28 julio 2011

Elecciones S11E01: El socialismo mágico.

Estoy desesperado. Por primera vez en la historia, mi historia, no tengo la más peregrina idea sobre a quién votar. Le temo al status quo, pero me asustan como posibilidades también las principales alternativas; por otro lado me da miedo la veleidad del político argentino medio, su falta de conocimiento y convencimiento para con el propio sistema político del que forma parte, su escasa voluntad por liberar al votante de pactos varios, darle instrucción y, sobre todo, respetar su decisión -conveniente o no- cuando ésta se manifiesta.
Cada sector de nuestra política (grosso modo: izquierda, peronismo kirchnerista, peronismo itself, derecha moderada -UCR-, derecha auténtica -PRO- y otros varios inclasificables) es una galimatías, casi imposible de resolver. Intento, con esta serie de posts, elucubrar una salida, aunque más no sea, tramposamente dialéctica. Neurosis política, bah.

Empecemos por la izquierda diciendo que la izquierda argentina es la peor izquierda del mundo:
  • Debate una realidad política que no la tiene como agente de cambio. Los zurdos hablan de ponerla, pero son eunucos políticos. Su "acción" política es cortar Corrientes y Callao, llevar las banderas a una toma de edificios, sacar comunicados de repudio interminables, sobre los temas más variados. Prepararse para ganar elecciones no es posible.
  • Vive una realidad cuántica de la política: siempre mide la realidad sustrayéndose de ella, por lo que la crítica jamás la alcanza. Que gane el peronismo o Macri es un problema de la sociedad, no de la izquierda. Ni hablar de autocrítica. Eso es hacerle el juego a la derecha, compañerito.
  • El estado de debate es permanente, con sólo dejar transcurrir el tiempo, dos zurdos encontrarán un tema para ponerse en desacuerdo. Y a partir de entonces, dicha diferencia será "irreconciliable".
  • Siendo sus simpatizantes, afiliados, adherentes y demás deudos supuestamente "colectivos", se atomizan hasta el punto de convertirse en la más individualista de las fuerzas. Un zurdo, un voto. Y una sigla nueva.
  • Su desorganización y/o inorganicidad estructural es fruto de su concepción totalitaria incapaz de aceptar la voluntad de la mayoría, empezando por la propia, puertas adentro. Un socialista jamás va a acatar el mandato contrario de sus compañeros, renuncia a esos compañeros y se busca otros. O va solo, qué tanto.
  • Su composición idiosincrática la vuelve incapaz de construir una mayoría. Incoherentemente, piensa que aún sin juntar a los propios puede aglomerar a los ajenos. No puede organizar una minoría, menos va a hacerlo con una mayoría.
  • Sus candidatos jamás dirán qué van a hacer o cómo van a cambiar el actual estado de cosas desde la concepción socialista de la política. Dirán en qué se equivoca éste o aquel, se indignarán, se pondrán poleras, se dejarán la barba guevarista, mameluquearán -sobre todo a otros candidatos de izquierda-, empezarán a utilizar una verba encendida llena de palabras vehementes aprendidas en los comunicados que se redactaban desde la clandestinidad en los setentas, pero jamás analizarán una acción política desde lo fáctico, y mucho menos, la enunciarán.
  • Los moderados son tan políticamente correctos que son inocuos, los extremistas tan vehementes y exaltados que son una parodia de sí mismos. En el medio, sólo estados de ánimo.
  • Está totalmente blindada a la experiencia de izquierdas exitosas (hoy en día, cualquier experiencia lo es), como la de Lula en Brasil, negándose a aprender aunque sea mínimamente del "caso brasileño". Sin embargo, muchos todavía suspiran con los casos cubano, chino, ruso y/o norvietnamita.
  • Tiene una crisis de representatividad, que pudiera resolverse asumiendo de una vez por todas que la izquierda debe representarse a sí misma, no al "pueblo" que equivocadamente es peronista.
