07 julio 2010

Duerme, torturador.

Si hay algo que reconocerle a la locura es que exige una dedicación exclusiva y una concentración de energías que la denuncian. No se puede ser loco a tiempo parcial, generalmente los famosos "locos" de la historia no lo estaban ni un poquito -podríamos reconocerles alguna bipolaridad a varios, pero está tan de moda la acusación que mejor sería si la obviáramos- y es fácil reconocer la nolocura porque no se va por las ramas, sino que es un acting calculado, a fuer de patético cuando es un truco evidente. Un loco es un loco aún en contra de sí mismo y, aunque sea putativamente, en contra de los demás. Por eso los encerramos.
Bueno, el torturador dictador genocida Jorge Rafael Videla no está loco. Su caso es de estudio: permaneció en silencio casi siempre, y cuando habló lo hizo en los mismo términos, respondiendo a una estrategia trazada en los últimos días del gobierno de Isabel, en el que su psique retorcida debió pergeñar una excusa -válida sólo para un psicópata como él- para que su corazón religioso no sintiera entonces mismo el calorcito de las llamas del Infierno (el cual, de existir, tendría una definición íntimamente ligada a su vida criminal: el Infierno existe para recibir, precisamente, a monstruos como Jorge Rafael Videla) y le permitiera conducir la matanza indiscriminada de personas que, aquella temporada primavera-verano 75-76, diseñaron él y sus cómplices. Retocó un poco la estrategia cuando vio que no había gloria y le esperaba la cárcel, pero sólo incluyó la petición de ser juzgado por iguales.
Lo que sí le cabe a Videla, como unas generales de la ley humanas, es la neurosis. La neurosis puede fingirse y también exige energía. Una energía que se regula, pero que no está a veces en nuestro arbitrio su total control. Podemos parecer circunspectos ante las cámaras, podemos decidir empastillarnos para asistir a nuestro propio juicio, pero lo que no podemos es contar siempre con la fuerza para sostener nuestras neurosis.
Algo hay que reconocerle a la estrategia de Videla, retirado de las cámaras todo lo que pudo, los esfuerzos a los que se ha visto sometido para sostener sus mentiras han sido bastante intensos pero muy salteados. La "firme convicción" de la que siempre habla, y que es un lugar común del lenguaje castrense, estuvo sustentada por largos períodos en la oscuridad, dentro de la ratonera en la que lo imagino, incluso cuando Méndez nos metió presos a todos y soltó a los criminales. Sin embargo, la vejez hace que los esfuerzos, incluso los modestos, se vuelvan cada vez más difíciles y se plantee alguna tregua, ahora que él y sus cómplices tienen que responder a la justicia ordinaria por crímenes ordinarios casi de continuo.
Dormirse en los juicios, sí, pero también rogar por reivindicaciones y treguas entre babas, tubos de oxígeno y llantos seniles son la realidad y el futuro que más inquietan a un tipo como Videla, y justo delante de las cámaras. Él, que cedió el cargo de Presidente a Viola para preparar su entrada en el panteón histórico y liderar la vuelta del país al Hemisferio Occidental y Cristiano, regido por la ley y el orden, revalidado por la serena sabiduría popular en las urnas; en su carácter de santo mártir, digno sucesor de San Martín, y que supiera sacrificar sus convicciones religiosas en aras de pacificar a la Nación, exterminar al enemigo intestino y traidor a la Patria, coadyuvar a la consolidación de los sectores sanos y alertas de la misma, hacia una paz sostenida y próspera bajo la advocación de María Santísima,¡y terminar entre pañales para adultos, sondas gástricas, escupidas y huevazos!.
Jorge Rafael, yo te conozco: el otro acto reflejo al que te impulsa tu fuerte convicción es a repetir como loro que si tuvieras que hacer todo de nuevo, no dudarías un segundo. Pero yo sé, hociquito de ratón, que no, que hubieras preferido quedarte en los Institutos Militares y solicitar el retiro cuando todo se hubiera ido al carajo, o a lo sumo hubieras aceptado un papel mucho más secundario. Te dejaste convencer por Viola y por Massera, otro que como vos sufre por la falta de mármol, que te doraron la píldora hasta que te tragaste la necesidad de combatir al enemigo tanto en una guerra directa y honorable (que nunca existió) como por las tácticas de la Escuela de las Américas; te dejaste convencer por los patricios hijos de puta de la SRA y de la UIA, que dijeron que tenían todo cocinado para retornar al occidente económico; te dejaste convencer por los políticos y sindicalistas que venían rosqueando desde hacía bastante con ustedes y con la Patria Contratista para encontrarle una "salida digna" al desastre que había hecho Lanusse al obligar al León Herbívoro a asumir después de El Tío y hacer comprender a la izquierda que por las urnas y en paz, después del desastre de El Brujo y la Corista, era posible llegar al poder porque el Sistema se había quedado sin opciones. ¿Quién iba a gobernar, Santucho?, te preguntaron. Te dijeron que tenían un mentor filosófico más que digno en Jaime Peirraux y que una parte importante de la sociedad creía en su visión de unión militar-civil y esperaba por un hombre digno y honrado que la condujera. Hasta te dijeron que les parecía que ese hombre debía llevar un bigote tan viril como el tuyo.
