17 octubre 2010

Conexiones


Cuando tengo que pelear no suelo estar fuera de mí, por el contrario. Creo que una pelea es una cosa muy seria y que hay que ser como un jugador de póquer, frío y preciso. Es una situación bastante peligrosa, que se da porque el otro no quiere resolverlo hablando y de mi parte se termina cuando el otro lo crea conveniente. 
Peleo porque alguien quiere hacerme daño o porque le hará daño a otros, y fue siempre igual desde mi infancia. Cuando nos peleábamos con Ricardo, por ejemplo, no importa quién ganara, siempre lloraba; si me ganaba -casi siempre- se ensañaba y me daba con ganas en la cara y cuando terminaba salía sacando pechito. Cuando le pegaba yo y lo sentía a mi merced, me daba pena y lo dejaba. Muchas peleas las perdía por eso, no hace falta decirlo. Inevitablemente, me asustaba cuando comprendía que tenía que darle duro para que no me pegara más. Generalmente, Ricardo me respetaba, pero las peleas empezaban porque se la agarraba con alguien y yo lo cuestionaba. Era una especie de número tradicional en mi barrio, ya todos sabían que así empezaban nuestras peleas. Lo peor, el agraviado, al otro día, estaba haciendo méritos para ganarse la simpatía del tiranuelo.
Pero no todas las ocasiones fueron como aquéllas.

Una tarde me atrincheré en un bar con excelente visual a cierto local comercial donde arreglaban desde televisores hasta licuadoras, decidido a interceptar al dueño. De los tres monitores que le había dado hacía meses para arreglar, el que menos me importaba era el mío, ya lo daba por perdido; los otros dos eran de la empresa en la que trabajaba y estaban ahí bajo mi responsabilidad. Quería que me los devolviera, como estuvieran. Mi ello quería seguir con el Quake hogareño, pero mi superyó mandaba. Mi yo quería matar a las otras dos partes de mi psique de un tiro.

