15 mayo 2011

Todos putos.

Enterarnos de esta noticia nos puede poner a todos un poco en perspectiva.

Soy de los que, estimo pocos, no tienen un gay reconocido en la familia. Hablo de "gay" (u otros términos que usaré) porque me parece que en temas de género es casi imposible no usar términos erróneos o que puedan ofender a alguien y hacerlo con demasiado cuidado, como he visto por ahí que ahora se usan eufemismos más políticamente correctos, me resulta estúpido. Un puto, un negro, un gordo. El problema no es putonegrogordo sino "un". Otro. Uno que no soy yo ni es como yo. Como nosotros. Así que no jodamos con los calificativos, que la cosa no va por ahí, por lo menos conmigo.
Decía, no tuve familiares de una gaydad evidente. Sin embargo, estuve en contacto con muchos amigos, conocidos, compañeros y un largo etcétera que terminaron, ya de grandes, siendo grandes putos y que, en su despertar sexual (e incluso antes) estaban lejos de ser considerados normales, es decir, que de chicos ya se les veía una putez incipiente. O no, pero a eso vamos, paciencia.
Ser débil, para el machito criado en una casa occidental y cristiana, es sinónimo de ser femenino. Ser el más débil de un grupo de varones llenos de hormonas es una caída en espiral hasta el último escalafón: no podés devolver los abusos por una cuestión fáctica y no hay nadie (o interés) de quien abusarse. Al final, el abusado se cansa y saca fuerzas y deja de lado pruritos y pone resistencia, mucha o poca, y la emprende contra el abusón, o se retira del grupo o, llegado un extremo de desesperación, se cuelga de un árbol. Estoy hablando de chicos absolutamente heterosexuales que caen en esa mofeta prepúber sin signos exteriores evidentes de homosexualidad (uff, ahora vamos a discutir lo de "niños homosexuales"); con ellos, los pequeños gays, pasa otra cosa más triste, además de esto. Rápidamente se genera una burbuja protectora cuando un niño afeminado es detectado, que sirve para evitar que los demás niños se contagien. Y acá llego al meollo del asunto. Evítenme el uso, por favor, de comillas cada dos términos, la mayoría de lo que digo acá es despectivo y no hagamos una cuestión sobre eso. Ni siquiera estoy hablando de una homosexualidad probada o incipiente, demasiado me he peleado con Freud por sus suposiciones psicológicas sobre la analidad, Edipo y todo lo demás como para andar diciendo que un niño es puto o lo será. Estoy hablando de pelotudeces de adultos, nada más: a un niño de, digamos, doce años, que mueve un poco las caderas al caminar, habla con voz finita, cruza las piernas de determinada manera y tiene cierta tendencia a la pulcritud se lo tilda, por una vecina observadora o una tía chismosa, de mariquita. Los niños tienen el puto y el maricón a flor de labios, pero los adultos somos los que usamos esos términos adentro de casa, tanto hombres como mujeres (oh, sí: las mujeres también crían tanto putos como misóginos) : "dale, dejá de tenerle miedo a dormir solo y en la oscuridad, no seas maricón". Amariconado o no, ese niño sufre el desprecio, la promesa de consecuencias terribles por defraudar lo que se espera de él (ser machito) y que no es capaz de demostrar o de satisfacer.
Somos los adultos, quiénes otros, los responsables de la muerte de Carlos, en Chepes. No importa si Carlos era gay o no, no importa si lo sería o no. Importa que somos nosotros los que fallamos, los que no educamos para la diversidad. Lo digo asumiendo mi carga de negligencia, comodidad y desidia por el tema en algunas ocasiones, y cada uno sabrá dónde le aprieta el zapato. Yo sé dónde lo hacen los míos.