14 octubre 2010

Con perdón de Felipe Kindredo Pito.

Leyendo a Pablo Capanna en su ensayo sobre Philip K. Dick, volví a tener la apreciación que tuve la primera vez que vi "Blade Runner": ¿Cómo fue posible que Hollywood, el epítome de lo políticamente correcto, se haya fijado en semejante historia?. Después de "Total Recall" (echada a perder por la mera presencia de Schwarzeneegger y la necesidad de hacerlo participar en interminables escenas de acción), los nombres famosos se esforzaron por sumar a sus currículos una historia de este chiflado en particular, desdeñando a todos los otros. Hubo intentos, sí, con Heinlein, Asimov, Aldiss y Clarke, por nombrar algunos, pero ninguno tan repetido como Dick. Quizá el otro "mimado" sea Ballard pero, salvo el "Imperio del Sol", no hay tanto entusiasmo como para poner decenas de millones y recrear sus visiones post apocalípticas de productos de consumo abandonados, ciudades tomadas, planeadores, aviones y luces fluorescentes.
No voy a hacer un análisis que tenga que ver con Hollywood, válgame. Nunca creeré en los análisis sobre un género superior (como yo considero la literatura) haciendo la exégesis de uno inferior que lo refleja más o menos imperfectamente -lo siento por los cinéfilos, pero el cine es un arte específicamente técnico (lo dijo Woody Allen, no yo) y, como obra creativa, es apenas lo que vota un comité o lo que un tipo que tiene el control logra traducir con el trabajo de otros. Me gusta el cine, pero más me gusta leer. Lo siento si no está de acuerdo, lector. O cinéfilo, debiera decir.
La única explicación posible es que Dick fue asimilado, de alguna manera, por su tiempo. Lo que hoy vemos en Dick quienes todavía lo leemos, es una obra universal, bastante coherente en su esencia, pero que ha sido fagocitada por la realidad. Los demonios de Dick estaban ahí detrás, embozados apenas, y cada día que ha pasado desde que fueron descritos en papel han ido materializándose, tal vez sin hacerlo del todo, de manera que el hombre común hoy acepta su existencia y acepta que es apenas un personaje secundario a la espera de su Deus ex machina, que lo sacará de una vida monótona o que, revelándose, le explique el porqué de la misma.
Esto último quizá sea lo más recurrente en ciertas intrigas que abundan actualmente: el asesino, el malvado, ya no es un individuo que impone (o intenta imponer) un sistema, sino que el sistema es el perverso, que tiene a ese personaje en lo alto (o en lo bajo) independiente de su individualidad, y es intercambiable con otro u otros. Es una concepción muy acorde al gnosticismo, nos dice Capanna, de Dick, pero también lo es para la persona común que hoy se cree (y puede que lo sea, no es mi objeto desmentirlo) víctima de poderes ocultos, prosaicos, terrenales, o no. Por otro lado, psicológicamente, Dick sintonizó (he aquí la gran duda, porque fue el primero en sentirlas en carne propia, hasta el punto de enfermarlo) ciertas patologías masivas que encontraron en la trama de la caída de Nixon una justificación histórica evidente. Desde el asesinato de Kennedy hasta la caída de Nixon, la sociedad occidental en general y Estados Unidos en particular vivieron una especie de sospecha creciente de manipulación de la realidad, soliviantada por Vietnam y el aumento del petróleo y adormecida con bienes de consumo baratos y en cuotas, crédito y american way of life, al que nadie quería renunciar. La Guerra Fría, la carrera armamentística y Fidel Castro, jugaron el papel del demonio ahí afuera, y se utilizaron para hacer tomar partido a los tibios. La exudación catártica fueron los platos voladores, la generación Pulp y escritores como Dick, para cerrar el ouroboros.
El hombre común, el que paga una entrada para un tanque hollywoodense, no lee a Dick. Pero es posible desarmar una historia de Dick hasta que los demonios al uso del día se hagan evidentes. Y, convengamos, en Hollywood una película se hace o no porque alguien fue capaz de reducirla a una sola frase que puedan entender los productores. Dick, sin menoscabo de su talla como escritor, quien esto escribe es un lector compulsivo de su obra, encarna la subjetividad de la realidad, la individualidad que la explica casi sin necesidad de presentar pruebas, el prurito final de la larga comezón que comenzó con el Pulp y que termina con los actuales abducidos y sectas místico alienígenas.
Quienes realizan estas películas cumplen la misma función que los sacerdotes explicando la Biblia a las almas sencillas hasta hacerla decir lo que desean que diga o lo que la masa quiera escuchar, según se necesite. Hay quienes cumplen este rol mejor que otros, pero en el fondo todos cumplen.
Mi lectura y comprensión de "¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?" distan mucho de la visión de Scott, con todo mi respeto hacia él pues hizo uno de los trabajos más honestos, pues dejó escapar buena parte del carozo ético místico con el que pudieran atragantarse sus espectadores y que es, realmente, uno de los pilares de la historia. Ir al fondo hubiera sido peligroso para todos: abortistas, antiabortistas, geneticistas, médicos, en fin, una larga lista de posibles "objetores de conciencia".
Quizá "A scanner darkly" sea la historia más afín a la original pero, también, ha sido la menos vendedora en la taquilla, con lo que no debe haber muchos entusiastas con hacer otra adaptación tan literal de Dick.
Diferente, muy diferente, son los mundos de otros escritores de ciencia ficción, en los que la ciencia pura y dura (o la fantasía) es la excusa para liberar una especulación sobre nuestro presente o pasado, matar a Dios (Dick lo hizo a menudo, pero sólo para remontar otros dioses), manipular el pasado, el futuro o ambos, negar el alma o probar su existencia, correrse un poco más al Oeste del Universo, y un largo etcétera, todas empresas imposibles o bastante complicadas que no tienen demasiado que ver con el hombre común. Por supuesto, se filman historias de ciencia ficción, pero peligrosamente cercanas, todavía, al western, al misterio del cuarto cerrado. En el cine, estoy de acuerdo con Capanna, la ciencia ficción ha muerto.
Bester, Sturgeon, Cordwainer Smith, Le Guin, Del Rey, permanecen lejos de los cines. Asimov, Heinlein y Clarke no han sido ni siquiera atisbados. Quizá tenga que ver, volviendo a Capanna (ver la nota), con que el género en sí está muerto. Yo no quiero y no lo querré nunca. La ciencia ficción fue mi descubrimiento de la lectura; y también, de la escritura.
Dicho esto, vuelvo a "The Computer Connection", a ver qué pasa con Chca-5, Guignol y Sequoia.

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Para quién no esté muy familiarizado con el "verdadero" Philip K. Dick, les recomiendo la lectura de "La fe de nuestros padres". Para quienes sí lo están, no les privaré el placer de su relectura.
Para quien haya tenido alguna duda, adquirí una deuda impagable con Pablo Capanna, a quien leo desde aquellas "Péndulo" y que me condujo por los caminos sinuosos de la imaginería S&F.