03 noviembre 2011

No soy yo (que siempre fui así), sos vos.


Desde hace un par de años, no sabría decir cuándo ni con qué evento específico, me volví incómodo. Mejor dicho, más incómodo. Dejé de ser fácil y me volví insidioso y molesto. Lo peor de todo es que no fui yo el que cambió demasiado -quizá sí sea mi culpa ser como soy, no lo niego. Quizá no cambié demasiado, quizá estoy agotando por no tener más variantes.
Hay diferencias, quién no las tiene: pueden ser cambios de opiniones, cosas que cambiaron, o porque yo mismo -"puede fallar", dijo Tu Sam- cambié. No son todos los cambios que quisiera yo o el mundo que tiene algún interés en mi existencia, pero son los cambios que fueron. Vivo mis elecciones personales con bastante honestidad e intensidad, y confrontándolas permanentemente con el todo cercano en el que estoy inmerso. Emito juicios, opiniones, hago cosas, las dejo de hacer, y todo a la vista, por lo general, de esos cercanos. Tengo una memoria pésima, así que mentir se me hace difícil. Las patas cortas de mis mentiras son muñones desde el primer día, así que prefiero caminar con la verdad siempre que puedo, a los ponchazos y corriendo otros riesgos a veces tan complicados como la peor mentira, pero así es la vida. 
Llevo adelante este blog desde hace más de cinco años, casi seis. Tampoco aquí hubo grandes cambios (menos aún que en mi vida): las cosas que consigno no suelen ser muy provisorias y no soy un zapallo que opine lo primero que se le viene a la cabeza, cuando escribo algo es porque estoy de acuerdo y/o protesté en la vida real y  me tomé mi tiempo para meditarlo. De hecho, llego tarde a muchas cosas por eso. Y como tengo pésima memoria (en realidad, poco lugar) muchas veces pienso en la misma cosa dos o tres veces como si nunca lo hubiera hecho y casi desde cero. Este blog me ha servido para no caer en ese esfuerzo inútil más una vez y el buscador del blog ha sido mi aliado. Me alivia enormemente cuando encuentro que dije algo que estaba por decir de nuevo, y me alivia doblemente el poder cambiar algo que dije y ya no sostengo. Lo importante es lo nuevo, y si ya no estoy de acuerdo, es que algo pasó o algo aprendí, y me encanta aprender o que pasen cosas. 
Soy una persona democrática hasta la médula, sobre todo porque siempre me ha tocado, salvo excepciones, estar en minoría, aunque no siempre. Ejercí esa vocación en grupos pequeños, medianos y tan grandes como la Argentina misma. Cuando más grande el grupo y cuanto más alejado del poder del grupo estoy, más me puedo relajar y ser quien realmente soy y defender mi idea.
Sería perfecto si esto funcionara aisladamente, pero dos o más órbitas se vuelven concurrentes casi siempre: por ejemplo, el fútbol y los amigos, la familia y la religión. Y sobre todo cuando alguno de esos grupos funciona con exclusión. Es difícil seguir siendo de Boca y que todos tus amigos del barrio sean de River, o ser agnóstico en una familia católica. Hablar de lo que te hace diferente te expulsará, más tarde o más temprano, y el grupo va a presionar para que hagas dos cosas: te calles o te hagas católico o de River. Por supuesto, la "armonía" del grupo y tu condición de iconoclasta serán mencionadas a menudo y, en cuanto sea menester, un pogrom más o menos benévolo o el propio vacío te dejará fuera de ese grupo que inicialmente no tenía nada que ver con River ni con el Catolicismo. Ser distinto es molesto para los iguales porque hay confrontación. No tanto porque el número tranquilice, que lo hace. Mayormente, lo que hay es pereza por confrontar(se) con lo diferente. El bostero hablará de Bianchi, del penal que le atajó Roma a Delem, de que River se fue a la B y, sobre todo, del partido del domingo, si le conviene. Se van a dar discusiones, cómo no, y cuando uno intente explicar por qué sigue siendo de Boca o agnóstico, lo van a tildar de inflexible, de dueño de la verdad (el dueño solitario, claro), va a tener que escuchar docenas de veces los argumentos de cada uno, los va a contestar amablemente o no -pero los va a contestar- y el "callate que nos tenés hartos" no tarda en llegar. El caso extremo es cuando en el grupo hay gente que era de Boca y ahora es de River, o que se volvió más papista que el Papa: el converso tiene un entusiasmo muy paulino que puede ser la excusa para una modesta Inquisición de entrecasa o de la cuadra.
Bueno, eso: parece que últimamente y sin que yo me diera cuenta el mundo -mi mundo- se volvió católico (en realidad, kirchnerista o antikirchnerista, pero últimamente todos parecen compartir una santurronería similar aunque variopinta) y de repente me volví incómodo, porque ni soy santurrón ni kirchnerista ni anti kirchnerista. Pero siempre fui así, no me jodan.
Y, de verdad, no sé qué hacer. Callarme es la primera opción, claro. Por lo menos tengo este blog y algunos diferentes tan solitarios como yo con los que no nos queda más remedio que ser distintos y soportarnos.