08 noviembre 2010

El lado oscuro de las intenciones.

Ciertas actitudes son incomprensibles para los demás, tendríamos que definirlo por convención y dejar de sorprendernos (o indignarnos) cuando no las entendemos: se pueden sintetizar, racionalizarlas dentro del contexto de las personas que son capaces de tomarlas; pero pueden resultar imposibles de transferir a las circunstancias personales de uno. Dentro de las opciones que manejamos, la opción del otro no es la primera, por ejemplo. A veces no es ninguna opción posible, lo que la hace más intelectualizada y menos practicable, si se quiere. Algunos han dado en llamar a esta imposibilidad de elegir esas opciones moral, otros principios, pero es una idealización que en el fondo convierte a la decisión del otro en una excepción a una regla: nuestra regla.
La frase no entra en mi código moral contiene una crítica certera sobre la moral del otro, porque la moral pareciera ser siempre algo a lo que se accede a los saltitos y en puntas de pie de tan alto que está (excepto cuando es baja o decadente, claro).
Dije "si se quiere" y pienso que se necesita voluntad para querer imaginar lo que otro hizo y uno no haría: hay quien no quiere ponerse en el lugar del otro; especular es (muy) peligroso para su moral. Se mira y se juzga desde el costadito del Universo que tocó vivir, tan único y especial, imposible de abandonar por un rato.
A favor de los que no se toman el trabajo, como dije al principio: entender algunas actitudes aún haciendo el esfuerzo puede ser imposible y pretender entender a todo el mundo es impracticable.
Existe una confusión primordial entre querer entender y pretender entender a los demás: las intenciones. Tener una moral alta y exigente necesita de un cuerpo de intenciones definido previamente. Por supuesto, una intención sirve sólo como tal, antes de la acción y como marco especulativo; el compromiso ante un decisión putativa es aplicable a lo que aún no sucede y, desde la honestidad, debería ser aplicable sólo a uno mismo. Sin embargo, oh injusticia, generalmente se usan para especular sobre lo que le pasa a otro. De ahí que no sólo no tomamos el lugar de otra persona, ni pensamos en sus circunstancias, sino que le aplicamos nuestro propio código moral, el mismo que soslayamos cuando nos toca a nosotros bailar con la más fea.
El camino al infierno está lleno de buenas intenciones.