21 noviembre 2011

Rompiendo huevos (progresistas).

Lo paradójico de un gobierno progresista es que sea el huevo de un naciente pajarón reaccionario. Ya pasó en Chile con Piñera y ahora pasa en España con Rajoy. Dice Hitchens que lo peor de un gobierno de izquierda (bueno, supuestamente de izquierda) es que termina asumiendo como propio el veneno que le inocula la derecha y para el que no tiene antídoto y que el electorado termina el cuento pidiéndole a la derecha que acabe con los males que esa propia derecha le inflige. Históricamente el experimento se hizo varias veces para los temas más diversos, como el de los Hells Angels cuidando al público de la violencia en Altamont o pidiéndole a los Alsogaray que nos protejan del mercado o a Cavallo que fortalezca nuestra moneda. Hitchens menciona al surgimiento de Tatcher, posterior al fracaso laborista de los setenta en el Reino Unido como uno de los ejemplos.
Me van a decir que el peronismo no es la izquierda ni mucho menos, pero como dice una amiga kirchnerista "el kirchnerismo es toda la izquierda que este país está dispuesto a soportar" y como tal, también se vende a sí mismo, sobre todo, al resto del progresismo y/o izquierda. La limitación establecida por esa definición hace que los fachos suspiren, oportunistas, porque hay toda una parafernalia de recursos que pueden usar sin despeinarse y sin grandes esfuerzos, sabiendo que los anticuerpos del Gobierno están debilitados por su propia naturaleza pusilánime: golpes de mercado, corridas bancarias y cambiarias, avivar la llama de la inflación, el desempleo y mucho más, sin que no sólo no se debiliten sus posiciones sino que salgan fortalecidos política y económicamente. Exactamente lo que está pasando ahora, en el tiempo correcto en el que hay un agotamiento de estructura en el kirchnerismo y un pico histórico de popularidad que lleva dentro un gran número de veleidosos expectantes que empiezan a impacientarse -y con razón, por lo que tal vez lo de "veleidosos" esté de más. Antiguamente, como le pasara al alfonsinismo y al menemismo, el remedio para atajar a la derecha era, precisamente, correrse a la derecha y "meter los dedos en la mierda". Pero el kirchnerismo, por su discurso, no puede correrse demasiado evidentemente a la derecha, sólo le queda tomar decisiones coyunturales e incompletas que tienen tanto de impopular (una impopularidad clasemediera y sindicada) como de inconsecuente. Por otro lado, cada vez que toma una medida a la izquierda un tanto tardía, como la baja en los subsidios a los sectores menos débiles (por no decir acomodados), provoca más sospechas e impaciencia en los más radicales por las que siguen pendientes (entre estos vengo a estar yo, no hace falta que aclare). En este crepúsculo populista los sicarlistas hacen su agosto, pues está mal decirle al Rey que va desnudo y él mismo pide que le alaben los vestidos y se financia los halagüeños (y los comisarios políticos). Hace rato que quienes podrían hacer la oposición necesaria para cambiar el rumbo desde adentro del Gobierno están pedaleando en el gimnasio. El comisariado los pasó a retiro efectivo precisamente por disentir y la claque hace mofa de ellos.
Históricamente, los gobiernos reformistas de izquierda especialmente timoratos son incluso buenos para la derecha bizarra y auténtica: se convierten en válvulas de escape para la frustración popular, que cada tanto acumula suficiente de ella como para darse el berretín de querer gobernar. El eterno debate de los revolucionarios argentinos en la década del setenta (y ahora también) por el papel que jugaba y juega el peronismo tiene que ver con esta "válvula de escape". Este populismo reconocido incluso por sus "teóricos", flaco de ideología como está (el kircherismo está tan lejos del peronismo de Perón o del marxismo como cualquier otro partido, aunque les use los símbolos), que está perdiendo la iniciativa y empieza a reaccionar de manera reluctante y poco convencida, terminará empujando a "lagente" que la solución viene por la derecha, que el zorro es el único que sabe cómo cuidar las gallinas de otros zorros al costo de una cuota negociada de gallinas y huevos.
Voy a mencionar, solamente, que recuperar las banderas del barro va a llevar muchos años, largos años, porque será difícil hablar de DDHH sin que alguien recuerde las casas de Shoklender, por sólo mencionar algo rápido y a la pasada.
Si fuera español, hoy querría vivir en la Argentina. Dentro de cuatro años no sé qué voy a pensar sobre un montón de cosas pero, casi seguro, no voy a querer vivir en la Argentina de Macri.