05 octubre 2011

I don't believe in Fender.

Mi primer libro, el primero que recuerdo haber leído, fue "Mangocho" de Constancio Vigil. Retengo poco de ese libro ahora, pero tengo una historia muy presente, aunque no debo haber tenido más de seis años: Mangocho y su abuelo van a ver una ballena varada en la playa, a instancias de un titular muy enfático de un diario -por el tema de la playa y porque Vigil era uruguayo supongo que todo el libro transcurría en Uruguay, como mi otro libro de la infancia, Chico Carlo- y se llevan una desazón muy grande al llegar al punto de referencia y no encontrar nada. El día era 28 de diciembre, día de los Santos Inocentes.
Hasta esa edad mi relación con la fe fue muy intensa, mi ignorancia sobre casi todo estimulaba las creencias más dispares, y eso fue bueno; estimulé la imaginación, preparé mi mente para crear escenarios, extrapolar, abstraer y extraer conceptos, imaginar consecuencias, explorar mundos que, primero que nada, me estaban vedados (sobre todo el mundo adulto, el primer enigma de todo niño). Mi ignorancia era también ingenuidad: ni siquiera sabía que era ignorante, algo que nunca he dejado de aprender. La mayoría de las cosas que adquiría como objeto de fe venían a mí de manera oral, con la palabra de mis mayores, que construían para mí una mitología heterodoxa donde convivían Jesús, el Ratón Pérez, la Virgen María, mi abuelo caminando (estaba parapléjico), el hombre de la bolsa, los gitanos y todas las cosas que se les hace creer a los niños para que hagan algo conveniente para los adultos, que incluyen cosas tan irreales como el efecto de los remedios o lo de "ponerme grande y fuerte" si comía. Había que creer en todo eso, sin demasiados efectos prácticos, como comprobaba a medida que crecía. Quizá los gitanos eran reales, pero jamás supe o vi que se llevaran a ningún niño, salvo leyendas urbanas que circularon siempre; y lo de crecer y ponerse fuerte está demasiado sobrevalorado, aún sin tanto culto por la nostalgia infantil.
A medida que crecía, las creencias se polarizaron en esferas que a veces se cancelaban: había aparecido la religión en mi vida y podía creer en el Ratón Pérez pero sólo en casa, no en la Iglesia, por ejemplo. Al contrario, Jesús era de lo más ubicuo; todos parecían tenerlo claro y presente, en casa, en la escuela o en la Iglesia, y Dios, su padre, era el superhéroe mayor. Se los nombraba seguido, hasta para las cosas más incoherentes; recuerdo a mi nonno con su me cache en Die constante -de hecho, es la blasfemia preferida de mi familia, incluyéndome.
Cerca de los siete años era un lector ávido del nuevo Testamento y la confusión de voces y conceptos de ese libro comenzó una erosión basada, sobre todo, en sus propias contradicciones: Dios era misericordioso, pero había que temerle; Jesús era el hijo de Dios, quien no tenía cuerpo (aunque era un viejito de barbas blancas) y había nacido de una mujer a la que se le llamaba "Inmaculada" y a él mismo "sin pecado concebido"; su padre también era José, un carpintero bueno. Los adultos -por una cuestión religiosa, volviendo al 28 de Diciembre- podían decretar una masacre de niños, o darles piedras por panes, o con esas mismas piedras, lapidar a una "adúltera" (que vaya a saber qué quería decir) o rezar a los gritos en las esquinas. Ni hablar del buen samaritano, la cruel parábola de la viña o el mismo Apocalipsis, mi "cuento" preferido de la Biblia cuando niño. Paradójicamente, la misma Biblia me iba llevando por el camino de la duda. El crédulo que habitaba en mí empezaba a fruncir el ceño y empezaba a dudar no sólo de la vida después de la muerte, sino de cosas que con el mismo grado de evidencia se me presentaban para creer o reventar: duendes, hadas, bosques encantados, castigos eternos, reinos celestes, santos cumplidores y superhéroes tan queribles como el Súper Ratón.
Por otro lado la religión, esa cuestión tan humana, fracasaba peor: los "fieles" no lo eran tanto -lo confirmaba en casa, pero cada día percibía más y más la maldad del mundo- y esos mismos fieles eran los primeros en afirmar, según conveniencias, que la Biblia era letra muerta. Lo decían incluso los sacerdotes, que me pedían que no la leyera porque muchas cosas era necesario interpretarlas "con orientación", suya por supuesto. La Biblia y el Santoral empezaron a parecerme sospechosamente humanos y los humanos, sospechosamente malos. Estaba aprendiendo a desconfiar de la religión como interpretación de la fe -o como su instrumento- pues podía ser engañada, usada y desmentida por los actos de las mismas personas que me ordenaban insistir en su profesión.
