25 junio 2011

Elogiame -o decime la verdad pero haceme creer que es mentira.

Los elogios son una cosa peligrosa. Elogiar es elegir, y elegir es complicado. Elogiar es demostrar interés, poner el foco, resaltar algo. Y la gente cree que toda ella es digna de elogio. Bah, no sólo las personas, también otros entes, pero esperemos un poco para llegar ahí.
Para que cuando elogiamos no entremos en un terreno pantanoso, debemos hacerlo en general, íntegramente; hay que tener mucho cuidado con no sesgar el elogio. Ciertas personas saben muy bien de lo que estoy hablando (los susceptibles, por ejemplo): detrás de todo elogio hay un subtexto que puede leerse claramente. Vaya que sí. "Qué linda estás hoy", en primera instancia, es un excelente piropo. Claro, no para todo el mundo. Explicar el acotamiento temporal puede complicarle las cosas al elogiador desprevenido, al punto de instarlo a nunca más repetir semejante estupidez. Si a un artista uno le dice que "esta es tu mejor obra, lejos", puede estar chocando con la propia percepción del autor, que suele andar desconectada de la opinión de cualquier crítico, incluso, el más benigno. Todo artista sabe que cuando lo elogian lo están influenciando, diciéndole "esto es lo que esperamos de vos, no esos mamarrachos de antaño".
"Cuánto hace que no preparabas esta comida", dicho en mi casa materna, después de haber limpiado dos platos generosos de alguna delicia gastronómica, es motivo de una réplica cortante y sonante de la elogiada. Mejor sonreír y golpearse la barriga.
Como todo audaz que persiste, uno busca en futuros elogios la desactivación de susceptibilidades, pero es todavía peor. Una de las técnicas es munirse de una lista de posibles cuestiones elogiables, algo que se hace mucho en el ámbito laboral, aprendido quizá de aquella maestra que nos ponía en el boletín un par de elogios piadosos para que alguna vez lleváramos una apreciación verbal buena cuando la numérica era más bien pobretona: "Alcanzó los objetivos, se esfuerza y es diligente", es como el "es simpático" de la escolaridad primaria. En el trabajo, según el estado de las relaciones entre los implicados, en esas evaluaciones cruzadas jefe-subordinado, suelen existir dos polos opuestos: el perdonavidismo o su opuesto: el elogio-insulto, ambos igual de velados e irritantes y a veces imposibles de discernir. Que mi jefe diga de mí "fulano cumple con la tarea encomendada" u "obtiene buenos resultados en situaciones de baja supervisión" me da ganas de ir a partirle la crisma.
Otro elogio falaz el el elogio reflexivo, muy relacionado a relaciones paternales-filiales: desde el arrobamiento con el que los padres miran a sus hijos "mirá qué lindo me salió, nosotros lo hicimos", pasando por el paternal  "¿viste que si hacés lo que te digo te sale excelente?", hasta el más popular "hijo'e tigre", lo que se elogia no es el sujeto en sí, sino al propio elogiante.
Elegir también es elogiar, pero mucha gente tiene el concepto pervertido por tanta familia disfuncional alegremente ventilada, trasladándolo a todos los ámbitos y épocas de su vida. En la familia lo primero es el límite personal, el del otro, claro: vivir entre muchos exige hacer respetar primero los lugares y situaciones, o sea, mirar al otro como un posible invasor o un terrorista subversivo. De ahí que no se hable de política, religión o fútbol, no porque sean temas "complicados" sino porque por lo general es difícil no avasallar fronteras. En algunas familias se elogia más al que alcanza la proyección de otro (en el caso de los padres los logros académicos-sociales "m'hijo el dotor", por ejemplo) que al que alcanza sus propios objetivos. También ciertas cualidades como, por ejemplo, ser dócil es ser "bueno", ser apático es ser "respetuoso". Los elogios se tergiversan. El mejor familiar es aquel que no tiene personalidad, dice a todo que sí y jamás piensa en sí mismo. Un esclavo tiene más autodeterminación.
El elogio más chapucero, el más barato, es el de agradecimiento. Otra vez, lo que importa es el elogiador; paradigmáticamente, es el que esperamos obtener de los regalos que hacemos cuando es evidente que el elogio es totalmente interesado y falto de espontaneidad. Suele ser el elogio de los hijos a los padres, otra vez, un refuerzo positivo de adiestramiento: "te elogio porque me das lo que quiero". Qué fácil se confunden los elogios con el afecto (o con otras cosas similares, sobre todo, en la política), algo que no es ni de cerca parecido. Querer se quiere independientemente del elogio, de que haya cosas que elogiar. Puede ocurrir que la persona que uno quiere sea elogiable, es muy probable que así sea, pero no es causa y efecto, o no debiera serlo.
De hecho, inversamente, están tan confundidos que suele creerse que es necesario elogiar siempre a quien se quiere, aunque sea contrario a toda evidencia empírica; e inversamente, que no elogiar implica no querer.
Pueden elogiarme en los comentarios.