09 septiembre 2010

Movimiento, pragmatismo y fusilamientos.

Son tiempos preelectorales y los políticos andan calculadora en mano, índice negativo en el bolsillo y panfleteando con el positivo todos los rincones. Es decir, el hormiguero está convulsionado y los osos están a la vera relamiéndose, esperando que las estúpidas hormigas -nosotros- vayan a sus pegajosas bocas. Se ubican en los lugares que creen más prudentes -estas hormigas se manducaron a más de un oso hormiguero demasiado confiado- y se salivan con deleite; pero cuando se tiene hambre la espera desespera y muchos ya están haciendo la digestión a cuenta y con los jugos gástricos sin usar.
Es difícil incluso para el hormigón que esto escribe: yo mismo no sé dónde estoy. En realidad, no es que yo no sepa en qué lugar de la política me ubico, porque es donde siempre estuve. Pero el marco de referencia se mueve de continuo y, por ese mismo movimiento, ya no sirve como referencia, apenas como marco, de donde se deduce que el mojón soy yo, no los demás. Soy el metro patrón de la política; por lo menos, de la política que me concierne. Y no está mal, ahí quiero estar, pero no es fácil.
La dificultad radica en que todavía nos abruman, a los argentinos, tres situaciones contrapuestas:

  1. El movimientismo cada vez más difuso que llena los discursos de los políticos y sus rémoras: los K. "nac&pop"; los "peronismos" varios, la "oposición" a la que aluden, desconcertados pero disimulando, los medios o su otro clásico, lagente; "el campo" que está lejos y se menciona con un pequeño productor rural en mente pero que significa realmente un terrateniente urbano ávido de divisas; y un largo etcétera a gusto de quien le convenga. 
  2. El pragmatismo traidor que heredamos de Méndez y que nos obliga a hacer fintas con las definiciones, a ejercitar la dialéctica contradictoria o el doblepensar orwelliano; que permite borrar con el codo lo que escribimos con la mano, a hacer lo que haya que hacer con tal de (ponga aquí un fin inconfesable pero que tiene algún eufemismo políticamente correcto).
  3. El fusilamiento habitual de los testarudos cuando los cambios de rumbo desconciertan al ganado. Entre el zurdaje vernáculo la aplicación de este principio estalinista trata al compañero que piensa más o menos radicalmente que uno peor que al enemigo porque le hace el juego, como si mermar las propias filas no sea el peor juego que se le pueda hacer.

Es decir: los líderes definen ciertas ideas, alianzas o convenios, luego los traicionan pragmáticamente y por último nos acusan a nosotros de traidores o de quedarnos en el '45.
No nos extrañe, históricamente casi siempre fue así: la Revolución Francesa terminó con Napoleón de Emperador y los jacobinos que habían guillotinado al Rey y su corte, guillotinados también, por ejemplo. La diferencia, y esto es fundamental, es que acá no hubo ninguna revolución, apenas cíclicamente un montón de burócratas defienden su posición de otro montón de ambiciosos que consideran advenedizos.
Ellos permanecen redibujándose todo el tiempo, siempre, y los confundidos somos nosotros que les prestamos atención, la carne de cañón, el relleno de sus "movimientos": "lagente", "el pueblo", "Doña Rosa". Por eso, lo mejor es no moverse, hacer nuestro propio metro cuadrado político y ver que tarde o temprano Macri, Pando, Solanas, Sabatella o Kirchner van a llamarte correligionario o compañero sin que te muevas de ahí. Mientras, los otros cuatro te tratarán de veleta. Qué le vas a hacer, todo sea por tu salud mental y política. Un día un amigo me dijo: "yo nunca me alejé de la izquierda, ella se alejó de mí".
Darás algunas explicaciones, eso es inevitable, pero te vas a mirar al espejo tranquilo. Y quizá un día los quietos seamos mayoría y hagamos que los charlatanes de feria vayan a bailar a lo de Tinelli, donde deberían estar.