23 marzo 2012

Fuera de la pared

Recuerdo la tarde en que al fin rompí el hielo con Mónica, después de haberla visto deambular por el pueblo por casi dos años. Era apenas dos o tres años más grande, pero a mis catorce eso era casi una generación de diferencia y era aterrador; terror quizá algo exagerado porque las fijaciones secretas temen ser descubiertas. Yo estaba realmente obsesionado con las chicas "más grandes" y lo vivía como una anormalidad más en mi vida, que debía quedar sujeta a mi fuero interno y lejos de la mirada ajena.
Teníamos un par de amigotes en común, mi hermano era amigo del suyo, había puntos de contacto cercanos pero no tenía una oportunidad de presentarme. Se dio, muy impensadamente, a raíz de "The Wall", la película de Pink Floyd dirigida por Alan Parker. En una incómoda reunión improvisada en la calle, con esas tardes eternas de adolescencia de pueblo sin Internet ni Wii ni nada parecido, nos encontramos junto a varios amigos en común, al fin, llenos de aburrimiento etario -el aburrimiento en común suele creerse más ameno, sobre todo a esa edad.
Mónica, por hablar de algo, contó que había visto "The Wall" en Córdoba. Toda mi timidez desapareció instantáneamente: le pedí que me la contara, de punta a punta. Le brillaron los ojos, hacía tiempo que quería compartir con alguien esa experiencia pero aún no había encontrado una oreja dispuesta. Me senté junto a ella, en un banco de la plaza del pueblo, un poco separados del grupo y mientras ella cargaba mi entrenado "proyector" cerebral con las imágenes de la película. Mi conocimiento exhaustivo del disco nos permitió digresiones temporales pero no definitivas, y fuimos tema por tema, deteniéndonos cada vez más en sus impresiones, sus juicios y mis intentos de entender la montaña de datos que faltaba. Dos horas después quedamos solos, cerca de las ocho de la noche en invierno, con frío, llegando por fin a "The Trial".
Mónica fue después una gran amiga y la compañera ideal para jugar al truco, capaz de mentirle una falta envido al Viejo Vizcacha en su propia cara y ganarle. Ahora es abogada; hace poco me la crucé en Tribunales, cuando fui con mi ex esposa a la audiencia obligatoria previa a nuestro postergado divorcio.
Volvamos un poco a las nubes de Úbeda:
La primera versión que tuve de "The Wall" cayó en mis manos por febrero o marzo de 1980, unos dos años antes de la tarde en que conocí a Mónica. Nos pasamos, con mis amigos, todo ese verano escuchando "Another brick in the wall Part II""Last train to London" de ELO (era un poco anterior pero se puso de moda con el calor, como suele pasar). El recuerdo está bastante reforzado porque ese verano fue particularmente intenso: el primero del exilio interior en la villa serrana, el momento en que me descubrí adolescente, tuve mi primera novia y escapé a un boliche por primera vez. Todo pasaba por su primera vez, ese verano. Doloroso.
Esa primera versión, editada por EMI Argentina, estaba cortada por la censura de la Dictadura: no tenía las letras en el sobre y faltaban "Another brick in the wall Part II", "In The Flesh?" y el solo final de "Comfortably Numb" estaba cortado después del segundo estribillo, omitida toda la gloria de Gilmour. Sin embargo, como estaba de moda "Another...", me lo grabé en cassette de algún amigo que lo tenía. Gritábamos, con el puño arriba, "Hey! Teachers! Leave the kids alone!", con una significación totalmente argentina, cargada de bronca por la represión escolar que estaba siendo aprovechada vilmente, al calor de la coyuntura política que odiaba todo lo joven y lo nuevo, por profesores y autoridades educativas conservadoras (la mayoría) para su conveniencia y nuestro agobio. Gritarlo era gritar contra nuestros padres, maestros, autoridades, contra los que sospechábamos cómplices por el silencio o el directo aprovechamiento de lo que sabíamos que estaba pasando. Yo lo sabía, por lo menos, y también mis amigos.  Esa canción, una crítica al represivo sistema educativo inglés que inesperadamente cobraba significado en Argentina, sería el preámbulo de otra coincidencia tremenda apenas dos años después: los adolescentes que en la Argentina de 1980 tenían dieciséis años se enfrentarían con los hermanos mayores de los adolescentes de allá en una guerra estúpida que dejaría la tierra regada de tripas, sangre y preguntas que todavía siguen sin respuesta.
