20 diciembre 2011

Hombres, niños y santos.

Para los que tenemos conciencia, ser hombre es una inversión de prueba cotidiana. Somos sospechosos por ser varones; los malos de la película, criminales putativos. En Oriente y Occidente hemos ganado la reputación -siglos de reputación, tantos como hay de civilización humana- de ser responsables, en número abrumador, de guerras, matanzas, violaciones, vejaciones, asesinatos, pogroms, persecuciones, desapariciones, y un listado tan largo como vergonzante. Los hombres hicimos cosas detestables como gobernantes, dirigentes y jefes. Pero también las hacemos cuando no somos ninguna de esas cosas.
Nos encantaría decir que lo que pasa es que somos guerreros, que lo nuestro es la lucha constante y valerosa y que la sociedad ha trasladado esas pulsiones a su cotidianeidad, pero es mentira. No luchamos: dominamos y corrompemos todo aquello que se manifiesta plausible de ser dominado o corrompido, sobre todo, si es manifiestamente diferente y/o tenemos ventaja, sea física, técnica, psicológica, económica, etc.. Habrá excepciones, claro, pero son eso: excepciones.
Me encantaría decir que yo no tuve nada que ver en ninguna de esas cosas, pero la verdad es que no hay por qué creerme inocente hasta que demuestre lo contrario; hasta que no se me dé vuelta como un guante, hasta que no refute cualquier sospecha: soy culpable de todo, por todo. Soy hombre. 
Mujeres y niños me miran con una mezcla de reprobación y temor, más reprobación cuanto menos temor, sobre todo si no me conocen. ¿Qué hago para que me crean? Debo reconocer que algunas veces confundí temor con respeto o sumisión con subordinación, porque soy hombre y porque, sobre todo los hombres pero también un número importante de mujeres que me formaron, utilizaron invariablemente una cosa o la otra -o las dos- y no estuvo nunca muy claro.
Soy hombre, entonces, y -como niño- también recibí violencia física, psicológica y verbal, pero que cuando crecí pude enfrentar, sobre todo cuando era notablemente más fuerte físicamente y eso me hizo psicológica y verbalmente más fuerte (o más confiado). A veces, para buscar un respeto que creía merecer reaccioné con violencia, porque ya había intimidado a otros, sobre todo, cuando éramos niños.
Ya como hombre lo hice repetidas veces, nunca con el mismo motivo y de manera irregular. Lo peor para los demás es lo esporádico: no hace más que sumar dificultad no saber cuándo un hombre va a querer respeto aunque no lo merezca y cuando para obtenerlo se pondrá violento o, simplemente, amenazador. Porque el respeto debe darse, claro que sí, pero dárselo a cualquiera obligatoriamente es de esclavos y no conozco a nadie que asuma que vive rodeado de esclavos salvo quienes así lo creen realmente y tienen un ecosistema social que se los consiente (o que lo cree también, que es peor).
Y si un niño o una mujer o un hombre débil no dan el respeto que me creo merecer como hombre entre los hombres, algunas veces -no todas, eso es lo peor, como dije- puedo reaccionar. Ni siquiera es violencia física, sólo su amenaza, o sólo quejarme enfáticamente y dejar que los demás sepan que estoy enojado y que puedo seguir subiendo la escalera de la furia: una Humanidad de hechos lamentables me respalda y no hace falta que me ponga demasiado enfático. Durante días puedo estar perfectamente socializado y, después, un día que considere que ya está, que ya fue suficiente, desquitarme con quien creo que ha derramado la última gota del vaso de mi paciencia; generalmente será alguien más débil y aprovecharé un momento en el que yo esté desinhibido o parcialmente disculpado por alguna discapacidad eventual, como cuando tomo alcohol o tengo un mal día.
Para la "guerra psicológica" con el sexo femenino -si es que aceptamos la versión de que soy un guerrero- me prepararon increíblemente bien: fui educado por mis mayores para "no ser mujercita" pero aprovechando todas las debilidades de las mujeres de mi familia y del entorno para que las explote y me consientan, sobre todo debilidades que no tienen nada que ver con lo estrictamente físico. Es relativamente fácil, para un niño y ni hablar para un hombre, aprovechar el mal llamado "instinto maternal": hay un niño-eterno en nosotros, que tiene frustraciones, que sufre por ellas y que debe ser consentido para aliviarlas. Muchas caen en esa trampa, sobre todo cuando se combina con todas las otras prerrogativas del género masculino. Un hombre, a veces, puede dominar sin siquiera ponerse violento más que las veces necesarias, muy pocas en realidad. Ser hombre niño-eterno es el estado perfecto para el que quiere esconder esa parte oscura y vergonzosa, hasta que sea imprescindible utilizarla, claro. Palo y zanahoria, pero seamos civilizados: más zanahoria que palo.
Hay ventajas: un hombre niño-eterno tiene una esponjosa cantidad de mujeres alrededor que desmienten su naturaleza peligrosa. Se tiende a pensar que un hombre rodeado de mujeres no tiene necesidad de ser un gandul, pero no hay uno más grande. El otro, el violento a secas, se queda solo más tarde o más temprano y con suerte puede comprarse a quienes convertir en estropajos (y creerlos esclavos, como también hace el hombre niño-eterno).
Me cuesta decir que soy inocente, sobre todo, porque no soy perfectamente inocente. Trato, con los años, de ser mejor, de aprender, de abandonar ese estigma del hombre pero no hay mucho lugar dónde ir. Es difícil, entiendo que aún desconocidos me miren con temor, entiendo que crean que mis enojos esconden la posibilidad de desmadres aún peores, y yo no puedo decir que no esté libre del pecado de dejarlos que lo crean. He descubierto, hace bastante, que si bien puedo cambiar el mundo no lo hace y también sé que no tengo alma de mártir ni vocación de santo ni fe en las personas.
Estoy en camino de ser mejor, pero hay pocos ejemplos visibles para comparar. No hay premios ni reconocimientos para hombres que hayan dejado de ser una amenaza para la humanidad o para los débiles, las mujeres o los niños. Nadie nos cree, con razón, a los hombres.
Soy hombre, cualquier hombre, hasta que demuestre lo contrario.