La pérdida de la fe no fue una desilusión, fue un hecho práctico que implicó mucho más que eso: fue sustituida en los primeros momentos por el miedo, un terror visceral, totalmente irracional. Ya nada podía defenderme, el bien era también usado para el mal y el mal era el mal y para colmo de males estaba cada vez más solo, apenas cubierto por una trama social que no aprobaba nada de lo que yo había venido descubriendo y que intentaba desalentarme amenazándome con demonios ancestrales, vislumbrando hechos desgraciados y males terribles en castigo por mi apostasía. Se me dejó en claro que abandonar "la gracia de la fe" me llevaría a un páramo solitario donde sólo quedaba temblar y rechinar los dientes.
Como única salida, empecé a leer todo lo que caía en mis manos con la esperanza de encontrar la clave a ese mundo maléfico al que me enfrentaba y que me asustaba de una forma totalmente desproporcionada, provocando en mí un interés entre morboso y superador. Me volví un coleccionista de terrores, reales e imaginarios: Drácula, el Diablo, la terrible historia de los jugadores de rugby uruguayos en los Andes, los delirios morbosos del Marqués de Sade, los ovnis y el triángulo de las Bermudas (tan de moda entonces), Jack el Destripador, etc.. Cualquier desgracia lejana o cercana, cualquier maldad me insinuaba lo frágiles y privilegiados, en contraposición, que podíamos ser en un mundo cruel y sin Dios como el que teníamos. No era cobardía, porque sino hubiera decantado por novelitas adolescentes o lectura mucho menos densa, donde la bondad tenía algún lugar.
En aquellos años leí dos libros casi juntos (no tenía -insisto- más de diez años): "Raíces" y "La cabaña del Tío Tom", el primero a consecuencia de la miniserie, el segundo porque cayó por azar en mis manos, sin relación con el primero. Fue la gota que colmó el vaso: el mundo era una mierda, un lugar desprovisto de Dios, era evidente, y lleno de maldad y egoísmo. Que yo tuviera una vida relativamente tranquila no era más que un estado previo a alguna de esas maldades. Entonces, plena dictadura militar, no sabía lo cerca que estaba de eso. Hoy lo pienso y me corre un frío por la espalda. Mi viejo ya andaba escondido aunque no en la clandestinidad completa y era evidente, aún ante mis ojos de niño, que algo muy malo pasaba: bombas, sirenas, militares uniformados de fajina con armas en ristre por todos lados, enfrentamientos, personas que desaparecían, la fundada preocupación de mi vieja porque iba a la escuela solo (¡tenía diez años!) en Buenos Aires -ella totalmente consciente de las cosas que estaban pasando- y tantas otras señales que me resultaban evidentes, quizá por mi hipersensibilidad de entonces, sin poder comprenderlas del todo. El Mal, como lo llama Jorge Semprún en "La escritura o la vida", la encarnación humana del mal, estaba presente en las calles, en todos lados. Me resulta increíble hoy que haya gente que diga que no se dio cuenta, que no le constaba, que la vida seguía como si nada hubiera ocurrido.
Esas mismas lecturas y muchas otras, con el tiempo, hicieron que madurara, por lo que paulatinamente recobré cierta calma necesaria para vivir. Leer me obligó a contraponer, pensar, debatir, rebelarme,  informarme y luego hacer el esfuerzo por desinformarme (olvidar lo correcto es parte importante de aprender) y saber que puedo estar equivocado, pero que estarlo por ignorancia es vergonzoso, y por creer en cuestiones totalmente improbables es inaceptable. Dejé la fe en un estante, como se deja un trofeo, donde se ha ido enmoheciendo con los años (parafraseando a Hitchens). Cada tanto, un impulso me hizo retomarla, por algo que pensé valía la pena, generalmente involucrando emociones fuertes y poco razonables, oh gran descubrimiento. Con el tiempo, está en el desván, lejos de mis manos, por inútil y por dañina. La razón, desde entonces, es mi gran amor. Es el único dios al que le rindo culto, un culto que tiene los límites de mi entendimiento y de mi inteligencia, y al que de vez en cuando extravío en los brazos tan volubles de los sentidos y, como dije, las emociones.
Perder la fe me dio la libertad de saber que todo juicio es provisorio, que la verdad es trabajosa y que debe ser buscada, aunque nunca dominada del todo. También me dio la libertad para ser una criatura en el mundo, el cosmos que ha tomado conciencia de sí mismo, como decía Carl Sagan.