"The Wall" significó la comprensión -por primera vez y verificada en tiempo real- de que se estaban metiendo en mi cabeza y que el objetivo primordial de ese mundo adulto al que ingresaba era que no juzgara por mí mismo, que la "pureza" de mi mirada de niño reciente fuera abandonada por el bien de la sociedad que acepta e impone situaciones fuera de toda lógica y posibles porque, en realidad, comulgan con lo peor de todos nosotros. Siempre me resistí a asimilar mi cordura personal a la locura mundana, disfrazada de cordura. 
Crazy,
Toys in the attic, I am crazy,
Truly gone fishing.
They must have taken my marbles away.
Crazy, toys in the attic he is crazy.
A medida que crecí, "The Wall" fue un acompañamiento de etapas de acuerdo a la edad y a la experiencia. Una vivencia personal renovada y que se realimentaba, siempre la escuché de principio a fin, desde "In the Flesh" hasta "Outside the Wall"; en la intimidad, a oscuras, y sobre todo si tenía alguna pena importante en el alma. Hubo lustros enteros en que no pude o no quise escuchar el disco ni ver la película (la cual es mi record personal absoluto de "películas vistas más veces", en una estimación grosera, que va de cien a doscientas). Siempre sospeché de los que se dicen "fanáticos" y se aburren o adelantan la parte entre "Young Lust" y "Comfortably numb". Dudo mucho que la entiendan, incluso. Me separan demasiadas cosas de ellos. Como de este Roger Waters que vino recientemente a la Argentina: no fui a ver "The Wall".
Antes y después de la primera separación de Pink Floyd coleccioné los discos de casi todos los integrantes, sobre todos los de Waters y Gilmour, seguí sus carreras y sigo teniendo en algún formato digital casi todo, aunque con los años sólo seguí realmente al único músico que siguió adelante: David Gilmour. Roger Waters, en mi opinión, cayó en un pozo profundo como letrista y agotó su mirada musical sobre el rock de los setenta y la psicodelia de los sesenta en "Radio Kaos", su mejor disco solista. Sin los necesarios aportes del resto de Floyd quedó reducido al actual poeta abrumado por la controversia ideológica del liberal multimillonario, un tanto conservador y timorato que es el que compuso "Amuse to Death". Intentó, atento a sus limitaciones como músico, rehacerse con otros "gilmours" putativos como Beck o Clapton pero terminó en un gran negocio unipersonal, digno de su actual estado de artista acabado: hacer el "Cirque du Soleil" de "The Wall". Dudo que sepa por qué hizo nueve estadios en Argentina, qué puntos de contacto hay entre esa muchedumbre sudorosa que cantaba "Daddy what you leave behind for me?" y sus propios daddy issues que lo inspiraron en buena parte. Ni la muchedumbre ni él, tampoco, se parecen demasiado.
"The Wall", me puso en guardia, cuando era cada vez menos niño sobre los consensos masivos, las multitudes enardecidas y llenas de certezas; a buscar adentro de uno lo que vociferan aquellos que sacan provecho con la masificación, la alienación y hasta con la amenaza de la soledad. Porque el mensaje principal que leo en The Wall es "te vas a quedar solo si no aceptás la locura general". La locura de ir a estadios, por ejemplo.
Por último, después de tanta negrura introspectiva, "The Wall" me dijo (y me dice) que es necesario salir, que todo lo que denuncia y subraya no es excusa para no vivir, y que hay que buscar a los corazones sangrantes y a los artistas, fuera de la pared:
All alone or in twos,
the ones who really love you,
walk up and down outside the wall.
Some hand in hand,
some gathering together in bands;
the bleeding hearts and the artists
make their stand.
And when they've given you their all,
some stagger and fall -after all it's not easy;
banging your heart against some mad buggers wall
Solitarios o en parejas,
los que realmente te aman
pasean fuera de la pared.
Algunos de la mano,
algunos reuniéndose en grupos;
corazones sangrantes y artistas
hacen su intento.
Y cuando te han dado todo,
algunos tambalean y caen -después de todo no es fácil;
golpeando tu corazón contra un maldito muro enloquecedor.