24 agosto 2010

Círculo de confianza.

A los amigos.
Hace un par de semanas, a raíz de cierto post, algunas personas me preguntaron personalmente qué había pasado y qué alcances tenía mi hartazgo. Analizando hoy, al calor de lo sucedido estos últimos días, puedo hacer una evaluación de daños y controlarlos. Barajar y dar de nuevo.
Pero no voy a abrumarlo, estimado y sufrido lector, con un inventario de dolores y ayes, por lo menos no en este post. Voy a dejar constancia de algo que descubrí recientemente y que usted dirá "chocolate por la noticia".
Bueno, parte de lo que me pasa me pasa porque quiero mucho a mis amigos, los estimo, los admiro... y los extraño. Tengo un grupo de amigos enormemente heterogéneo, pues soy una persona amigable, aunque no parezca. No soy un snob elitista, muchas veces me caen simpáticas personas totalmente opuestas a mi concepción de la vida, y puedo ser de lo más tolerante con los defectos de los demás con la única condición de que no me obliguen a ignorarlos. Para mí el amigo perfecto no es el amigo sin defectos, sino el amigo que los asume con franqueza, por lo menos conmigo, y es capaz de tener cierta intimidad -la que permiten las formas, que para las que no se permiten ya tengo con quien entretenerme. Y una vez logrado el clima, normalmente ellos o yo tenemos que atender nuestras respectivas vidas y perdemos una oportunidad tras otra de encontrarnos, de confesarnos y de aconsejarnos. Y no me vengan con mails, facebook o MSN. Hablo de ponerle la mano en el hombro, de mirar a los ojos, de reír con la risa del otro, esas cosas pavas que pasan cuando dos personas convergentes se encuentran, valga la redundancia que no lo es.
Sin embargo, no todas las personas que me cuentan sus cuitas son mis amigos, ni todas las que no me las cuentan son rechazados. Hay matices, sobre todo siendo yo una persona que tiene el don de provocar ciertas confesiones, don que heredé de mi viejo, ambos inexplicables poseedores.
Hay gente que aprendí a estimar, a tenerle respeto, a mirarla con admiración, sólo por cómo hace las cosas tan diferentes a como yo las haría. Con esta capacidad he podido entender y trabar amistad con gente de otras edades, otras culturas, otras creencias religiosas. Una amistad a veces pobre, a veces rica, todo dependiendo de nosotros, los quiénes.
Un amigo es.
Si tengo que admitir que la primera herramienta de la amistad es el lenguaje, también debo decir que es la más peligrosa. Está lleno de imprecisiones, de enunciados incompletos, de párrafos interminables asumidos en un solo segundo de silencio, tan escueto e insuficiente como verborrágico y pletórico de equívocos.
Nuestros próximos hablan y nos escuchan, y es notable que con esos galimatías se construyan puentes de confianza. Más probablemente quien hable sea nuestro lado oscuro; miedos, vilezas y egoísmos, convenientemente edulcorados con un simpático pudor y acorazados en una bonita gragea de urbanidad.
Hablamos más allá de lo que decimos, cuando criticamos a uno que no está, cuando envidiamos al otro, cuando odiamos en secreto, cuando atormentamos al débil, cuando nos aprovechamos simplemente porque podemos, cuando somos injustos midiendo la paja en el ojo ajeno. Hablamos hasta cuando callamos, por ejemplo, una injusticia. Hablamos siempre, incluso cuando decimos otra cosa, cuando nos declaramos buenos, limpios y gentiles.
No somos más que víctimas de esas primeras impresiones. Una vez que decidimos que podemos convivir con ese guiñapo de defectos que se nos presenta con su balbuceo titubeante o su perorata pagada de sí misma, caemos rendidos, subyugados. Después de construir el puente, sólo nos queda cruzarlo, de ida y vuelta, ambos. Y después poco importa: los buenos amigos lo son en las buenas y en las malas.
Por eso es tan importante para mí que la gente que aprecio sepa por qué la aprecio, y que también sepa qué cosas he soslayado o estoy dispuesto a tolerar para tenerla en valor. La neurosis para los demás, para los amigos, lo que nosotros somos: dos basuritas intentando que los defectos no sobrepasen nuestras pocas virtudes.
No quiero ser más tu amigo.
Por otro lado, una gran parte de este mundo no busca amigos, busca aliados o cómplices, tener el consuelo de no ser él único que se queda afuera, encontrar posibles cabezas de turco para negociar o simples plebeyos o ciegos sobre los que reinar o soberanos que les brinden protección y fortuna. Es decir, más que amigos son conspiradores. Suelen necesitar antagonistas para formar una relación, como la Alianza contra Méndez. Librados a sí mismos y sin un catalítico serían totalmente indiferentes entre sí, a veces porque son tan iguales que se verían como competencia. No me interesan esas amistades y suelo espantarme cuando encuentro seres que intentan coagular una hermandad de cagados a palos.
Me pasa a menudo, también, porque soy jetón, mal encarado y suelo decir exactamente lo que pienso, que algunos crean que tengo por oficio ser portavoz de sus conveniencias. Es más, hay quienes creen que por eso debo enarbolar alguna bandera inclaudicable, por supuesto, mientras ellos se acomodan lo más a la retaguardia que pueden (esto no es más que la democracia, una tracalada de cobardes imponiendo sus anhelos a un jetón que, más tarde o más temprano, se aviva o se harta y los rodea de bayonetas y/o les pone bozal y/o los droga para que dejen de pedir lo que no están dispuestos a pagar con esfuerzo; pero es otro tema).
La única conspiración que me atrevo a sostener, por lo menos mientras mi inocencia me lo permita, es la de los hombres buenos -nunca la de los perfectos.