23 julio 2012

Correr en bolas hacia el abismo.

Muchos se consideran interpretados y se identificaron, la semana pasada, con la nota aparecida en La Nación de Alejandro Katz; de hecho, me resultó bastante paradójico que en La Nación se preocupen del progresismo; más bien, creo que les interesa más sus críticas al kirchnerismo que su condición de progresismo en sí.
Sin embargo, hace rato que creo que debatir con el kirchnerismo su relato es aceptar atacarle su muñeco de paja. La cuestión no es señalar su necesidad de la cadena nacional por día, sino confrontarlo con su incapacidad evidente de convertir en realidad eso que relata y su creciente necesidad de disociarse de esa incapacidad. 
Para quienes no profesamos la fe, está muy claro que para sostenerse el kirchnerismo necesita de prensa adicta, estadísticas falsas, intelectuales aplaudidores, épicas ficticias, revolucionarios a sueldo y llevar el quid pro quo a la categoría de ideología. Sabemos que toda alusión a la realidad cruda y global se considera destituyente (casi por definición), incluso salirse del canon oficial de santos y demonios lo es. Pero lo último que necesitamos es un 678 opositor para predicarle a los conversos. Más bien, todo lo contrario.
Las mentiras de los Szpolski y los Gvirtz -por mandato- son un espacio cada vez más grande entre la realidad argentina y la ficción kirchnerista y cada cadena nacional un episodio más extremo de la neurosis del Poder; lo que es mucho más preocupante: estamos mal pero vamos a estar peor porque estamos cada vez menos posibilitados de aplicar soluciones.
El problema no es la prensa adicta, el intelectual torvo, la presidente como showoman. El problema no es aplaudir los ropajes del rey desnudo; el problema es que el rey corre en bolas y a los gritos hacia el abismo y nosotros vamos tres pasos detrás de él.