve una experiencia onírica fuerte, tan fuerte como los otros anticipos de mi muerte. Soñaba esta vez con que me moría porque el cuerpo lo decidía, me abandonaba. De nuevo pensaba que transitaba el camino que lleva a las recónditas cuevas del no-ser, hacia la nada cósmica, la sopa de sustancias. Esta vez, aún en sueños, no me entregué. Al contrario de lo que podría pensarse, o a favor si se me conoce un poco, básicamente lo tomé como un tema de fontanería o de hardware/software. Sabía que no era real, que soñaba, aunque sintiera la muerte tan cerca pude haberla sentido en otras ocasiones más reales. Pensé que la solución era resetearme, lo cual implicaba cierta fe en que hubiera una especie de frontón metafísico contra el que rebotar y volver -podría interpretarse como cierta flaccidez de convicciones, pero debo decir en mi favor que lo encontraba muy dudoso y que preferí atenazarme a la poca conciencia que me quedaba- mientras mi corazón y mi sangre se detenían. Sin embargo, morirse no fue lo peor, mayormente lo fue el dolor insoportable de los recuerdos sinestésicos que conseguían aparecer por última vez, mi memoria comportándose como una estrella moribunda que da gritos desesperados, rehusándose a volverse una singularidad sin tiempo y sin espacio.