29 junio 2010

Perdón

Hoy estoy enfermo. Enfermo. No voy a enumerar minuciosamente las cosas que me enfermaron, sólo voy a decir que me enfermaron ustedes. El mundo, el mundo entero me enfermó: sus chiquilinaditas, sus agachaditas, sus chicanitas, que juntas todas y cada una de ellas se convirtieron en una mierda grande, sólida y generosamente tumefacta, del tamaño del planeta. El mundo es una mierda, sí, y en días como hoy no puedo disimularlo y lamento no ser más neurótico.
Quisiera que todo fuera más fácil, que mi burbuja alcanzara, que no sintiera desasosiego por cada persona individual y un profundo desprecio por todos los colectivos humanos, los mayoritarios por ejercer un poder más allá de toda lógica humanista y los pequeños por aspirar a la revancha, por esperar su momento para dar el golpe. Días como hoy desearía que los seres humanos sólo fueran individuos. 
Únicos, irrepetibles. 
¿Irrepetibles?.
No, lamentablemente no. Si prescindiéramos de todos los grupos humanos, partidos políticos, clubes de fútbol, sociedades de fomento, organizaciones no gubernamentales, facciones, y hasta colectivos despectivos adjudicados con malignidad. Así y todo, con la mejor de las predisposiciones ante todos y cada uno de los individuos, haciendo un sacerdocio ¡un martirismo! del antigrupismo (si existe tal concepto) es indiscutible que hay un colectivo imposible de soslayar ¡peor aún que las diferencias de género o de raza! y es el colectivo enorme, inconmesurable, de los estúpidos. Si pensó, estúpido lector, que iba a separar entre malos y buenos, se equivocó: ¡hasta hay estúpidos en esos dos grupos y podemos deshacerlos juntando a los buenos y malos estúpidos y los buenos y malos que no lo son!. Sí, hay "malos" que no son estúpidos, créame. ¿No hay inteligentes estúpidos?.
Estúpidos, estúpidos. Lleno de estúpidos: el que no se corre en la vereda cuando sabe que debe, el que te atropella cuando intentás salir del subte, el que ni hace lo que debe ni hace lo que no debe, el que se mete en temas en los que no sabe ni intenta saber nada, el que opina por las dudas, el que hace cincuenta cagadas a sabiendas y después se pregunta ¿por qué?, y seis mil millones de razones para ser estúpidos. Ni siquiera hace falta ser importante para ser un estúpido.
Y el mundo, hoy, me demostró que en realidad es un conglomerado de estúpidos entre los que sobrenadan ciertas personas, como boyas, como islotes en la inmensidad de la estupidez. Gente que está muy sola, que a veces, de tan acostumbrados de estar rodeados de estúpidos, creen que hasta los que no son estúpidos son estúpidos.
Yo, al contrario, suelo buscar las flores en el barro. A aquellos que quizá tienen la madera pero no la oportunidad, los estúpidos razonables, los que -quizá por timidez- no se animan a sacarse la estupidez de encima, los gregarios que ven la soledad de los que no son estúpidos y se asustan y se hunden en la molicie.
Por ellos, normalmente, es por quienes tengo un poco de esperanza. Esperanza que hace que actúe como un abuelo provecto que, paciente, escucha los despotriques del adolescente, y que a veces se enrosca en discusiones con ellos nada más que para que tengan un poquito de resistencia, para que se esfuercen, como una madre primorosa que pone una presa fácil adelante pero que obliga a la cría a pegar el mordisco (demasiado Lost World, tal vez).
Pero hoy no. No tengo resto. Hoy me pudieron. El hatajo de estúpidos hoy me ganó.