24 octubre 2010

Cómo ladrarle al reflejo de la Luna.

"El wannabismo los hará parecerse a nuestros héroes, pero nunca los volverá héroes", me dijo después de limpiarse la boca puntillosamente con una servilleta.
El viejo militante, acodado en una mesa de La Giralda y con un submarino a medio terminar enfrente, miraba mi cara de asombro. Su cambio me sorprendía, desde aquel greñudo que a fines de los ochenta intentó engancharme en una estructura celular "por las dudas" hasta el actual señor de pelo gris a cepillo que me miraba divertido desde esas dos puñaladas en tarro que eran sus ojos, había mucha diferencia. Allá, por aquellos años, su olfato y el trabajo de ratón de archivo que hacía le habían dejado oler el caldo espeso que se cocinaba en ámbitos militares: los cuadros intermedios, los que habían "puesto los dedos", pedían que se les reconocieran los sacrificios durante el terrorismo de Estado a la hora de los ascensos; Alfonsín los venía ninguneando desde aquella Semana Santa y estaban dispuestos a reaccionar con violencia. Podía ser canalizado o no por alguna estructura de poder que rearmara el "partido militar", y otra vez sopa. Cuando descubrió, hablando con unos militantes de MTP, que andaba el Pelado en la misma que él y con más gente, se desactivó. Honrando la poca comprensión del Sun Tzu del Pelado, todo iba a terminar mal.

Nos vimos algunas veces, desde entonces, en charlas que duraban dos minutos o seis horas y una botella de Fernet, según nuestras circunstancias. A mí me separó del resto (de los "perejiles", como les decía), porque tenía una biblioteca increíble, una de las pocas que sobrevivió al terror de la dictadura militar (en mi casa, por ejemplo, se quemaron todos los libros "sospechosos", que eran casi todos los que había). Tenía a Jauretche, Cooke, Scalabrini Ortiz y, desde Ramos y un largo etcétera, incluía a nacionalistas católicos como Rosa, Palacios ("a los montos les encantan", me decía). Te prestaba algunos libros, después de una largo análisis que incluía una exposición sobre un tema que te gustara o sobre el que considerabas que sabías mucho. En la oportunidad de mis escarceos previos le dije que más que seguridades lo que tenía eran dudas, sobre todo sobre el peronismo. Me había leído la Historia de Palacios, que se había salvado del fuego en casa, y estaba más perdido que perro en cancha de bochas. Hoy no recuerdo qué libro me dio, porque me prestó muchos. A fines de los ochenta, después de la última conversación "de civil", el Topo (vamos a llamarlo así), desapareció por unos años. Yo estaba recién casado y con un hijo en camino, intentando ser lo más burgués que podía (lo veía como una de las obligaciones del amor) y ya estaba transitando el último (y patético) capítulo de mi vida peronista de juventud. Se desilusionó, pero la alarma que tenía no le permitía perder el tiempo conmigo. Se fue.

Unos meses después, me anticipó la jugada de Méndez con los Born. No lo podía creer, cuando se anunció públicamente. Yo militaba en una organización menemista de base, él iba y venía, nadando en los entresijos de la política provincial, nacional y, porque no, Imperial Galáctica. A esa altura yo lo trataba con cuidado, me habían dicho que era servicio, que era agente secreto, tantas cosas. Hicimos muchas travesuras juntos, como romper reuniones en las que se iban a proclamar candidatos de la contra, llegamos a pelearnos en público para desvirtuar una asamblea como maniobra desesperada. Volvió a desaparecer en el noventa y uno.
Nos encontramos unos cinco años más tarde, de pura casualidad. Él ya sabía bastante de mí, porque supo siempre dónde preguntar, y nos pusimos al día rápidamente. Ambos estábamos muy doloridos, Méndez nos había dado a los dos un patadón en nuestros corazones militantes peor que cien Dictaduras. Abjuramos solemnemente del peronismo como solución política. Pensamos que no habría posibilidad coherente de sobrevivir esos tiempos, que el peronismo se había auto eliminado al arriar las banderas y entregar el poder a sus enemigos, y continuar la obra de Martínez de Hoz.

A él le brillaban los ojitos cuando rememoraba los sueños de "las masas acudiendo al llamado", esas masas que iban tan contentas a comprar en cuotas un futuro de villas miserias llenas de paco, marginalidad, clientelismo o delincuencia como medio de vida.
Nos encontrábamos en las calles, a mil kilómetros de distancia uno del otro, cuando cayó la Alianza. "No te olvides de esto: la cruz la van a cargar los radicales, por pelotudos, como con La Tablada, pero esta vez es una emboscada del peronismo. Es el primer golpe de Estado que hacen exclusivamente los peronistas. Por supuesto, el peor peronismo que se te pueda ocurrir. Hoy están juntos, pero el poder en el peronismo siempre lo tiene el que hace laburar a los todos los otros, como hacía el General".
Nos mandábamos mails con reflexiones, links, noticias. Él había puesto un vivero en el tercer cordón del conurbano, casi cayéndose al cuarto. Sabía mucho más que yo, como siempre: decía que les habían negado los fierros a la patota, que los mandaban a bardear "en bolas", a hacer agite en la villas, que había zonas liberadas, que en Rosario se habían comido los mocos por "falta de peso" y que, si era necesario, se iban a cargar a Rucucu en Buenos Aires mandando a las embarazadas contra la montada.
Desde hace unos años, retirado del activismo, participa como satélite junto a cierto dirigente aparentemente caído en desgracia (aunque tuvo participación activa en este "proyecto", sobre todo en sus inicios); como Abogado del Diablo, según dice, todavía puede trabajar.

Mirándome desde detrás de su chocolate, esperaba que yo encontrara sentido a todo lo que me había dicho, el panorama sombrío que me había adelantado. También que digiriera su actualización semántica: había dicho "wannabismo" y en su retórica quedaba como inodoro en el living.
"En realidad, nadie sabe dónde está parado. No hay un sólo actor de la política nacional que pise terreno seguro, ni siquiera el Cabezón. Acostumbraron a todos a la adulación, al servilismo temeroso, a la dádiva. La militancia se parece a los amigos del campeón, con el campeón mismo traicionando al viejo campeón, del que fuera comparsa. A la oportunidad la pintan calva, y todos andan con peluca."
Nos fuimos, deseándonos buen fin de año. Unos cínicos pequebús, tratando de esquivar la tristeza.