14 abril 2010

Putos somos todos.

Desde que cierto cantante portorriqueño que no quiero nombrar porque se me van a venir los plomos gugleros hizo pública una cuestión totalmente privada como lo es la sexualidad, un sector del mediatismo -que incluye tanto a periodistas profesionales acreditados como panelistas no tan acreditados, y "desaforados" (como les dice Pettinato) sin crédito alguno- anda recomendando vehementemente que todo aquel que parezca llevar los cubiertos en el bolsillo lo imiten. Es más, de hecho, algunos lo hicieron y resulta que hablar de eso les resultó "aliviador". Salir del closet es la consigna, claro; los que los invitan están afuera esperándolos, como si no estuviéramos todos encerrados en un closet absolutamente privado y personal.
La sexualidad no sólo es uno frente al sexo, también lo es uno y su objeto de deseo: un tipo puede sólo excitarse con mujeres que no pesen más de cuarenta kilos, usen ropa de nenas de doce años y tengan severos trastornos alimenticios, y considerarse totalmente fuera de cualquier closet por eso. Puede ir al bar con sus amigos y decirlo en voz alta sin sentirse un freak o mucho menos. Sin embargo, esa fijación a mí me parece mucho más vergonzante que la de un señor que le gustan otros señores y que debe ocultarlo porque la sociedad está al revés.
Dicho esto, queda claro que existen infinitos closets, tantos como seres humanos: la señora que piensa que su amado esposo no la estimula lo suficiente y vive en perpetuo estado de insatisfacción, haciendo catarsis con cuanto ser humano se le pone a tiro; el señor, perfectamente straight, que un día se descubre mirando con agrado las minifaldas de unas colegialas; el aspirante a mundano que ve que su vida se agosta y aún no llegan los famosos placeres de los que ha leído febrilmente de adolescente y que lo esperaban en su vida adulta y que no le queda más, ya, que Manuela e Internet. Infinitos closets, todos encerrados en ellos.
¿Por qué aquél panelista que insiste en convidar con la salida al aire libre no habla de su gusto por la pornografía dura, por qué esa bienintencionada periodista no nos comenta jocosamente qué siente cuando le dicen porquerías en la intimidad? ¿Por qué una persona tiene que decir qué hace con su cuerpo, con quién y cuándo, totalmente fuera de contexto y sin ningún correlato con su actividad diaria? Y ojo que no hablo de quebrantamiento de leyes, hablo de actos privados que de repente se deben volver públicos porque simplemente si a mí me gustan las japonesas con bombachitas no se me nota y lo puedo callar y a cierto cantante sí se le nota lo maricón y tiene que "asumirse" públicamente, como si fuera una tía solterona a la que se le cayó el consolador en plena mesa de Navidad.
Por supuesto que cada uno debe estar orgulloso de lo que es, nunca diré lo contrario. Lo que no soporto es que lo pontifiquen aquellos que no lo harían jamás si no existiera esa cómoda, general y tranquilizadora categoría llamada "heterosexual".
Todos putos.