10 abril 2012

Formal y cortés.

"¿Sabés que? Sos una mierda, una bosta de persona. Un desagradecido, un egoísta cruel, un eterno insatisfecho que nunca fue capaz de mirar a otro si no es para sacarle algo, incapaz de aportarle nada a nadie: no importa si lo que podías dar te lo ganaste en buena ley o se lo curraste al gil que te tuvo lástima de tanto escucharte llorar. No importa. Te encanta la puesta en escena de llorar miseria: si hay miseria, que se note, pero sobre todo si no la hay. Esconder todo lo bueno y dejar la miseria afuera, a la vista de todos. Cuando disfrutás algo lo hacés en secreto; no querés que te salten al cuello tus acreedores materiales y espirituales. Existe la posibilidad de amargarle la felicidad a otro, esa felicidad que tanto te incomoda y tanto envidiás. Sos tan malo que hasta te molesta la felicidad del que no tiene nada porque es generoso o despreocupado. Te solivianta que dilapide tu posibilidad de serte útil en algo".
Hasta te olvidaste de sonreír, por miedo a que te estén mirando, no vaya a ser que alguno al que le mentiste la muerte de un familiar, la enfermedad de un hijo, un desengaño, la perfidia cruel de un socio, para conseguir que bajara la guardia, simpatizara, te tuviera lástima, justo esté mirando. La sonrisa es peligrosa y la derogaste o la vendiste. Sonreír es como silbar, se hace con el alma. La tuya, pérfida y ponzoñosa, la empeñaste hace años por un cuarto de helado, o para que te perdonaran una mentira o por tu eterna falta de puchos".
"Te escuché reír, sí, fuerte, con esa risa chabacana y cruel que busca la hilaridad general, la complicidad del grupo, el descerebramiento colectivo, el aturdimiento. Tu risa también es tranquilidad para vos: -¿cómo nos vamos a llevar mal, cómo vas a sospechar de mí, si nos reímos? -te decís aliviado. La risa graznada del payaso triste que intenta contagiar y, en tu caso, distraerla de tu intranquilidad de estafador pasado o futuro. Te encanta reír, por eso. Siempre hay alguien que te provoca reír, sobre todo, involuntariamente y a su costa. Porque tu risa denigra, es mala, una tiña asquerosa. En el fondo, cualquier persona cercana es alguien que te pone incómodo, si está en silencio, peor. Porque el silencio te mata, abre camino a la observación, a la contemplación, y ser objeto de atención sin tu control te pone muy nervioso, porque pueden aparecer preguntas o definiciones. No aguantás estar solo, pero es preferible a compartir el quieto rumor de los pastos creciendo, la mirada mansa que busca en tus ojos una emoción auténtica, la posibilidad de que quieran entreabrir la lóbrega puerta que guarda tus tripas. Porque para vos hablar no es hablar, comunicarse, no. Es inocularle al otro una parte de tu Yo que lo infecte, lo turbe y lo estropee; tus opiniones siempre llenas de prejuicios, sospechas, pareceres perversos, es lo peor de lo que queda de tu humanidad. Porque tu papel es el de un Yago eunuco, esclavo eterno del personaje de agente putrefactor, incapaz de erguirte, deforme e impío, entre los leales y dignos si estos no se mutilan entre sí por tu veneno".
"Ahora que lo pienso, venís de una jerarquía de esclavos e imbéciles que dotan a su progenie con lo peor de cualquier alcurnia: tu padre, el dominado de tu abuelo, que dominaba a todos en tu casa, especialmente a tu madre; ésta, que se afanaba especialmente en vos para devolverle al padre la humillación en forma de hijo; vos, cóctel de trastornados, que te descargaste con tu mujer y tus hijos simplemente porque fuiste incapaz de dejar de ser un niño miedoso. Para ellos sos grande: te llevan en los genes, pero especialmente, en sus cabezas, tus víctimas primigenias. Si tienen suerte, un día se rebelarán y en esa rebelión, sólo por oposición, serán buenas personas. Así de malo sos".