Por eso renunciaste a tu vida casi monacal, pletórica de bailes a colimbas y prácticas de orden cerrado; por eso tu alma reglamentarista y apegada a los recios esquemas militares te hizo el Administrador de la Muerte, el Hombre en el Castillo. Pediste secreto, una Omertá entre iguales, que los iba a proteger. Pediste un 33% por ciento que disolviera tu responsabilidad: todos iban a meter las manos en la mierda. Te dijeron que no debían quedar testigos, que no hubiera presos por indultar en el futuro, que tenía que ser un renacimiento, tabula rasa lista para inscribir los nombres de quienes habían salvado a la Nación. También te dijeron, o te diste cuenta solito, de que lo hacían ustedes, los sagrados oficiales de Caballería, o lo hacía el loquito de Massera, envalentonado al fin por los que suplicaban acabar con Isabel, y tuvieron miedo de que le fuera bien y quedaran mirando el desfile, como quién dice.
Te dijeron que había que contener a los desaforados: Camps, Saint Jean, Bussi y tantos otros, que veían a la Triple A hacer su trabajo, por el que estaban que se salían de la vaina luego de probar la sangre negra que se vertió en las prisiones clandestinas de Tucumán y por el que tanto se habían preparado, listos para eliminar "a los subversivos; después a sus cómplices; luego a sus simpatizantes; por último, a los indiferentes y a los tibios". A los tibios como vos, Jorge Rafael, que prefieren concebir un instrumento de matanza tan remoto que les dé la impresión de no haber sostenido nunca una picana. ¿Tuviste realmente miedo entonces o simplemente lo tuyo fue fría decisión?. Me parece que sopesaste el problema, lo diseccionaste, trazaste un mapa de situación, revisaste tus ansias de trascender esa imagen de pacato ratón de despacho que sabías te endilgaban los hombres de acción que estaban en Tucumán, estudiaste los beneficios de ir de la mano de los patricios que te aceptaban tibiamente pero que no te tenían por un igual, ganaste confianza cuando viste que los políticos te saludaban con deferencia y por sobre todas las cosas, bloqueaste todos y cada uno de los remordimientos que por adelantado se asomaban al verte las manos teñidas de rojo.
Te dijeron que Estados Unidos te apoyaba, porque incluso ellos pensaban, ilusos, que eras un moderado. Que Ford haría vista ciega y oídos sordos. No te dijeron que habría un Carter en tu futuro, no te dijeron que no tenías carisma y que eras un cadáver nonato para la política, que tu verba conceptuosa era una colección rancia de lugares comunes y sin significado real, no te dijeron que Massera iba a conspirar en el extranjero para hacerte quedar como un dictadorucho bananero, cruel, tosco y servil a los intereses del patrón colonial; no te dijeron que todos estaban haciendo un gran negocio personal, desde Martínez de Hoz hasta un joven abogaducho de provincias que iba a cimentar su fortunita con la 1050 y que, después, con el celo de los convertidos, iba a ser tu peor pesadilla.
No, ex dictador soñoliento, no quisiste esto. No planeaste clavarte un somnífero en las futuras audiencias de estos juicios tardíos, ni soportar la vergüenza ajena por los babeos de Bussi ni tener que mirar de soslayo a tus compañeros de oprobio con temor, porque un día quizá la fuerza para sostener la mentira les falte y a uno u otro se le ocurra soltar todo y acabar con tres décadas de mentiras, en un ataque de cobarde dignidad senil.
No, maldito neurótico, no era éste el fin que esperabas. Empezás a impacientarte. Quién te dice si no sos vos el que un día se quiebre.
Ése es tu miedo más grande.
Antaño te deseé la muerte, una muerte fea. Ahora te deseo el terror a la cobardía senil.