09 febrero 2011

Hagamos un ejército de esclavos liberados y matemos a Europa (*).

No sé qué me molesta más, si la ofendida indignación de los consumidores citadinos que se escandalizan porque empresas como Nidera o Cargill o Agropecuaria Pablito esclavizan a sus trabajadores -mientras siguen comprando sus productos- o que los políticos de turno (en este caso, Ricardo Etchegaray y sus jefes) de repente actúen ante este delito como si recién se desayunaran.
Por cuestiones laborales estuve vinculado al trabajo agrícola desde bastante chico. Vivir en el interior, en un pueblito, implica estar en contacto con diversos aspectos del rubro; de una manera u otra siempre se termina cobrando en "sojadólares" por más que este Gobierno se golpee el pecho (con la misma mano que llena sus alforjas con las retenciones y otros impuestos). Inevitable es, entonces, para un curioso como yo, meter la nariz en la parte que nadie quiere mirar.
En mis años mozos me tocó visitar un campo en las afueras de una ciudad conocida por el cultivo de la papa, campo recientemente ganado al monte y volcado rápidamente al cultivo del tubérculo. Estaban presentes las máximas autoridades de dos provincias, admirando cómo la energía eléctrica llevaba progreso (en realidad, permitía sacar agua por bombeo de un acuífero subterráneo, del que algún día hablaré, para regar) a esos campos olvidados por peridesérticos. Mientras ellos se aplaudían las espaldas, satisfechos, descubrí de cerca a la gente que trabajaba en la cosecha, detrás de la cosechadora que, implacable, trabajaba dieciocho horas diarias. Hombres, mujeres y niños, familias enteras, agachadas escarbando del suelo y levantando lo que la máquina apenas aflojaba y dejaba desparramado por todos lados. Negros de tierra de pies a cabeza, corriendo y con la vista fija en el rastro del tractor. En aquel lugar no había obradores porque era gente de la zona, cuadrillas fijas de pobladores cercanos, con algún familiar que venía de lejos aprovechando la temporada, y quienes vivían en sus propias casuchas, ranchos para más datos. Esos ranchos que conocemos todos -incluso que también conoce el Gobierno y por los cuales calla vergonzosamente.
Años después, otro vaivén laboral me llevó de visita a una finca en pleno proceso de desmonte, en cierta provincia norteña conocida por sus montañas, los ponchos, la muerte de una adolescente y la permanencia en el poder de sus gobernantes. Eran dos campos dedicados a los olivares, uno listo para ser cosechado, el otro -mucho más grande- todavía monte cerrado con apenas una picada para entrarle a las entrañas, en el que un claro servía de recuadro irregular a un conjunto de casuchas miserables de nylon, cartón y madera de cajones de fruta. Albergaba el "campamento" a dos familias (los "caseros", les llamaban), quienes vivían como indios, a menos de 30 km. de una capital provincial. Como el "encargado" no llegaba y debíamos esperarlo, me puse a conversar con estos caseros: habían ido allí en busca de una oportunidad, una familia era de Santa Fe, la otra de Tucumán. Les habían prometido vivienda, sueldo, transporte para la escuela de los chicos y otros beneficios. Se habían encontrado con que dichas condiciones serían dadas (algunas) en una "etapa más avanzada del proyecto". Mientras, la miseria. A hacer la Argentina.
Cuando llegó el encargado, sacó una caja llena de "mercadería" (perdón el uso de las comillas, pero todo es eufemístico en estas condiciones infrahumanas) de la caja de la 4x4 y en un formulario hizo firmar a ambas madres ("en nombre del titular" les hacían consignar). Ambas eran notablemente analfabetas, así que dicha enmienda era más simbólica que otra cosa. Después de algunas tibias protestas por lo incompleto del avituallamiento, pues le habían dado una lista detallada entre la que había carne además de otras cosas ausentes que habían sido omitidas porque el señor "encargado" (quien en realidad les estaba vendiendo a cuenta de futuros sueldos) decidía qué era indispensable y qué no. Por supuesto, los "precios" del señor encargado y la calidad de la mercadería también estaban a su arbitrio.
Algo después, malhumorado por los planteos vehementes y maldiciendo a "estos que se creen que viven en Miami", nos mostró el "emprendimiento" o "el proyecto", como indistintamente nombraba a ambos campos linderos, repitiendo con algún sarcasmo la verba de sus empleadores. Nos explicó someros pormenores de la explotación -que no debíamos repetir. Los olivares llevan mucha inversión inicial y los primeros años no tienen retorno económico alguno, por lo que traen gente para que haga tareas varias como alambrar, apilar leña, limpiar surcos, poner boyeros, etc.. Para cuando todo está amortizado y se hicieron hasta los chalecitos para los agrónomos que gerenciarán esos campos (empleados también, por supuesto), los "caseros" ya cambiaron cinco veces, hartos de promesas que no se cumplen o quienes, simplemente, se ha despedido porque ya no son necesarios.
Cuando me fui, espantado, resolví no entrar en tratos con esa gente. Macanudos sus ejecutivos, mis posibles contratantes -lo juro, piolísimos sentados en un bar del centro, risueños con su ropa de El Cardón y Kevingston- pero eso no era para mí.
Por último, una excepción: hace pocos años me contactó un amigo que trabajaba para una agroindustria. A medida que fui conociendo la empresa vi cómo funcionan las cosas cuando realmente hay empresarios buena leche (la RSE de las empresas es un verso: están para ganar dinero, nada más; los que tienen conciencia social son las personas que deciden cómo ganarlo). No había "puestos" ni "campamentos", como se les llama a los ranchos, se invitaba a los trabajadores rurales a especializarse, a radicarse en la zona y se les proveía de todo lo que una empresa puede facilitar para que construyeran sus viviendas, sin gitaneadas, mexicaneadas ni, sobre todo, argentinadas. Un punto que me pareció polémico era que los terrenos seguían siendo de la empresa hasta acumulada determinada antigüedad, pero me explicaron que habían tenido que hacerlo por malas experiencias mutuas anteriores. A expensas de este trabajo, que a la empresa no le significaba costos excesivos y que, a lo sumo, ocasionaba no más de uno o dos dolores de cabeza por lustro -nada que un empresario dinámico y pujante no pueda resolver- se estaba forjando un poblado de casitas de material.
Trabajando con ellos, pude ver cómo era el trabajo en otras empresas colegas, confirmando mi impresión anterior. Ahí constaté que los organismos de control, estatales o sindicales, por lo menos en las ciudades y pueblos del interior que visité, conocían esta situación y era totalmente aceptada. Encontrar estos campos es fácil, muy fácil, aún para un funcionario flojo de Capital Federal que sólo tenga que hacer su trabajo a reglamento detrás de un escritorio: Google Earth, acceso a la base de datos del RENAPER, un listado por región fiscal de empresas agropecuarias, un listado de trabajadores rurales registrados, un teléfono y una impresora para imprimir e ir marcando las empresas que no tienen a sus trabajadores registrados, o las que los tienen registrados con domicilio en otras jurisdicciones (por lo tanto, no moran en la región y están en peligro de ser esclavizados). Después, sí: oficios e instrucciones para todos los que sean necesario apersonar en cada establecimiento, con fiscales, agentes de justicia, agentes impositivos, sindicales, y hasta los que llame Pekerman.
Por ejemplo, agarran la ruta 33 o la 38, en el Valle Central de Catamarca, y van tranquera por tranquera, según el mapa del Earth marcado con fibrón grueso.
Después me cuentan.

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* En el próximo post, la razón de este título.