21 diciembre 2010

El Arca de la Corrección Política.

En mayo de 1896, durante los festejos de la coronación de Nicolás II, cuando la muchedumbre se agolpaba en el campamento de Jodinka, los entablados que cubrían el foso se hundieron con el peso de los asistentes y más de dos mil personas perecieron asfixiadas o aplastadas. Para minimizar el desastre, los allegados al nuevo Emperador le aconsejaron que esa noche asistiera, como estaba anunciado, al baile de la Embajada francesa. Pero muchos de los asistentes interpretaron esta decisión como una muestra de insensibilidad para con las víctimas de Jodinka. "El Zar y su esposa -se decía- han bailado sobre los cadáveres". 
Henry Troyat
Rasputín, Rusia entre Dios y el Diablo

Se viven tiempos de corrección política. Es una corrección fruto del miedo -del miedo escénico- y de relojear todo el tiempo si algo mide/no mide, de disimular la bosta mezclándola con concentrados dulzones y avainillados para que no la descubran. Se convierte el discurso en una serie de lugares comunes, bien avenidos, digeribles para el delicado estómago (por resfriado, será) del amplio centro del espectro y se elije ofender poco a alguno de los dos extremos.

Por supuesto, la sociedad es tilinga desde siempre y juzga lo que sucede con parámetros volubles e incoherentes, dignos del pudor de maestras pueblerinas o de marineros eslavos que no vieron tierra en meses, según sople el viento. Adivinar sus veleidades es más difícil que encontrar un empresario con conciencia social. 
Hay que ser correcto políticamente pero ocultarlo, parecer insultado, aplomado, o sereno; decir grandes obviedades con ironía, vehemencia, oratoria o simples palabras llanas, según corresponda o sea el personaje que haya que jugar. Nuestros asesores nos dirán, como al Zar Nicolás, si es conveniente ir a bailar a la Embajada y fingir que nunca existió una tarima mal puesta. Los asesores intentarán camuflarnos, si la manada está asustada, nos dirán: "Gritá '¡Lobo, Lobo!'". Si sos el lobo, ponete la piel de alguna oveja que te hayas comido, pero no muestres las orejas ni -mucho menos- los dientes.
La fauna de usurpadores de la corrección política que juegan a furiosos de a ratos, se mueren en la orilla o muerden sus propias lenguas es diversa:
  • La abeja que zumba pero perdió el aguijón hace años: Por más que Carrió denuncie el delito más flagrante, su penetrante buzz es más molesto por su propia inconsecuencia posterior (algo que a ella parece no molestarle en absoluto) que por los latrocinios que en el erario pueda producir un funcionario u otro; banaliza todo lo que menciona y lo vuelve parte de un corpus cuyo basamento es una angustia por votos y peso político patológicos. Termina convirtiendo cosas realmente serias e importantes para cualquier Nación en una serie de advocaciones metafísicas que se olvidan tan rápido como se diluye el incienso en una ventolera. 
  • El perro que ladra, ladra y ladra: en el partido gobernante -y quizá el caso más obvio-, Aníbal Fernández es incapaz de relacionar sus dichos (las "anibaladas") con el hecho de que es parte del partido en el poder, y como tal obligado a operar sobre las dificultades y no a ladrarles como si viera pasar la vida a través de una cerca.
  • El gusano que te pudre todo: subirse a una plataforma, al calor de los reflectores (figurados o literales) y decir lo que se tiene realmente ganas de decir -sin eufemismos, alusiones, rodeos y fintas semánticas- después de tanto gallito berreta, parece cosa de valientes, pero no siempre es así. El valor es algo que se tiene íntegramente: ser un jetón insolidario, xenófobo, racista y cruel, por más que seas el portavoz de tus compañeros de clase, es de cobardes y miedosos. Ya sabemos por quién digo esto. No hace falta que lo nombre, porque hay cosas que prefiero no nombrar "por decoro y para que se sepa".
  • Los cobayos bienpensantes: las últimas grandes víctimas de la corrección política; los que apoyaron el reciente Matrimonio Universal y son pseudoprogres. Cuando pasean por la calle con sus hijos y ven a una pareja gay demostrándose afecto con un beso, de la mano o abrazados, prefieren dar media vuelta y evitarse el contagiar a sus retoños de libertad sexual manifiesta.
  • Las estúpidas zarigüeyas: de los tontos en lugares inconvenientes podemos hablar horas, la corrección política se llevó a varios a la tumba ídem -pensemos en toda la Alianza- pero sobre todo pensemos en Cobos, diplomado en Incómodo Insufrible, preso de su propia pusilanimidad, diciendo: "mi voto no es positivo" (y tratando de convertir un resultado binario en un tercer estado lógico inexistente).
  • Los caranchos que siempre están: El periodismo argentino, esa profesión que prefirió dejar su controvertido oficio para devenir en una especie de Academia de la Corrección Política, canonizando a los mártires de La Operación de Prensa y a los santos de la Desinformación. Si Perfil, La Nación y Clarín hubiesen existido en la Rusia del Zar Nicolás -y de hacer lo que hacen en estos tiempos- no hubiera sufrido una Revolución. La autocracia hubiera existido mil años más: tanto bombardearían al pueblo ruso con noticias apocalípticas, actualizaciones contradictorias y repetitivas, sin chequeo de fuentes (o ignorándolas) que los pobres mujiks ya no sabrían si fueron 20, 2.000 o 20.000 los muertos de Jodinka. Perfil hablaría de las carteras de Alexandra, La Nación de la urgencia de abrir las fronteras al dinero occidental y Clarín informaría que las revueltas se suceden en todo el Imperio, desde hace cincuenta años, sin cesar, sin cesar.
Nuestros representantes hoy bailan sobre miles de cadáveres, pero nosotros miramos Tinelli (ahora Gran Hermano, por amor de Dios), votamos a Pino Solanas y participamos del prende y apaga de esta noche, en Caballito. 
Nuestros nobles pueden ir tranquilos a la Embajada (de Estados Unidos, últimamente) sin problemas.
Aquí no habrá revolución ni en cien mil años.