04 mayo 2010

Media pila.

Tengo una amiga abogada que es una verdadera garantía a la hora de ganar pleitos. En su provincia natal, donde ejerce, es una especie de Titán de Tribunales al que el más retorcido leguleyo teme enfrentarse. Y se ha conseguido una fama notable en el fuero federal de la región, ganando juicios que parecían imposibles a grandes empresas o al Estado (casi siempre a la AFIP o alguna órgano descentralizado que maneja mucho dinero y tiene un plantel sobredimensionado de abogados que tienen un sistema automático de generación de causas legales).
Su secreto es una técnica infalible que no se aprende en cursos especializados ni que los más experimentados rosqueros ave negra entienden: hace las cosas bien. Va a las audiencias a horario, presenta escritos en término, obedece puntualmente los ritos y procedimientos. Después de algunos años y en un foro algo reducido, se convirtió en una especie de boya legal en la que se apoyan los mismos jueces y secretarios, sabedores de que su "reloj" es el reloj de la letra. Otros atributos la acompañan: sentido de oportunidad, ambición y alta confianza en sí mismo, como cualquier otro abogado más o menos exitoso.
Según ella me explicó más de una vez, en la Argentina en particular, una cantidad importante de juicios se pierden porque una de las partes se duerme, y ella mejora su promedio natural de casos ganados con esta cuestión. Parece fácil, pero no es.
Lo que viene pasando en la Legislatura no es diferente, toda vez que la gran mayoría del colectivo legislativo está impregnado por abogados que han convertido la excepción en regla, la displicencia en norma y la laxitud en una potestad de la mayoría parlamentaria sin importar partidos ni ideologías.
Mientras la política esté dominada por los abogados, estaremos en problemas.