En aquellos años, trabajaba en una empresa nacional, en el interior del país. Tenía una relación bastante cercana con mis compañeros, inevitable en una ciudad relativamente pequeña (sobre todo, comparada con Córdoba, Rosario o Buenos Aires). A algunos me los cruzaba en el supermercado; en un parque el domingo, jugando con nuestros hijos; tomando un helado en el centro, esas cosas; por lo que la frontera que divide el rol externo del interno, no laboral, es un tanto difusa y suele ser común que se mezclen un poco.
Averigüé entre los colegas-amigos (otra cuestión de doble rol que se da mucho en los de Sistemas) y me notificaron los dos posibles lugares: uno en el centro, con local a la calle, y otro en un antro en los arrabales, interno, una pesadilla alejada de cualquier concepto comercial del pasado, presente o futuro. Mi yo-no-laboral se impuso y gritó: "¡al Centro!" y ahora estaba acechando al dueño.
Mi viejo, técnico de radio y televisión (y arregla-tuti), tenía el mismo tipo de negocio, hasta ponía un osciloscopio en la vidriera, nada más que para dar idea de "tecnología", aparato que creo que no funcionaba bien. Conozco muy bien al gremio, como lo llaman los de adentro. Desde el día que el "técnico", un grandulón de rulos y anteojos, me sacó un adelanto de $63 con la promesa de traer los repuestos que no tenía, nunca más volví a saber de los monitores. Era probable, pero siempre hay un castigo para los tramposos, pensaba. "Este no se va a meter conmigo". Y se metió.
El tipo nunca estaba: recién había salido, estaba en un domicilio, había ido al banco. Me atendía la mujer, una señora notablemente mayor con evidente desinterés por la odontología y que, cada vez más mecánicamente y molesta, ladraba las excusas con cierto dejo de indignación por la molestia, al principio tratando de no repetirse, pero al final lo que me decía era: "pendejo, aceptá que perdiste y andá a llorarle a Magoya", sin decirlo.
Al final lo vi entrar y salimos del café a las corridas (había ido acompañado, porque me conozco), pero el tipo ya había desaparecido en el fondo del local. Salió la mujer a atajarme, discutimos, le dije que había visto al chanta entrar adelante mío y que saliera, que me enfrentara, que me dijera lo que tenía que decirme, que no mandara a una mujer, y muchas otras cosas, cada vez más insultantes, hasta que no pudo evitar salir. Se mantenía detrás del mostrador, con una sonrisa condescendiente que se hizo franca cuando le mencioné a la policía. Era evidente, como me lo había anticipado un amigo, que el tipo estaba en contacto con ellos porque era en realidad un reducidor de pasacassettes, radios VHF,  relojes de remises y otros productos de escruches, modalidad que abundaba por entonces en aquella ciudad y que no funciona sin policías.
Cuando vio que la instancia superior que le mencionaba no era una molida a palos, se relajó. A la policía, evidentemente, no le tenía miedo. Y cometió un error: dio un paso adelante, casi a mi alcance. Le pegué en la parte superior de la mandibula, cruzado, porque era más alto que yo y calculé un poco más arriba. Los anteojos volaron, y casi cayó sobre una vitrina. Me agarró mi acompañante que, previendo algún problema legal, me dijo al oído, con los dientes apretados "acá adentro no". Empecé a gritarle que fuera hombre y saliera. Él, muy asustado, sobándose el parietal, volvía a ponerse los anteojos, y la mujer gritaba abriendo grande la boca, insultándome. Se empezó a juntar gente, y los utilicé como público para hacerlo salir, profiriendo todo tipo de insultos a su honra, la de su familia, su mujer, sus descendencia, y todo lo que se me ocurría. Si bien no puteaba mucho, lo que decía era para que alguien con medio litro de sangre en las venas (aunque fuera de pato) reaccionara, pero el tipo no salía. Tenía los ojos abiertos, estaba en shock. Su cobardía lo tenía clavado al piso, su orgullo lo empujaba hacia afuera. Yo lo había asustado, sé que tengo ese poder sobre algunas personas y empecé a mostrarme conciliador, pero a los gritos, que se debían escuchar a dos cuadras a la redonda. Le decía que saliera a "arreglar", que me devolviera lo que me había robado, etc..
En eso, pasó mi jefe, por pura casualidad de ciudad chica, y vio el amontonamiento de gente y me reconoció. Se me acercó, me habló bajo, y agarrándome de un brazo me alejó con firmeza. Cuando llegamos a unos cincuenta metros del local me preguntó qué estaba pasando y le conté, con farfulleo, que nos había robado los dos monitores, que hacía meses que me tenía yendo todas las semanas a ver si estaban, etc.. Me tranquilizó, me dijo que los monitores no importaban, que era más importante mi salud, que me iba a dar un ataque, etc.. Le hice caso y me di por vencido. La sensación de tristeza y arrepentimiento por llegar a esos extremos no me abandonó hasta pasados varios días, como me pasaba con Ricardo, aunque ya no puedo llorar. Me resultó muy difícil hablar del tema, sobre todo en el trabajo, donde se filtró toda la historia y en donde, a partir de entonces, me volví un tipo de cuidado. Yo, que prefiero dialogar a pelear.
A pesar de la ciudad chica, nunca más lo vi. Lo tenía muy presente, sentía todavía el contacto duro de mis nudillos contra su mejilla. Soñaba con él, le desfiguraba la cara porque le pegaba demasiado fuerte o, por el contrario, renunciaba a pegarle para no hacerlo. Él, en mi conciencia, era mi víctima, a pesar de lo que dijeran los hechos y de lo que decían mis cercanos.
Unos meses después, el tipo se pegó un tiro con una escopeta. Ya no lo tenía tan presente, pero la noticia me dejó muy mal. La conexión entre nosotros, una conexión horrible, terminaba con uno adentro de un ataúd. Elijo mejor las conexiones que hago desde entonces, y si no me toca elegir, intento que las que son igual de horribles, mejor no subrayarlas con cicatrices sicológicas permanentes.