  • Habla en nombre de "las masas", "el pueblo oprimido", etc. cuando éstos quizá tienen la cabeza puesta más bien en una mejora individual que colectiva, que alcance para comer, curarse, vestirse, mandar a los chicos a la escuela, tener vivienda, vacaciones, un autito, un LCD, computadora, cable, buena pilcha y, de ser posible, un restito para ahorrar. Arrogarse esa representación es tan irreal como hacerlo por los orcos de Mordor. Claro, en medio de esas "masas" hay muchísimas personas que necesitan urgentemente recuperar derechos comunes a cualquier persona, pero hablando de la plusvalía durante veinticinco minutos no les acercan el bochín ni un milímetro.
  • Le quitó todo significado a su discurso, a fuerza de repetirlo sin correlato real, el vacío de significado de su vocabulario contribuye actualmente a la invisibilidad de los reclamos más básicos y urgentes que a resaltarlos: por ejemplo, la palabra "popular" tiene menos valor que la adición de la palabra "light" a una mayonesa. Ni hablar de "lucha". Habría que dejarla de usar, al menos, por dos décadas.
  • Es tan o más personalista que el pejota (que, por lo menos desde la muerte de Perón, más o menos cada diez años renueva líder), convirtiendo a personas en símbolos que terminan, o bien llevándose las banderas a la banquina, si son personas vivas (por falta de organicidad o renovación); o bien si eligen muertos "en la lucha", los vuelven otro avatar vacío de significado, impregnados por esas palabras ahuecadas por el mal uso continuo que suelen acompañarlos.
  • El conflicto, el conflicto, el conflicto: la "lucha" en las calles durante la caída de De la Rúa (manipulada por Duhalde y el PJ bonaerense, directos beneficiados) creó la ilusión de que "las masas" necesitan una izquierda combativa "que las despierten". Que el mismo Duhalde haya salido fortalecido del "despertar de las masas" no es una cuestión importante, lo importante es que "la lucha" tuvo el apoyo de las mismas gordas culonas que después cacerolearon cuando la 125. En la calle, codo a codo, somos mucho más que dos.
  • Finalmente, lo más importante de todo, es que la falta de organicidad no es tan peligrosa en el ámbito político como lo es en la calle, donde las cosas pasan irremediablemente. La falta de conducción, de orgánica, de responsabilidad concreta, de evaluación de riesgos y objetivos, mata a los propios militantes de izquierda tanto como los asesinos que van hacer "tiro al pichón" a las marchas o protestas. Después, se podrá culpar a la "patota" por ir a la "lucha" con fierros, a la "burocracia sindical" por usar a esa patota, a la "corporación judicial" por protegerla, a la "corrupción política" por administrarla. Y hacer otras marchas, y seguir "la lucha". Es una profecía de autocumplimiento, en un loop cerrado: cada tanto, un militante caerá para darle el nombre a una agrupación que proveerá el futuro nuevo nombre para otra agrupación que proveerá el futuro nuevo nombre para otra agrupación que proveerá el futuro nuevo nombre para otra agrupación que proveerá el futuro nuevo nombre para otra agrupación que ¡uf!.
Resumiendo, la izquierda, como alternativa electoral:
  • No entiende el juego de la democracia, en el que hay que construir mayorías, primero puertas adentro, luego hacia afuera.
  • Tampoco es revolucionaria, pero a río revuelto...
  • No sabe qué hacer con esta realidad, sólo tiene el dedo listo para señalar.
  • Su discurso atrasa y su repetición constante banaliza cualquier reclamo.
  • Sus candidatos no tienen en cuenta la posibilidad de ganar un cargo ejecutivo ni les interesa averiguar cómo ganarlo.
  • No es capaz de organizarse, ni establecer un mínimo estándar de convivencia, ni renunciar al debate estéril cuando lo que está en juego es la representatividad necesaria para que ese mismo debate tenga peso político.
  • No evalúa los objetivos en función de los riesgos, por lo que un supuesto gobierno de izquierda podría ser más peligroso para sus militantes que para "el enemigo".
En definitiva, la izquierda apesta. Pero veamos en futuros posts qué tanto apestan los demás.
Los atiendo en los comentarios.