18 noviembre 2011

Mientras estoy sin palabras.

Las angustias vitales se me alivian cuando las pongo en palabras, pero escribir es un proceso caótico. Hay una etapa de la angustia, después del primer reflejo condicionado de autoprotección, en que todavía no puedo (d)escribirla. Al contrario que alguna gente que escribe catárticamente situaciones que se les vuelven difícilmente verbalizables de otro modo, yo recién puedo escribir sobre algo cuando tengo procesada buena parte del material. Mientras tanto, las palabras me rebotan en la cabeza pero no se ordenan de ningún modo. El dolor, la impotencia, la cobardía o las estrecheces de mi espíritu, de mi moral o de mi inteligencia,  me impiden abordar el tema de manera integral. Entiendo el soporte que puede significar la poesía en estos casos, pero no tengo ni una pizca del talento necesario para escribirla. Si fuera así, sería un Baudelaire.
Las palabras rebotan dentro de mi cabeza, en oleadas, proferidas por una multitud de "voceadores de verdades", cuya única existencia parece ser la repetición de una sola oración (y a veces ni eso, sobre todo al principio), la mayoría prejuicios adquiridos a lo largo de toda una vida: "las mujeres no mienten, omiten", "los hombres son siempre niños", por sólo mencionar algunas mencionables y que no me harán quedar tan mal.
La aliteración de argumentos pone delante y detrás unos con otros hasta que empiezan a tener sentido, o dejar de tenerlo del todo, por lo que el proceso, paulatinamente, decanta. Si escribiera en ese momento, me arrepentiría tanto que quizá me acobardaría de escribir para siempre. La realidad, esa gran ilusionista, también aporta su cuota de incertidumbre, desdiciéndose a menudo o revelándose de la peor manera posible, obligándome a cuestionarla y a cuestionarme: no puedo estar seguro de nada.
Pasando el tiempo las distracciones y el valor relativo de cada una de estas discusiones internas van apagando las trivialidades (la gran mayoría) y resaltando las que maceran hasta convertirse en frases que cualquier cristiano pudiera decir sin demasiado esfuerzo, aún cuando no esté de acuerdo con ellas. Ahí es cuando las puedo escribir. Por lo general, el poder hacerlo no me cura del todo, sólo detiene el daño. A veces es tarde.
Hasta que se produce todo el proceso, las angustias permanecen en las tripas esperando que alguien les ponga palabras. Para muchas de ellas es que están las canciones.