14 julio 2010

El amor a la razón, o la razón del amor.

En estos días me cuesta todo un poco más; no porque algo esté mal, sino porque todo está mal excepto yo y mis circunstancias -algo que, en ciertos aspectos que tienen que ver con la intimidad, se festeja y mucho- pero tal diferencia produce en el intercambio de atmósferas un desbalance muy negativo, a menos que use constantemente mi burbuja neurótica que ya de tanto uso pierde por las costuras y los codos gastados.
No, no es que viva en un paraíso personal, no. Tengo los mismos problemas que tiene cualquier persona, pero enmarcados en una ciudadela donde reina el amor y la razón, y con ambas puedo solucionar -y también sobrellevar- cualquier problema. Y como me parece que mido mi vida con parámetros diferentes a como lo hace -tal vez- usted, me parece que es mejor explicarlo un poco. 
Si tengo que remarcar con un fibrón negro los peores momentos de mi existencia, indiscutiblemente tengo que hacerlo en aquellos en los que faltaron la razón y el amor. Cuando ambos me faltaron realmente he sido infeliz, sin importar qué otras cosas abundaran: dinero, trabajo, posición social, y la larga lista de cosas por la cuales cualquier occidental corre como gallina sin cabeza. He sobrevivido bastante con sólo uno de los dos, pero más tarde o más temprano se sufre la falta del otro.
El amor y la razón son arterias por las cuales necesariamente hay que circular por doble sentido, no se puede ir siempre hacia un solo lado, porque se acaban pronto si no se realimentan. Un ejemplo de la razón funcionando en doble sentido es la ciencia, que por definición necesita razón para existir. Y, según una lectura somera de la Biblia, ni siquiera Dios ama sin esperanza (y este es quizá el rasgo que lo muestra más sospechosamente humano).
En un mundo de individuos que viven colectivamente, el amor y la razón individuales son algo que pueden existir sin ninguna duda, aunque para dicho "mundo" como sistema de individuos, no. Amar en secreto, amarse uno mismo, amar por el amor mismo, son estados espirituales y como tales, no compartibles. Ya Dostoievsky y Sartre, por ejemplo, trataron el caso del "humanismo" que es capaz, según Dostoievsky, de sentir un amor ciertamente desproporcionado por los hombres en su conjunto pero que es incapaz de sentirlo por los individuos o, como doble paradoja en Sartre, que sublima en el todo el no poder concretar su consumación individual. Tomando estos dos ejemplos, podemos trazar todo un arco de situaciones similares que hacen de la autocontención del amor su paradoja y su muerte para el "mundo": ecologistas y/o amantes de los animales que detestan a los seres humanos, cristianos que deliberadamente deciden no amar al prójimo como a ellos mismos, maridos que golpean a sus mujeres, y un largo etcétera. Hay en los cultos religiosos una enorme cantidad de estas paradojas -en un sentido estricto y tomando a Dios como un ser teológicamente fuera de este "mundo" y que no es un igual- como el fenómeno de la clausura en algunas órdenes religiosas o llegar a la sublimación del amor conyugal en "el amor a Dios" o "el matrimonio con la Iglesia".
Hay un sofisma posmopolitan que dice que para amar a otros es necesario amarse primero, pero es una falacia que intenta decir que amarse uno mismo es condición suficiente para ser amado cuando apenas es condición necesaria para quienes precisan del narcisismo del otro como confirmación de una elección. Y hay un tema aquí del que no me quiero distraer: el narcisismo posmodernista metrosexual no es más que una velada salida del clóset del componente homosexual individual, a veces de manera tan exagerada que, en parejas heterosexuales, surge otra paradoja sobre el verdadero objeto del deseo.
Razón y amor pueden vivir aislados del mundo, sí, pero son estados "santos". Y, siguiendo a Henry Miller -que habla de la "madera" con la que están constituidos-, ya sabemos que los santos, los asesinos seriales, los locos y los poetas están "fuera del mundo" (y juro entre estos paréntesis que eso no significa ningún juicio de valor, sobre todo viviendo en una cultura que le reza a imágenes de mártires torturados, idealiza asesinos seriales en vampiros y otros similares, que considera a Hitler y a Videla "normales" y que siente una predilección especial por poetas sufridos y suicidas). Pero yo, con el fibrón negro en la mano, sé que necesito razón y amor de ida y vuelta para no darlos por inexistentes. Nunca seré un santo, pero la tentación de autocontenerse, decir chau al "mundo" e interactuar lo menos posible es fuerte. Y de ahí a ser el nuevo Jack The Ripper, morir apedreado por hereje, crear un partido PRO para la gente que vive en el mismo country (versión inmobiliaria de la autocontención) o un Pavese sin talento, falta muy poco. Este mismo post podría servir como excusa.
No me alcanza a veces que en mi "ciudadela" viva una vida compartida con razón y amor y que afuera estas cosas existan sólo de nombre o no se pongan de manifiesto o que cada día sienta que la razón de los fuertes o de las mayorías es la única razón que cuenta o es el egoísmo la razón última de esos fuertes o de esas mayorías que necesitan odiar para manifestar su amor, o abolir el amor de las minorías o enajenarlo o exiliarlo de la vida pública.
El miedo, la cobardía y la indiferencia son los riesgos del confinamiento: miedo a perder la matriz cómoda y conocida en la que vivimos, cobardía para defender al prójimo aunque su dolor no nos duela, indiferencia ante la injusticia que consentimos.
O sea, salir al mundo y ver que todo es mentira, que nada es amor. Salir a la calle y ver a toda esa gente miedosa, cobarde e indiferente.