12 marzo 2011

Corretore traditore

Como funciono de maneras extrañas, tengo reacciones contradictorias con los afectos. Algunas personas de mi entorno cercano lo supieron temprano, otras aún no se enteran: si corrijo un error lo hago desde el punto de vista del compañero, del colaborador y siento que el error es también mío, sobre todo si omito la corrección. Es algo que odiaría de alguien que se dice un compañero: ver mi error y dejarme vivir con él. La famosa sinergia: dos personas por sí solas son menos del cincuenta por ciento de una buena colaboración.

Claro, cuando corrijo estoy 100% seguro y en el caso de no ser así, no sé que estoy en un error y, otra vez, la demostración de que es así me hace aprender y crecer. Corregir implica confrontar saberes, exponerse.
Por supuesto, estamos hablando de errores formales, no de opiniones. Cierto es que hay áreas grises, pero ahí vale la pena discutir. O no, depende del interlocutor. Insisto, no me refiero ahora a esas opiniones sobre temas discutibles, hablo de errores formales o lógicos, de esos que te enseñan en la escuela o el sentido común, errores que yo tengo todo el tiempo y que mi "red de seguridad" me permite corregir sin que muchas veces los demás se enteren. Mis correctoras más importantes son tres mujeres a quienes admiro y que me quieren tanto como para hacerme cualquier corrección a cara lavada y sin un sólo ápice de drama: Cassandra Cross, Vontrier y Gerund, quienes me sorprenden desde el primer día que las leí (y a quienes quiero desde que las conozco). Otras personas me corrigen, entre ellas: Google (porque cuando tengo una duda, lo uso y no me asusta decirlo), y un ecosistema de gente dedicada que me informa que tal cosa no es así, que tal traducción se consigue mejor allá, o que mejor me dedique a la botánica que a escribir libros sobre jardineros. A veces puedo retribuir, pero me dan menos ocasiones para hacerlo. Uno sabe en la escala en la que está en el gallinero según lo cagan: a mí todavía me cagan mucho.

Sin embargo, con el resto, las más de las veces se malinterpreta mi observación y termino dando explicaciones de por qué me creo árbitro, curador y/o protector de los decires y haceres de mis afectos o de mis predilectos.
En mi contra: mi sentido del humor es algo simplón, lleno de omisiones (el humor es mucha veces eso, falta de contexto, lo que conspira con la efectividad de una corrección), no soy muy demostrativo y a veces la única prueba de mi afecto es ejercer esa atención sobre lo que hacen, escriben, dicen o piensan ciertas personas. En general, también, las personas se sienten atacadas cuando se les señala un error. ¿Qué tiene que ver el humor? Con los años aprendí que decir las cosas muy en serio pone todavía más a la defensiva al corregido.
Poner atención es enfocar. Es demostrar interés. También es la única herramienta con la que cuento para no sucumbir a todo el resto de la porquería con la que me bombardean y con la que no quiero perder el tiempo. Para mí sería imposible hacer un programa de TV sobre los errores de la TV, porque el 90% de lo que ahí se emite me parece digno de señalarlo como erróneo, equivocado, mal entendido, peor mostrado, etc., etc.. Es decir, ejerzo la crítica dentro de un esquema de interés activo, de "me importa lo que decís".
Sépanlo, cuando dejo de corregir a alguien es porque ha entrado dentro de ese limbo del que rara vez se sale, y lo dejo que muera en su propia palurdez, que es -en definitiva- lo que desea.
No hagan eso conmigo, por favor.