04 mayo 2010

La Furia.

Cuando abre los ojos sabe que no está en su lugar. Que no es su sitio, que nada de lo que la rodea le es propio. Sabe además, que el lugar en donde está es un lugar que siempre le pareció nauseabundo. Tiene la mirada fría. No tiembla. Sólo mira a su objetivo, que está ahí, frente a ella. Le clava la vista. Piensa. Avanza. Un paso delante de otro. Sin hablar, sin decir una sola palabra. Avanza y mide los pasos. Siente. Es pura sensación. Ninguna de bienestar pero siente. Siente todo. Sangra porque está lastimada. Como si antes, en algún momento, antes de abrir los ojos, la hubiesen cortado o tajeado o golpeado. Pero no se siente débil. Tiene la fuerza de un titán o de dos o de tres.
Siente y avanza y mira. Fría, calculando, sabiendo exactamente lo que va a hacer. Hasta que se topa con el primer empujón del objetivo cobarde. Cierra el puño y lanza la primera trompada. Sabe. Aunque no es de ella el pelo que está siendo tironeado, siente que se convierte en alfileres insertándose en esa cabeza. Y siente la mano mojada, esta vez de sangre ajena. Y patea músculos, órganos, no le importa. No tiene piedad. No siente piedad. Y aunque no es de ella el cuerpo que recibe los golpes, tiene plena consciencia de la falta de aire, del impacto seco de su calzado sobre el cuerpo blando del objetivo. Sabe. Siente. Muchas veces lo ha sentido en su propio cuerpo. Sabe que duele. Sabe que deja marca.
Alguien le recuerda su nobleza pero no le importa. No le importa ser noble. Le importa repartir parejo, por primera vez. Que todo el mundo tenga lo que se merece porque ella, la de la fuerza, ya tuvo demasiado y esta vez, esta vez no va a solucionar las cosas con indiferencia. Esta vez, quizás por única vez, va a dejar que su instinto animal salga, se va a volver feroz, depredadora. Esta vez y con esto, aprende que la ley de la selva es así. Que el que puede más es el que tiene más fuerza y ella puede. Puede todo lo que no pudo hasta ahora.
Una masacre, eso quiere. Sangre. Se lo pide el cuerpo, la cabeza, el alma. Sangre para terminar. Sangre para volver a empezar. Sabe que nadie es más que eso: unos litros de sangre mal distribuidos.
Y la cabeza del objetivo, una y otra vez, rebota sobre el cordón de una vereda. Se mancha el cemento. Y el objetivo llora y suplica y pide perdón. Pero esta vez no hay perdón. Esta vez, dice ella, van a saber que no se juega con todo. Esta vez se va a entender para siempre. Y sigue repartiendo golpes, incansable, con la intensidad que le es propia. Pega y vuelve a pegar. No se le cansan los brazos, ni las piernas. Es poderosa porque es fuerte y porque no tiene compasión por nada ni por nadie.
Tres trompadas y siente como se deshace una cara bajo su puño. Siente como el objetivo se ahoga en su propia sangre. Lo ve vencido, tirado, miserable, patético.
Entonces, se queda mirando. Se aleja dos pasos y le da una patada justo debajo del final de las costillas y otra en los genitales. Para que el objetivo sienta, para que el objetivo recuerde. Y después se aleja, La Furia, consciente de lo que es, consciente de lo que es capaz.

La difunta Vontrier

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"Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar", dice Serrat que dice Machado y el dicho en Internet es una verdad en letras de molde. Uno escribe acá y puede quedar o puede pasar. Peor aún, a veces las obras perduran separándose de sus creadores, cumpliéndose divergentemente el destino previsto por el bardo, por esas cosas del cut&paste, la cita sin cita, el olvido con tufo a afano, la falta de personalidad disfrazada de pereza. La vida virtual es una vida desde una perspectiva electro-budista: te podés morir mañana y reencarnás en un ratito. Recientemente se murió Vontrier; y su muerte es ominosa para nosotros, no para ella, que bien vivita y coleando está. Forma parte del panteón de bloggers: Misao, K., Capitán Burton, Wakefield, Clara, Donnie, D' y Eleanor; gente de la que tengo el orgullo de decir que pasaron por acá alguna vez. Bueno, yo admiraba a Vontrier porque iba adelante, porque alcanzarla era una meta que siempre la turra me corría más adelante, hasta que la perdí de vista, al final. Me mandó un mail preguntando humildemente si podía "conseguirle un lugar donde publicar" esto que está ahí arriba, antes de decir adiós, o como un adiós mismo.